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VIDA LOGRADA
Los
moralistas y pedagogos apenas hablan hoy de virtudes.
Prefieren exponer valores concretos que
atraigan la conducta de la persona. Probablemente se quiere evitar con ello
el sentimiento del deber que a muchos se les
presenta como una exigencia poco atrayente. Sin embargo, es evidente que,
por muy atractivos que sean los valores —pensemos en la solidaridad, la
libertad o la justicia—, incorporarlos a la propia vida siempre exigirá un
esfuerzo que no podrá llevar a cabo quien carezca de energía moral.
Por eso,
hemos de acoger con gratitud ese pequeño libro que nos regala al final de su
vida B. Háring —uno de los teólogos que más ha
aportado a la renovación de la moral católica en los últimos tiempos— donde,
con profunda sabiduría humana y cristiana, clarifica el sentido y la
importancia de las virtudes (Proyecto de vida lograda,
PPC 1996).
Aunque el
lector encontrará en el libro páginas deliciosas sobre la fortaleza, la
gratitud, el entusiasmo, la alegría, la magnanimidad, la honradez y tantas
virtudes demasiado olvidadas, no se trata evidentemente de «coleccionar
virtudes». Lo importante es esa decisión fundamental de orientar la propia
vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Las virtudes son «el fruto» de
esa opción que da sentido y orientación global a nuestro pensamiento,
nuestro sentir y nuestro hacer.
Necesitamos
recuperar el gusto por ser buenos viviendo con una conciencia de calidad,
distinguiendo con más claridad lo que proviene de la verdadera libertad,
cultivando «una relación sana, santa y lograda» con uno mismo, con los demás
y con la creación entera. Según B. Häring, «sin
virtud todo está podrido y desabrido... sin virtud el hombre no sirve para
nada, se convierte en un peligro público».
La primera
virtud con fuerza (virtus) para dinamizar la
vida es el amor. «Si no tengo amor, nada soy»,
como dice san Pablo. El amor no tiene precio. El amor irradia alegría y paz,
infunde confianza, genera fortaleza. Del amor nace una visión más clara. El
amor despierta el entusiasmo y la creatividad. El amor alimenta la nobleza
de espíritu y toda forma de generosidad. El amor hace fecunda la vida.
El «discurso
de la montaña» termina con una pequeña parábola que nos recuerda cuándo
logra la persona, según Jesús, realizar con acierto su vida. No basta decir:
«Señor, Señor.» Es necesario «escuchar»
las palabras de Jesús y «ponerlas en práctica».
Sólo entonces «se edifica sobre roca».
LAS PALABRAS DE JESÚS
El que
escucha mis palabras
y las pone en práctica
Cuando los
primeros discípulos de Jesús se convencieron de que Dios lo había resucitado
desautorizando a cuantos lo habían condenado, tomaron conciencia de que en
la vida y el mensaje de Jesús se encerraba algo único, confirmado por el
mismo Dios.
Entonces
sucedió un hecho singular y desconocido en toda la literatura universal. Los
discípulos comenzaron a recoger las palabras que le habían escuchado a Jesús
durante su vida terrestre, pero no como se recoge el testamento de un
maestro muerto ya para siempre, sino como palabras de alguien que está vivo
y sigue hablando ahora mismo a los que creen en él. Nació así un género
literario nuevo y desconocido: los evangelios.
En las
primeras comunidades cristianas se leía el evangelio no como palabras que
dijo Jesús en otros tiempos en Galilea, sino como palabras que ahora mismo
nos está diciendo el resucitado para iluminar nuestros problemas de hoy. Las
escuchaban como palabras que son «espíritu y vida»,
«palabras de vida eterna», un mensaje que nos hace vivir en la
verdad y nos da vida.
Un cristiano
no confunde nunca el evangelio con ningún otro escrito. Cuando se dispone a
leer las palabras de Jesús, sabe que no va a leer un libro, sino que va a
escuchar a Cristo que le habla al corazón. El concilio Vaticano II quiso
despertar de nuevo esta fe de los primeros cristianos proclamando
solemnemente que «Cristo está presente en la Palabra pues
es él mismo quien habla mientras se leen en la Iglesia las sagradas
escrituras».
Cuando los
creyentes abrimos los evangelios, no estamos leyendo la biografía de un
personaje difunto. No nos acercamos a Jesús como a algo acabado. Su vida no
ha terminado con su muerte. Sus palabras no han quedado silenciadas para
siempre. Jesús sigue vivo. Quien sabe leer el Evangelio con fe, lo escucha
en el fondo de su corazón. Nunca se sentirá sólo.
Es el mismo
Jesús quien nos invita a construir nuestra vida sobre sus palabras:
«El que escucha estas palabras mías y las pone en
práctica se parece al hombre prudente que edificó su casa sobre roca».
