TESTIGOS
DEL DIOS DE LA VIDA (2)
José
Antonio Pagola
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3.
LA CONDICIÓN DEL TESTIGO Antes de adentrarnos en la experiencia nuclear del testigo vamos a señalar algunos convencimientos y actitudes que brotan en él desde la experiencia que vive de Dios y desde la fuerza del Espíritu que ha sido derramado en su corazón. 1. Enraizado en
la vida El
testigo vive en la realidad de hoy. Está dónde está el ser humano. Su vida no
discurre al margen de los problemas, interrogantes y sufrimientos que se viven
hoy en el mundo. Su visión de la vida está enriquecida por la experiencia que
vive de Dios, pero no vive en otro mundo, en otro tiempo, en otra esfera. Está
en la vida. La ama y la vive apasionadamente. Sabe leerla con mirada evangélica.
Se esfuerza por descubrir los «signos positivos emergentes», intuye las
«huellas
de Dios» acompañando a la gente en sus gozos y en sus penas. Sufre cuando, a
veces, ve que la Iglesia se sitúa como «desde fuera» y «por encima» de
todos, como juzgando y condenando a un mundo en el que ella no parece
reconocerse como si fuera depositaria de una «santidad» especial y exclusiva
que la colocara fuera de la condición común, débil, vulnerable y pecadora de
los seres humanos. El testigo del Dios de Jesucristo no sabe vivir sin compartir
las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual pues vive habitado
por una convicción inamovible: «Dios ha
amado tanto al mundo que ha entregado a su Hijo unigénito» (Jn 3,16). Esto
lo marca todo. Al
testigo de Dios no le preocupa sólo la crisis religiosa o los retos a los que
se enfrenta hoy la Iglesia. Sufre los retos, crisis y sufrimientos de la
humanidad entera: la fuerza del mal y de la injusticia, el hambre y la miseria
en el mundo, el sometimiento de la mujer, la impotencia ante el sufrimiento y la
muerte, la crisis de esperanza.
Comparte la incertidumbre propia de la condición humana: sabe que no hay
evidencias ni certezas para nadie, ni para el que pertenece a una tradición
religiosa ni para el que vive de otras convicciones. Entiende, comparte y sufre
la «ausencia de Dios» tan generalizada en la sociedad occidental pues la
padece también en su propia carne. El
testigo del Dios de Jesucristo termina situándose en el mundo y en la vida
desde una actitud amplia y universal. No le basta plantearse, ¿qué retos ha de
asumir la Iglesia en el mundo actual? El siente y vive las cosas de otra manera:
¿a qué retos, sufrimientos y amenazas hemos de enfrentarnos las mujeres y los
hombres de hoy? y ¿qué es lo que podemos vivir, contagiar y proponer los
creyentes en ese mundo? 2. Simpatía con las víctimas
de la incredulidad El
testigo sabe que vive en una sociedad fuertemente marcada por la increencia. Está
en contacto con hombres y mujeres que han abandonado «algo» que un día
vivieron. Nosotros los llamamos «increyentes» porque no aceptan nuestra fe
religiosa; en realidad son personas que viven de otras convicciones. Detrás de
cada vida, en el fondo de cada manera de vivir hay una manera de creer: fe en
Dios, fe en un Misterio último, confianza en unos valores, defensa de la
persona como valor supremo, búsqueda de amor... Nosotros reservamos el término
«fe» para hablar de la fe religiosa pero quienes abandonan esta fe viven de
convicciones, difíciles a veces de expresar, pero que los sostienen y ayudan a
vivir, luchar, sufrir y morir con un determinado sentido. El
testigo de Dios no los ve nunca como adversarios a los que hay que rebatir o
convencer. Con frecuencia se pregunta en qué creen las personas cuando dejan de
creer en Dios, y descubre que las gentes tienen sus convicciones, compromisos,
fidelidades, solidaridades, su decisión de vivir de una determinada manera.
