ORIGINALIDAD
DEL MATRIMONIO
CRISTIANO
José Antonio Pagola
Hacia una visión más correcta del matrimonio cristiano
La realidad humana del matrimonio
Algunas dimensiones de la vida matrimonial
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Este
pequeño estudio recoge dos ponencias dirigidas a parejas que colaboran en la
pastoral prematrimonial. En
muy poco tiempo se ha producido entre nosotros un profundo cambio en la concepción
que las personas tienen sobre el amor, la sexualidad, el matrimonio, la
fidelidad conyugal o la familia. Al
mismo tiempo, se ha introducido y revalorizado el matrimonio civil como
alternativa al matrimonio eclesiástico. Jóvenes que no aceptan la visión
cristiana del matrimonio y sus consecuencias se casan por lo civil. Así mismo,
otras parejas se siguen casando por la Iglesia pero no por convicción profunda
de fe, sino por razones ambiguas de orden sociológico o familiar. De ahí la importancia que adquiere en estos momentos el responder con cierta lucidez a esta pregunta: ¿Dónde está la originalidad del matrimonio cristiano? ¿Qué es «casarse por la Iglesia»? Es bueno que las jóvenes parejas adopten su propia postura al orientar su futuro matrimonial, pero para ello es necesario conocer en qué consiste la originalidad del matrimonio cristiano. 1.- HACIA UNA VISIÓN MAS CORRECTA DEL MATRIMONIO CRISTIANO
Antes que nada, me parece que será clarificador señalar, aunque sea de manera breve, los cambios más importantes que se han dado también estos años en la visión teológica del matrimonio cristiano. Podemos decir que la Constitución «Gaudium et spes» marca una visión nueva del matrimonio. 1.
De una concepción jurídica a una visión más existencial del matrimonio Durante
mucho tiempo se ha promovido una visión predominantemente jurídica del
matrimonio: el matrimonio como institución, las condiciones para su validez, la
naturaleza del matrimonio legal, las dispensas, etc. De esa manera, el amor real
y vivo entre los cónyuges quedaba como en un segundo plano. De algún modo, el
matrimonio aparecía sencillamente como una institución jurídica dentro de la
cual se puede ejercer sin pecar (sin culpabilidad moral) la actividad sexual
entre el hombre y la mujer. Pero si prescindimos o no valoramos debidamente la realidad humana del amor mutuo de la pareja estamos omitiendo precisamente lo que es la base y el punto de partida del matrimonio cristiano. Si olvidamos el diálogo amoroso de la pareja y entendemos el matrimonio eclesiástico exclusivamente como una institución jurídica, estamos destruyendo la realidad más profunda del matrimonio cristiano, ya que el matrimonio sólo puede ser sacramento si el amor de Dios es expresado, encarnado y sacramentalizado en el amor mutuo de los cónyuges. 2
Del matrimonio como contrato al matrimonio como vocación Desde
una visión jurídica, el matrimonio se ve como un contrato realizado libremente
por el consentimiento de los dos contrayentes. Un contrato del que se originan
unos derechos y unas obligaciones. Así se habla de los deberes matrimoniales,
el derecho al cuerpo del otro («débito sexual»), etc. La
teología actual y el Vaticano II abordan el matrimonio no como contrato sino
como una vocación. Los esposos cristianos «cumpliendo su misión conyugal y
familiar, animados por el espíritu de Cristo... llegan cada vez más a su pleno
desarrollo personal y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a
la glorificación de Dios» (Gaudium et spes, 48). El matrimonio no debe quedar reducido a un contrato. El mutuo compromiso de los nuevos esposos es, más bien, el punto de partida de un proyecto común, de una vida compartida conyugalmente en la que están llamados a alcanzar su pleno desarrollo personal: humano y cristiano. 3
De
los fines del matrimonio a las exigencias del amor matrimonial La
teología tradicional hablaba de los fines del matrimonio. Se presentaba, en
primer lugar, el fin primario y específico consistente en la procreación
de los hijos. Después se hablaba del fin secundario consistente en la
mutua ayuda, la complementación sexual, la comprensión recíproca. Si
el matrimonio se considera desde esta perspectiva, el amor queda totalmente
subordinado a la procreación y el matrimonio queda reducido a una institución
legal necesaria socialmente para garantizar la supervivencia de la humanidad y
para regular socialmente la actividad sexual. Se entiende la famosa expresión
de K. Marx: «El matrimonio burgués es una prostitución legal». El Vaticano II no ha querido ni siquiera mencionar esta doctrina tradicional de los fines del matrimonio. Al contrario, el matrimonio se considera antes que nada como una comunidad de amor conyugal que se expresa, se realiza y crece en el encuentro sexual. Este amor conyugal tiene valor en sí mismo. Solamente después se dice que esta comunidad de amor conyugal está llamada a ser fuente de vida. El encuentro conyugal está abierto a la fecundidad. 4.-
