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Jesús nos invita a
su mesa junto a los mayores
Observaciones. El objetivo es que los niños participen
gozosamente de la Eucaristía. Habrá que intentar, por tanto, que se
centren todo lo posible en la celebración, evitando que se distraigan con
un excesivo movimiento tanto de ellos mismos como de fotógrafos, cámaras,
etc.
La participación de los niños y mayores en lecturas y ofrendas ha de
estar bien preparada y ensayada de forma que cada cual sepa cuándo y dónde
debe intervenir y se evite el nerviosismo y el estar más pendientes de su
actuación que de la celebración en sí.
Da una gran serenidad el saber que hay una persona, por ejemplo, la
catequista, que se encarga de avisar, acompañar, poner el micrófono
adecuadamente, y que incluso tiene una copia de todo lo que hay que leer,
y da a cada uno en su momento la ofrenda o lo que tenga que llevar. Es
como el maestro de ceremonias que coordina e indica los movimientos de
todos en cada momento preciso.
Reunión previa. Consideramos imprescindible una reunión previa
con los padres, hijos y catequistas para aclarar el aspecto organizativo.
Quince minutos para dar un pequeño repaso-charla sobre el sentido de la
eucaristía en la vida de un cristiano.
El resto para ponerse de acuerdo en los otros detalles: flores y adorno
de la iglesia, reserva de puestos para las familias, voluntarios para
lecturas y ofrendas, fotógrafo que se va a encargar de las instantáneas
oficiales y momentos de su actuación, acuerdo total para que los
familiares reserven sus cámaras exclusivamente para antes de comenzar o
después de acabar la celebración, etc.
Se termina con un ensayo en el lugar de la celebración, durante el cual
se explica el modo de comulgar que se tiene pensado para que los padres
estén junto a sus hijos en ese momento, pero esperando ellos a comulgar,
si lo desean, mezclados con la asamblea para respetar la libertad al
máximo. Insistir en la buena dicción de los lectores, continuando el
ensayo con ellos solos si es preciso.
El lugar para los niños, dependiendo del número naturalmente, puede ser
el semicírculo detrás del altar, a derecha e izquierda del sacerdote; o la
grada ante la escalinata del altar, con lo cual tienen siempre el altar de
frente y no se distraen con la gente de la nave.
Ténganse preparadas las flores, cirio, cáliz y formas para las
ofrendas; así como la copia completa de la celebración para quien haga de
maestro de ceremonias, los leccionarios y demás elementos necesarios para
la Eucaristía.
Procesión de entrada. Los niños y niñas estarán preparados en el
atrio o entrada de la iglesia. Después de la monición siguiente, se
comienza el canto y entran procesionalmente, precedidos por la cruz
parroquial y el maestro de ceremonias, cerrando la comitiva el sacerdote.
Monición de entrada. Queridos padres, familiares y amigos todos:
nuestra comunidad parroquial se viste de fiesta. Fiesta entrañable por
tratarse de acompañar a nuestros niños en su primera comunión. Fiesta
importante, porque lo más esencial de una comunidad cristiana, la
Eucaristía, ve aumentar el número de sus participantes. Después tendréis
ocasión de continuar vuestros saludos y manifestaciones festivas; pero la
verdadera fiesta la comenzamos ahora, con la celebración eucarística que
iniciamos recibiendo a los protagonistas con el ánimo de nuestro canto.
Canto de entrada. Esta es tu fiesta; Venid juntos a la asamblea;
La Misa es una fiesta.
Rito de acogida. (Llegados ante el altar, los niños se sitúan,
abajo, a lo ancho de la escalinata. El sacerdote sube al altar).
Presentación de los niños. (Un catequista).
Queridos hermanos de esta comunidad parroquial: en nombre de los
catequistas que nos hemos responsabilizado de la formación de estos niños,
deseo expresaros que los consideramos preparados para participar de la
Eucaristía. Por eso os pedimos que les hagáis un sitio junto a los mayores
en la mesa de la fraternidad cristiana.
Aceptación. (Un miembro de la comunidad, a poder ser,
alguien del Consejo de pastoral parroquial). Como miembro de esta
comunidad os doy la bienvenida, queridos niños y niñas. Os aseguramos que
nos sentimos felices de que participéis con nosotros en la Eucaristía, y
prometemos seguir de cerca y ayudaros en lo posible en vuestro crecimiento
de la vida cristiana.