Aunque la fe religiosa está en crisis, sigue viva la «confianza fundamental en
la vida». Parece que no se puede vivir sin creer en algo, sin confiar en
alguien, sin proyectarse hacia un futuro mejor. Desde
su propia experiencia, el testigo cree que Dios está en el fondo de cada vida y
sigue comunicándose a cada persona por caminos que no pasan necesariamente por
la fe religiosa ni por la Iglesia. Por eso vive atento a esa acción del Espíritu
que se le regala a cada persona juntamente con la vida. No hay nadie que esté
abandonado por Dios, olvidado por su Espíritu. El testigo vive con esta
convicción: todos «vivimos, nos movemos
y existimos» en Dios; todos «lo
buscamos y encontramos a tientas aunque no se encuentra lejos de cada uno de
nosotros» (Conf. Hch 17, 27-28). El testigo no se siente mal entre quienes
no creen en Dios. Se siente cercano, en «simpatía
mística con las victimas de la incredulidad», que diría E. Schillebeeckx[10].
Comprende los sentimientos de Jesús al ver a la gente, «sentía compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen
pastor» (Mc 6,34). 3. La vida está en
buenas manos Esta
convicción es fundamental en la experiencia del testigo de Dios: la vida está
en buenas manos. Dios acompaña a todo ser humano; nadie vive privado de su Espíritu;
nadie está abandonado. El Reinado de Dios sigue abriéndose camino como «una
pequeña semilla de mostaza» (Mt 13,31), como un poco de «levadura»
(Mt 13,32). Nuestro pecado y mediocridad no pueden bloquear la acción de Dios.
Todos seguimos buscando y luchando, sufriendo y gozando, viviendo y muriendo
sostenidos por el perdón y la misericordia de Dios. Por
eso, el testigo se mueve con libertad. No tiene que defender nada; no tiene que
rebatir, disputar ni combatir; no tiene nada que perder. Puede ser testigo sin
miedos ni recelos, sin pretensiones ni intereses. Sencillamente vive y comunica
la experiencia que lo ha transformado y le hace vivir a él. Así dice J.P. Jossua: «No les hago ni
buscar ni encontrar a Dios a pesar suyo. Digo sencillamente mi fe: mi Dios, él,
les busca y sin duda les encuentra por caminos que yo ignoro»[11]. Nadie
se propone un día convertirse en testigo. Sería ridículo organizarse la vida
para «dar testimonio» o para dar a conocer mi fe. El creyente no busca tampoco
-menos aún- ser original, llamar la atención, impactar. Sencillamente vive su
experiencia, trata de ser fiel a Dios, a veces tiene alguna ocasión para
comunicar el secreto de su vida. El verdadero testimonio se da como «de paso»,
como «añadidura», algo que va irradiando con su manera de ser, de vivir, de
creer y, sobre todo, de amar. El testigo no pretende convertir a otros: vive convirtiéndose él; no trata de salvar a los demás: vive su propia experiencia de salvación; no se esfuerza por hacer crecer la Iglesia mediante la adhesión de nuevos miembros: vive abriendo camino al Reino de Dios en la vida de las gentes. No le mueve ningún interés proselitista. Mateo recuerda la severa crítica de Jesús al proselitismo de los escribas y fariseos que se esfuerzan por lograr nuevos adeptos al judaísmo sin acercarlos al Dios del Amor: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, lo hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!» (Mt 23,15). El estilo de Jesús es diferente. Alivia
el dolor, ofrece el perdón, expulsa el mal, despierta la confianza, anuncia la
Buena Noticia de Dios, pero no retiene a nadie junto a sí. A los curados y
perdonados los invita a seguir su propia vida «Vete
a casa con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo» (Mc
5,19); «Levántate, toma tu camilla y
vete a tu casa» (Mt 9,6). Lo
que motiva al testigo es la experiencia que él mismo vive. Es lo que dice san
Pablo: «Nosotros creemos y por eso
hablamos» (2 Cor 4,13);
«predicar el evangelio no es para mí un motivo de orgullo; es algo que
me incumbe: pobre de mí si no lo anunciara» (1 Co 9,16). 4.
TESTIGO DE UN ENCUENTRO CON DIOS El
cristianismo no es una doctrina, una ley, un rito. Es una vida. Por eso, Jesús
no ha instituido maestros, doctores o liturgistas sino testigos. No hay testigo
si no hay comunicador de una experiencia. 1. Comunicación de una
experiencia Un
testimonio sin experiencia alguna en el testigo es puro verbalismo, un concepto
vacío. Es la experiencia la que motiva, impulsa y mantiene vivo el testimonio.