De los derechos y deberes matrimoniales a una visión del matrimonio como comunidad
de amor Desde
una perspectiva jurídica fácilmente se reduce la vivencia matrimonial de los
esposos a un conjunto de derechos y obligaciones. Como consecuencia
del contrato matrimonial, los esposos adquieren unos derechos (uso del
cuerpo del otro cónyuge como si fuera el propio, en orden a la procreación;
derecho a la fidelidad total del otro...); y contraen unas obligaciones (procreación
de los hijos, educación debida, fidelidad conyugal, mutua ayuda...). El
Vaticano II entiende el matrimonio como una comunidad de amor. Es el amor
conyugal el que vivifica y da sentido a toda la vida matrimonial. Una moral
conyugal basada fundamentalmente en la distinción de fines primarios y
secundarios, o en el cumplimiento de unos deberes y la exigencia de unos
derechos nacidos de un contrato fácilmente puede terminar en puro legalismo vacío
de amor. El amor conyugal es la verdadera fuente de responsabilidad matrimonial
y familiar y de fidelidad mutua. Resumiendo, a la hora de presentar a las parejas una visión correcta del matrimonio es necesario estar atentos para utilizar el lenguaje más adecuado y ofrecer el contenido apropiado. No es lo mismo hablar de la institución matrimonial que del amor conyugal; del matrimonio como contrato o del matrimonio como vocación; de los fines del matrimonio o de las exigencias del amor matrimonial; de los derechos y deberes matrimoniales o del matrimonio como comunidad de amor.
2.-
LA REALIDAD HUMANA DEL MATRIMONIO Antes
de hablar de la originalidad del matrimonio cristiano, hemos de valorar
debidamente toda la riqueza y la hondura del matrimonio como realidad humana,
independientemente de que sea vivido en el marco de una religión determinada o
en el contexto de la sociedad civil. Quien no sepa valorar debidamente la
riqueza natural del matrimonio en sus diferentes dimensiones no sabrá luego
valorar ni vivir el matrimonio desde la originalidad cristiana. De
manera muy sintética señalamos las principales dimensiones del matrimonio: 1.
Convivencia sexual El
matrimonio es convivencia sexual. Varón y mujer, sexualmente diferentes y
complementarios, pueden vivir juntos plenamente el misterio gozoso de la
sexualidad humana. La convivencia sexual abarca diversos aspectos. Señalo los
niveles más importantes: El
varón y la mujer se pueden expresar a través de su corporalidad, a través
de sus gestos y de todo el lenguaje de su sexualidad. De esta manera, el hombre
y la mujer salen de su interioridad y se desvelan, se revelan, se manifiestan.
Naturalmente esta expresión a través de la sexualidad (besos, abrazos,
caricias, acogida, abrazo conyugal...) es plenamente humana cuando es sincera y
cuando encuentra en el otro una respuesta y una confianza real. Pero
el varón y la mujer no sólo se expresan, sino que se comunican y se
encuentran sexualmente en el matrimonio. El hombre y la mujer están llamados
al encuentro y la comunicación sexual. No se trata de un encuentro puramente
biológico, fisiológico. El encuentro sexual es humano cuando a través de los
cuerpos se abrazan las personas, es decir; se hacen presentes y se comunican
como personas. Esto, naturalmente, pide que el encuentro sexual no sea ambiguo,
no sea una máscara que oculte a la persona, sino que sea la comunicación de lo
mejor que hay en cada uno de ellos. Pero,
además, el varón y la mujer se complementan y enriquecen mutuamente en
el encuentro sexual. El ser humano es bisexual, diferenciado, masculino y
femenino. El varón y la mujer se sienten mutuamente atraídos y llamados a la
complementación. Disfrutan y se enriquecen cuando saben acogerse mutuamente. Se
ayudan recíprocamente a crecer, fundiendo sus vidas, compartiendo la existencia
desde el encuentro sexual. 2.
Comunidad de amor Esa
convivencia sexual en toda su riqueza es plenamente humana cuando expresa y
encarna un amor real entre el varón y la mujer. Cuando el matrimonio es amor
responsable al otro, cuidado amoroso, búsqueda del bien del otro, entrega
desinteresada y generosa al otro. Ahora
bien, el amor conyugal por su propia dinámica pide fidelidad. El amor va
más lejos que aquel instante en que está siendo vivido. El amor mira también
al futuro. No se le puede poner un término
sin destruirlo. No se puede amar de verdad a una persona poniendo un limite
temporal, una fecha. Por eso, el amor conyugal exige la promesa de vivirlo para
siempre, la promesa de ser fiel a la persona amada. Es
muy importante reconocer el valor humano de la fidelidad, al margen de las
creencias o de la fe de la pareja. El clima socio-cultural de nuestros tiempos
favorece la inconstancia, la infidelidad, la superficialidad de los contactos
sexuales y la trivialización de las relaciones interpersonales, pero todos
hemos de reconocer que la fidelidad a la persona amada es un valor exigido por
la misma naturaleza del amor verdadero. 3.
