TESTIGOS DEL DIOS DE LA VIDA (3)

 

José Antonio Pagola

 

 

 5. TESTIGO DE UNA VIDA NUEVA

 

 Demos un paso más: ¿Qué es exactamente lo que transmite el testigo? ¿La experiencia de su encuentro con Dios? No parece posible, al menos directamente, pues todo encuentro interpersonal es en cuanto tal incomunicable, intransmisible. ¿Cómo pueden comunicar dos enamorados su experiencia amorosa a un tercero? Lo mismo sucede con la fe. De hecho yo sólo conozco mi experiencia con Dios, mi fe. Creo que también otros viven esa experiencia pero yo no la conozco. Será semejante a la mía pero es diferente, es su experiencia.

 Lo único que puede hacer el testigo es sugerir, señalar, atraer, invitar a otros a que hagan su propia experiencia. Y la mejor invitación es presentar la propia vida: una vida atractiva, interesante, una vida nueva, transformada, «salvada». Sin duda, hay modos distintos de vivir la fe y no todos resultan igualmente creíbles, no todos invitan con la misma fuerza. ¿Podemos sugerir el estilo de vida de un verdadero testigo?

 

  1. Una experiencia de vida

 

El creyente, enamorado de Dios, no sólo cree. Quiere creer, le gusta creer, le hace bien creer pues experimenta a Dios como «fuente de vida»

Otros entienden y viven a Dios de otra manera; la tradición teológica habla de Dios de diferentes formas. También el testigo conoce palabras, conceptos, símbolos que hablan de diversos aspectos de la Divinidad. Pero lo que va descubriendo cada vez con más realidad es lo afirmado por Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). 

Su experiencia más decisiva de Dios se puede expresar así: 

«Estás muy presente en mi vida pero siento con nostalgia tu ausencia; conozco tu presencia inconfundible pero eres un Dios oculto; estás dentro de mí pero me trasciendes. Tú eres mi Dios; más allá de esto no sé nada de ti. Sólo que me amas y me haces vivir. Por eso te busco y te «encuentro en Jesucristo como en ninguna otra parte».

 Junto a la experiencia de saberse amado, el creyente vive la experiencia de verse reafirmado en la vida: mi ser vacilante, cambiante y frágil, lleno de miedos, fantasmas e inseguridad, amenazado siempre por la soledad y la decepción, acosado por la humillación y la culpabilidad, sin poder huir del envejecimiento y de la muerte, este ser mío anhelante de vida, en Dios se reafirma en su dignidad, se libera, se encuentra con la vida; Dios me infunde paz, seguridad, comunión, dignidad, libertad, verdad. No son palabras; es experimentar a Dios como un Dios vivo y que da vida. Cuando, de alguna manera, no es experimentado así, Dios se convierte en algo postizo, añadido, artificialmente a la vida, alguien del que no se puede ser testigo, sólo maestro, doctor o predicador.

 Este Dios no me pide apartarme de la vida para encontrarle, no me exige renunciar a nada humano para ser suyo, no está celoso de mi felicidad, no me reclama sacrificar lo bello y hermoso de la vida, no genera desconfianza ante el placer, no me hunde en la culpabilidad. Lo que da verdadera gloria a Dios es un ser humano lleno de vida[19]. Lo que le agrada es vernos vivir de manera digna y dichosa.

 La huella más clara, el indicio mejor observable de este Dios en la existencia del testigo es que transforma su vida y la hace más digna y más dichosa en cualquier situación: en el gozo y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, en la amistad y en la soledad, en la inocencia y en la culpabilidad, en la vida y en la muerte.

 

 

  2. El testimonio de la vida

 

Lo que el creyente presenta pues como testimonio de Dios es su vida. Lo decisivo en esa vida no es la santidad moral sino la actitud ante Dios, la orientación hacia el Amor, la huella que Dios va dejando en esa existencia. En el testigo marcado por Dios van emergiendo unas actitudes que todos pueden captar. Son las actitudes de Jesús «el testigo fiel» (Ap 1,5). 

Así las ve J. P. Jossua

«actitudes que me gustan, sobre las que querría establecer mi vida y de las que estoy persuadido que despiertan en el fondo de sí mucha mayor alegría que sus contrarias. La fraternidad, la dulzura, la serenidad, el perdón, la paz contagiosa, la pureza de un corazón sin envidia, el cuidado por la dignidad humana y la justicia... me parece que representan lo mejor que existe en esta tierra»[20].

 Al testigo se le percibe como a alguien que va configurando su vida siguiendo las huellas de Jesús: su acogida incondicional a todo ser humano y, de manera preferente, al pequeño y desvalido; su compasión por toda desgracia y sufrimiento; su pasión por defender la dignidad de la persona por encima de todo; su misericordia para toda flaqueza, humillación o pecado; su lucha apasionada por todo lo digno y justo; su esperanza inquebrantable, sin falsas ilusiones; su benevolencia con el extraño y diferente; su pasión por la verdad, esa capacidad de ir al fondo de todo, por encima de formalismos y legalismos engañosos; su libertad para hacer el bien; su manera de buscar y salvar lo que parece perdido; su deseo de infundir confianza y liberar de miedos; su abandono total en manos del Padre. En el fondo de esta vida está Dios; en el fondo de quien sigue a Jesús se presiente y sugiere la presencia de Dios.