El testigo no sólo cree «teóricamente» sino siente que cree; no sólo afirma
que la salvación está en Jesucristo sino que la experimenta, la comprueba en sí
mismo porque se siente amado por Dios. En Jesucristo vive «algo» inconfundible
que no encuentra en otra parte, «algo» decisivo en su vida aunque no lo pueda
expresar de manera clara y precisa. No
es el momento de estudiar la estructura de la experiencia cristiana[12]. Basta decir que «experimentar» es probar,
verificar, conocer algo por contacto personal, sentirse afectado por una
realidad. La experiencia que impulsa al testigo es algo real que transforma su
vida, no es una ilusión. Es algo cierto que él puede comprobar aunque no
siempre lo pueda expresar. Es algo preciso e inconfundible y no algo vago y etéreo.
Es algo vital, no algo muerto, aséptico, frío. Por eso, el testigo comunica lo que vive, lo que está cambiando su vida, lo que la transforma. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia, no informa, no indoctrina, no instruye. Se implica en su comunicación, está
cogido por lo que comunica, no transmite un dato frío, desde fuera. Al testigo
se le ve habitado por convencimientos más que por grandes saberes acerca de la
fe, ofreciendo lo que a él le hace bien. De
la experiencia cristiana se pueden analizar muchos aspectos pero lo importante
es captar que el núcleo de esta experiencia es el encuentro personal con el
Dios vivo revelado en Jesucristo. Un encuentro que afecta a toda la persona
porque «toca» la inteligencia, el corazón y la vida entera del creyente. Al
comienzo tal vez, uno no percibe que esto es lo principal y decisivo, pero poco
a poco va experimentando que la fe no consiste en creer algo sino en «creerle
a alguien». Esto lo cambia todo. Más que tener fe o poseer unas
convicciones, ser creyente es saberse habitado por la Presencia amorosa de Dios,
«ser poseído», sentirse «cogido por Cristo Jesús» (Flp 3,12). «Creer»
es una palabra que proviene del latín «credere»
(cor dare), es decir, «creer» significa «entregar el corazón» a alguien. Por eso, creer en Dios significa
abrirse a su Misterio, intuir aunque sea de lejos su intimidad, confiar en él,
reconocerlo como el centro de nuestra existencia, dejarnos transformar por él.
Este encuentro es plenificante pero frágil. En esta experiencia hay etapas y
grados; hay progresos y retrocesos; hay crecimiento y apagamientos. Como todo
encuentro amoroso es inacabable. Cuando uno se encuentra con Dios es para seguir
buscando cada vez con más anhelo y verdad. «Gusté de ti, y siento hambre y sed» decía san Agustín[13].
No le buscaríamos si, de alguna manera, no lo hubiéramos encontrado. Y, sobre
todo, no lo encontraríamos si él no estuviera buscándonos. El
creyente va intuyendo que es Dios lo que en el fondo, y aún sin saberlo, anda
buscando su corazón. Es Dios el que comienza a dar sentido a todo, el que llena
todo de sentido, de luz, de esperanza y de vida. Un Dios que no llena el corazón
del ser humano no es un Dios en el que se pueda creer. Y si el testigo anuncia a
un Dios que no llena su corazón, está anunciando algo poco interesante. Su
testimonio no puede decir mucho, no puede comunicar algo nuevo e inconfundible,
no puede interesar mucho. Más
que decir muchas cosas sobre la experiencia cristiana, lo importante es ver cómo
se siente y se capta a sí mismo el creyente en este encuentro con Dios, pues es
esto lo que va a transmitir y contagiar a otros. En pocas palabras podemos decir
que la experiencia del testigo consiste en «vivir
en y para el Amor»[14]. El
testigo no se siente mejor que otros: más bueno, más sacrificado, más
entregado. Lo nuevo, lo diferente está en que vive la experiencia de saberse
amado incondicionalmente por Dios, y se le nota. La novedad está en «vivir
en el amor». El creyente experimenta que lo más propio de Dios es el amor
y, al mismo tiempo, capta que el ser humano está hecho para amar y ser amado:
en el fondo, ¿qué busco yo detrás de todos mis esfuerzos? ¿qué buscan
