Lecturas del día Celebración de la Eucaristía Había de resucitar Cumplir con Pascua
Hchos de los Apóstoles 10, 34a.37-43 Plegaria Eucarística Pascua: Fiesta de la vida nueva Reflexión personal y en grupo
Colosenses 3, 1-4 Muertos Domingo de Pascua Rezar con el salmo 117
Juan 20, 1-9 ¡No tengáis miedo! Exégesis  

 

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Misa pr. Gl. Sec. Cr. Pf Pasc I: "En este día"

En las PE, embolismos prs. Despedida con doble Aleluya

 

 

REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS

 

 

Reflexión: Hechos de los Apóstoles 10, 34a.37-43
 

La celebración de la Pascua no es un simple acontecimiento que recordamos cada año.

La resurrección del Señor es el acontecimiento salvador que da sentido peculiar, de esperanza y de vida, a nuestro peregrinar de cada día.

Por ello, el apóstol Pedro, en la primera lectura que hacemos hoy, proclama en la casa de un "pagano" y fuera de ella, la obra liberadora de Cristo-Jesús que pasó haciendo el bien y liberando a los oprimidos por el diablo.

Quienes vieron, con decepción y desilusión, morir a Jesús en la cruz son ahora los testigos de su resurrección.

Ese acontecimiento, les convierte en portadores de una misión de esperanza y salvación para todos los hombres. Anuncian que Jesús es "juez de vivos y muertos" porque murió y resucitó para salvarnos a todos.

El anuncio de salvación que hace el apóstol Pedro en esta primera lectura de hoy, es el anuncio que la iglesia y todos nosotros hemos de ofrecer al mundo actual.

Juan XXIII decía: "¡Cristo ha resucitado!, ¡aleluya! Este saludo nos presenta un radiante programa. No muerte, sino vida. No divisiones, sino paz. No egoísmo, sino caridad. No mentira, sino verdad. No lo que deprime, sino lo que es luz, pureza y respeto mutuo".

La fe en Cristo Jesús, muerto y resucitado, que pasó por el mundo haciendo el bien, liberó y sigue liberando a todos los oprimidos por el diablo: ¡ése es el mensaje de salvación que nos ofrece la Pascua de Resurrección!, que celebramos hoy.

 

Nota: Hch 10,34a.37-43

10,23b-48: La segunda escena (véase Hch 10,1-23a) tiene lugar en casa de Cornelio. El episodio posee una importancia capital en el conjunto del libro, pues Cornelio es el primer pagano recibido como cristiano por uno de los apóstoles. El relato del encuentro y el discurso de Pedro insisten en la supresión de las fronteras entre judíos y paganos. Las ha suprimido Dios mismo, enseñando a Pedro a no llamar impuro a ningún hombre (Hch 10,28; nótese la interpretación de la visión descrita en Hch 10,11-16), y haciendo que Cornelio envíe a buscar a Pedro (Hch 10,31-32). Pero también las suprime ahora el Espíritu Santo al derramarse sobre los gentiles, en una especie de nuevo pentecostés (Hch 10,44-46). Pedro no puede resistirse a este nuevo impulso del Espíritu y acoge a estos paganos en la comunidad por medio del bautismo.

El discurso que Lucas pone en boca de Pedro (Hch 10,34-43) sigue el esquema de los demás discursos pronunciados por él (véase nota a Hch 2,14-41). La conexión con el episodio precedente (Hch 10,34-36) insiste en que Dios no hace distinciones. El resumen del anuncio cristiano (Hch 10,37-42) refleja el esquema de los evangelios sinópticos, especialmente de Marcos. Sin embargo, en lugar de una invitacion a la conversión (véase Hch 2,37-41), encontramos aquí, como en el discurso de Pablo en Atenas (Hch 17,30-31), la proclamación del perdón de los pecados (Hch 10,43).