Sacerdote. Y yo, como sacerdote que preside esta asamblea, os
doy mi bienvenida a todos: niños, padres, familiares, amigos y hermanos de
nuestra comunidad. Y os saludo con el deseo de que «la paz del Señor esté
con vosotros».
Y a vosotros, queridos pequeños, os pregunto: «¿Queréis participar con
nosotros de la Eucaristía y recibir al Señor en la comunión?».
Niños. ¡Sí!
Sacerdote. Dad, pues, vuestro paso adelante y subid a darle
vuestro saludo al Señor besando el altar que representa a Cristo.
(Los niños suben de dos en dos, besan también el altar y van a ocupar sus
puestos. Mientras tanto cantan).
Canto. Sí, sí, sí. O bien, Jesús me quiere. O alguno de los
citados para la entrada. (Es un canto de respuesta personal, pero también
sirve alguno de los citados para entrada).
Niño o niña de primera comunión. También nosotros queremos
saludaros a todos en este día tan feliz: padres, hermanos, abuelos, tíos,
primos, amigos..., a todos. Estamos muy contentos de que nos acompañéis.
Este es el mejor regalo: vuestra presencia. Si además nos ayudáis a estar
muy atentos, y pedís un poquito para que seamos buenos amigos de Jesús,
entonces el regalo es maravilloso.
Vosotros: catequistas, comunidad parroquial, sacerdote, nos dais lo
mejor de todo: hacernos sitio junto a la mesa de los cristianos para
recibir a Jesús. ¡Gracias!
Gloria. Estando todos felices y contentos, ¿qué podemos hacer
mejor que cantar y alabar al Señor? El es el que nos ha reunido, él es el
que nos invita, porque nos quiere con locura. Alabemos a Dios Padre, Hijo
y Espíritu Santo.
Gloria y alabanza. También puede servir para esta ocasión el Gloria,
gloria aleluya o Alabaré, alabaré, conocidos por todos, recitando el
gloria a modo de estrofas).
Oración. N. (el nombre del niño que ha saludado)
nos ha pedido, en nombre de sus compañeros, que recemos por ellos. Vamos a
comenzar haciéndolo con esta oración que yo voy recitando y vosotros vais
repitiendo frase por frase. Oremos:
Señor Dios, Padre de bondad,
que preparas para tus hijos una mesa con el cuerpo
y la sangre de Jesucristo como comida y como recuerdo
de su muerte y resurrección;
te pedimos que estos niños y niñas que se acercan por primera vez,
y todos los que les acompañamos, sepamos formar una familia unida,
amándonos como tú nos has amado. Por Jesucristo, nuestro Señor, Amén.
Primera lectura. Los creyentes vivían todos unidos (He 2,43-47).
(Lee un padre la monición y una madre la lectura, o viceversa).
El participar en la Eucaristía con nuestros hijos es algo muy hermoso,
pero también muy serio. Para los primeros cristianos suponía un
planteamiento de vida nuevo: buscar el ideal de amarse hasta compartir sus
bienes en común. Nos lo cuenta esta preciosa página que vamos a escuchar.
Lectura de los Hechos de los Apóstoles:
«Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían
sus posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de
cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción
del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo
corazón; eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba
agregando al grupo los que se iban salvando».
Palabra de Dios.
Salmo responsorial. Los primeros cristianos oraban y permanecían
en acción de gracias alabando al Señor. Todos los que hemos sido llamados
a la salvación tenemos los mismos motivos para ensalzar a Dios. El
Señor es mi luz», u otro similar que sirva a la vez como aleluya antes del
evangelio).
Evangelio. Los discípulos de Emaús (Lc 24,1335). La escena de
los discípulos de Emaús es todo un ejemplo de lo que Jesús ha hecho con
vosotros, queridos niños y niñas, y con todos los que creemos en él y
participamos de la Eucaristía. Jesús sale al encuentro, explica las
Escrituras y parte el pan. Escuchamos muy atentos:
Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la
semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén;
iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y
discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero
sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:
- ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?
Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba
Cleofás, le replicó:
- ¿Eres tú el único forastero de Jerusalén que no sabes lo que ha
pasado allí estos días?
Él les preguntó: - ¿Qué?
Ellos le contestaron:
- Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y
palabras ante Dios y ante el pueblo; cómo lo entregaron los sumos
sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo
crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de
Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió eso. Es verdad que algunas
mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana
al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que
habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba
vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron
como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo:
- ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!