 

 

  3. Un estilo de comunicar vida

 

El testigo no sólo presenta su vida. Lo hace comunicando vida. Por eso, no vive aislado en su mundo, encerrando en sus pequeños intereses. Vive acompañado, escuchando, comunicando. El testigo deja de serlo en la medida en que pierde fuerza comunicativa.

 El testigo no es un extraño. Es una persona profundamente humana a quien no le preocupa mucho si sus manos están llenas o vacías. El vive amando y buscando el bien para todos de forma sencilla y gratuita sin que le inquiete no ver frutos en su entorno.

 Al testigo le preocupa y le ocupa la vida de los demás. Contagia la vida que lo habita aunque no lo pretenda ni se dé cuenta de ello. El testigo interpela con su presencia, pero no culpabiliza sino que invita, anima y acompaña hacia una vida mejor.

 Al testigo le duele todo lo que daña la vida, la dignidad y la paz de las personas. Por eso, ayuda a recuperar la dignidad perdida, contagia confianza, conjura miedos, contribuye a que la pasión por la vida supere al pesimismo y el desaliento. El testigo enseña a vivir buscando, ayuda a las personas a descubrir y valorar cada paso constructivo.

 En un mundo donde se dice que Dios está ausente, el testigo testimonia que algo sabe de Dios y de su presencia, algo sabe del ser humano, algo sabe del amor.

 En un mundo aparentemente satisfecho pero con «sed de misterio», el testigo testimonia que algo sabe de la «fuente», algo sabe de cómo se calma la sed de felicidad plena que hay en el ser humano.

 En un mundo marcado por la ciencia, la técnica y la burocratización pero donde persiste la sed de lo «sagrado», el testigo señala que lo más sagrado es el ser humano herido por el mal.

 En un mundo donde se acusa a Dios ante el mal inexplicable, el testigo hace ver con su vida que Dios está donde se sufre y donde se lucha contra él; en las víctimas sosteniendo su vida y su dignidad; en los que luchan alentando su combate contra el mal.

 

 

  4. Una vida que despierta interés

 

Este estilo de vivir y de generar vida puede despertar interés y hacer más creíble la fe pues Dios comienza a interesar en la medida en que se puede intuir que «responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano»[21].

 La gente se interesa por algo cuando siente que responde a sus aspiraciones más hondas, cuando intuye que allí hay algo que coincide con lo que anda buscando. La vida del testigo despierta interés cuando en ella se pueden captar unas actitudes, una orientación, una síntesis vital, unos recursos, una alegría, una fuerza interior que apuntan a un Dios que responde a nuestro deseo más hondo que es «la alegría de vivir» y no hacia un Dios que sólo genera inseguridad, miedo, culpabilidad, asfixia de la vida.

 Es decisivo ver si el Dios que se intuye en la vida del testigo genera vida o la ahoga. Porque, como dice J. M. Castillo, un Dios que no ayuda a vivir de manera dichosa y digna, «por más que nos digan que es bueno, que nos quiere, y que es Padre, es un Dios inaceptable y hasta insoportable, al menos para mucha gente. Porque, como es lógico, todo ser humano quiere ser feliz. Y es que el deseo de la felicidad es la apetencia más profunda que cualquier persona lleva inscrita en lo más hondo de su ser. De manera que atentar contra la felicidad de vivir... es la agresión más grande que se puede cometer contra el ser humano, sea quien sea. Pero si resulta que Dios es una amenaza, una prohibición constante, una carga pesada, una censura de lo que haces o dejas de hacer, en definitiva, algo o alguien que nos complica la vida más de lo que la vida ya está complicada (que es mucho), entonces se comprende que haya tanta gente que prescinde de Dios, que no quiere saber nada de ese asunto o incluso que rechaza abiertamente todo lo que se refiere a Dios, a la religión y a sus representantes en este mundo. Un Dios que es percibido como un problema, como una dificultad o como un conflicto para nuestra felicidad, por más argumentos divinos y humanos que le echemos encima, es y será siempre un Dios inaceptable e incluso detestable, aunque mucha gente no se atreva a decirlo así»[22].

 La vida del testigo podrá despertar interés si se puede captar que, para él, Dios no es un problema, una dificultad, un estorbo para ser feliz, sino lo mejor que ha encontrado para vivir a gusto, intensamente, sin miedo, de manera liberada y gozosa.

 

 

6. HUMILDAD DEL TESTIGO

 

  No se ha de confundir nunca el testimonio auténtico con el testimonio espectacular. El testigo no es una «vedette». Sin duda, hay personas excepcionales, fuertes, emprendedoras (M. Lutero King, Oscar Romero, L’abbé Pierre, Madre Teresa de Calcuta). Están los santos, cuya vida idealizada por la tradición, puede atraer e invitar a la experiencia de Dios. Sin embargo, lo que hace que la experiencia cristiana se vaya comunicando de unas generaciones a otras son los pequeños testigos, sencillos, discretos, conocidos sólo en su entorno, personas profundamente buenas y cristianas.

