TESTIGOS DEL DIOS DE LA VIDA ( 1)

 

José Antonio Pagola

 

INDICE

   1. La evangelización, comunicación de una experiencia

 El encuentro con Jesús como punto de partida

 La comunicación de la experiencia original

 Nuestro problema

 

 2. Un cambio decisivo en nuestra actitud pastoral

 Modelo pastoral poco adecuado

 Hacia una visión más evangélica

  

3. La condición del testigo

Enraizado en la vida

 Simpatía con las víctimas de la incredulidad

 La vida está en buenas manos

 Lo que mueve al testigo 

 

4. Testigo de un encuentro con Dios

 Comunicación de una experiencia

 Irradiación de un encuentro

 Saberse amado por Dios

 Poder vivir amando

  

5. Testigos de una vida nueva

Una experiencia de vida 

El testimonio de la vida

 Un estilo de comunicar vida

 Una vida que despierta interés

  

6. Humildad del testigo

 Desde la debilidad

 Testigos del Misterio

  

7. El lenguaje del testigo

La palabra del testigo 

Hablar de Dios 

Hacia un lenguaje diferente sobre Dios 

 

8. El testigo en medio de la increencia

 Una situación compleja

 Aprender de los increyentes

 Algunas actitudes básicas 

El espíritu de diálogo 

Proponer la fe


 

La fe cristiana pide ser comunicada. No hay por qué buscar grandes razones. Cuando uno vive a gusto con un Dios amigo y salvador, no puede ocultarlo. No necesita razones y motivos par comunicar su experiencia. Sencillamente vive su experiencia de Dios y la comunica de manera espontánea. Se le nota. El gran teólogo suizo K. Barth llega a decir: «Una fe que permanece un asunto privado, sin manifestarse al exterior, no es más que una incredulidad escondida, una falsa fe, una superstición»[1] ¿Será así?

 No es fácil hablar con verdad de la experiencia de Dios. ¿Quién la conoce? ¿quién puede comunicarla? Al comenzar esta reflexión siento un temor: ¿no ocultaremos con la magia de las palabras algo que apenas vivimos? Mi primera intención era desarrollar una teología sobre la estructura de la experiencia cristiana y sobre su posible comunicación[2]. Esta reflexión es, si duda, legítima y necesaria, y está en el transfondo de estas consideraciones. Pero yo he preferido aquí una meditación más existencial sobre el testigo del Dios vivo. Las preguntas a las que trato de responder son de este tenor: ¿quién es testigo del Misterio de Dios?, ¿qué vive ese testigo? ¿qué es lo decisivo en su experiencia?, ¿qué es lo que comunica?, ¿cómo lo hace?, ¿cómo se sitúa en medio de esta sociedad tan indiferente y tan desinteresada por Dios?

 Pero es aquí donde comienzan a brotar de mí no pocas cuestiones: ¿qué se yo de todo esto?, ¿qué puedo decir? Y si no hablo desde mi experiencia, ¿desde dónde puedo decir algo auténtico? Desgraciadamente, mi experiencia de testigo de Dios es pobre. Esto ha de quedar claro desde el principio. Lo que voy a decir proviene más bien de mi reflexión, mi intuición y mi deseo. Pero lo que me anima a decir algo es el haber podido conocer de cerca amigos y amigas que para mí han sido y son pequeños «testigos de Dios». En cualquier caso, también yo quiero hacer mías las palabras de Hilario citadas por Tomas de Aquino: «Soy consciente de que el principal deber de mi vida para con Dios es esforzarme porque mi lenguaje y todos mis sentidos hablen de él»[3].

 

  

1. LA EVANGELIZACIÓN, COMUNICACIÓN DE UNA EXPERIENCIA

  

El cristianismo no es una doctrina sino una vida. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). La fe cristiana no es primordialmente un sistema religioso, un código moral, una tradición ritual, sino una experiencia vital. La historia de la fe cristiana es la historia de una experiencia que se va a transmitiendo de unas generaciones a otras. Es lo primero que hemos de recordar.

  

1. El encuentro con Jesús como punto de partida

 

El punto de partida que ha desencadenado todo ha sido el encuentro sorprendente y transformador que han vivido unos hombres y mujeres con Jesús, el Cristo. Todo comienza cuando aquellos discípulos y discípulas se ponen en contacto con Jesús y llegan a experimentar en él algo que podemos resumir así: «la cercanía salvadora de Dios». Sin este encuentro todo hubiera seguido como antes. Ha sido la experiencia de ese contacto con Jesucristo lo que ha transformado la vida de estos hombres y mujeres dando un sentido y una orientación nuevos a su existencia. Podemos decir que, en contacto con Jesús, intuyen, captan y experimentan que Dios es «amigo de la vida» (Sab 11,26), un «misterio de amor» que quiere y hace posible una vida más digna y dichosa para todos. Se sienten «salvados» y se entusiasman con la tarea de introducir y hacer presente en la historia de los hombres esa experiencia nueva de Dios, una experiencia transformadora, humanizadora, liberadora en la que Jesús soñaba cuando hablaba del «Reinado de Dios».