¿No era necesario que el Mesías padeciera antes de entrar en su gloria?
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo
que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban,
él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo:
- Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó pan,
pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los
ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron:
- ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a
Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que
estaban diciendo:
- En verdad ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
Homilía. Queridos niños y niñas de primera comunión. Voy a
dirigirme a vosotros, porque sois los importantes en esta celebración.
Desde luego que os saludo también a vosotros, queridos padres, familiares
y amigos, pero me vais a permitir que mis palabras se acomoden a nuestros
protagonistas de hoy. Además, mis pequeños amigos, ya veréis cómo también
ellos atienden, por aquello de «a ti te lo digo, Juan, para que lo
entiendas, Pedro».
Os he llamado «importantes» y «protagonistas». Y lo sois: porque el
Importante y el Protagonista con mayúsculas, Jesús, os sienta hoy a su
lado, os hace comulgar con él y os reviste de toda su categoría al daros
su vida misma y su misma persona.
Pero, ¿sabéis lo primero, lo primero que nos da cuando nos reunimos
aceptando su invitación? Su saludo. Y la seguridad de su presencia; de que
está con nosotros. ¿Cuándo comienza la presencia de Jesús?... ¡Eso es!...
Cuando nos reunimos en su nombre. Lo aseguró él: «Donde estéis reunidos
dos o más en mi nombre,, allí estoy yo». Es decir, que desde que
entramos en la Iglesia y formamos un grupo unido, una comunidad de fe, ya
está el Señor con nosotros, saludándonos y acogiéndonos.
Y además de darnos el saludo con su presencia, y antes de, fijaos bien,
«antes de» darnos su cuerpo y su sangre, ¿qué otra cosa importantísima nos
da?... Su Palabra. Esta Palabra del Señor que hemos escuchado y que
es algo así como planificar con nosotros lo que vamos a hacer durante el
día y durante la semana. «¡Qué! ¿Dónde vais a pasar el fin de semana? ¿Qué
vas a hacer esta tarde?... Pues ya puedes tener cuidado con..., o: si te
hace falta tal cosa». .. Así como preparamos nosotros nuestros planes,
prepara el Señor los suyos con nosotros: «Me gustaría que estos días
hiciéramos mejor..., o nos portáramos mejor con..., o amáramos más a...».
Eso es lo que pretende el Señor al darnos el mensaje de su Palabra.
Por cierto, ¿os habéis fijado bien en lo bonita que es la primera
lectura? ¿Quién recuerda algo? ... Eso, eso... ¡Vaya si se tomaban en
serio aquellos primeros cristianos lo de comulgar, lo de celebrar la
Eucaristía! Ellos la llamaban «Fracción del Pan», enseguida veremos por
qué. También tenían sus fallos, por supuesto, ¡no os vayáis a creer!
¡Menuda regañina les echó san Pablo en una carta a los de Corinto por
mantener grandes diferencias entre unos que se hartaban y otros que
pasaban hambre mientras celebraban la Eucaristía! Les llama hasta
sacrílegos. ¡Qué fuerte!
Sí, había deficiencias; pero se proponían como programa de vida el
amarse de verdad. Y cuando uno ama de verdad no deja que el otro pase
hambre mientras a él le sobra, ni se guarda lo suyo al grito de: «¡Es mío,
es mío!», mientras ve que otra persona lo necesita. Y cuando uno participa
de la comunión, sabe que es común-unión, unión común con Jesús y con los
hermanos, especialmente con los más necesitados. Un estilo de vida así es
el que intentaban con todas sus fuerzas aquellos primeros cristianos.
¡Qué mensaje tan bello y tan importante el del Señor en esa primera
lectura! ¿Y en el evangelio? ¡Para qué os quiero contar! Yo lo iba
escuchando y pensaba: «¡Igual, igual, igual que lo que ha hecho Jesús con
sus amigos y mis amigos, los niños de primera comunión! Con nosotros, los
mayores, también; muchísimas veces, por cierto. Pero es que con
vosotros..., ¡clavado!».