  Es peligroso hablar de «testigos profesionales». Puede ser una ilusión falsa pensar que la «vida consagrada» o el «ministerio presbiteral» hacen sin más del religioso/a o del presbítero un «testigo de Dios». La calidad del testigo y su credibilidad provienen de su persona y no tanto de su función o estado de vida. Sin ser ni menos testigos que sus hermanos, ellos y ellas contribuyen desde su vida a transmitir la experiencia cristiana.

 

 

  1. Desde la debilidad

 

Ser testigo es una gracia y una exigencia que le va cogiendo al creyente. No tiene por qué envanecerse ni gloriarse de nada. No tiene por qué quejarse de ninguna ingratitud o ausencia de fruto. El verdadero testigo se alegra en su propia experiencia, no se quema ni se hunde en el desaliento.

  El testigo es consciente de sus limitaciones y debilidades. Lo que venimos diciendo del testigo no ha de llevarnos a un cierto «idealismo» del testimonio. Nuestro testimonio nace de la debilidad y del pecado. Nunca estamos a la altura de lo que anunciamos. No podemos legitimar nuestra palabra con nuestra santidad personal ni con la de la Iglesia. Nuestra experiencia de Dios «la llevamos en vasijas de barro para que parezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2 Co 4,7).  Por otra parte, tampoco nuestras debilidades y pecados son un signo en contra decisivo. La fuerza del testigo esta en su voluntad sincera de vivir desde la fe. Ya encontrará Dios su camino hacia cada persona. Lo que no ha de hacer el testigo es vivir tenso e inquieto.

  No hemos de olvidar, además, que el testimonio de cada uno es parcial. Otros testigos lo pueden enriquecer y ampliar. En unos se destacará más la solidaridad con el débil y el excluido; en otros la alegría y la esperanza, en otros la acogida o la lucha por la justicia o la oración. No creo que el testigo ha de forzar su propia estructura sicológica; lo importante es testimoniar lo esencial.

  A veces el testigo se siente rodeado de indiferencia o rechazo. El testimonio del cristiano apenas encuentra hoy apoyo social o cultural. El pluralismo actual invita al relativismo, la desconfianza y la dispersión de la atención; la fuerza del testimonio parece diluirse y perderse. Esta «desnudez» es dura pero a veces permite al testigo ofrecer su testimonio con menos ambigüedad y sin apoyos socio-culturales que oculten a Dios.

 

 

  2. Testigos del Misterio

 

La verdadera humildad y fragilidad del testigo proviene, sin embargo, de otro hecho fundamental: Dios es Misterio

Lo que testifica el creyente es algo que lo supera y transciende; algo que no puede demostrar a nadie, sólo sugerir, señalar, invitar. 

Dios es siempre un Dios escondido que se revela ocultándose, Presencia que nos transciende. 

Dios es el que es (Ex 3,14). Siempre permanece en el misterio. «Dios es siempre una vivencia, pero jamás una posesión»[23].  Nos atrae, lo buscamos, nos abandonamos a su Misterio de amor, pero sin poder verlo «cara a cara» (Ex 33, 18-23). Así habla Job de la presencia de Dios: «Si pasa junto a mí, no lo veo; me roza y no me doy cuenta» (Jb 9,11).

  Sin embargo, el testigo vive esta experiencia insondable con firmeza y con gozo, con seguridad interior porque el Misterio de Dios es Misterio pero cercano. 

Dios no es una lejanía que se difumina en el enigma total; es Misterio que envuelve mi ser y me penetra, Misterio que envuelve la vida, las cosas, el mundo. El mundo es de Dios; la vida fluye de él; él llena la creación entera. Vivimos en Dios.

  No es la separación sino la comunión y la cercanía total lo que nos hace vivir en el misterio de Dios. «Su presencia es tan cercana, tan sin distancia, que es posible perder la perspectiva y no verle»[24]. Esta trascendencia de un Dios inmanente y cercano no conduce al olvido sino que intensifica la búsqueda y el deseo; es una cercanía que hace crecer la relación amorosa.

  El testigo sabe que sólo puede hacer presente a este Dios de manera simbólica. Los símbolos, los gestos, las palabras son «signos humildes» que pueden invitar a ir más adelante, a buscar más hondo. 

Por eso, el testigo acompaña, defiende, levanta, acoge, se acerca, abraza, perdona, se compadece sabiendo que, a pesar de su pecado y debilidad, su vida y su persona pueden ser para alguien «símbolo» de la presencia de Dios.

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[19] Es conocido el aforismo de san Ireneo de Lyon: «Gloria Dei, vivens homo»

[20] J. P. JOSSUA, o.c., 53-54

[21] Gaudium et Spes, 41

[22] J. M. CASTILLO, Dios y nuestra felicidad, Descleé de Brouver, Bilbao 2001, 14

[23] M. GELABERT, Salvación como humanización. Esbozo de una teología de la Gracia. Paulinas, Madrid 1985, 56

 

   

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