DOMINGO IX DEL TIEMPO ORDINARIO/A

HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

 

Edificó su casa sobre roca Mt 7, 21-27

 

 


VIDA LOGRADA

 

Los moralistas y pedagogos apenas hablan hoy de virtudes. Prefieren exponer valores concretos que atraigan la conducta de la persona. Probablemente se quiere evitar con ello el sentimiento del deber que a muchos se les presenta como una exigencia poco atrayente. Sin embargo, es evidente que, por muy atractivos que sean los valores —pensemos en la solidaridad, la libertad o la justicia—, incorporarlos a la propia vida siempre exigirá un esfuerzo que no podrá llevar a cabo quien carezca de energía moral.

Por eso, hemos de acoger con gratitud ese pequeño libro que nos regala al final de su vida B. Háring —uno de los teólogos que más ha aportado a la renovación de la moral católica en los últimos tiempos— donde, con profunda sabiduría humana y cristiana, clarifica el sentido y la importancia de las virtudes (Proyecto de vida lograda, PPC 1996).

Aunque el lector encontrará en el libro páginas deliciosas sobre la fortaleza, la gratitud, el entusiasmo, la alegría, la magnanimidad, la honradez y tantas virtudes demasiado olvidadas, no se trata evidentemente de «coleccionar virtudes». Lo importante es esa decisión fundamental de orientar la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Las virtudes son «el fruto» de esa opción que da sentido y orientación global a nuestro pensamiento, nuestro sentir y nuestro hacer.

Necesitamos recuperar el gusto por ser buenos viviendo con una conciencia de calidad, distinguiendo con más claridad lo que proviene de la verdadera libertad, cultivando «una relación sana, santa y lograda» con uno mismo, con los demás y con la creación entera. Según B. Häring, «sin virtud todo está podrido y desabrido... sin virtud el hombre no sirve para nada, se convierte en un peligro público».

La primera virtud con fuerza (virtus) para dinamizar la vida es el amor. «Si no tengo amor, nada soy», como dice san Pablo. El amor no tiene precio. El amor irradia alegría y paz, infunde confianza, genera fortaleza. Del amor nace una visión más clara. El amor despierta el entusiasmo y la creatividad. El amor alimenta la nobleza de espíritu y toda forma de generosidad. El amor hace fecunda la vida.

El «discurso de la montaña» termina con una pequeña parábola que nos recuerda cuándo logra la persona, según Jesús, realizar con acierto su vida. No basta decir: «Señor, Señor.» Es necesario «escuchar» las palabras de Jesús y «ponerlas en práctica». Sólo entonces «se edifica sobre roca».


 

LAS PALABRAS DE JESÚS

El que escucha mis palabras
y las pone en práctica
 

Cuando los primeros discípulos de Jesús se convencieron de que Dios lo había resucitado desautorizando a cuantos lo habían condenado, tomaron conciencia de que en la vida y el mensaje de Jesús se encerraba algo único, confirmado por el mismo Dios.

Entonces sucedió un hecho singular y desconocido en toda la literatura universal. Los discípulos comenzaron a recoger las palabras que le habían escuchado a Jesús durante su vida terrestre, pero no como se recoge el testamento de un maestro muerto ya para siempre, sino como palabras de alguien que está vivo y sigue hablando ahora mismo a los que creen en él. Nació así un género literario nuevo y desconocido: los evangelios.

En las primeras comunidades cristianas se leía el evangelio no como palabras que dijo Jesús en otros tiempos en Galilea, sino como palabras que ahora mismo nos está diciendo el resucitado para iluminar nuestros problemas de hoy. Las escuchaban como palabras que son «espíritu y vida», «palabras de vida eterna», un mensaje que nos hace vivir en la verdad y nos da vida.

Un cristiano no confunde nunca el evangelio con ningún otro escrito. Cuando se dispone a leer las palabras de Jesús, sabe que no va a leer un libro, sino que va a escuchar a Cristo que le habla al corazón. El concilio Vaticano II quiso despertar de nuevo esta fe de los primeros cristianos proclamando solemnemente que «Cristo está presente en la Palabra pues es él mismo quien habla mientras se leen en la Iglesia las sagradas escrituras».

Cuando los creyentes abrimos los evangelios, no estamos leyendo la biografía de un personaje difunto. No nos acercamos a Jesús como a algo acabado. Su vida no ha terminado con su muerte. Sus palabras no han quedado silenciadas para siempre. Jesús sigue vivo. Quien sabe leer el Evangelio con fe, lo escucha en el fondo de su corazón. Nunca se sentirá sólo.

Es el mismo Jesús quien nos invita a construir nuestra vida sobre sus palabras: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece al hombre prudente que edificó su casa sobre roca».