En vez de dos, vosotros sois... Pero da lo mismo. El caso es que íbamos
tan tranquilos con nuestra marcha: clases, recreos, tele, amigos, fines de
semana, padres, hermanos, estudios, rollos... Y de pronto, va y nos sale
al encuentro: «Que los que queramos, nos apuntemos a la preparación de
primera comunión... Que los padres que lo deseen, formen parte del grupo
de catequistas, porque nos hacen mucha falta y porque son los que mejor lo
pueden hacer... Que hay que participar en unas reuniones para padres...
Que hay unos grupos de actividades pastorales muy interesantes...».
En fin, de un modo u otro, lo cierto es que Jesús nos sale al paso y
comienza a caminar a nuestro lado. Y nos plantea muchas cosas..., y nos
re-plantea multitud de cuestiones. ¡La vida misma es lo que replantea
Jesús, el nuevo compañero de viaje!
Te da qué pensar: «¿Por qué soy así, por qué no cambio esta manera de
ser mía tan especial, por qué no soy un poco más amable? Si, además, va y
resulta que se pasa mucho mejor..., se tienen más amigos de verdad».
Pero, sobre todo, Jesús, el amigo inseparable, te explica la vida. El
evangelio decía que les «interpretó las Escrituras», que es lo mismo que
decir que les enseñó a saber descubrir que Jesús ha resucitado, que vive
para siempre y que merece la pena hacerse amigo suyo y meterlo en la vida,
no como uno más, sino como el mejor de todos. Esa ha sido la labor de la
catequesis y la de los catequistas, los compañeros de camino, en los que
Jesús se ha hecho presente.
Con sus más y sus menos, lo cierto es que le hemos cogido cariño al
Señor. ¡A que sí! ¡Ya lo creo! Y nos pasa también como a los dos de Emaús:
que nos da pena que al final de la jornada, nosotros a nuestras casas y
Jesús, camino adelante. ¡No, hombre, no! ¡Quédate con nosotros! ¡De
verdad, en serio! Deseamos seguir siendo tus amigos.
Y va y se queda. ¡Naturalmente! Y repite con nosotros la misma
maravilla que realizó con aquellos dos discípulos. De invitado pasa a ser
el que invita. Sentado a la mesa, toma el pan en sus manos, reza la acción
de gracias, lo bendice, lo parte, y nos lo da. Entonces le reconocieron:
«¡Pero si es el Señor!». Nadie parte el pan así, partiendo en él su vida.
Nadie da el pan así, entregando en el pan su cuerpo y su persona. Nadie
comparte su pan así, rompiéndose a sí mismo en bien de los demás: «¡Es el
Señor!, ¡es el Señor!, y "lo reconocieron al partir el pan"». Eso
significa «fracción del pan»: partir el pan. Por eso decíamos que a la
Eucaristía se le denominó «Fracción del Pan».
Bueno pues, amigos míos, en esas estamos. Con el Señor. Sentados a su
mesa. Nos cuenta entre sus mejores amigos y va a repetir su gesto con
nosotros. Va a partir el pan y, convertido en su cuerpo, nos lo va a
repartir, nos lo va a dar como comida. Comiendo ese pan, comulgando ese
pan, comulgamos con el Jesús que se rompe, se entrega y se da por amor.
Termina el evangelio diciendo: «Se les abrieron los ojos y le
reconocieron». Y añade inmediatamente: «Pero Jesús desapareció».
¿Cómo se entiende eso: le reconocieron y desapareció? Sí, amigos míos; y
atendedme bien porque precisamente aquí se encierra la parte importante
que nos toca desempeñar a los que comulgamos. «Jesús desaparece» no quiere
decir que «Jesús se va». No, Jesús permanece: más cerca que nunca, más
dentro que nunca. Lo que pasa es que no lo vemos con los ojos de la cara.
Es la hora de verlo con los ojos de la fe. De descubrirlo en aquellos que
pasan a nuestro lado y necesitan algo de nosotros. Necesitan que les
partamos nuestro pan: el pan de nuestra ayuda, de nuestro cariño, de
nuestro amor.
Lo resumimos en una frase que ojalá la recordéis siempre como mensaje
de vuestra primera comunión. Es la letra de una canción de comunión:
«Te conocimos, Señor, al partir el pan. Tú nos conoces, Señor, al partir
el pan».