Realidad social El
amor conyugal y la convivencia sexual piden ser aceptados y reconocidos
socialmente. No podemos olvidar que el varón y la mujer que comparten una vida
conyugal no son individuos aislados sino miembros de una sociedad concreta. Una
concepción romántica del amor como algo que ha de ser vivido exclusivamente en
la intimidad o en el ámbito privado no es plenamente humana, porque olvida la
dimensión social de la pareja. Un
amor secreto, oculto a la sociedad, o no reconocido socialmente difícilmente
conducirá a las personas que lo viven a su realización y expansión plenas.
Por eso, una convivencia sexual estable está pidiendo un reconocimiento por
parte de la sociedad, una integración en el marco social. Es
muy importante valorar esta dimensión social del matrimonio independientemente
de que sea un matrimonio civil o religioso. Si el vínculo amoroso queda
reducido al ámbito de la conducta privada, todavía le falta algo para ser
vivido de manera plenamente humana y social. 4.
Comunidad abierta a la fecundidad El
encuentro sexual de una pareja estable está llamado a ser fuente de una nueva
vida humana. El encuentro sexual es un encuentro amoroso, pero, por su misma
estructura, es un encuentro íntimamente orientado a dar nacimiento a una vida
nueva. El
acto conyugal expresa y realiza la donación más íntima y absoluta que pueda
darse entre un hombre y una mujer, pero, por su misma dinámica, está abierto a
un tercero posible: el hijo. En el acto conyugal, el varón no solamente se
entrega a sí mismo a la mujer que ama, sino que también le entrega su
capacidad de engendrar, su capacidad de ser padre: «Quiero que seas mi mujer
y tener un hijo de ti». La mujer no solamente se entrega de manera total e
incondicional al varón, sino que también entrega su capacidad de engendrar,
ofrece su seno fecundo: «Quiero ser tuya y tener un hijo de ti». Es
importante valorar la dimensión de la fecundidad, independientemente de las
creencias y la moral de cada uno. El ser humano está llamado a ser fecundo. Los
esposos están llamados a ser «una sola carne», pero no han de olvidar que normalmente
esta carne puede convertirse en «cuna» de un hijo que viene a sellar y a
encarnar de manera natural el amor matrimonial de los padres. Resumiendo,
al acoger a las parejas que se preparan al matrimonio, es importante que antes
de hablar del matrimonio cristiano, sepáis valorar en toda su hondura y riqueza
el matrimonio como realidad humana, en sus diversas dimensiones: como
convivencia sexual, comunidad de amor, realidad social, comunidad abierta a la
fecundidad. 3.-
EL MATRIMOMO COMO SACRAMENTO Cristo
no ha instituido nada nuevo respecto al matrimonio. Lo que ha hecho es restaurar
el matrimonio en su primera originalidad y llamar a los hombres y mujeres a que
vivan el amor matrimonial respondiendo al primer designio del Creador, que el
varón y la mujer sean «una sola carne» como quiso Dios desde siempre. Pero
precisamente para vivir ese amor matrimonial natural en toda su autenticidad,
Jesús llama a vivir el matrimonio como sacramento del amor de Dios que
se nos ha revelado en Jesucristo. El sacramento no es algo añadido al
matrimonio.
Es sencillamente el matrimonio vivido desde la fe cristiana, vivido como «signo»,
como «sacramento» del amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo. Por
lo tanto, cuando una pareja «se casa por la Iglesia», se compromete a vivir su
matrimonio desde la fe cristiana y a vivirlo en concreto como «sacramento» del
amor de Dios. Pero, ¿qué quiere decir vivir el matrimonio como sacramento?
Para entender bien esto tenemos que comprender qué es un sacramento. Si lo
logramos, descubriremos un horizonte insospechado y una riqueza inmensa para
vivir el matrimonio. 1.
El hombre es sacramental Sacramento
es una palabra que viene del latín «sacramentum» y significa «signo», «señal».
