ALGUNAS CLAVES PARA LA MISIÓN

José Antonio Pagola

 

Del resentimiento a una lectura positiva de la crisis De una Iglesia que interviene «desde fuera» a una Iglesia que camina
De una Iglesia, «lugar de salvación» a una Iglesia «signo de salvación» Del esquema de la oferta y la demanda a la dinámica del diálogo
De la imposición de un sistema religioso a la propuesta de la fe De la conservación de la comunidad constituida a la misión
De la repetición de la herencia a la creatividad  

 

 

  Voy a exponer de manera breve y resumida algunas claves en las que estoy tratando de ahondar y que, a mi juicio, pueden orientar nuestro esfuerzo por impulsar la misión de manera renovada. Es una reflexión parcial e incompleta que hago, en primer lugar, para acertar a situarme yo mismo de manera más adecuada durante los doce o quince años en que pueda seguir trabajando con cierto vigor.

  

1. Del resentimiento a una lectura positiva de la crisis

  No es posible impulsar la misión desde actitudes negativas como el resentimiento, el victimismo, la pasividad o la evasión. Hemos de leer y de vivir la crisis de manera positiva. La Iglesia, animada por el Espíritu de Jesús, tiene recursos para vivir de manera evangélica esta situación inédita. La crisis es una ocasión única (gracia) para discernir la verdad de nuestro cristianismo y, más en concreto, la verdad de nuestra manera de entender y vivir el evangelio. Señalo algunas pistas de reflexión.

  Lo primero es situarnos correctamente en la crisis. La crisis religiosa que nosotros vivimos y sufrimos directamente no es sino un fragmento de la crisis global. Por eso, hemos de situarnos como Iglesia dentro de la cultura de la crisis, compartiendo en nuestra carne la crisis global del hombre moderno. Hemos de cambiar nuestro esquema mental. Lo primero no es plantearnos qué retos ha de asumir la Iglesia o qué desafíos amenazan a la fe cristiana, sino a qué retos hemos de enfrentarnos los hombres y mujeres de hoy y qué es lo que la Iglesia, metida ella misma en la crisis, puede vivir y proponer a la Humanidad.

  Los cristianos no deberían sentirse tan desconcertados ante la crisis. La Palabra de Dios, la venida del Reino, siempre está poniendo en crisis nuestros esquemas, nuestras construcciones racionales, nuestras instituciones y comportamientos. No hay nada que pueda ser calificado definitivamente como cristiano (civilización cristiana, sociedad cristiana, familia cristiana...). Lo cristiano es siempre «obediencia nueva» a Dios. La instalación de la Iglesia en el Imperio Romano, la construcción de la «cultura cristiana» en la sociedad medieval, la hegemonía de la Iglesia ha llevado a entender y vivir lo cristiano de forma cultural, segura, estable, definitiva. La crisis nos va ir ayudando a comprender que la fe cristiana no es una cultura, una ideología, un sistema social sino conversión permanente al evangelio, renovación, actualización.

  La fe es posible en la crisis actual pues Dios sigue actuando en el ser humano. Dios está en contacto inmediato con cada ser humano, y la crisis de la modernidad no puede impedir la gracia de Dios a cada sujeto. Están en crisis las religiones con sus tradiciones, ritos y construcciones sistemáticas, pero Dios no está en crisis y sigue ofreciéndose y comunicándose a cada conciencia como Salvador por caminos que no siempre pasan por las Iglesias ni por las religiones y que están más allá de las crisis o certidumbres de lo religioso.

  Desde esta perspectiva es un error «demonizar» en exceso la crisis actual como si fuera una situación imposible para la acción salvadora de Dios y para la apertura del hombre al Misterio último. Probablemente, la situación actual no es ni más ni menos desfavorable que épocas precedentes. Cada individuo ha de decidirse en el interior de su conciencia ante ese Dios que, en cualquier cultura, pronuncia un «sí» creador y salvador sobre la Humanidad y un «no» contra todas las fuerzas de destrucción de la creación.

 


 

2. De una Iglesia que interviene «desde fuera» a una Iglesia que camina con el hombre contemporáneo hacia el cumplimiento del Reino

  Frente al esquema pre-conciliar que hablaba de la Iglesia y el Estado como «dos sociedades jurídicas perfectas», el Vaticano II sitúa a la Iglesia no ante los Estados sino ante el mundo. Según la doctrina conciliar, la Iglesia, por una parte, reconoce y respeta la autonomía y el dinamismo del mundo y, por otra, ofrece su propia contribución al desarrollo cada vez más humano de la sociedad. Sin embargo, la idea de una Iglesia «al servicio del mundo» se entiende con frecuencia como un «servicio autoritario» que se lleva a cabo como desde fuera. Una Iglesia, «mater et magistra» que no necesita escuchar a nadie pues ya sabe lo que es bueno para la sociedad y trata de «imponerlo» a su manera.

