TESTIGOS DEL DIOS DE LA VIDA (4)

 

José Antonio Pagola

 

 

7. EL LENGUAJE DEL TESTIGO

   

Es claro que la palabra más importante del testigo de Dios es su propia vida. Pero podemos hacer algunas observaciones sobre el lenguaje.

   

  1. La palabra del testigo

 

Antes que nada, hemos de recordar que nuestras palabras no agotan nunca la realidad de Dios. Incluso las fórmulas dogmáticas, por muy perfectas que quieran ser, no definen ni delimitan el Misterio de Dios, sólo orientan y apuntan hacia él. Dios es siempre mayor que nuestras palabras; nosotros creemos en Dios, no en nuestras fórmulas humanas sobre él. El testigo comete un error si pretende imponer una formulación o si cae en discusiones teológicas.

  Hemos de atender bien la llamada que hace la primera carta de Pedro: «Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros. Pero hacedlo con dulzura y respeto» (1 Pe 3, 15-16). No se trata de ofrecer respuesta a los interrogantes que se nos puedan hacer de carácter teológico o doctrinal, sino de dar razón de nuestra esperanza, de la experiencia que ilumina nuestra vida. El testigo no tiene por qué sentirse en apuros porque no se ve seguro ni competente para una respuesta doctrinal. Lo que él ha de comunicar no es su seguridad teológica o su capacidad de fundamentar la fe sino su esperanza, el dinamismo que le hace vivir confiado en Jesucristo. Esta esperanza la ha de exponer con «dulzura y respeto», sin imposiciones de ningún género, sin conciencia de superioridad, sin minusvalorar o menospreciar a quien no comparte la misma fe[25].

  El lenguaje del verdadero testigo es humilde. No busca testimoniar a Dios con expresiones felices. Sabe que no está ahí el testimonio de Dios. Las metáforas más hermosas se agotan; los conceptos más sublimes pueden ser engañosos. El testigo evita términos y expresiones que a él no le dicen nada. No utiliza un lenguaje al que no responda alguna experiencia. No cae en tópicos y fórmulas vacías de vivencia.

   

  2. Hablar de Dios

 

Para hablar de Dios como testigo no basta utilizar un lenguaje ortodoxo. Es necesario, además, que ese lenguaje que quiere ser correcto «toque» a las personas, sintonice con la experiencia real de la gente, alcance al ser humano en aquello que es vital para él. Hay que evitar rechazos que puedan originarse de malentendidos de lenguaje y tratar de hablar de manera que la experiencia de Dios pueda ser mejor percibida e intuida. Por otra parte, no es bueno quedarse siempre en las formulaciones más seguras aunque, de hecho, no digan nada a las personas. El lenguaje del testigo tiene que ser incisivo y actual, no inocuo y anacrónico. A veces me pregunto por qué muchas veces el lenguaje de Jesús resulta más vivo, directo y actual que el lenguaje eclesiástico. Un verdadero testigo, que vive buscando a Dios, se empeña en encontrar un lenguaje nuevo para la fe.

  Por otra parte, hemos de recordar que no todo tiene la misma importancia en la fe cristiana. El Vaticano II habló de una «jerarquía de verdades»[26]. En momentos de crisis religiosa como el actual hemos de centrarnos en lo esencial, pero sabiendo que no siempre lo que destaca la teología coincide con lo que realmente más puede «decir» a las personas de hoy. Un testigo se preocupa, sobre todo, de hablar de aquello que, siendo esencial, más puede interpelar y acercar a la experiencia de Dios.

  Para ello es necesario cuidar y purificar nuestro lenguaje acerca de Dios con el fin de que pueda aparecer como Buena Noticia para el hombre y la mujer de hoy. Una presentación inadecuada de Dios Creador puede hacer pensar en un Dios celoso de su poder, dictador arbitrario de toda clase de leyes y prohibiciones. Una palabra ambigua sobre el Dios Redentor puede llevar a captar a Dios como un ser vengativo y justiciero que sólo sabe perdonar cuando su honor ha quedado satisfecho y aplacado. Un lenguaje inapropiado sobre Dios Omnipotente puede sugerir un Dios rechazable por ahogar la autonomía y libertad del ser humano.

 

    3. Hacia un lenguaje diferente sobre Dios

 

En general se puede decir que en la conciencia de no pocos cristianos anida la imagen de un Dios, Ser Supremo, Señor omnipotente y sempiterno, Rey Soberano, Juez de vivos y muertos. Este Dios que, durante mucho tiempo, ha atemorizado a tantos, hoy no da miedo, pero tampoco atrae ni fascina. No es fácil enamorarse de un Rey soberano, de un Juez Supremo, de un Ser poderoso.

  Sin traicionar el verdadero contenido de esta formulación de Dios, al testigo le va brotando de su experiencia un lenguaje que habla de Dios de manera un poco diferente y que permite vislumbrar que Dios, antes que nada, es Amor (1 Jn 4,8). Sin ninguna pretensión de definir nada, voy a sugerir un lenguaje marcado  por una orientación un poco nueva y que encuentra en algunos sectores más resonancia.

  Un Dios Amigo-Amiga, enamorado de sus criaturas; un Dios amante (lenguaje de los místicos) que no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar porque en su ser más íntimo sólo es Amor.

  Un Dios, servidor humilde de sus criaturas, que no busca «ser servido sino servir»; un Dios al que lo único que le interesa es vernos vivir de manera digna y dichosa.

  Un Dios grande, que no cabe en ninguna religión ni iglesia pues habita en todo corazón humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias.

  Un Dios que no deja sólo a nadie pues tiene caminos para encontrarse con cada uno sin que pasen necesariamente por la Iglesia.

  Un Dios que ama el cuerpo tanto como el alma y el sexo tanto como la inteligencia; un Dios al que le encanta el ser humano, lleno de vida disfrutando de su creación.

  Un Dios que sufre en la carne de los hambrientos y miserables de la tierra; un Dios que está en los oprimidos sosteniendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo liberador.

  Un Dios que despierta siempre nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad; un Dios que está con nosotros para «buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.

  Un Dios que nos quita los miedos y quiere desde ahora para todos paz y bienestar; un Dios que, lejos de provocar angustia ante la muerte, estará también entonces abrazando a cada persona mientras agoniza y rescatándola para la vida eterna.

  Un Dios que es una suerte poder encontrarlo en el mundo y en el fondo de nuestro corazón.

 

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[25] M. SCOUARNEC, La foi, une affaire de gout. Ed. de l’Atelier. París 2000, 151-160

 

 

 

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