Sacramento es, pues, algo que nos descubre, nos revela, nos manifiesta otra
realidad que, de lo contrario, se nos quedaría oculta. Por ejemplo, el anillo
de bodas que vemos en la mano de una persona es una señal, un signo, un «sacramento»
de que esa persona está comprometida, casada con alguien. Por
eso, podemos decir que el hombre es sacramental, tiene una estructura
sacramental. En el ser humano hay todo un mundo íntimo, invisible, misterioso
que se descubre, se desvela, se manifiesta a través del cuerpo. El
hombre es miedo, amor, ternura, gozo, tristeza, proyectos, interrogantes,
cansancio, debilidad, entusiasmo, pasión, solidaridad, lucha, esperanza...
Es todo un mundo de vida, de interioridad que se revela y se encarna hacia
filera a través de la corporalidad. Nuestro
cuerpo es el gran sacramentó, el medio de expresión que nos
permite manifestarnos y comunicarnos con los demás. Las miradas, los gestos,
las palabras, la sonrisa, el beso, los abrazos, los golpes, las manos, el
rostro... el cuerpo entero nos permite «sacramentalizar», es decir, expresar y
vivir todo lo que hay en nuestro interior. Gracias
al cuerpo nos expresamos, nos realizamos, nos comunicamos, nos encontramos con
los demás. Podemos decir que el hombre es sacramental, es algo interior,
invisible, espiritual, que se expresa y se realiza en y a través de un cuerpo
visible, sensible, palpable. El ser humano vive, crece, se realiza de manera
sacramental. 2.
La necesidad de sacramentalizar la vida Precisamente,
debido a su estructura sacramental, el ser humano siente la necesidad de «sacramentalizar»
la vida. Y cuanto más profundamente se vive a sí mismo y más profundamente
vive su relación con las personas y con las cosas, más hondamente siente esta
necesidad de “sacramentalizan” su vida. Los
antropólogos han descubierto que el hombre se hace presente en el mundo a
tres niveles: En
un primer nivel, el ser humano se asoma al mundo como un extraño. Apenas
conoce ni entiende nada. El hombre primitivo (o el niño actual) se admira
ante las cosas y los fenómenos. Contempla todo con curiosidad, se asombra,
teme, adora, venera. Es la primera actitud, la más primitiva y elemental, básica. En
un segundo nivel, el hombre va dominando las cosas y los fenómenos. Los
analiza, los controla, los trabaja, los domestica, los transforma, los
organiza. Es el «homo faber» que desarrolla la ciencia, la técnica, el
dominio del cosmos. Hay
un tercer nivel, cuando el hombre se acerca a las cosas y a los hechos
para darles un valor simbólico. Las cosas ya no son entonces meros objetos para
ser contemplados o para ser trabajados y dominados. Se convierten en signos,
señales, llamadas. Entonces las cosas y los hechos son portadores de un
mensaje, de una vivencia. Adquieren un valor sacramental. Vamos a verlo de
manera más concreta: El
hombre sacramentaliza de manera particular algunas cosas: todos los árboles
pueden ser recuerdos de experiencias vividas bajo su sombra, pero aquel árbol
del caserío tiene algo especial; todas las cocinas pueden ser evocadoras, pero
la cocina de la casa donde uno nació guarda algo único. El
hombre sacramentaliza de manera particular algunos hechos: se toman
muchas copas, pero es distinta la copa para celebrar un encuentro; se come todos
los días, pero es diferente un banquete de bodas, una cena intima... El
hombre sacramentaliza algunos momentos o fechas particulares: todos los días
parecen iguales, pero es diferente el día del aniversario de bodas, el
cumpleaños, la fiesta del pueblo, el día de una despedida, de un encuentro. El
hombre sacramentaliza también algunas personas de manera muy especial:
todas las personas pueden despertar nuestro amor o amistad, pero hay personas
únicas: la novia, el abuelo, la madre, el amigo. Es
decir, el hombre no sólo es sacramental sino que va cargando de valor simbólico
o sacramental el mundo en que vive. Va sacramentalizando su existencia y
todas esas cosas, hechos, momentos, personas se convierten en pequeños o
grandes «sacramentos» que evocan, alimentan y acrecientan su existencia. 3.