Credo. En las celebraciones destacadas, los cristianos
expresamos todos juntos la fe en la que creemos. Nos sentimos unidos a
todos los creyentes bautizados del mundo. Hoy es una de esas ocasiones
señaladas: para vosotros, que un día nacisteis a la vida de Dios por el
bautismo, y hoy os sentáis con los mayores a la mesa del Señor. Y para
nosotros, que debemos ayudaros en el crecimiento cristiano, y que también
debemos seguir creciendo. Por eso todos juntos, vamos a renovar aquella fe
del bautismo diciéndole al Señor que creemos en él y que queremos que sea
el centro de nuestra vida. Contestamos: «¡Sí, creo!».
Así pues, queridos niños y niñas, y queridos todos:
- ¿Creéis que Dios es el Padre de la vida, creador de cuanto existe,
que nos ama y está siempre junto a nosotros?
- ¡Sí, creo!
- ¿Creéis en Jesucristo, el hijo de Dios, que se hizo hombre por amor,
murió y resucitó por amor, y nos acompaña en el camino de la vida dándonos
todo su amor?
- ¡Sí, creo!
- ¿Creéis en el Espíritu Santo, que nos da la vida de Dios y nos ayuda
a crecer en ella?
- ¡Sí, creo!
- ¿Creéis en la Iglesia de Jesús, que es la continuadora de su obra, y
es la familia de los hijos de Dios y de los amigos de Jesús?
- ¡Sí, creo!
Preces-ofrendas.
1. (Una madre presenta un ramo de flores y espera a entregarlo a que un
padre lea la preces -o viceversa-. En todas las preces puede darse este
cambio entre oferente y lector o lectora).
Te presentamos, Señor, este ramo de flores como símbolo del ramo
precioso que forman nuestros hijos ante tu altar. Te pedimos por ellos y
por todos los niños que este año comulgarán por primera vez: que con
nuestra ayuda se vayan abriendo, como las flores, a la vida cristiana, y
la llenen del perfume de tu amor. Roguemos al Señor.
2. (Una niña presenta otro ramo de flores que lo depositará ante la
imagen de la Virgen después que
un niño lea esta petición).
Señor, traemos este ramo de flores para tu madre, la Virgen. Sabemos
que te pones muy contento de que la queramos. En este día feliz, también
nos acordamos de ella. Y al ofrecerle nuestro obsequio, le pedimos que
interceda ante ti para que bendigas a nuestros padres y a todos los padres
del mundo. Prémiales todo lo que se desviven por nosotros. Y enséñales a
que nos ayuden a crecer en la vida cristiana lo mismo que nos ayudan en la
vida natural. Roguemos al Señor.
3. (Un catequista- presenta un cirio encendido que pondrá sobre el
altar después de que una catequista diga lo siguiente).
Señor, las catequistas queremos ser esa luz que tú enciendes en los
cristianos para iluminar el mundo. Te pedimos por todos los catequistas y
formadores de nuestra comunidad parroquial, por los de nuestra diócesis y
por todos cuantos en la Iglesia se dedican a la enseñanza. Que sepamos
iluminar la vida con el evangelio y llevar el evangelio a la vida.
Roguemos al Señor.
4. (Un joven y una joven llevan la ofrenda, el pan para la Eucaristía).
Como el pan de la Eucaristía, hemos de partir los creyentes nuestro pan
con los demás. No estamos de acuerdo con un mundo tan desigual y tan
injusto. Ayúdanos, Señor, a los jóvenes, especialmente a los que reciben
este año la confirmación, a ser los testigos de un cristianismo al estilo
de aquellas comunidades primeras. Que seamos capaces de compartir para que
vaya desapareciendo el hambre, la enfermedad, la droga, el sida, la guerra
y todas las lacras de nuestro mundo. Roguemos al Señor.
5. (Hombre y mujer de la tercera edad con la ofrenda, el cáliz con el
vino).
Dicen que el buen vino gana solera con los años. No lo digo como
consuelo, sino para pedir por todos los mayores: para que creamos al Señor
que nos dice que para él no hay nadie inútil; y para que desde los más
pequeños, como estos cielos de niños y niñas, hasta los más mayores
contribuyamos a edificar su Iglesia entre los hombres. Roguemos al Señor.
Plegaria Eucarística. (La Plegaria II para niños parece la más
indicada por la participación que ofrece en las aclamaciones.
Padrenuestro. (Suben los padres y se coloca cada pareja junto a
su hijo, este en medio, formando un círculo alrededor del altar, unidos
todos por las manos. Si hay problema de espacio, pueden quedarse los
padres detrás de sus hijos y adelantar un poco la mano con la que
estrechar la del niño).
