HOMILÍAS JOSÉ ANTONIO PAGOLA

II DOMINGO DE CUARESMA

 

Éste es mi Hijo... escuchadle

Mt 17,1-9

 

 

 

NUEVA IDENTIDAD

 

 

 Para ser cristiano, lo importante no es qué cosas cree una persona sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.

 

En las fuentes cristianas se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible hoy reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Sólo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos pues, entre otras cosas, les animaba a creer sólo en Jesús.

 

La escena se sitúa poéticamente en una «montaña alta». Jesús  está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Sólo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Éste es mi hijo querido. Escuchadle a él».

 

Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más vital y honda con Jesucristo. Sólo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la misma Iglesia.

 

Sólo esta comunión creciente con Jesús va transformando nuestra identidad y nuestros criterios, va cambiando nuestra manera de ver la vida, nos va liberando de las imposiciones de la cultura, va haciendo crecer nuestra responsabilidad.

 

Desde Jesús podemos vivir de manera diferente. Ya las personas no son simplemente atractivas o desagradables, interesantes o sin interés. Los problemas no son asunto de cada cual. El mundo no es un campo de batalla donde cada uno se defiende como puede. Nos empieza a doler el sufrimiento de los más indefensos. Podemos vivir cada día haciendo un mundo un poco más humano. Nos podemos parecer a Jesús.

 

EN LO SECRETO

 

Los hechos más importantes de nuestra vida acontecen dentro de nosotros. En lo secreto del corazón, ante la mirada insondable de Dios. Ahí se recompone nuestro ser, tal vez roto y maltratado por la vida. Ahí se decide la orientación que queremos dar a nuestra existencia en un momento determinado. Ahí se despierta de nuevo la luz y el aliento para seguir caminando.

Tarde o temprano, todos nos podemos ver sacudidos por la crisis. No sabemos exactamente lo que nos sucede, pero nos sentimos mal. La paz ha desaparecido de nuestro corazón. Nada logra iluminarnos por dentro. Nadie consigue alentarnos desde fuera. ¿Quién nos puede arrancar de «las tinieblas»?

Hay algo de importancia suma dentro de toda crisis: nuestro deseo de encontrar paz, luz y vida. Todo nos está llamando a vivir. Lo que necesitamos es ir a lo esencial, dejando a un lado lo que tiene menos importancia o no nos hace bien.

Necesitamos algo más: sentirnos «acogidos» de manera incondicional. Saber que, en el fondo de todo y a pesar de todo, Dios está protegiendo nuestra vida. Él nos acepta tal como estamos: con nuestra fragilidad, frustraciones, errores y heridas. Podemos confiar en él sin temor a ser juzgados o avergonzados. Dios no quiere vernos sufrir.

Necesitamos, además, luz. Una luz que puede emerger precisamente con más hondura en esos momentos de sufrimiento interior. En la confusión o la huída de sí mismo no es posible gustar la paz. Sabernos acogidos por Dios nos puede ayudar a aceptarnos con nuestras sombras y heridas.

Consolados por la misericordia de Dios, podemos dejarnos iluminar hasta el fondo, reorientar nuestra vida e iniciar humildemente un camino más auténtico.

Sin duda, hay personas que nos pueden ayudar mucho desde fuera con su acogida y su luz, pero nadie como ese Amigo y Maestro interior de vida, que es Jesús.

El relato evangélico nos habla de unos discípulos que se sobrecogen y asustan al verse «envueltos en una nube» que lo oscurece todo. Pero, desde el interior mismo de la nube, escuchan una voz que los orienta hacia Jesús: «Éste es mi Hijo... escuchadle a él».

 


HUMANIZAR LOS CONFLICTOS

«escuchadle....

 

Para el cristiano la actitud de «escucha» es algo esencial. Sólo el que sabe escuchar y prestar atención a la voz de la verdad que sale de Jesús, puede crecer como creyente. Así se nos invita hoy en el relato evangélico. «Este es mi Hijo... escuchadle».

Esta escucha no es sólo una disponibilidad general ante las palabras de Jesús. Es una voluntad eficaz de configurar nuestro estilo de vida siguiendo las huellas del Maestro.

Por eso, es importante aprender a ver en Jesús el modelo de actuación concreta que puede guiar nuestra conducta en medio de una sociedad tan conflictiva como la nuestra.