Jesucristo, Sacramento de Dios Para
un creyente, el mundo entero se puede convertir en «sacramento» de Dios. Dios
es misterio invisible e insondable, pero está en la raíz misma del mundo y
de la vida. Y, por ello mismo, se puede anunciar, sugerir y manifestar a través
de hechos, experiencias, fenómenos que nos pueden hablar de El. La creación
entera se puede convertir en «señal» de Dios. De
manera particular, las personas con su fuerza creadora, su inteligencia, su
capacidad de amar, su libertad, su misterio son el mejor signo, la mejor señal
que nos puede hablar de Dios. Pero
el cosmos está atravesado por el mal y los seres humanos están tocados por la
malicia y el pecado. Para el cristiano, hay un hombre único, verdadero Sacramento
de Dios, en el que Dios se nos
ha manifestado y revelado como en ningún otro: Jesucristo. Por
la Encamación, el misterio insondable de Dios se nos ha manifestado de manera
visible en Jesús. Dios es amor insondable, perdón, acogida, respeto, cariño,
preocupación por los seres humanos. Pues bien, ese Dios invisible se nos
manifiesta, se «sacramentaliza» en Jesús. En él «reside toda la
plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9). En él «se ha hecho
visible la bondad de Dios y su amor a los hombres» (Tt 3, 4). El
cuerpo de Jesús, sus gestos, sus palabras, sus abrazos a los niños, su bendición,
su perdón, sus curaciones, su acogida, sus manos, su cercanía a los
necesitados, su entrega hasta la muerte, todo él es Sacramento de Dios. En
Jesucristo se expresa y se hace presente de manera eficaz el amor de Dios a
los hombres. Jesucristo es el gran Sacramento de Dios, el primer Sacramento de
Dios. Estando
Jesús presente no hace falta ningún sacramento. El que se encuentra con ese
hombre se encuentra con Dios. El que se pone en contacto con Jesús se pone en
contacto con Dios. El que escucha de sus labios el perdón, es perdonado por
Dios. El que es curado por Jesús queda sanado por Dios. Los hombres pueden
encontrarse con el Dios invisible a través de la humanidad de Jesús que es su
gran Sacramento. Por
la resurrección, Jesucristo desaparece del horizonte visible de nuestra vida y
queda sustraído del plano visible, sensible en el que nosotros nos movemos. Ya
no nos podemos encontrar directamente con el Cuerpo de Jesús. Quedamos, de
alguna manera, privados de ese gran Sacramento de Dios que es Jesús. Pero,
incluso después de la muerte y resurrección de Jesús, no se pierde la
dimensión sacramental en el encuentro con Dios. Respetando la estructura
sacramental del hombre profundamente ligado al cuerpo y al mundo de lo
sensible, Dios continúa ahora ofreciéndose de manera sacramental a través
de la Iglesia. La
Iglesia es ahora «el Cuerpo de Cristo», la comunidad que le da
cuerpo a Jesucristo, la comunidad donde se ofrece Jesucristo a través de
gestos visibles, sensibles, captables. En esta comunidad llena de mediocridad,
debilidad y pecado se realiza, sin embargo, algo decisivo: la presencia
sacramental de Jesucristo. Podemos
decir que la Iglesia entera, en su totalidad es sacramento de Jesucristo. En
la Iglesia Cristo se hace presente de manera sacramental en medio de los
hombres. Todo en la Iglesia tiene una dimensión sacramental: las personas que
formamos esta comunidad, los evangelios que se proclaman entre nosotros, los
gestos cristianos que realizamos, el amor a los necesitados, la oración de
los creyentes, los ritos sagrados, los símbolos. Todo lo que hacemos y
vivimos desde la fe puede sacramentalizar y hacer presente a Jesucristo
nuestro Salvador. 5.-
Los siete sacramentos Todo
en la Iglesia es sacramental, pero hay acciones y gestos donde ese carácter
sacramental adquiere una densidad particular. De la misma manera que todo puede
ser signo de amor entre los esposos, pero el abrazo conyugal sacramentaliza de
manera más eficaz e intensa su amor. Hasta
el siglo XII se empleaba la palabra «sacramento» para designar a muchos
gestos y acciones eclesiales. San Agustín cuenta hasta 304 «sacramentos».
A partir del siglo XII, se hace un esfuerzo de selección para delimitar los
gestos sacramentales más nucleares. Por fin, el Concilio de Trento define los
siete sacramentos no de manera arbitraria sino articulándolos en torno a los
ejes fundamentales de la vida o los momentos claves de la vida cristiana. Los
sacramentos son, por lo tanto, la concreción y actualización de lo que es la
Iglesia: sacramento de Cristo, el cual es, a su vez, Sacramento de Dios.
Cuando celebramos o vivimos un sacramento, realizamos un gesto humano al que
le damos sentido desde la fe; realizamos ese gesto no de manera privada a
nuestro arbitrio, sino de manera eclesial, dentro de la Iglesia sacramento de
Jesucristo; y así nos encontramos con Cristo que es el gran Sacramento que nos
lleva al encuentro con Dios. Por
lo tanto, lo primero es realizar un gesto humano que encierra una
fuerza expresiva importante: una comida (Eucaristía), un gesto de perdón (Penitencia),
una entrega mutua de dos personas (Matrimonio). En
segundo lugar, ese gesto humano tiene sentido cuando es vivido desde la fe.