Normalmente, fueron nuestros padres quienes nos enseñaron a rezar. Al
acostarnos, al levantarnos: un beso y una oración. La más preciosa de
todas las oraciones aprendidas es la que nos enseñó el mismo Jesús, el
Padrenuestro. Unidas estas familias, y unidos todos a la gran familia de
los hijos de Dios, enlazamos nuestras manos y rezamos.
Paz. El abrazo de paz adquiere hoy un significado muy especial.
Para vosotros, los padres, es el abrazo emocionado y gozoso con que traéis
a vuestros hijos a la mesa del Señor. Para vosotros, pequeños, y para
todos, hermanos, es el abrazo de quienes sabemos que para estar a bien con
Dios y comulgar con él hay que estar a bien con los hermanos. Démonos
fraternalmente la paz.
Comunión. (Después de darse la paz, los padres permanecen detrás
de sus hijos. Son los testigos principales de este momento. Se quedan ahí
hasta que se les dé de comulgar a todos los niños. Entonces bajan a sus
puestos y se acercan a comulgar, si lo desean, cuando mejor les parezca.
Conviene que la parte frontal del presbiterio quede despejada, para que la
comunión de los niños pueda ser presenciada por todos).
Queridos niños y niñas: llegó el momento esperado: Jesús comparte con
vosotros su pan y su vino, su Cuerpo y su Sangre. Es el amigo que entra
dentro de cada uno y le llena con su vida, la vida de Dios, y con su amor,
el amor de Dios. ¿Sabéis para qué? Para que nosotros vivamos esa misma
vida de Dios amándonos unos a otros como él nos amó. Dadle un abrazo
fuerte, fuerte, y decidle que no vais a soltarlo nunca. Dichosos los
invitados a la mesa del Señor.
(El sacerdote pasa y les da la comunión bajo las dos especies. Conviene
que, mientras se distribuye la comunión a la asamblea, las catequistas
estén cerca de los niños, invitándoles a la acción de gracias y
sugiriéndoles alguna idea que les ayude a permanecer concentrados).
Canto de comunión. (Dado el mensaje del evangelio, puede
resultar oportuna la canción Te conocimos al partir el pan. Entre las
canciones para niños: Tú nos invitas, Jesús; Danos de tu pan. O Comer tu
pan.
Acción de gracias. (Del grupo de primera comunión, una niña lee
la parte A y un niño la B del siguiente mensaje).
A) Amigo Jesús: lo primero de todo queremos decirte que nos sentimos
muy felices porque nos has invitado a tu mesa y has venido tú mismo en
persona a nuestro corazón. ¡Muchas gracias, Señor!
B) Ha sido estupendo, Señor: además de saber que eres nuestro amigo,
tenerte dentro de nosotros. ¡Una maravilla! Y todo ello gracias a habernos
regalado unos padres tan buenos y a haber contado con unos catequistas tan
fenomenales que no se han cansado a pesar de nuestras muchas travesuras.
A) Algo que nos han enseñado y repetido mucho es que esta fiesta no
termina aquí, sino que es el comienzo de algo muy importante; porque
tenemos que parecernos a ti y ser un poco como tú: obedientes, estudiosos,
alegres, cariñosos...
B) Sabemos que es difícil; pero tú no cuentas con cobardicas para hacer
este mundo un poco mejor, sino con gente valiente; por lo menos con
personas que pongan su esfuerzo y sus ganas. Tú ya nos das tu fuerza y tu
ayuda. Y desde hoy te vamos a llevar a nuestro lado.
A) Además, también nos van a ayudar nuestros padres, nuestra familia y
la gente de la parroquia. ¡Ese sí que es un gran regalo!
B) Pero el mejor regalo te lo pedimos a ti, Señor: que sepamos
querernos de verdad con nuestros padres y hermanos, con nuestros abuelos y
tíos... Y que mantengas a nuestras familias siempre unidas por el amor que
tú nos has enseñado.
Oración. Recojo esta oración entrañable de nuestros pequeños, la
presento ante Dios y le pido que la escuche, por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
Bendición. La enhorabuena de Dios les llega a los niños y os
llega a vosotros en la: «Bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
que descienda sobre vosotros. Amén».
Y nuestra enhorabuena a los protagonistas de la fiesta, les tiene que
llegar es una gran felicitación.
Despedida. Que paséis un feliz día. Podéis ir en paz.
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