  Parece necesario ir pasando de una Iglesia grande, segura, autoritaria y magisterial, que se coloca por encima de todos como si fuera depositaria de una santidad especial, a una Iglesia que camina con el hombre de hoy, una Iglesia vulnerable y pecadora ella misma, que sufre, que está en crisis y que acompaña desde dentro a la Humanidad hacia el cumplimiento del Reino. De una Iglesia que a veces sólo parece enseñar, predicar y condenar, a una Iglesia que acoge, escucha y acompaña.

  Hemos de interiorizar dos datos de la doctrina conciliar. En primer lugar, la Iglesia es un fragmento de la ciudad terrena, parte integrante de la comunidad humana: La Iglesia «está presente en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios» (G.et Spes, 4, 40)... La misión no se hace pensando en la Iglesia (su futuro, seguridad, derechos, privilegios) sino pensando en el bien de los hombres y mujeres. Hemos de saber inscribir a la Iglesia en la historia actual. Hemos de aprender a «vivir en minoría», no de manera hegemónica y prepotente sino como fragmento. Desde ahí aprenderemos a ser «semilla», «levadura», «sal», «luz».

  En segundo lugar, la Iglesia no se identifica con el Reino de Dios. El Reino desborda los límites de la Iglesia. La Iglesia ha de trabajar para acoger ella misma el Reino de Dios y su justicia en el interior de la comunidad creyente. La misión no es el esfuerzo que hacemos los que ya estamos en el Reino de Dios para lograr que también otros que están fuera se integren en la Iglesia y así entren ya en el Reino. Lo ha dicho con claridad Juan Pablo II: «La Iglesia no es ella misma su propio fin pues está orientada al Reino de Dios del cual ella es germen, signo e instrumento» (Redemptoris Missio, n.18). La misión no consiste en empeñarnos en que todos se integren en la Iglesia (aunque no acojan el Reino). La misión es que el Reinado de Dios crezca y sea acogido dentro y fuera de la Iglesia.

  Battista Borsato ha formulado así el status de la Iglesia: Vivir «caminando con el hombre contemporáneo hacia el cumplimiento del Reino». Caminando, dando pasos, no como «maestra» que enseña desde la posesión total y absoluta de la verdad sino como «discípula» que aprende escuchando a los hombres de hoy y en ellos la voz del Espíritu. No es que la Iglesia se tiene que «adaptar» a estos tiempos. La Iglesia es de estos tiempos o no es. Estos tiempos son los suyos como todos los tiempos han sido también suyos a lo largo de veinte siglos. No hay una Iglesia «atemporal», conceptual, que se adapta mejor o peor a cada tiempo. La Iglesia son los hombres y mujeres de hoy buscando el Reino de Dios y su justicia.

 


 

3. De una Iglesia, «lugar de salvación» a una Iglesia «signo de salvación»

  Por supuesto, la Iglesia es «lugar de salvación», la comunidad donde se puede hacer la experiencia de la salvación que Dios ofrece en Cristo. Este es el gran don de la Iglesia: poder acoger explícitamente la gracia salvadora de Cristo y su Evangelio con todo lo que esto significa como fuente de sentido, principio inspirador de vida ética y fundamento de esperanza última. Sin embargo, la Iglesia no es el único «lugar de salvación». Dios es más grande que la Iglesia, y el encuentro del hombre con el misterio de Dios y de Dios con el misterio del hombre se da en toda existencia por caminos que no pasan necesariamente por ella. Hemos de aprender a vivir en una Iglesia que está dejando de ser para muchos «lugar de salvación» pues ya no entran ni viven en ella.

  Pero la Iglesia no ha de dejar de ser «signo de salvación» (terminología del Vaticano II: la Iglesia «como sacramento» (L. G. n.1). Un signo que apunta hacia una salvación que tampoco ella posee de manera plena. Un signo que indica el camino, estimula, inquieta, interpela en la medida en que ella misma acoge la salvación. A mi juicio, la crisis nos está urgiendo a reconocer más la relatividad de la Iglesia (sólo Dios es Absoluto y necesario para la salvación), a valorar mucho más la acción de Dios fuera de la Iglesia, en medio de las experiencias profanas de la vida, y a dar mucha más importancia al testimonio.