Los sacramentos suponen fe. Sin la fe, el sacramento no dice nada, no
habla nada. Los sacramentos realizados sin fe se convierten en ceremonias vacías,
ritos sociales, gestos ridículos. En
tercer lugar, ese gesto vivido desde la fe no es algo individual o privado, ni
siquiera de un grupo particular. Cada sacramento es una toma de contacto, una
inserción en la Iglesia, un gesto eclesial, pues sólo la gran comunidad
eclesial es el sacramento de Jesucristo. En
cuarto lugar, esos sacramentos no son ritos muertos sino gestos de encuentro
personal con Cristo que es el gran Sacramento que nos lleva a Dios. Cada
sacramento según su modalidad nos pone en contacto con Jesucristo y por medio
de él con Dios. Es Cristo el que perdona, Cristo el que alimenta, Cristo el que
une en el amor.
6.El
Sacramento del Matrimonio
Después
de este recorrido ciertamente un poco largo, estamos preparados para comprender
mejor qué es vivir el Matrimonio como sacramento y cuál es la riqueza y las
posibilidades que ofrece el matrimonio cristiano.
6.1.
Proyecto de vida matrimonial Lo
primero que hacen los novios cristianos, como cualquier otra pareja, es
comprometerse a una vida matrimonial. Este proyecto de vida es la base humana
del sacramento, el gesto que va a ser sacramentalizado desde la fe. Por
tanto, los novios se comprometen a compartir sexualmente su vida, como expresión
de un amor mutuo que exige fidelidad, como una realidad que desean sea
reconocida socialmente y como una comunidad de amor abierta a la fecundidad. La
base humana del sacramento del matrimonio no son unos elementos materiales
(como el pan y el vino de la Eucaristía), no es un gesto exterior (como el
lavado con agua del bautismo), sino la misma vida de los nuevos esposos, su
entrega
mutua, su encuentro amoroso. Es esta vida matrimonial la que va a convertirse en
signo, en sacramento cristiano. 6.2.
El Matrimonio, sacramento del amor de Dios Lo
nuevo y original de los novios cristianos es que, animados por su fe cristiana,
se comprometen a vivir su matrimonio como signo, como expresión,
manifestación o «sacramento» del amor de Dios que se nos ha revelado en
Cristo. Al
casarse en Cristo, los novios cristianos dicen públicamente a toda la
comunidad cristiana lo siguiente: «Nosotros queremos vivir nuestro amor
matrimonial como un signo, una manifestación, una encamación, un sacramento
del amor de Dios. Todos los que veáis cómo nos queremos, podréis
intuir de alguna manera cómo nos ama Dios a todos. Queremos que nuestro amor y
nuestra vida matrimonial os recuerden a todos cómo os quiere Dios». Precisamente
por esto, los novios son los ministros del sacramento del matrimonio.
No les casa el sacerdote, sino que se confieren el sacramento el uno al otro y
lo reciben el uno del otro. El novio le casa a la novia y ésta le casa al
novio. Cada uno de ellos se ofrece al otro como gracia, representa para el otro
el amor de Dios hecho visible y sensible en el amor humano matrimonial. Al
comprometerse a vivir su amor matrimonial como sacramento, se dicen el uno al
otro lo siguiente: «Te amo con tal hondura, con tal verdad, con tal entrega y
fidelidad que quiero que veas siempre en mi amor matrimonial el signo más
claro, la señal más visible, el «sacramento» mejor de cómo te quiere Dios.
Cuando sientas cómo te quiero, cómo te perdono, cómo te cuido, podrás sentir
de alguna manera cómo te quiere Dios». Los
esposos cristianos pueden descubrir el amor de Dios en muchas experiencias de la
vida y en muchos lugares del mundo. Para ellos Cristo es, sobre todo, el
Sacramento de Dios y a ese Cristo lo pueden descubrir en la Iglesia de muchas
maneras: en la Eucaristía, o en el sacramento de la Reconciliación. Pero para
ellos, su propia vida matrimonial, su encuentro, su amor matrimonial es el
lugar privilegiado para ahondar, disfrutar y saborear el amor de Dios,
encarnado en Cristo y comunicado a través de su Iglesia. 6.3.