 

 

Reflexión: Colosenses 3, 1-4

 

Si en la primera lectura que hemos hecho, el apóstol Pedro nos decía que creer en Jesús es alcanzar el perdón de los pecados, ahora el apóstol Pablo en la segunda lectura nos dice que creer en Cristo es empezar a vivir una vida nueva.

San Pablo no se conforma en anunciar la "resurrección de Cristo", sino que nos anuncia nuestra vida nueva al haber muerto y resucitado con Cristo por medio del bautismo.

El cristiano, por tanto, no solamente ha de creer en la resurrección del Señor, sino que ha de vivir la fuerza de esa resurrección en su propia vida.

La resurrección no es tanto el final feliz de una biografía cuanto el comienzo de una vida nueva. Es el comienzo de la historia humana con un horizonte de luz y esperanza. Es la flecha que apunta hacia una transfiguración universal. Es el alba de un mundo nuevo.

Por ello es preciso mirar los bienes de lo alto donde está el Señor. No dejarnos arrastrar por los bienes de la tierra.
La vida del cristiano ha de estar iluminada por esta gran realidad de nuestra inserción en la vida de Cristo por medio del bautismo. Por tanto, la ética cristiana no son las "normas de aquí abajo" sino la persona de Cristo que está allá arriba, a la derecha de Dios Padre. ¡Miremos las cosas de arriba porque allí está Jesús resucitado, que es camino, verdad y vida!

 

Nota: Col 3,1-4

 3,1-17: La fuente de toda moral cristiana es la unión con Cristo resucitado, unión a la que se llega a través del bautismo. Pablo recurre a la antítesis hombre viejo-hombre nuevo, que aparece también en Efesios (véase nota a Ef 4,14-24), para describir las exigencias negativas y positivas de la moral cristiana. Una importante consecuencia social de la nueva situación es la igualdad radical ante Dios de todos los componentes de la comunidad cristiana (Col 3,11).

 

 

Reflexión: San Juan 20, 1-9

Hay acontecimientos que nos llenan de asombro por las circunstancias en que suceden.

Un periódico de Navarra un día (19-4-1.987) narraba esta noticia: "José Pablo Salvador, el joven de Mendigorría, de 19 años, desaparecido en el río Arga un 31 de marzo, regresó a la casa de sus padres el día de Jueves Santo, después de permanecer 16 días ausente. La madre manifestó la sorpresa de volver a ver a su hijo cuando ya todos lo daban, definitivamente, por muerto".

Un joven desaparecido y dado por muerto después de una incesante búsqueda, aparece con vida en la Semana Santa.

Hoy leemos en el Evangelio que a Jesús le habían dejado muerto de verdad y enterrado en un sepulcro cavado en roca viva.

Nadie tenía dudas sobre su muerte. Han pasado tres días.

Los discípulos están a la espera, pero escondidos, con mucho miedo y mayor desilusión.

Las mujeres, llevadas de su profundo sentimiento de corazón, van a ungir el cuerpo del Señor, ya que su entierro había sido hecho un tanto precipitadamente por las fiestas que los judíos habían de guardar.

La sorpresa fue enorme: el sepulcro estaba abierto y vacío. María Magdalena, que había sido fiel en los duros momentos por los que el Señor había pasado, quiere acompañarle también ahora. Pero allí no está el Señor y "no sabe dónde lo han puesto".

Es de suponer que, con la muerte del Señor, habría sufrido una gran desilusión y no solamente una enorme pena.

Ella también creía que con Jesús había llegado "la salvación" anunciada por los profetas; la liberación de los oprimidos y la instauración de la justicia en el mundo.

La muerte de Jesús truncó sus esperanzas. Pero aunque es verdad que "la muerte ha apresado a Jesús, la paz, la justicia, la verdad no pueden morir. Más tarde o más temprano saltarán las cosas que las sepultan".

Por eso, "la resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos".