 

EL VERDADERO CRITERIO

El que cumple la voluntad de mi Padre

No es fácil valorar lo que representa la New Age en la historia de la religiosidad. Se trata todavía de un fenómeno vago y difuso, y, por otra parte, nos falta perspectiva para constatar sus resultados. En cualquier caso, cada vez será más necesario un esfuerzo de discernimiento para saber si nos encontramos ante una mística enriquecedora o una mistificación regresiva.

La New Age ha supuesto, entre otras cosas, la atención y el aprecio de las llamadas «energías», un ámbito desconocido para la cultura cristiana y para la medicina o psicología occidental. Entre nosotros no se ha contemplado el mundo de las «auras», los «chakras» o la irradiación de los cuerpos. La incorporación de este tipo de conocimientos puede significar un avance en el conocimiento de lo real, pero no hay que minusvalorar un grave riesgo: reducirlo todo a técnicas de equilibrio y bienestar interior sin comprometerse en una transformación o conversión de la persona.

Otro rasgo de la nueva religiosidad es la sacralización de la experiencia personal: ella es el criterio último para verificar lo auténtico y verdadero. La fuente de verdad está en el interior de la persona, en la cualidad y la calidad de las experiencias llamadas «espirituales». Se comprende esta reacción frente a ciertos dogmatismos y racionalizaciones de las religiones tradicionales, pero, ¿qué será de una religión cuya verdad no pueda ser verificada por las obras, la solidaridad, la entrega generosa, la lucha por la justicia o el amor al débil?

En los nuevos planteamientos religiosos se busca la plenitud humana y divina; pero, ¿qué hay detrás de un lenguaje tan atractivo?, ¿hacia dónde conduce la religiosidad de la New Age?, ¿hacia la entrega generosa o hacia el ensimismamiento egoísta?, ¿hacia la solidaridad fraterna o hacia una «espiritualidad anestesiada» que busca el propio bienestar y se desentiende del sufrimiento de los demás?

Para Jesús el criterio de la verdadera religión no es la oración, el culto, las tradiciones, tampoco la experiencia religiosa ni los milagros, sino algo mucho más real: el cumplimiento de la voluntad del Padre. «No todo el que dice: "Señor, Señor" entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre.» Se ha dicho que la nueva religiosidad corre el riesgo de convertirse en «un consumismo de novedades que no transforman a la persona, sino que simplemente la entretienen» (J. Melloni). Algo parecido se puede decir de cualquier religión hecha de prácticas tranquilizadoras, pero sin fuerza de conversión.

 

EL CIELO SON LOS OTROS

 

Nadie puede describir el cielo con representaciones ingenuas tomadas de esta vida, pues es algo que supera cualquier experiencia terrestre. Jesús solamente nos dice que en él entrarán quienes cumplan la voluntad del Padre.

Pero no por eso hemos de acallar nuestro corazón y permanecer mudos ante nuestra felicidad última, como si fuera totalmente enigmática e impenetrable.

Al contrario, podemos evocar y presentir el cielo de muchas maneras, pues en él se cumple de manera plena lo que todavía hoy no es sino aspiración, deseo, expectación.

El cielo no será sólo encuentro amoroso con Dios sino amistad, convivencia desbordante, gozo compartido con los demás hombres y mujeres.

La comunión gozosa con Dios no excluye a los otros sino que fundamenta, alimenta y lleva a plenitud nuestra relación amorosa con todos los que comparten "la nueva Jerusalén" .

Transfigurados por Dios, cada uno de nosotros nos convertiremos en "cielo" para aquellos que amamos. Unidos por un mismo amor que brota de Dios, nuestro abrazo mutuo se convertirá en fuente de felicidad eterna.

Entonces nos conoceremos unos a otros por vez primera pues hoy, aun aquellos que mejor se conocen y aman, son siempre el uno para el otro un profundo misterio.

Ya no nos tendremos miedo. Podremos querernos sin egoísmos ni engaños. Nos comunicaremos de manera total y transparente, en perfecta comunión e intimidad.

Ya no existirá la tortura del tiempo que pasa, del encuentro amoroso que termina, la fiesta jubilosa que se acaba. Ya no existirá la tortura del espacio que nos separa ni la despedida que entristece.

El malogrado teólogo húngaro L. Boros evocaba esta dimensión fraterna del cielo en estos términos: "Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que amamos, con la que disfrutamos y por la que damos gracias a Dios. Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados".

Nada nos impide, por otra parte, pensar con S. Tomás de Aquino que el amor nos unirá eternamente y de manera singular con aquellas personas a las que el afecto, la solidaridad o la ternura nos ha ligado de manera especial en la tierra.

Dios irá a buscar en el fondo de cada uno de nosotros el lugar en el que podemos ser más capaces de felicidad y este lugar es, sin duda, aquél en el que están grabados los nombres de las personas que más queremos.

Entonces, como dice César Vallejo, "serán dados los besos que nunca pudisteis dar".

 

 

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