EL VERDADERO CRITERIO
El que
cumple la voluntad de mi Padre
No es fácil
valorar lo que representa la New Age en la historia de la
religiosidad. Se trata todavía de un fenómeno vago y difuso, y, por otra
parte, nos falta perspectiva para constatar sus resultados. En cualquier
caso, cada vez será más necesario un esfuerzo de discernimiento para saber
si nos encontramos ante una mística enriquecedora o una mistificación
regresiva.
La New Age
ha supuesto, entre otras cosas, la atención y el aprecio de las llamadas
«energías», un ámbito desconocido para la cultura cristiana y para la
medicina o psicología occidental. Entre nosotros no se ha contemplado el
mundo de las «auras», los «chakras» o la irradiación de los cuerpos. La
incorporación de este tipo de conocimientos puede significar un avance en el
conocimiento de lo real, pero no hay que minusvalorar un grave riesgo:
reducirlo todo a técnicas de equilibrio y bienestar interior sin
comprometerse en una transformación o conversión de la persona.
Otro rasgo de
la nueva religiosidad es la sacralización de la experiencia personal: ella
es el criterio último para verificar lo auténtico y verdadero. La fuente de
verdad está en el interior de la persona, en la cualidad y la calidad de las
experiencias llamadas «espirituales». Se comprende esta reacción frente a
ciertos dogmatismos y racionalizaciones de las religiones tradicionales,
pero, ¿qué será de una religión cuya verdad no pueda ser verificada por las
obras, la solidaridad, la entrega generosa, la lucha por la justicia o el
amor al débil?
En los nuevos
planteamientos religiosos se busca la plenitud humana y divina; pero, ¿qué
hay detrás de un lenguaje tan atractivo?, ¿hacia dónde conduce la
religiosidad de la New Age?, ¿hacia la entrega
generosa o hacia el ensimismamiento egoísta?, ¿hacia la solidaridad fraterna
o hacia una «espiritualidad anestesiada» que busca el propio bienestar y se
desentiende del sufrimiento de los demás?
Para Jesús
el criterio de la verdadera religión no es la
oración, el culto, las tradiciones, tampoco la experiencia religiosa ni los
milagros, sino algo mucho más real: el cumplimiento de la voluntad del
Padre. «No todo el que dice: "Señor, Señor" entrará en
el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre.»
Se ha dicho que la nueva religiosidad corre el riesgo de convertirse
en «un consumismo de novedades que no transforman a la
persona, sino que simplemente la entretienen» (J. Melloni). Algo
parecido se puede decir de cualquier religión hecha de prácticas
tranquilizadoras, pero sin fuerza de conversión.
EL CIELO SON LOS OTROS
Nadie puede
describir el cielo con representaciones ingenuas tomadas de esta vida, pues
es algo que supera cualquier experiencia terrestre. Jesús solamente nos dice
que en él entrarán quienes cumplan la voluntad del Padre.
Pero no por
eso hemos de acallar nuestro corazón y permanecer mudos ante nuestra
felicidad última, como si fuera totalmente enigmática e impenetrable.
Al contrario,
podemos evocar y presentir el cielo de muchas maneras, pues en él se cumple
de manera plena lo que todavía hoy no es sino aspiración, deseo,
expectación.
El cielo no
será sólo encuentro amoroso con Dios sino amistad, convivencia desbordante,
gozo compartido con los demás hombres y mujeres.
La comunión
gozosa con Dios no excluye a los otros sino que fundamenta, alimenta y lleva
a plenitud nuestra relación amorosa con todos los que comparten "la
nueva Jerusalén" .
Transfigurados por Dios, cada uno de nosotros nos convertiremos en "cielo"
para aquellos que amamos. Unidos por un mismo amor que brota de Dios,
nuestro abrazo mutuo se convertirá en fuente de felicidad eterna.
Entonces nos
conoceremos unos a otros por vez primera pues hoy, aun aquellos que mejor se
conocen y aman, son siempre el uno para el otro un profundo misterio.
Ya no nos
tendremos miedo. Podremos querernos sin egoísmos ni engaños. Nos
comunicaremos de manera total y transparente, en perfecta comunión e
intimidad.
Ya no
existirá la tortura del tiempo que pasa, del encuentro amoroso que termina,
la fiesta jubilosa que se acaba. Ya no existirá la tortura del espacio que
nos separa ni la despedida que entristece.
El malogrado
teólogo húngaro L. Boros evocaba esta dimensión fraterna del cielo en
estos términos: "Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la
vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que amamos, con la que
disfrutamos y por la que damos gracias a Dios. Todo su ser, la hondura de su
alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación
de su reacción amorosa nos serán regalados".
Nada nos
impide, por otra parte, pensar con S. Tomás de Aquino que el amor nos
unirá eternamente y de manera singular con aquellas personas a las que el
afecto, la solidaridad o la ternura nos ha ligado de manera especial en la
tierra.
Dios irá a
buscar en el fondo de cada uno de nosotros el lugar en el que podemos ser
más capaces de felicidad y este lugar es, sin duda, aquél en el que están
grabados los nombres de las personas que más queremos.
Entonces, como dice César
Vallejo, "serán dados los besos que nunca pudisteis dar".
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