  El elemento esencial de una Iglesia «signo de salvación» es el testimonio. El testimonio constituye la fuerza fundamental de la Iglesia para evangelizar. La verdad del Evangelio no es testimoniada por estar redactada en los documentos del magisterio o expuesta en los estudios de los teólogos. La verdad aparece en las personas. En ellos resplandece el Evangelio (veritatis splendor).

  La misión la llevan a cabo los testigos de una realidad nueva, de una transformación, de un estilo de vida nuevo, de un sentido y una esperanza nueva. Por eso Jesús confía su misión no a unos jerarcas, teólogos, escribas, liturgistas, sino a testigos: «Vosotros recibiréis una fuerza cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch. 1,8).

  La misión no se apoya en la Jerarquía, en el clero, en la eficacia de las obras, el número de practicantes.  Lo decisivo de una Iglesia «signo de salvación» son los testigos, las comunidades-testigo.

 


 

4. Del esquema de la oferta y la demanda a la dinámica del diálogo.

  De manera más o menos consciente la acción evangelizadora de la Iglesia se rige, en buena parte, por el esquema de «la oferta y la demanda». La Iglesia tiene una «oferta» que responde a las «demandas» del ser humano. Este esquema conduce en la pastoral a planteamientos de este género: ¿por qué al hombre y la mujer de hoy no le interesa la oferta de la Iglesia o por qué su demanda religiosa no es la de otros tiempos? ¿cómo puede hoy la Iglesia mejorar su oferta religiosa y hacerla más atractiva? ¿cómo podría interesar más la oferta al hombre de hoy?

  Hay mucho de verdad en este tipo de planteamientos pero hemos de ahondar más. El Episcopado francés en su conocido documento «Proposer la foi dans la societè nouvelle» afirma que las personas con las que entramos en contacto «no deben ser consideradas según una lógica de mercado, pura y simplemente de clientes de la Iglesia, dispuestos a consumir pasivamente lo que nosotros les vayamos a proponer».

  Vivimos en una sociedad pluralista. El pluralismo de convicciones, ideologías, posiciones religiosas y morales es un dato irreversible. No se prevé en el futuro inmediato sociedades hegemónicas y homogéneas. Lo nuevo es que la sociedad no sólo acepta este pluralismo sino que lo reconoce como valor deseable. El pluralismo tiene hoy un valor simbólico de tolerancia, respeto al diferente y apertura de espíritu. En esta cultura es difícil que se acepte a quien se presenta con la pretensión de imponer su oferta como absoluta. Todos han de renunciar a posiciones de hegemonía o monopolio. El pluralismo invita más bien al diálogo y la mutua escucha.

  Es cierto que hay que mejorar la presentación de la oferta, el «marketing», el lenguaje, el estilo de cristianismo, el modo de creer, pero la Iglesia ha de aprender a dialogar, a comunicarse con el hombre de hoy de otra manera. Hoy evangelizar es «dialogar», escuchar las verdaderas demandas del ser humano, compartirlas, buscar juntos sentido, horizonte, esperanza. La Iglesia habla mucho (expone, enseña, dictamina, condena, exhorta...) pero, en una sociedad pluralista, un mensaje unidireccional apenas es escuchado.

  Hemos de entrar decididamente por la vía del diálogo aunque no sabemos por tradición qué es una Iglesia dialogante (a no ser por estrategia). El documento «Diálogo y Misión» llega a afirmar que «el diálogo es la norma y el estilo indispensable de toda misión cristiana y de cada una de sus formas, ya se trate de la simple presencia y del testimonio, del servicio o del anuncio directo. Una misión que no estuviera impregnada del espíritu de diálogo sería contraria a las exigencias de la naturaleza humana y a las enseñanzas del Evangelio» (1984).

 


 

5. De la imposición de un sistema religioso a la propuesta de la fe

  La Iglesia ha sido en la llamada «sociedad de cristiandad» una institución que ejercía una fuerte hegemonía: controlaba las conciencias de los ciudadanos, imponía el comportamiento individual y social. La familia, la escuela, las instituciones sociales y políticas se regían en buena parte por las directrices de la Iglesia. Hoy la Iglesia ha perdido su hegemonía. Más aún. Según los sociólogos, estamos pasando de una «sociedad de la prescripción» a una «sociedad de la inscripción» (Michel Foucault). Antes eran las instituciones las que «prescribían» a los individuos los deberes, las consignas, el sentido y la praxis de vida; ahora son, más bien, los mismos individuos quienes deciden y determinan su escala de valores, el sentido que quieren dar a su vida, etc (sexo, pareja, religión, etc.).