 No es el momento de describir las vicisitudes por las que pasa esta experiencia de los primeros discípulos: las dudas, incertidumbres y malentendidos durante su convivencia con Jesús por los caminos de Galilea; la cobardía, debilidad y negación en el momento de la crucifixión; la intensidad y hondura de su encuentro decisivo con el Resucitado, cuando experimentan la «paz de Dios» y se sienten perdonados y restituidos de nuevo a la amistad con un Dios que ofrece su salvación incluso a quienes lo rechazan. Lo importante es destacar que el encuentro con Jesucristo transforma enteramente su existencia, rompe la imagen que tenían de Yahvé, del mundo, de la vida y de sí mismos. Se derrumba un «mundo viejo» y nace algo completamente nuevo. San Pablo lo experimenta así: «El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Cor 5,17).

  ¿Qué fue lo decisivo en esta experiencia con Jesús? ¿qué descubrían de especial en él? Ciertamente, lo especial y decisivo no fueron los milagros: también otros hacían milagros en aquella sociedad (Cf Mt 12,27; Lc 11,19); por otra parte, según los relatos evangélicos, los milagros suscitaban diferentes reacciones, desde la admiración hasta el rechazo (Mc 3,6). Lo decisivo no fué tampoco la sabia doctrina que Jesús podía enseñar. Lo decisivo es él, su persona, su vida entera, el misterio de un hombre que vive sanando, acogiendo, perdonando, liberando del mal, amando apasionadamente al ser humano por encima de toda ley religiosa o social, entregando su vida hasta la muerte, y sugiriendo a todos que Dios en su último misterio es así: amor insondable y sólo amor.

 

 2. La comunicación de la experiencia original

 

Estos hombres y mujeres no pueden callar su experiencia. Necesitan comunicarla. Así lo afirman abiertamente Pedro y Juan ante el Sanedrín: «Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch. 4,20). La evangelización comienza como  comunicación de la experiencia vivida con Cristo. Lo explica bien la primera Carta de Juan: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que han visto nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra, que es la vida... esto que hemos visto os lo anunciamos también a vosotros para que también vosotros lo compartáis con nosotros; y nuestro compartir lo es con el Padre y con su Hijo Jesús, el Cristo» (1 Jn 1, 1-3).

 Los primeros discípulos comunican su experiencia siguiendo tres caminos inseparables y complementarios: anuncian la Noticia increíble de un Dios que sólo es Amor gratuito e inmerecido a todo ser humano; introducen un estilo de vida marcado por el mandato nuevo del amor; celebran con gozo la salvación que nos ofrece en Cristo el Dios de la vida. Inevitablemente, el paso del tiempo irá cambiando las cosas. Pronto su mensaje vendrá fijado por escrito, nacerán primero las Escrituras cristianas (Nuevo Testamento) y más tarde toda la tradición de los Padres y la doctrina elaborada por los teólogos. Pronto el espíritu que animaba su nuevo estilo de vida quedará también recogido en pautas de comportamiento que darán más tarde origen al desarrollo de la doctrina moral. También la celebración de la experiencia vivida con Cristo irá cristalizando en una liturgia regulada por una normativa ritual. De esta forma, lo que para los primeros creyentes fue una experiencia viva, para nosotros es hoy texto escrito, tradición doctrinal, sistema moral, liturgia ritual.

 Esta situación en la que nos encontramos hoy los cristianos no nos ha de hacer olvidar que la fe cristiana no es en primer lugar ni fundamentalmente una doctrina que se ha de aceptar, ni un código moral que se ha de cumplir; ni unas prácticas religiosas que se han de observar. Antes que nada, la fe cristiana es una experiencia que ha de ser vivida, ofrecida y comunicada como Buena Noticia de Dios[4]. Por eso, evangelizar no significa, en primer lugar, transmitir una doctrina, exigir una moral o urgir una práctica ritual, sino evocar, comunicar, suscitar y ayudar a vivir la experiencia original del encuentro con Jesucristo.

