“ASÍ nos lo han enseñado siempre”
Es cierto. La Iglesia siempre
ha enseñado y practicado el bautismo de los niños. Pero no siempre lo ha
hecho de la misma manera.
La primera comunidad cristiana
estaba formada, sobre todo, por adultos. Era una comunidad “subterránea”
y clandestina; perseguida las más de las veces; aceptada por pocos; compuesta
de hombres y mujeres sencillos. En
medio de aquel mundo pagano y hostil, era muy difícil creer y vivir como
cristiano. Por eso, antes de
admitir a alguien en la comunidad cristiana, se le exigía una preparación
muy seria, una madurez probada. Aunque
también se bautizara a niños de padres verdaderamente cristianos, lo más
normal era, en estas circunstancias, el bautismo de adultos. Eso era en los
primeros siglos de la historia de la Iglesia.
Pasaron los cuatro primeros
siglos. Había crecido el número
de creyentes. Oficialmente, la
religión católica fue reconocida como la religión del Estado. Para muchos, pertenecer a la Iglesia ya no era una carga ni
un riesgo, sino un honor. Ser
cristiano comenzó a estar «bien visto».
El peligro de apostasía disminuyó.
Cambiaron las circunstancias y
también las exigencias.
Si se tenía la garantía de
que los niños iban a crecer y a vivir en una sociedad cristiana, ¿por qué
mantener las exigencias anteriores? Si
normalmente iban a ser cristianos, ¿por qué privarles de la gracia del
bautismo?
¿No se debía garantizar de
este modo su salvación, en un mundo en que era frecuente la mortandad
infantil?
Estas y otras razones
condujeron a que se extendiera cada vez más el bautismo de los niños.
Así, lo que en un principio estaba pensado más bien para adultos,
ahora, se aplicó, generalizándose, a los niños.
Esta es la práctica que se ha
mantenido en la Iglesia hasta nuestros días.
Bautizar a un niño cuando nace es lo normal, lo que todo el mundo
hace. A nadie le causa extrañeza, aunque sus
padres tengan unas creencias y lleven una vida que tienen poco que ver con el
Evangelio. Lo raro sería que no
lo hicieran así. Entonces es
cuando les señalaríamos con el dedo. El
bautismo ha llegado a ser como un acto más de incorporación a la vida.
“queremos que nuestro hijo sea cristiano”
Cuando unos padres expresan
este deseo, la Iglesia, la comunidad parroquial, se alegra.
¿Puede estar triste una
familia cuando nace un hijo?
De igual modo, la familia de
los cristianos, tampoco puede estar triste cuando un miembro nuevo entra en
ella. Por eso lo celebra en la fiesta del bautismo.
La petición del bautismo para
un niño, el deseo de que sea cristiano, es algo legítimo y santo. Toda
persona nacida de padres cristianos tiene el
derecho a ser bautizada. Sus padres tienen el deber de conducirle a la
vida de la fe, a la gracia del bautismo, a la comunidad cristiana.
Pero...
¿Basta con bautizar a un niño
para hacerlo cristiano?
El deseo de bautizar a un niño
es muy bueno, pero no basta. El bautismo es una cosa muy santa, pero no lo es
todo. Con ello no hemos dado más que el primer paso. No hemos hecho sino
poner el fundamento de un edificio que habrá que ir construyendo piedra por
piedra, a lo largo de toda la vida.
Y
hay personas que en la Iglesia olvidan esto último. Por eso, hay muchos «cristianos»
bautizados, pero pocos cristianos convencidos.
Una cosa es llamarse cristiano, y otra muy distinta serlo de verdad...
¿Dónde
queda, entonces, el bautismo? ¿Se puede seguir bautizando a los niños, si no
existe una cierta garantía de fidelidad?
razones que valen...
razones que no valen
Para querer bautizar al hijo.
Sin
duda, vosotros los padres soñáis en buscar lo mejor para vuestro hijo,
porque le queréis de verdad. Estáis
seguros de que el bautismo es algo bueno, y por eso queréis bautizarlo.
Tal vez conocéis lo que esto significa, o tal vez no.
De todos modos, cada uno tiene sus razones cuando toma una decisión en
la vida.
¿Habéis
pensado en las razones que motivan esta decisión vuestra?
¿POR QUE QUERÉIS BAUTIZAR A VUESTRO HIJO?
Pensároslo
bien.
