HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 DOMINGO DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 

Había de resucitar de entre los muertos

Jn 20, 1-9
 

 

 

Fundación permanente

¡Aleluya!

 

EL relato de Juan describe con rasgos precisos el estado de la comunidad cristiana cuando falta la presencia viva del Resucitado. La luz se apaga y llega la noche; los discípulos quedan paralizados por «el miedo a los judíos»; la comunidad permanece encogida y acobardada, con «las puertas cerradas», sin fuerza para la misión. Falta vida, vigor, vitalidad. Todo es miedo, cobardía, oscuridad.

La presencia de Cristo vivo en medio de ellos lo cambia todo. El evangelista subraya, sobre todo, dos aspectos. Por una parte, el Resucitado arranca de sus corazones el miedo y la turbación, y los inunda de paz y alegría: «La paz con vosotros». Al mismo tiempo, les infunde su aliento, abre las puertas y los envía al mundo: «Como el Padre me envió, así también os envío yo».

El misterio de Cristo resucitado es, antes que nada, fuente de paz: la vida es más fuerte que la muerte, el amor de Cristo más poderoso que nuestro pecado, Dios más grande que el mal. Nicolás Cabasilas, un laico místico del siglo XIV hablaba así de esta experiencia profunda de paz: «Vas por la calle y estás muy ocupado, pero de repente recuerdas que Dios existe, que Dios te ama, que Cristo está presente en lo profundo de tu ser, y así, poco a poco, tu corazón despierta».

Por otra parte, Cristo resucitado conduce a sus discípulos a la apertura creadora al mundo. Liberada del miedo y la inseguridad, la Iglesia ha de abrirse confiadamente al futuro, renunciando a la voluntad de poder, de saber y de tener, para buscar como Cristo ser «fermento» y «sal».

La Iglesia no es una institución fundada por Cristo en un momento determinado para seguir funcionando luego por sí misma. Podemos decir que la Iglesia se encuentra en fundación permanente. Es Cristo resucitado quien desde dentro la anima, la mueve, la impulsa y la crea incesantemente.

El mayor pecado de la Iglesia consiste en olvidarlo. Es entonces cuando pierde la paz y se apodera de ella el miedo; es entonces cuando renuncia a la creatividad y se deja llevar por la inercia y el instinto de conservación; es entonces cuando se debilita por dentro y busca sustentarse en algún poder.

 


 

RESUCITAR NUESTRA VIDA

 

La fiesta de Pascua no es sólo una celebración litúrgica. Es, antes que nada, una manifestación del amor poderoso de Dios que hemos de celebrar, vivir y disfrutar en el fondo de nuestro ser. ¿Es posible experimentar hoy su fuerza vivificadora?

Lo primero es tomar conciencia de que la vida está habitada por un Misterio acogedor que Jesús llamaba Padre. En el mundo hay tanto mal y tal «exceso» de sufrimiento que la vida nos puede parecer algo caótico y absurdo. No es así. Aunque, a veces, no sea fácil experimentarlo, nuestra existencia está sostenida y dirigida por Dios hacia una plenitud final.

Esto lo hemos de empezar a vivir desde cada uno de nosotros: yo soy amado por Dios; a mí me espera una plenitud sin fin. Hay tal acumulación de frustraciones en nosotros, nos queremos a veces tan poco, nos despreciamos tanto, que podemos ahogar en nosotros la alegría de vivir. Dios resucitador puede despertar de nuevo nuestra confianza y nuestro gozo. A pesar de tantas noticias, datos y experiencias en contra, podemos vivir sin angustiarnos por el futuro. Vivimos, a veces, con tal tensión y ansiedad que se nos puede hacer difícil trabajar con fe por un mundo más humano. La resurrección de Jesús nos pone ante el verdadero horizonte de todo.

No es la muerte quien tiene la última palabra sobre el dolor y la muerte, sino Dios. Es su amor salvador el que reconstruye y da sentido a nuestros sufrimientos, fracasos y muertes. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podemos hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido.

Celebrar la resurrección de Jesús es abrirnos a la energía vivificadora de Dios. El verdadero enemigo de la vida no es el sufrimiento sino la tristeza. Nos falta pasión por la vida y compasión por los que sufren. Y nos sobra apatía, compulsión hacia la propia felicidad y hedonismo barato que nos hace vivir sin disfrutar lo mejor de la existencia: el amor. La Pascua puede ser fuente y estímulo de una vida nueva.
 