El matrimonio como estado sacramental El
matrimonio no es solo un
sacramento; es un estado sacramental. La boda no es sino el punto de partida de
una vida matrimonial que queda sacramentalizada. Por eso, toda la vida
matrimonial, con todas sus vivencias y expresiones, tiene un carácter
sacramental para ellos, es fuente de gracia, expresión eficaz del amor de Dios
que se hace realmente presente en su amor matrimonial. La
mutua entrega, el perdón dado y recibido dentro del matrimonio, las expresiones
de amor y ternura, la intimidad sexual compartida, la abnegación de cada día
con sus gozos y sufrimientos, con su grandeza y su pequeñez, con sus momentos
sublimes y su mediocridad... toda esa vida matrimonial es sacramento, lugar de
gracia, experiencia sacramental donde Dios se hace realmente presente para los
esposos. Por
eso, los esposos cristianos viven toda su experiencia humana y su vida cristiana
de manera matrimonial, de manera diferente a los no casados. Los esposos
cristianos pueden y deben encontrarse con el perdón de Dios en el sacramento
de la Reconciliación, pero pueden y deben encontrarse también con el perdón
de Dios que se les ofrece en el perdón que mutuamente se regalan el uno al
otro. Los esposos cristianos pueden y deben alimentar su vida y su amor
cristiano en la Eucaristía de la comunidad, alimentándose del cuerpo
del Señor, pero pueden y deben alimentar su vida y su amor en el disfrute
gozoso de su amor matrimonial. Necesitan acercarse a la comunidad eclesial a la
que pertenecen, su mismo matrimonio lo viven como sacramento dentro de esa
comunidad
eclesial, pero ellos viven toda su vida cristiana de manera matrimonial. Este
carácter sacramental da una hondura y plenitud diferente a su abrazo conyugal.
Los esposos cristianos no «hacen el amor», sino que lo celebran. El acto
del amor es una celebración, una fiesta, donde los esposos con su propio
cuerpo, con su capacidad erótica, con la fusión de sus cuerpos y sus almas,
con el disfrute compartido, hacen presente en medio de ellos a Dios. Es sobre
todo en esa experiencia íntima donde mejor pueden entender y saborear su amor
matrimonial como sacramento del amor de Dios.
4.-
ALGUNAS DIMENSIONES DE LA VIDA MATRIMONIAL Vamos
a describir, aunque sea brevemente, algunos rasgos de la vida matrimonial: 1.
El matrimonio como liberación de la soledad «No
es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gn
2, 18). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de liberarse de la
soledad y de vivir en diálogo íntimo, personal con otro. La soledad es un
mal. El matrimonio ofrece a los esposos uno de los mejores caminos para no
recorrer la vida en solitario. Pero,
además, el matrimonio cristiano ofrece a los esposos creyentes la posibilidad
de abrir ese diálogo matrimonial al diálogo con Dios. Desde el diálogo mutuo,
desde la mutua escucha, desde el encuentro amoroso recíproco, los esposos
cristianos
pueden avanzar hacia el diálogo con Dios, la escucha de Dios, el encuentro con
El. Naturalmente,
todo esto exige a los esposos ir superando su egoísmo, irse abriendo cada vez
con más hondura al otro cónyuge, compartir cada vez más los deseos, las
aspiraciones, los temores, las alegrías, los gozos, las dificultades, los
sufrimientos que entretejen la vida. Es así como va creciendo el matrimonio
como sacramento que hace posible el encuentro con Dios. 2.
El matrimonio como mutua complementación «Esta
sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn
2, 23). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de complementarse,
enriquecerse y perfeccionarse el uno al otro. El esposo se enriquece con la
presencia femenina en su vida; la esposa con la presencia de lo masculino. Pero,
además, los esposos cristianos pueden buscar desde su matrimonio la
complementación, el enriquecimiento que sólo nos puede llegar de Dios. Los
esposos cristianos saben, en sus momentos de debilidad, de pobreza, de
limitación, buscar la gracia y la fortaleza de Dios. Saben, en sus momentos de
gozo y de plenitud, abrirse a la alabanza y a la acción de gracias al Creador. Pero,
naturalmente, esta mutua complementación exige todo un aprendizaje, un
reajuste constante, una actitud de mutuo respeto, de agradecimiento mutuo.
El matrimonio va creciendo día a día en ese arte difícil de la convivencia. 3.
El matrimonio como disfrute de la intimidad sexual «Serán
los dos una sola carne» (Gn
2, 24). El matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de compartir y
disfrutar la intimidad sexual, de descubrir todo el valor del cuerpo como medio
de expresión y comunicación de amor. Los esposos viven
su amor matrimonial
expresándolo corporalmente en su intimidad conyugal. Pero,
además, los esposos cristianos celebran su unión sexual como una fiesta de
amor, de intimidad, de placer, no sólo bendecida por Dios, sino donde se hace
presente el amor gozoso de Dios para aquella pareja. El sacramento del
Matrimonio,
lejos de destruir el placer o la felicidad matrimonial, ofrece a los esposos
la posibilidad de abrir su amor sexual a su dimensión última y trascendente
haciendo de su unión amorosa signo y presencia del amor de Dios. Todo
esto exige naturalmente que la entrega sexual sea signo de una entrega amorosa,
sincera y real. Que la unión de los cuerpos exprese la unión de los corazones. 4.