Si
es porque vosotros sois creyentes y queréis darle vuestra fe;
porque
vivís como cristianos y queréis enseñarle este estilo de vida;
porque
pertenecéis a la Iglesia y queréis introducirle en ella;
porque
amáis a Dios y queréis que él también lo ame;
porque
os consideráis hijos de Dios y queréis que él lo sea...
¡ADELANTE! VUESTRAS
RAZONES SON VALIDAS.
Para bautizar a
vuestro hijo.
Pero si lo hacéis simplemente
«porque todo el mundo lo hace»:
«porque
es una costumbre de familia, y no es posible oponerse»;
«porque
es necesario que al niño no le falte ningún documento»;
«porque,
si no lo hacemos, a lo mejor le pasa algo malo»;
«porque
no queréis que nadie os critique por no hacerlo»;
«porque,
aunque no tengáis fe, ya sabrá él lo que hace después»...
¡PENSADLO EN SERIO!
ESTAS NO SON RAZONES VALIDAS
para pedir el bautismo
para vuestro hijo.
En la vida, cada uno es libre
para optar por una cosa u otra. La
Iglesia no obliga a tomar decisiones en las que no se cree.
Se alegra de vuestros deseos, está dispuesta a acogeros y ayudaros.
Pero quiere que vuestra actitud sea sincera, consciente y libre.
Pero, -os preguntaréis- ¿qué
nos pide, pues, la Iglesia para bautizar a nuestro hijo?
III.-
LO QUE PIDE LA IGLESIA PARA BAUTIZAR A LOS NIÑOS
CUANDO
LAS COSAS CAMBIAN
Todo
el mundo lo dice. Y todos lo sabemos.
¡Cómo
han cambiado las cosas!
En
efecto, el mundo y la sociedad vive
en medio de cambios continuos.
Cada
época trae consigo una sensibilidad nueva, y quizás también, un nuevo
sentimiento religioso. Por eso, hoy en día, el hombre y la mujer sienten su
relación con Dios y con los demás de forma diferente.
Antes
creíamos más en un Dios lejano, ante quien sentíamos temor.
Hoy aceptamos mejor un Dios cercano, que nos invita al amor.
Antes atribuíamos todo a Dios, hoy todo lo atribuimos al hombre.
Antes la sociedad se decía cristiana, hoy vivimos en medio de una
sociedad descristianizada.
Para
muchas personas, aunque estén bautizadas, creer en Dios y pertenecer a la
Iglesia es algo que les dice bien poco. Algunos rechazan expresamente su fe.
Los más ni la rechazan, ni la aceptan con sinceridad; sencillamente
prescinden de ella.
Entonces,
¿es que ya no hay cristianos?
No
queremos decir esto.
Hoy
como siempre hay cristianos verdaderos, sinceros, comprometidos.
Tal
vez nunca ha existido en la Iglesia un planteamiento tan serio del ser
cristiano más encarnado en el mundo, con un nuevo sentido comunitario, con
una fe más consciente...
Pero
lo cierto es que la fe ha dejado de ser algo que tienen todos los bautizados.
Y, por lo tanto, algunos padres que piden el bautismo de sus hijos,
también han podido descuidar y perder su fe.
Y
si los padres no tienen fe, ¿qué garantía tiene la Iglesia de que los niños
van a ser educados en la fe? ¿Puede, en estas circunstancias, administrar el
bautismo? ¿Debe admitir, sin más ni más, a todos los que piden el bautismo
de sus hijos?
La
Iglesia, por lo menos, pide que los padres tengan fe y se sientan miembros de
la comunidad cristiana.
LA
FE VERDADERA
La
Iglesia no rechaza a nadie que se acerca a ella. Pero tampoco acepta a cualquiera que a ella se dirige, si no
está dispuesto a cumplir con las exigencias de la fe.
Lo
que la Iglesia pide a los padres para bautizar a sus hijos no es dinero, ni
posición social. Sus puertas están
abiertas a todos, sobre todo a los más humildes. Y los sacramentos no se compran ni se venden.
La Iglesia pide sencillamente lo que pide Cristo:
LA FE VERDADERA Y EL PROPÓSITO SINCERO DE HACER
TODO LO POSIBLE PARA EDUCAR EN ELLA A SUS HIJOS.
Esto
es fácil decirlo. Lo difícil será saber cuándo hay fe verdadera. Por eso
nos hacemos estas preguntas:
¿EN QUE CONSISTE LA FE VERDADERA?
