Homilías José A. Pagola

Tiempo Cuaresma/C

 

EQUIVOCARSE

Era tentado por el diablo Lc 4, 1-13

 

Toda persona que no quiera vivir alienada, debe saber mantenerse lúcida y vigilante ante las posibles equivocaciones que puede cometer en la vida. Quizás una de las aportaciones más válidas de Jesús de Nazaret es la de poder ofrecer a quien le conoce y sigue, la posibilidad de ser cada día más humano. En Jesús podemos escuchar el grito de alerta ante las graves equivocaciones que acechan siempre a la persona.

La primera equivocación es la de considerar la satisfacción de las necesidades materiales como el objetivo último y absoluto. Pensar que la felicidad última del hombre se encuentra en la posesión y el disfrute de los bienes.

Según Jesús, esa satisfacción de las necesidades materiales, con ser muy importante, no es suficiente. El hombre se va haciendo humano cuando aprende a escuchar la Palabra del Padre que le llama a vivir como hermano. Entonces descubre que ser humano es compartir, y no poseer; dar, y no acaparar; crear vida, y no explotar al hermano.

La segunda equivocación es la de buscar el poder, el éxito y el triunfo personal, por encima de todo y a cualquier precio. Incluso siendo infiel a la propia misión y cayendo esclavo de las idolatrías más ridículas.

Según Jesús, el hombre acierta, no cuando busca su propio prestigio y poder, en la competencia y la rivalidad con los demás, sino cuando es capaz de vivir en el servicio generoso y desinteresado a los hermanos.

La tercera equivocación es la de tratar de resolver el problema último de la vida, sin riesgos, luchas ni esfuerzos, utilizando interesadamente a Dios de manera mágica y egoísta.

Según Jesús, entender así la religión es destruirla. La verdadera fe no conduce a la pasividad, la evasión de la realidad y el absentismo ante los problemas. Al contrario, quien ha entendido un poco lo que es ser fiel a un Dios, Padre de todos, se arriesga cada día más en el esfuerzo por lograr una sociedad de hombres más libres y más hermanos.


¿A QUIÉN ESCUCHAR?

Escuchadlo Lc 9, 28b-36

 

Los cristianos han oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente «la transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogida en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar la «realidad oculta» encerrada en Jesús y les invitaba a «escucharle» sólo a él.

En la cumbre de una «montaña alta» los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego, que defendió a Dios con celo abrasador.

La escena es sugerente. Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: sólo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: sólo éste tiene la última palabra. Sólo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. La Ley y los Profetas siguen ocupando el sitio de siempre. No ha captado la novedad de Jesús. La voz salida de la nube va a aclarar las cosas: «Éste es mi Hijo amado. Escuchadle». No hay que escuchar a Moisés o Elías sino a Jesús, el «Hijo amado». Sólo sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.

Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin, estás escuchando a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué y para qué hay que vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y más digno del ser humano.

Entre los seguidores de Jesús no se vive de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el evangelio y sólo el evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho colectivo más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podrán sentir su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más sentido y responsabilidad, construyendo un mundo más habitable.


VIDA ESTÉRIL

¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Lc 13, 1-9

 

Es el riesgo más grave que nos amenaza a todos: terminar viviendo una vida estéril. Sin darnos cuenta, vamos reduciendo la vida a lo que nos parece importante: ganar dinero, estar informados, comprar cosas y saber divertirnos. Pasados unos años, nos podemos encontrar viviendo sin más horizonte ni proyectos.

Es lo más fácil. Poco a poco, vamos sustituyendo los valores que podrían alentar la vida por pequeños intereses que nos ayudan a «ir tirando». Tal vez, no es mucho, pero nos basta con «sobrevivir» sin más aspiraciones. Lo importante es «sentirse bien» y «mantenerse joven».

No nos sentimos tan mal en esta cultura que los expertos llaman «cultura de la intranscendencia». Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos apetece, la felicidad con el bienestar. Ya sabemos que eso no es todo, pero tratamos de convencernos de que nos basta.

Sin embargo, no es fácil vivir así, repitiéndonos una y otra vez, alimentándonos siempre de lo mismo, sin creatividad ni compromiso alguno, con esa sensación extraña de estancamiento, incapaces de hacernos cargo del propio sufrimiento y del ajeno de forma constructiva.

La razón última de esa insatisfacción es profunda. Vivir de manera estéril significa no entrar en el proceso creador de Dios, permanecer como espectadores pasivos, no entender nada de lo que es el misterio de la vida, negar en nosotros lo que nos hace más semejantes al Creador: el amor compasivo y la entrega generosa.

Jesús compara la vida estéril de una persona con una «higuera que no da fruto». ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde? La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Qué sentido tiene vivir ocupando un lugar en el conjunto de la creación si nuestra vida no contribuye a construir un mundo mejor? ¿Qué significa pasar por esta vida sin hacerla un poco más humana?

Criar un hijo, construir una familia, cuidar a los padres ancianos, cultivar la amistad o acompañar de cerca a una persona necesitada... no es «desaprovechar la vida», sino vivirla desde su raíz más plena.