El matrimonio como comunidad de amor creciente El
matrimonio supone ya un amor inicial entre los nuevos esposos, pero exige que
ese amor vaya creciendo y consolidándose día a día. El amor es algo llamado a
crecer. Los problemas, las dificultades y adversidades de la vida, vividos
conjuntamente por los esposos en actitud matrimonial son ocasión para
profundizar y crecer en un amor cada vez más sólido y realista. Lo que en un
comienzo pudo ser, sobre todo, «enamoramiento», atracción física, goce erótico...
puede irse afianzando como amor fuerte y gozoso. Pero,
además, los esposos cristianos pueden crecer desde su matrimonio en el amor a
Dios y en el amor a todos los hermanos. Cuando una persona se va llenando de
amor, no crece sólo su relación amorosa hacia alguien, sino que crece su
capacidad
de amar. Naturalmente,
esto exige cuidar día a día el amor. La infidelidad, el enfriamiento, la
ruptura no es algo que sucede de pronto, de manera imprevista. Es siempre algo
que se viene gestando día a día cuando la relación se va contaminando de egoísmo,
pequeñez, resentimiento, interés, venganzas, rechazos.
5.
El matrimonio como comunidad de mutua comprensión y perdón El
amor matrimonial muchas veces sólo puede crecer con el perdón. El amor pide
siempre respuesta, pero el cónyuge se puede encontrar con que
la persona amada no responde como él esperaba. El amor puede sentirse
traicionado, decepcionado, no correspondido porque no encuentra una respuesta
en la persona amada. Entonces el verdadero amor se convierte en perdón. La vida
matrimonial exige una actitud de perdón, de comprensión de la debilidad del
otro, de paciencia, de disponibilidad para la reconciliación. Casarse con una
persona es estar dispuesto a perdonarle siempre. Los
esposos cristianos tienen que recordar, además, que su matrimonio es sacramento
del amor de Dios y Dios perdona siempre. Dios es siempre fiel, aunque nosotros
seamos infieles. Esa es la razón más profunda de la indisolubilidad del
matrimonio cristiano. Si el matrimonio es sacramento de Dios, está llamado a
ser fiel, perenne, para siempre, puesto que así es el amor de Dios. Todo
esto exige que los esposos vayan reconquistando y fortaleciendo día a día su
amor matrimonial en una actitud de perdón y comprensión mutua.
6.
El matrimonio como descubrimiento del amor al hermano La
vida matrimonial debe ser para los esposos una escuela donde aprendan a amar a
todos. Acogiéndose, ayudándose, perdonándose, los esposos aprenden a
acoger, ayudar, perdonar. Su amor conyugal los capacita para vivir también el
amor filera del propio hogar. Compartiendo sus gozos y sufrimientos han de
aprender a compartir más los gozos
y sufrimientos de todos. Uno de los riesgos del matrimonio es reducirlo a un «egoísmo
compartido». Sin embargo, si el amor matrimonial es verdadero amor no los
encerrará en sí mismos, sino que los abrirá a los demás. Los
esposos cristianos han de recordar además que se han comprometido a vivir su
amor como signo y sacramento del amor de Dios, y el amor de Dios es universal,
no olvida a nadie y se ofrece de manera
especial a los más indefensos, pobres y olvidados. Si quieren hacer de su
amor «sacramento» del amor de Dios, no pueden encerrarse egoístamente en
su amor matrimonial. Naturalmente,
todo esto exige no encerrarse en los problemas del propio hogar, comprometerse
en la vida social, hacerse presentes junto a los necesitados, colaborar en la
comunidad cristiana, estar atentos a los más olvidados. 7.
El matrimonio como fuente de vida El
matrimonio ofrece a los esposos la posibilidad de crear un hogar, una familia.
El nacimiento del hijo no tiene por qué ser una carga penosa, un estorbo, una
amenaza para el amor matrimonial. Al contrario, debería ser la culminación, el
sello de ese amor. Los
esposos cristianos tienen que recordar que su matrimonio es sacramento del amor
de Dios, y Dios es creador de vida. Los esposos están llamados a colaborar
con el Creador en la difusión de la vida. Y ésta es una tarea que abarca
diversos aspectos. Difundir la
vida es: hacer nacer nuevos seres humanos sobre la tierra, educarlos, abrir
horizonte
a las nuevas generaciones que nos sucederán, colaborar en la promoción de la
humanidad, hacer un mundo más habitable, promover unos hogares más humanos
donde habite el amor, el diálogo, la verdad, es decir, hacer crecer el Reino de
Dios.
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