todos? ¿qué es lo más esencial, aquello sin lo cual ya nada sería posible
vivir con sentido pleno y alegría verdadera? Si en el encuentro con Dios no se
experimenta que Dios es Amor, y si no me experimento a mi mismo amado de manera
incondicional, ese encuentro se da de manera abstracta, fría, vaga. La
experiencia-clave es ésta: yo no puedo vivir sin amor y mi suerte está en que
en Dios encuentro, como en ninguna otra parte, amor y sólo amor. No
es el momento de exponer teológicamente el amor de Dios pero sí de captar algo
de lo que significa la afirmación central de la experiencia cristiana: «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Cogidos por la actividad y las
preocupaciones de cada día, no nos resulta fácil llegar hasta las verdades más
fundamentales de nuestra existencia, pero todos sabemos íntimamente que no
somos dueños de nuestro propio ser: yo vengo de lo desconocido y camino hacia
lo desconocido. El misterio me envuelve por todas partes. El origen y el destino
último de mi ser se me escapan. En Jesucristo voy descubriendo que ese Misterio
silencioso, tremendo y fascinante al mismo tiempo, es Amor. Detengámonos
un poco. No es que Dios tiene amor hacia nosotros sino que es Amor. Todo su ser
y su actuar es amor. De Dios sólo puede brotar amor. Como dice A. Torres Queiruga, «Dios ni
sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar»[15]. Dios nos ama siempre, nos ama desde siempre y
para siempre. Nadie le obliga a ello, nadie lo motiva desde fuera. El es así.
El misterio de Dios consiste en amar. El es el «eterno
Amante»[16].
Nunca retira su amor a nadie. En Dios el amor no es una actividad entre otras, sino que toda su actividad consiste en amar. Si nos crea, sólo nos crea por amor. Si interviene en nuestra vida es por amor. Si nos juzga, nos juzga sólo por amor y con amor. Desde esta
fe, el testigo va ahondando en una experiencia nueva de Dios. Dios no es un ser
«omnipotente» y peligroso, que puede hacer conmigo lo que quiera; Dios no lo
puede todo, sólo puede y quiere amarme. Dios no es «omnisciente» para poder
controlarme siempre, en todas partes, hasta lo más secreto de mi ser; Dios me
penetra enteramente porque ama todo mi ser; nada queda fuera de su mirada
amorosa. Confesamos
que Dios es amor pero luego proyectamos sobre ese amor nuestros fantasmas y
nuestros miedos. Recortamos y deformamos su amor desde nuestra mediocridad y
nuestros egoísmos. No nos atrevemos a creer que Dios es amor sin restricciones,
amor incondicional e indestructible. Nos resulta «increíble»,
algo demasiado hermoso para ser verdad. Por eso hay tan pocos testigos de Dios. Por
otra parte, un lenguaje persistente y mal entendido nos sigue hablando de «la
ira», «los castigos» y «el juicio» de Dios, que nos hace ser prudentes. Al
parecer, Dios nos ama con condiciones, si sabemos corresponderle. De esta
manera, terminamos entendiendo y viviendo la experiencia del amor de Dios como
si Dios no fuera amor sino alguien que ama como todos nosotros, incluso
exigiendo más que lo que nosotros exigimos. Por
eso, cuando oímos hablar de la justicia de Dios, adoptamos una postura
defensiva. Nos da miedo caer en manos de la justicia, mucho más caer en manos
de la justicia de Dios. Se nos olvida que la justicia de Dios es la justicia del
amor, la justicia de alguien que sólo puede juzgar con amor infinito. Al
juzgarnos, Dios no está sometido a ninguna ley: no es un juez que imparte
justicia ateniéndose a leyes externas a él. Dios sólo se atiene a su amor
infinito, y no tiene que justificar ante nadie su amor a los que no se lo
merecen. Dios es sólo amor y gracia. No es como nosotros. (Cnf. Os 11,9). Por
eso dice san Pablo que Dios es justo porque «justifica
al impío» (Ro 4,5). Ajustándose a su amor, Dios transforma al pecador y lo
hace justo. San Pablo llega a decir que «hemos
recibido en abundancia la gracia y el don de la justicia» (Ro 5,17). Lo
más decisivo y fundamental que comunica el testigo es su experiencia de ser
amado incondicionalmente por Dios. Como dice H.