 

  3. Nuestro problema

 

La historia de la fe cristiana es, por tanto, la historia de una experiencia que se transmite y se contagia de unas generaciones a otras. En esta historia de salvación entramos cada uno haciendo nuestra propia experiencia de la «gracia de Cristo», reactualizando en nosotros la experiencia de fondo que vivieron los primeros discípulos y seguidores. Si no se produce la renovación continua de esta experiencia, se introduce en el cristianismo una ruptura trágica. Los teólogos siguen desarrollando la doctrina; los predicadores y catequistas siguen exponiendo el contenido de la fe; los pastores se preocupan de recordar y de urgir la moral cristiana; en las comunidades se «administran» los sacramentos y se cuida la observancia de las prácticas religiosas. Pero si queda interrumpida la comunicación de la experiencia, falta lo esencial, lo único que da vida a la fe cristiana[5].

 Lo decisivo es «hacer la experiencia», vivir algo de lo que se vivió al comienzo. No tenemos a Jesús físicamente con nosotros pero tenemos «el relato» que los primeros testigos nos han dejado de él. No podemos escuchar directamente de labios de Jesús sus parábolas pero podemos leer los evangelios y experimentar que sus palabras son «espíritu y vida» (Jn 6, 63); No podemos encontrarnos físicamente con él, pero no nos ha dejado huérfanos (Jn 14, 18); cuando nos reunimos en su nombre, allí está él (Mt 18,20). Podemos vivir también nosotros la misma experiencia que los primeros creyentes pues «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Ro 5,5). Este Espíritu puede hacernos vivir hoy la experiencia de Dios. Según 1 Jn 3,9, el Espíritu es, dentro de nosotros, «semilla de Dios» (sperma tou Teou).

 Pero hay algo que no hemos de olvidar. Sin testigos no es posible la transmisión de la experiencia de Dios vivida en Jesucristo. Por eso, cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia, no les da la orden de transmitir una doctrina, no les encomienda el desarrollo de una organización religiosa, los llama a ser testigos de una experiencia nueva, de una vida transformada: «Vosotros recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu venga sobre vosotros y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).

 Hoy, lo mismo que en tiempos de Jesús, no faltan escribas, doctores y jerarcas; pero, ¿hay testigos capaces de comunicar la experiencia salvadora del Dios vivo de Jesucristo?

 

  

2. UN CAMBIO DECISIVO EN NUESTRA ACTITUD PASTORAL

 

Hace unos años, H. Küng hacía esta afirmación: «El argumento más fuerte contra el cristianismo son los cristianos: los cristianos que no son cristianos. Y el argumento más fuerte en favor del cristianismo son los cristianos: los cristianos que viven cristianamente»[6]. Es cierto. Años antes, lo había reconocido claramente el concilio Vaticano II: en más de una ocasión, los cristianos «han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión»[7]. Hablamos mucho de la indiferencia religiosa y de la resistencia del hombre contemporáneo a creer en Dios, pero no siempre somos conscientes de que, más de una vez, somos nosotros mismos con nuestra mediocridad y rutina religiosa el primer obstáculo para que Dios sea hoy percibido y acogido como algo bueno. Por eso, Pablo VI considera el testimonio como «elemento esencial, por lo general el primero absolutamente en la evangelización»[8]

 

 1. Un modelo pastoral poco adecuado

 

Todo esto nos obliga a revisar nuestro modo de entender y vivir la transmisión de la fe. Condicionados por lo que nosotros mismos hemos conocido y vivido en la Iglesia, corremos el riesgo de asumir sin mayor reflexión un modelo de acción pastoral que descuida en buena parte el testimonio y la experiencia de Dios. Señalo cuatro aspectos:

Casi siempre pensamos que lo más importante es contar con personas valiosas y bien preparadas, capaces de llevar a cabo las diversas tareas con eficacia. Personas dinámicas, activas, trabajadoras, capaces de potenciar la comunidad cristiana en sus diversas dimensiones. De ahí la importancia de los procesos de formación, escuelas de teología, cursillos de capacitación pastoral.

 Pensamos también que es de gran importancia el contar con medios eficaces que garanticen la propagación adecuada del mensaje cristiano frente a otras ideologías, la implantación de la Iglesia y el desarrollo del trabajo pastoral en general. De ahí la importancia de contar con plataformas pastorales fuertes desde las que se pueda ejercer una influencia social grande: parroquias, unidades pastorales, escuelas, medios de comunicación, publicaciones, materiales pedagógicos.

 Necesitamos, además, desarrollar y perfeccionar cada vez más las estructuras y la organización pastoral. De ahí la importancia de una planificación inteligente y eficaz, de unos cauces pastorales adecuados, de una estrategia bien pensada.