¿QUE ES TENER FE?
Desde
luego, no siempre es fácil encontrar la respuesta que buscamos.
Son muchos los interrogantes que nos asaltan en la vida, ante los
cuales casi no podemos más que guardar silencio.
Pero el hombre no puede renunciar a preguntarse, a buscar...
A
pesar de nuestras ansias casi infinitas de felicidad, no podemos por menos de
constatar nuestros fracasos.
¿Por
qué sufrimos cada día?
¿Por
qué existe el mal, y el dolor y la enfermedad y la muerte?
¿Por
qué hay odio e injusticia, guerra y hambre en el mundo?
¿Qué
sentido tiene la vida?
¿Quién
soy yo?
Los
hombres hemos intentado explicar todo esto de mil maneras.
El
dinero y el egoísmo, la opresión y el poder de los hombres pueden ser la
causa de muchos de nuestros males. Contra todo esto es preciso luchar. El hombre puede liberarse de muchas cosas que le esclavizan o
encadenan.
Y a pesar de todo, el hombre
seguirá siempre interrogándose:
¿Por qué sufro?
¿Por qué hago sufrir a los
demás?
¿Cuál es el sentido de mi
vida?
¿Dónde está la meta de mi
liberación plena?
LA FE ES LA RESPUESTA MAS RADICAL A LOS
INTERROGANTES DEL HOMBRE, PORQUE EN ELLA DESCUBRIMOS EL SENTIDO DE NUESTRA
VIDA.
Bien, pero... Si tener fe es
encontrar el sentido de nuestra vida, ¿en qué consiste este sentido del
vivir? ¿Quién nos garantiza que es la verdad?
Por nuestras propias fuerzas
seríamos incapaces de saberlo. El
hombre tiene una capacidad limitada. Sus
palabras no siempre dicen verdad, no siempre cumple lo que dice. Somos
conscientes de nuestros fallos.
Si podemos hablar del sentido
verdadero de nuestra vida, es porque Alguien, por encima de nosotros mismos,
se ha hecho presente en nuestra historia para comunicárnoslo.
Porque Dios mismo nos lo ha
dicho:
«De muchos
modos habló Dios en el pasado a
nuestros Padres por medio de los Profetas; en los últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo Jesucristo» (Hb 1, 1-2).
Y la palabra que Cristo ha
dicho al mundo es verdadera (Jn
5, 19-47; 8, 31-32. 45-47). El
dijo de sí mismo: Yo soy el
camino, la verdad y la vida»
(Jn 14, 6).
Sus obras, sus milagros,
testifican que en él no hay mentira (Jn 14, 10-11).
«Pasó
por el mundo haciendo el bien a todos»
(Act. 10, 38)
Curando a los enfermos,
defendiendo a los pobres y humildes, luchando contra el pecado y la
injusticia. Para esto fue enviado
por el Padre:
«El
Espíritu del Señor sobre mí, porque
me ha ungido.
Me ha
enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva,
a proclamar la liberación a los
cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y
proclamar un año de gracia
del Señor»
(Lc
4, 18-19).
A los que creían en él les
dio un mandamiento nuevo:
«Que
os améis los unos a los otros, como yo os he amado» (Jn 13, 34-35; 1 Jn 3-4)
Al final, los poderosos y las
autoridades del pueblo le llevaron a la muerte. Le hicieron morir en una cruz.
Porque no creían en él. Les
molestaba. Era una persona incómoda
a quien había que eliminar.
Esta fue la prueba más grande
de su amor a los hombres:
«La
prueba de que Dios nos amo es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores,
murió por nosotros» (Rom.
5, 8).
Pero su muerte no fue un
fracaso, sino una victoria sobre el pecado, el mal, la injusticia y la muerte (1 Cor 15, 54-57). El bien, el amor no podían morir.
Con su vida, muerte y
resurrección, Cristo nos ha dicho no sólo quién es Dios, sino también quién
es el hombre, cuál es el sentido de su vida.
Desde entonces sabemos qué significa la vida y la muerte.
«Cristo,
nuestro Salvador, ha destruido la muerte y, con la luz del
Evangelio, ha dado sentido a la vida y al más allá» (2 Ti m 1, 10).
Por todo esto,
TENER
FE ES:
Y
CONOCER a
JESUCRISTO, ACEPTAR A
JESUCRISTO.
Confiar en su palabra.