 

LA TRAGEDIA DE UN PADRE BUENO

Ha muerto tu hermano Lc 15, 1-3. 11-32

 

Exégetas contemporáneos han abierto una nueva vía de lectura de la parábola llamada tradicionalmente del «hijo pródigo», para descubrir en ella la tragedia de un padre que, a pesar de su amor «increíble» a sus hijos, no logra construir una familia unida. Ésa sería, según Jesús, la tragedia de Dios.

La actuación del hijo menor es «imperdonable». Da por muerto a su padre y pide la parte de su herencia. De esta manera, rompe la solidaridad del hogar, echa por tierra el honor de la familia y pone en peligro su futuro al forzar la repartición de las tierras. Los oyentes debieron quedar escandalizados al ver que el padre, respetando la sinrazón de su hijo, ponía en riesgo su propio honor y autoridad. ¿Qué clase de padre era éste?

Cuando el joven, destruido por el hambre y la humillación, regresa a casa, el padre vuelve a sorprender a todos. «Conmovido» corre a su encuentro y lo besa efusivamente delante de todos. Se olvida de su propia dignidad, le ofrece el perdón antes de que se declare culpable, lo restablece en su honor de hijo, lo protege de la desaprobación de los vecinos y organiza una fiesta para todos. Por fin, podrán vivir en familia de manera digna y dichosa.

Desgraciadamente, falta el hijo mayor, un hombre de vida correcta y ordenada, pero de corazón duro y resentido. Al llegar a casa, humilla públicamente a su padre, intenta destruir a su hermano y se excluye de la fiesta. En todo caso, festejaría algo «con sus amigos», no con su padre y su hermano.

El padre sale también a su encuentro y le revela el deseo más hondo de su corazón de padre: ver a sus hijos, sentados a la misma mesa, compartiendo amistosamente un banquete festivo, por encima de enfrentamientos, odios y condenas.

Pueblos enfrentados por la guerra, terrorismos ciegos, políticas insolidarias, religiones de corazón endurecido, países hundidos en el hambre... Nunca compartiremos la tierra de manera digna y dichosa si no nos miramos con el amor compasivo de Dios. Esta mirada nueva es lo más importante que podemos introducir hoy en el mundo.


 

CAMBIAR

Tampoco yo te condeno Jn 8, 1-11

 

Todos esperan que se sume al rechazo general a aquella mujer sorprendida en adulterio, humillada públicamente, condenada por escribas respetables y sin defensa posible ante la sociedad y la religión. Jesús, sin embargo, desenmascara la hipocresía de aquella sociedad, defiende a la mujer del acoso injusto de los varones y le ayuda a iniciar una vida más digna.

La actitud de Jesús ante la mujer fue tan «revolucionaria» que, después de veinte siglos, seguimos en buena parte sin querer entenderla ni asumirla. ¿Qué podemos hacer en nuestras comunidades cristianas?

En primer lugar, actuar con voluntad de transformar la Iglesia. El cambio es posible. Hemos de soñar con una Iglesia diferente, comprometida como nadie a promover una vida más digna, justa e igualitaria entre varones y mujeres.

Podemos ayudarnos a tomar conciencia de que nuestra manera de entender, vivir e imaginar las relaciones entre varón y mujer no proviene siempre del evangelio. Somos prisioneros de costumbres, esquemas y tradiciones que no tienen su origen en Jesús pues conducen al dominio del varón y la subordinación de la mujer.

Hemos de eliminar ya de la Iglesia visiones negativas de la mujer como «ocasión de pecado», «origen del mal» o «tentadora del varón». Hay que desenmascarar teologías, predicaciones y actitudes que favorecen la discriminación y descalificación de la mujer. Sencillamente, no contienen «evangelio».

Hemos de romper el inexplicable silencio que hay en no pocas comunidades cristianas ante la violencia doméstica que hiere los cuerpos y la dignidad de tantas mujeres. Los cristianos no podemos vivir de espaldas ante una realidad tan dolorosa y tan cercana. ¿Qué no gritaría Jesús?

Hay que reaccionar contra la «ceguera» generalizada de los hombres, incapaces de captar el sufrimiento injusto al que se ve sometida la mujer sólo por el hecho de serlo. En muchos sectores es un sufrimiento «invisible» que no se sabe o no se quiere reconocer.

En el evangelio de Jesús hay un mensaje particular, dirigido a los varones, que todavía no hemos escuchado ni anunciado con fidelidad.


 

Domingo de Ramos

CON LOS CRUCIFICADOS

Lo crucificaron Lc 22, 14 — 23, 56

 

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en r todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar.

No sabemos explicarnos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan tantas nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio es de Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercarnos un poco más a los crucificados, semana tras semana.

 

 

 

Inicio

 

Indice

Principal ] Oración mensual ] Celebraciones litúrgicas ] Albia ] Sobre la liturgia ] Familia cristiana ] Sacramentos ] Celebrar el Domingo ] EL DOMINGO ] Homilías ] Lecturas del día ] Red de evangelización ] Contraportada ] Mensaje para la semana ]

Exclusivamente para uso privado. No reproducir.