 

AFIRMAR LA VIDA

 

Hace un tiempo, después de una conferencia sobre la resurrección de Cristo, una persona pidió la palabra para decirme más o menos lo siguiente: «Después de la resurrección de Cristo, la historia de los hombres ha proseguido como siempre. Nada ha cambiado. ¿Para qué sirve entonces creer que Cristo ha resucitado? ¿En qué puede cambiar mi vida de hoy?»

Yo sé que no es fácil transmitir a otro la propia experiencia de fe. ¿Cómo se le explica con palabras la luz interior, la esperanza, la dinámica que genera el vivir apoyado radicalmente en Cristo resucitado? Pero es bueno que los creyentes expongamos desde dónde vivimos la vida.

Lo primero es experimentar una gran confianza ante la existencia. No estamos solos. No caminamos perdidos y sin meta. A pesar de nuestro pecado y mezquindad, los hombres somos acogidos por Dios. Nunca meditaremos lo suficiente el saludo que Cristo, brutalmente crucificado días antes, repite ahora una y otra vez: «Paz a vosotros.» La humanidad puede contar con el perdón.

Podemos vivir, además, con libertad, sin dejarnos esclavizar por el deseo de posesión y de placer. No necesitamos «devorar» el tiempo como si ya no hubiera nada más. No hay por qué atraparlo todo y vivir «estrujando» la vida antes de que se termine. Se puede vivir de manera más sensata. La Vida es mucho más que esta vida. No hemos hecho más que «empezar» a vivir.

Podemos, también, vivir con generosidad, comprometiéndonos a fondo en favor de los demás. Vivir amando con desinterés no es perder la vida, es ganarla para siempre. Desde la resurrección de Cristo sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Vivir haciendo el bien es la forma más acertada de adentrarnos en el misterio del más allá.

Por otra parte, disfrutamos de todo lo hermoso y bueno que hay en la vida, acogiendo con gozo las experiencias de paz, de comunión amorosa o de solidaridad. Aunque fragmentarias, son experiencias donde se nos manifiesta la salvación de Dios. Un día, todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, lo que ha sido arruinado por la enfermedad, la traición o el desagradecimiento, verá su plenitud.

Sabemos que un día llegará nuestro morir. Hay muchas formas de acercarse a este acontecimiento decisivo. El creyente no muere hacia una oscuridad, un vacío, una nada. Con fe humilde se entrega al misterio confiándose al amor insondable de Dios.

«La fe en la resurrección -ha escrito Manuel Fraijó- es una fe difícil de compartir. En cambio, no es difícil de admirar. Representa un noble esfuerzo por seguir afirmando la vida incluso allí donde ésta sucumbe derrotada por la muerte». Esta es la fe en Cristo resucitado que los cristianos celebramos en este día de Pascua.
 

 

 

SI A LA VIDA

 

Cuando uno es cogido por la fuerza de la resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre «apasionado por la vida» de los hombres, y comienza a amar la vida de una manera diferente.

La razón es sencilla. La resurrección de Jesús nos descubre, antes que nada, que Dios es alguien que pone vida donde los hombres ponemos muerte. Alguien que genera vida donde los hombres la destruimos.

Tal vez nunca la humanidad, amenazada de muerte desde tantos frentes y por tantos peligros que ella misma ha desencadenado, ha necesitado tanto como hoy hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida.

Esta lucha por la vida debemos iniciarla en nuestro propio corazón, «campo de batalla en el que dos tendencias se disputan la primacía: el amor a la vida y el amor a la muerte».

Desde el interior mismo de nuestro corazón vamos decidiendo el sentido de nuestra existencia. O nos orientamos hacia la vida por los caminos de un amor creador, una entrega generosa a los demás, una solidaridad generadora de vida... O nos adentramos por caminos de muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, una utilización parasitaria de los otros, una apatía e indiferencia total ante el sufrimiento ajeno.

Es en su propio corazón donde el creyente, animado por su fe en el resucitado, debe vivificar su existencia, resucitar todo lo que se le ha muerto y orientar decididamente sus energías hacia la vida, superando cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en una muerte anticipada.

Pero no se trata solamente de revivir personalmente sino de poner vida donde tantos ponen muerte.

La «pasión por la vida» propia del que cree en la resurrección, debe impulsarnos a hacernos presentes allí donde «se produce muerte», para luchar con todas nuestras fuerzas frente a cualquier ataque a la vida.

Esta actitud de defensa de la vida nace de la fe en un Dios resucitador y «amigo de la vida» y debe ser firme y coherente en todos los frentes.

Quizás sea ésta la pregunta que debamos hacernos esta mañana de Pascua: ¿Sabemos defender la vida con firmeza en todos los frentes? ¿Cuál es nuestra postura personal ante las muertes violentas, el aborto, la destrucción lenta de los marginados, el genocidio de tantos pueblos, la instalación de armas mortíferas sobre las naciones, el deterioro creciente de la naturaleza?