Los discípulos piensan que aquel anuncio de María Magdalena era «cosas de mujeres". Un delirio. Sin embargo, la esperanza que en ellos no ha muerto del todo, les hace salir corriendo a verificar lo que les dicen.

Al llegar al sepulcro vacío, "creyeron"; entendieron lo que las Escrituras y Jesús les había anunciado.

Desde entonces, aquel día dejará de ser "el día del sol" para ser el día del Señor.

La lucha entre vida y muerte es un viejo drama del mundo vivido entre fiestas y desencantos. Fiestas en quienes experimentan la vida; desencantos en quienes sufren la muerte.

Pero no podemos olvidar que, al igual que ahora en primavera brota la vida por todas partes a pesar de los hielos que parecía la habían sofocado, del sepulcro brota la vida de Jesús cuando en realidad lo habían matado.

Así como la naturaleza canta en primavera la nueva vida, la Iglesia canta en el día de hoy la nueva vida de Jesús y la nuestra:

Lucharon vida y muerte en singular batalla

y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana

y da a tus fieles parte en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

Hoy siguen luchando vida y muerte, fe e increencia, esperanza y desesperación, amor y odio, violencia y perdón.

La "pasión por la vida" del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde "se produce muerte", para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida. Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y "amigo de la vida".

La noticia de la resurrección del Señor, pone nerviosos a todos:

- a los enemigos porque lo temen y la quieren ocultar a base de sobornos y dinero; y hacen callar a los testigos con mentiras y amenaza de cárcel,

- a los amigos que "no se lo pueden creer" por la alegría que entraña; y la testifican, a pesar de las amenazas, torturas y cárceles, transformando al mundo entero.

Con la resurrección de Jesús, resucita: la esperanza, la ilusión, la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, la seguridad de que "ha llegado la redención de Dios" al mundo.

Hoy, como ayer, no cabe duda que vencerá la fe, el amor, el perdón, la esperanza, porque son bienes de allá arriba donde está Cristo resucitado.

¡Esta es nuestra fe que nadie nos puede arrancar, porque sería provocarnos la muerte definitiva y total!

 

Comentario: Jn 20,1-9

20,1-9 El sepulcro vacío. Las dos formas primeras de expresar la fe en la resurrección fueron las apariciones y el sepulcro vacío. El presente relato (Jn 20,1-18) las ha sintetizado en estas dos historias, que ahora se hallan entremezcladas, pero que, originariamente, fueron independientes. Con ellas se pretende enseñar que el sepulcro vacío, al que hay que añadir el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario, apunta a la resurrección de Jesús. Queda excluido el robo de su cadáver. Un ladrón no hubiese dejado las cosas tan ordenadas. Para el discípulo ideal, representado en aquel al que amaba Jesús, son pruebas suficientemente indicativas de la resurrección. Únicamente de él se dice que vio y creyó. Precisamente por eso se afirma que llegó antes que Pedro al sepulcro: se dio cuenta de lo que aquello significaba y le vino a la memoria que así lo habían anunciado las Escrituras. El sepulcro vacío fue para él, y únicamente para él, un -signo-. Estamos, una vez más, dentro de la mentalidad y de la filosofía joánicas.


 

 



Reflexión personal y en grupo

 

¿He vivido esta Semana Santa como el camino que es a la resurrección y a la vida eterna? ¿He apostado por la Vida, en mi vida?


- El bautismo nos asocia a Cristo muerto y resucitado. ¿Cómo vivimos el bautismo, como un rito mágico o como el gesto que nos da una nueva vida? Y nuestra vida posterior, ¿es coherente con esa nueva vida recibida en el bautismo?
 

- Jesús ha resucitado; ¿esto es un artículo del credo, un enunciado que yo tengo que aceptar… o es una experiencia, un sentimiento en mi corazón y en mi vida, igual que experimento y siento, por ejemplo, el amor y el cariño de amigos y familiares? ¿Creo, sinceramente, en la resurrección de Cristo, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?

 

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