Y asimilar las actitudes que
dieron
sentido a su vida y tratar de vivirlas
ahora, de manera creativa, desde
nuestras circunstancias concretas.
Y ACEPTAR
SU SALVACIÓN, ESPERAR LA VIDA
ETERNA.
Y
LUCHAR,
COMO EL, POR EL BIEN Y LA JUSTICIA.
Y COMPRENDER, AMAR Y AYUDAR A LOS
DEMÁS.
Todo
esto es lo que pide la Iglesia a los padres para bautizar a sus hijos. Pero
hay algo más.
un
cristiano, una cristiana, siente su pertenencia a la COMUNIDAD
DE LA IGLESIA
|
Los
que creemos en Cristo, e intentamos vivir sus enseñanzas, formamos la
comunidad de los creyentes, la gran familia de la Iglesia.
Por
el bautismo entramos a formar parte en esa familia, nos comprometemos a
participar de sus tareas en el mundo. Todos
los bautizados formamos y somos la Iglesia, el Pueblo de Dios, que peregrina
hacia la casa del Padre. A esta
Iglesia Jesús la ha constituido como la prolongación de su obra en el mundo:
«Id
por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia
a todos los hombres... Haced
discípulos de entre todas las
gentes, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar
todo lo que yo os he mandado. Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(Mc 16, 1 S; Mt 28, 19-20).
A
lo largo de los siglos, esta Iglesia ha procurado ser fiel a la misión que
Cristo le encomendó. Unas veces
ha manifestado mejor esta fidelidad, otras peor.
Las luces y las sombras, el pecado y la virtud, aparecen también en la
Iglesia, mezclados. No debe
causarnos extrañeza, ya que la Iglesia está compuesta de hombres pecadores y
necesitada, por tanto, de constante purificación.
Todo bautizado debe amar a
esta Iglesia, debe sentirse perteneciente a ella, a pesar de sus defectos, que
son los nuestros. Contra ellos
debemos siempre luchar todos. No
basta criticar a la Iglesia y decir «que está mal».
Es preciso sentirse implicados en esta crítica, y poner los medios
para que sea mejor.
De la misma manera que uno no
es buen hijo si acepta a su padre, pero rechaza a su familia, así uno no
puede ser buen cristiano si acepta a Cristo, pero rechaza a su Iglesia.
Esto significaría rechazar a la comunidad de hermanos en la fe.
Tened claro una cosa: aceptar
a la Iglesia no es estar de acuerdo con los defectos de sus miembros o su
jerarquía, sino sentirse perteneciente a ella, y luchar contra su pecado.
Pero, ¿dónde vive esta
Iglesia de Cristo? ¿Dónde podemos encontrarla?
Es cierto que la Iglesia está
extendida por toda la tierra, es universal.
Pero se realiza y vive en las Iglesias locales (=Diócesis), en las
comunidades particulares (=parroquias) y en los grupos eclesiales (=pequeñas
comunidades). Todas estas
comunidades, aún estando unidas en la fe y en la caridad, tienen sus
peculiaridades, se configuran de modo distinto.
A
un cristiano se le pide pertenecer a una comunidad determinada.
La que sea. Y sentirse
unido a sus miembros, y reunirse con ellos para celebrar la Eucaristía, y
ejercer con ellos, el servicio a los demás, y comprometerse con ellos en la
lucha por un mundo mejor y más justo. Esto es pertenecer a la comunidad de creyentes.
Por eso, Cristo y la Iglesia
exigen a los padres, para bautizar a sus hijos:
AMAR
A LA IGLESIA Y SENTIRSE A ELLA UNIDOS.
PERTENECER
A UNA COMUNIDAD Y PARTICIPAR EN
SUS TAREAS.
SERVIR A LOS HERMANOS EN LA FE Y COMPROMETERSE
CON ELLOS.
HACER LO POSIBLE PARA DESPERTAR EN SU
HIJO EL SENTIMIENTO DE
PERTENENCIA
A ESTA COMUNIDAD.
iv.-
¿qué significa el bautismo?
Hemos
visto lo que la Iglesia pide para bautizar a los niños. Pero, ¿qué
significa bautizar a un hijo?. Está claro que, nosotros los padres, tenemos
que poner la fe y sentirnos unidos a una comunidad. Pero, ¿qué le da el
Bautismo a nuestro hijo?. ¿En qué se distingue una persona bautizada de una
que no lo está?.