 

NO CUALQUIER ALEGRÍA

Que él había de resucitar de entre los muertos

¿Se puede celebrar la Pascua cuando en buena parte del mundo es Viernes Santo? ¿Es posible la alegría cuando tanta gente sigue crucificada? ¿No hay algo de falsedad y cinismo en nuestros cantos de gozo pascual? No son preguntas retóricas, sino interrogantes que le nacen al creyente desde el fondo de su corazón cristiano.

Parece que sólo podríamos vivir alegres en un mundo sin llantos ni dolor, aplazando nuestros cantos y fiestas hasta que llegue un mundo feliz para todos, y reprimiendo nuestro gozo para no ofender el dolor de tantas víctimas. La pregunta es inevitable: si no hay alegría para todos, ¿qué alegría podemos alimentar en nosotros?

Ciertamente, no se puede celebrar la Pascua de cualquier manera. La alegría pascual no tiene nada que ver con la satisfacción de unos hombres y mujeres que celebran complacidos su propio bienestar, ajenos al dolor de los demás. No es una alegría que se vive y se mantiene a base de olvidar a quienes sólo conocen una vida desgraciada.

La alegría pascual es otra cosa. Estamos alegres, no porque han desaparecido el hambre y las guerras, ni porque han cesado las lágrimas, sino porque sabemos que Dios quiere la vida, la justicia y la felicidad de los desdichados. Y lo va a lograr. Un día, «enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá más llanto, ni gritos, ni dolor» (Ap 21, 4). Un día, todo eso habrá pasado.

Nuestra alegría pascual se alimenta de esta esperanza. Por eso, no olvidamos a quienes sufren. Al contrario, nos dejamos conmover y afectar por su dolor, dejamos que nos incomoden y molesten. Saber que Dios hará justicia a los crucificados no nos vuelve insensibles. Nos anima a luchar contra la insensatez y la maldad hasta el fin de los tiempos. No lo hemos de olvidar nunca: cuando huimos del sufrimiento de los crucificados no estamos celebrando la Pascua del Señor, sino nuestro propio egoísmo.
 

 

EL RETO DE LA RESURRECCION

 

En una cultura decididamente orientada hacia el dominio de la naturaleza, el progreso técnico y el bienestar, la muerte viene a ser «el pequeño fallo del sistema». Algo desagradable y molesto que conviene socialmente ignorar.

Todo sucede como si la muerte se estuviera convirtiendo para el hombre contemporáneo en un moderno «tabú» que, en cierto sentido, sustituye a otros que van cayendo.

Es significativo observar cómo nuestra sociedad se preocupa cada vez más de iniciar al niño en todo lo referente al sexo y al origen de la vida, y cómo se le oculta con cuidado la realidad última de la muerte. Quizás esa vida que nace de manera tan maravillosa, ¿no terminará trágicamente en la muerte?

Lo cierto es que la muerte rompe todos nuestros proyectos individuales y pone en cuestión el sentido último de todos nuestros esfuerzos colectivos.

Y el hombre contemporáneo lo sabe, por mucho que intente olvidarlo. Todos sabemos que, incluso en lo más íntimo de cualquier felicidad, podemos saborear siempre la amargura de su limitación, pues no logramos desterrar la amenaza de fugacidad, ruptura y destrucción que crea en nosotros la muerte.

El problema de la muerte no se resuelve escamoteándolo ligeramente. La muerte es el acontecimiento cierto, inevitable e irreversible que nos espera a todos. Por eso, sólo en la muerte se puede descubrir si hay verdaderamente alguna esperanza definitiva para este anhelo de felicidad, de vida y liberación gozosa que habita nuestro ser.

Es aquí donde el mensaje pascual de la resurrección de Jesús se convierte en un reto para todo hombre que se plantea en toda su profundidad el sentido último de su existencia.

Sentimos que algo radical, total e incondicional se nos pide y se nos promete. La vida es mucho más que esta vida. La última palabra no es para la brutalidad de los hechos que ahora nos oprimen y reprimen.

La realidad es más compleja, rica y profunda de lo que nos quiere hacer creer el realismo. Las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente. Ahora se está gestando la vida definitiva que nos espera. En medio de esta historia dolorosa y apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.

Nos espera un Padre capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro es una fraternidad feliz y liberada. Por qué no detenerse hoy ante las palabras del Resucitado en el Apocalipsis «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar»?
 

 

 

 

 

 

 

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