Urs von Balthasar. «Lo primero que
debía chocar a un no-cristiano de la fe del cristiano es que esa fe se aventura
demasiado»[17]. 4. Poder vivir amando
El
creyente vive sostenido por ese amor increíble de Dios, poseído por ese amor.
Ese amor se convierte en algo constitutivo del testigo. Sin en ese amor se
sentiría vacío, le faltaría precisamente lo que le hacer vivir. Inundado por
el Amor de Dios, puede amar; sintiéndose amado puede vivir amando. Comienza a
entender con una hondura nueva el mandato de Jesús: «Como
el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor»
(Jn 15,9). Muchas cosas se pueden y se deben hacer en la vida, pero esto es lo
esencial: «permanecer en el amor».
Vivir en y para el amor. Como Cristo que, habitado por el amor del Padre, no
sabe hacer otra cosa sino amar y amar justificando incluso a los que lo
destruyen: «Padre, perdónalos» (Lc
23,34). El
teólogo canadiense B. Lonergan
considera que creer es «estar enamorado
de Dios». Nada nos acerca mejor al núcleo de la fe cristiana que la
experiencia del enamoramiento. Como todo enamoramiento, el enamoramiento de Dios
nos rescata del aislamiento, nos libera de miedos, nos atrae hacia la persona
amada, nos eleva y potencia, nos hace vivir amando. «Estar
enamorado de Dios es, como puede experimentarse, estar enamorado sin restricción
alguna. Todo amor es entrega de sí mismo, pero enamorarse de Dios es enamorarse
sin limites, calificaciones, condiciones ni reservas»[18]. Todo
enamorado llega a vivir en la persona amada. Así le sucede al creyente que, de
alguna manera, llega a vivir en Dios. Y es entonces cuando, habitado por ese
amor, se siente atraído a vivir amando sin restricciones, como ama Dios que «hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e
injustos» (Mt 5,45). El amor de Dios que experimenta en su corazón es el
mismo que vive, experimenta y dirige hacia toda persona que encuentra en su
camino. Para
el testigo, el amor no es simplemente un valor moral o una ley. El amor es la
vida misma vivida de manera auténtica y sana. La vida vivida desde su verdadero
origen y orientada positivamente hacia su verdadera plenitud. La fuerza vital
que circula por nuestro ser buscando expansión y plenitud sólo está orientada
de forma positiva y acertada, cuando está impulsada por el amor y cuando está
dirigida hacia el amor. La vida es vida cuando es vivida desde el amor y hacia
el amor. El amor pone en juego la capacidad afectiva y la inteligencia del testigo, su sensibilidad y vitalidad, sus gestos y su palabra, su personalidad entera. El testigo puede hacer muchas cosas muy diferentes, pero siempre está haciendo lo mismo: amar. El amor da unidad a la actividad del testigo, lo relaciona todo con la «fuente interior». El amor estimula lo mejor que hay en él, dinamiza su persona, hace crecer sus energías, despliega su creatividad, pone color en la rutina diaria, da contenido interno a lo que hace. El amor enraíza al testigo
justamente en lo más hondo de su ser que es Dios, misterio de amor.
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____________________ [10]
E. SCHILLEBEECKX, Jesús, la historia
de un viviente, Ed. Cristiandad, Madrid 1981, 83 [11]
J. P. JOSSUA, La condición del
testigo, Narcea, Madrid 1987, 14 [12]
M. GELABERT. Valoración cristiana de
la experiencia, Sígueme, Salamanca 1990 [13]
S. AGUSTÍN, Confesiones XXVII, 38 [14]
M. GELABERT, o.c, 171-174 [15]
A. TORRES QUEIRUGA, [16]
B. FORTE, [17]
H. URS VON BALTHASAR, Sólo el amor es
digno de fe. Sígueme, Salamanca 1990, 94 [18]
Citado por W. JOHNSTON, Enamorarse de
Dios. Práctica de la oración cristiana. Herder, Barcelona 1998, 124 |