 Por otra parte, nos parece muy importante el número de personas comprometidas. Siempre somos pocos. Siempre los mismos para todo. A veces se diría que, en el fondo, pensamos que todo iría mejor sólo con que tuviéramos el mayor número de personas posible que, con la mejor preparación posible, con la mejor organización y los mejores medios, llevara a cabo con eficacia el trabajo pastoral. Pero, en realidad, ¿qué habríamos logrado con desarrollar con más eficacia y de manera más poderosa lo que hacemos ahora de modo más deficiente y débil?[9]

 Es importante, sin duda, contar con personas valiosas, necesitamos una organización pastoral eficiente, un mayor número de personas comprometidas, medios eficaces, formación más adecuada, pero ¿estamos comunicando esa experiencia nueva y buena de un Dios Salvador, que tanto necesita el hombre y la mujer de hoy?

 

 2. Hacia una visión más evangélica

 

Decíamos más arriba que evangelizar no es sino comunicar y hacer posible la experiencia salvadora, transformadora, humanizadora que comienza en y con Jesucristo. Por tanto, el objetivo último de la acción pastoral no es sino introducir y hacer presente en la vida de las personas, en el tejido de la convivencia social, en la historia de los pueblos, esa experiencia salvadora y esa fuerza transformadora que se encierra en la persona y en el acontecimiento de Jesucristo. Esto genera todo un estilo diferente de entender y de vivir la acción evangelizadora.

 Es importante contar con personas valiosas y bien preparadas, pero lo decisivo son los testigos, es decir, creyentes en cuya vida se puede intuir y captar la fuerza salvadora y humanizadora que se encierra en Jesucristo cuando es acogido con fe viva y con amor. Seremos muchos o pocos, jóvenes o mayores, lo que necesitamos es creyentes que comuniquen su experiencia e irradien una esperanza y un estilo de vida propio de «hombres y mujeres nuevos» que viven enraizados en Jesucristo.

 Es importante contar con medios eficaces, pero lo decisivo son los medios empleados por el mismo Jesús. Medios aparentemente pobres pero insustituibles para introducir la Buena Noticia de Dios en la vida de hoy: acogida cálida a cada persona; cercanía a las necesidades más vitales del ser humano; cobijo a los más olvidados y excluidos; liberación de la soledad y del sufrimiento; acogida y ofrecimiento de perdón inmerecido a los culpables; creación de relaciones más justas y fraternas; defensa incondicional de la dignidad de toda persona; amor apasionado a todo ser humano; invitación a la confianza total en un Dios Amigo y Salvador. Necesitamos comunidades y creyentes en los que se pueda captar de nuevo a «Jesús vivo en medio de nosotros».

 Por otra parte, es necesaria la estructura y la organización pero sólo aquella que sostiene y alienta el testimonio. El Evangelio sólo admite organización y estrategia evangélicas. Lo importante es contar con estructuras sencillas, sólo las necesarias, ligeras, educativas, fraternas, transparentes, que ayuden a vivir la experiencia cristiana y que estén al servicio del testimonio.

 Por último, lo decisivo no es el número sino la calidad de vida que puedan irradiar los creyentes y las comunidades cristianas. Lo importante no es lo cuantitativo. Lo decisivo no es «hacer cosas», «hacer mucho» sino cuidar mejor la calidad evangélica de lo que hacemos, purificar nuestra experiencia cristiana, cultivar el testimonio.

 Lo importante sería reavivar la experiencia original, encender la vida de los testigos y comunicar humildemente la Buena Noticia de un Dios muy diferente del que hoy es abandonado por no pocos.  

 

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3. LA CONDICIÓN DEL TESTIGO

  


[1] K. BARTH, Esquisse d’une dogmatique. Delachaux et Niestle, Neuchatel 1960, 25

[2] Pensemos en obras como la de J. MOUROUX, L’experience chrétienne, Aubier-Montaigne, París 1954.

[3] TOMAS DE AQUINO, Contra gentes, 1.I, c.2

[4] Esto no significa descalificar ni minusvalorar nada. El desarrollo doctrinal es necesario e indispensable pero sólo para formular, articular y ahondar conceptualmente la existencia cristiana. La moral ha de ser explicitada y desarrollada pero sólo para ayudar a vivir con el Espíritu de Cristo. La liturgia ha de ser celebrada sabiendo que sólo alcanza su verdad plena cuando es actualización e interiorización personal y comunitaria del encuentro vivo con Jesucristo.

[5] E. SCHILLEBEECKX, Esperienza humana e fede in Gesu Cristo, 21

[6] H. KÜNG, Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, 708

[7] Gaudium et Spes, 19

[8] Pablo VI. Evangelii Nuntiandi, 21

[9] La realidad actual (descenso de vocaciones, envejecimiento, falta de medios, deficiencias de organización...) leída desde este esquema mental no puede generar sino pesimismo y desaliento.

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