Jesús ha vivido en una sociedad profundamente conflictiva e inestable. ¿Cuál ha sido su actitud fundamental?

Jesús no ignora los conflictos ni los elude cómodamente. Pero, los conflictos, en cuanto oposición y enfrentamiento de hombres que todavía no se aceptan en fraternidad, justicia y verdad, han de ser humanizados.

Por eso, Jesús se hace presente en la conflictividad de su tiempo como creador de fraternidad y justicia, haciendo del amor real a todo hombre la norma decisiva de conducta, incluso ante los enemigos.

Por eso su actuación no es la de quien busca «prudentemente» la neutralidad y el equilibrio, sino la de quien se pone de parte de los que más sufren las consecuencias de los conflictos.

Jesús no conocerá la vida tranquila del que adopta una postura de indiferencia, mutismo o inhibición ante las injusticias. Precisamente porque busca una verdadera reconciliación y no una falsa «pacificación», el creador de fraternidad se convertirá en fuente de conflictos.

Su búsqueda de una sociedad más reconciliada en la justicia, provocará inevitablemente la reacción violenta de quienes sienten amenazados sus propios intereses.

Pero, aun entonces, la reacción personal de Jesús ante la agresión de sus adversarios será siempre de amor incondicional.

Jesús, creador incansable de convivencia y fraternidad, morirá en la cruz solo, aparentemente fracasado, víctima del conflicto y rechazo de los hombres, pero ofreciendo su perdón generoso en un gesto último y decisivo de reconciliación, amistad y fe en el hombre.

¿No es urgente entre nosotros la presencia de hombres y mujeres capaces de humanizar nuestros conflictos aun a costa de sufrir alguna crucifixión?


ENCONTRARSE CON DIOS

 

Para encontrarse con Dios, lo importante no es darle muchas vueltas a la cabeza. Tampoco se trata de hacer esfuerzos sobrehumanos para llegar hasta lo impenetrable, ni de proferir fuertes gritos para hacernos oír por El.

Lo primero es hacer silencio, por fuera y por dentro, y escuchar su presencia en nosotros. Sosegar nuestra casa interior para acoger al que habita en nosotros. Como dice J. Martín Velasco, «afinar el oído para captar el murmullo, casi siempre suave como la brisa, de su paso».

El encuentro con Dios es siempre personal. Intransferible. Podemos interceder unos por otros, pero nadie puede orar en lugar de otra persona. No es posible comunicarse con Dios por procurador. Cada uno ha de abrirse confiadamente a su presencia.

Es cierto que podemos utilizar fórmulas heredadas de generaciones anteriores, para orar a Dios. Puedo repetir los salmos y plegarias que otros creyentes han utilizado en otros tiempos. Pero, al final, soy yo el que tengo que recorrer mi propio camino y encontrar a Dios en mi vida.

Lo decía León Felipe en los conocidos versos de su poema: «Nadie fue ayer, / ni va hoy, / ni irá mañana / hacia Dios / por este mismo camino / que yo voy. / Para cada hombre guarda / un rayo nuevo de luz el sol... / y un camino virgen / Dios.»

Cada uno camina hacia Dios desde sus propias peripecias, sus problemas y estados de ánimo.

Por eso, una oración despersonalizada es una contradicción. Sólo tiene de oración el nombre y la apariencia. Cuando se da verdadera comunicación con Dios, allí hay una persona viva, un hombre o una mujer que interroga, que busca, que suplica, que goza o se queja, que alaba o confía.

Esta comunicación viva y personal con Dios es capaz de transformar a la persona y reorientar de manera nueva su vida. Cuando uno escucha con paz a Dios en el fondo de su corazón, se le iluminan zonas oscuras que antes escapaban a su mirada; aprende a diferenciar lo real de lo meramente aparente y engañoso; descubre en su interior fuerzas que parecían haber desaparecido para siempre. La vida se transforma. Uno cuenta con una luz nueva, una fuerza que conforta, un espíritu que libera del desaliento. Y, sobre todo, se siente amado y con fuerzas para amar.

En el relato evangélico, cargado de hondas resonancias bíblicas, una nube cubre a los discípulos que se echan a temblar. De la nube surge una voz: «Este es mi Hijo... escuchadle. »

La vida del creyente cambia y pasa del miedo a la paz cuando sabe escuchar el misterio de Dios revelado en su Hijo Jesús.
 


 

 

 

 

 

 

 

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