  La Iglesia sigue todavía anunciando un «sistema religioso» con la pretensión secreta de encuadrar a todos en la institución eclesial: exposición de una doctrina que se ha de aceptar obligatoriamente; catequesis totalizante que dicta a todos lo que se ha de creer, cumplir y practicar (sin escuchar al sujeto, su trayectoria, sus posibilidades y necesidades); código de obligaciones y prohibiciones. Hemos de aprender un estilo nuevo de «proponer la fe en la sociedad actual». «Nosotros hemos de acoger el don de Dios en condiciones nuevas y, al mismo tiempo, volver a encontrar el gesto inicial de la evangelización: el de la proposición simple y resuelta del Evangelio de Cristo» (Proposer la foi..., 37).

  Proponer la fe no es imponer ni presionar. Es ofrecer, invitar, someterse a la posible adhesión o rechazo. Voy a señalar dos pistas de reflexión. Casi de manera inconsciente, la Iglesia propone la fe como deber u obligación. Pero, en la sociedad moderna y plural, difícilmente se acepta una fe propuesta como «imperativo». Todavía hoy muchos practicantes entienden y viven su fe como un deber y una ley que aceptan para no arriesgar su suerte final. Otros muchos lo han abandonado todo porque lo entendían y vivían como un peso que recortaba su libertad y ahogaba su deseo natural de vivir plenamente. La presentación cuasi-impositiva de un sistema religioso difícilmente tiene eco. Es necesario aprender a proponer la fe como una invitación a vivir. «El Evangelio de Cristo es esperado de manera nueva: como una fuerza para vivir, para suscitar opciones y compromisos que van más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. El Evangelio es esperado por jóvenes que dudan de su libertad y que tienen necesidad de encontrar razones para vivir, para amar la vida, par existir de manera sensata y responsable» (Proposer la foi.... 10-11).

  Proponer la fe no es proponer un sistema sino un camino (hodos) (Hch 18, 25-26; 19,9). «Camino nuevo y vivo», «inaugurando por él para nosotros» (Hbr, 10,20) un camino que se recorre «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hbr 12,2). La fe cristiana es un camino a recorrer. Un camino supone búsqueda, obstáculos, dudas, aciertos, retrocesos, interrogantes. Todo es parte del camino. En ese camino no todos avanzan mucho (¿cuántos celebrarán dentro de unos años la Eucaristía?). En el camino hay etapas, momentos y situaciones diferentes. Hemos de superar dilemas irritantes del «todo o nada». ¿No puede ser la Iglesia un espacio más plural, pedagógico, de discernimiento y acompañamiento?

 


 

6. De la conservación de la comunidad constituida a la misión

  Juan Pablo II lanzó en 1995 una especie de consigna en Palermo: «Ha llegado el momento de pasar de la conservación a la misión». ¿Qué puede significar esto? ¿qué hay que abandonar? ¿qué es lo nuevo que hay que impulsar?

  Es cierto que la misión implica una dinámica de desplazamiento, un «ir hacia», un movimiento hacia lo otro, una penetración en la sociedad. Lo subrayan todos los evangelios «Id por todo el mundo» (Mc 16,15); «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19) «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea...» (Hch 1,8). La misión exige descentramiento, salida, desinstalación.

  Tenemos el riesgo, después de siglos de cristianismo, de centrar casi todas las energías en lo que se llama «pastoral ordinaria». Una pastoral ligada al territorio (parroquia), centrada sobre todo en la liturgia, la catequesis y la acción caritativa. Una pastoral que se ha mantenido sustancialmente invariable desde su consolidación en Trento, que hoy absorbe las mejores energías de los presbíteros y laicos más valiosos y que, según algunos, se ha convertido en un impedimento para el impulso de una evangelización más decidida y misionera.

  Las preguntas son muchas: ¿qué relación ha de haber entre esta «pastoral ordinaria» y la dinámica misionera?, ¿desde dónde impulsar la misión? ¿cómo articular la «pastoral ordinaria» y otras formas de acción estrictamente misionera? ¿estamos haciendo lo adecuado o estamos siendo prisioneros de un esquema que nos impide pensar y actuar de manera diferente?

  Hay que recordar, antes que nada, que toda comunidad constituida es siempre «enviada», llamada a ser «signo de salvación» más allá de sus límites. La misión es propiamente «dilatación» o «expansión» de lo que vive la comunidad cristiana. De alguna manera, la misión comienza por lo existente y lo existente son esas comunidades donde, a pesar de sus deficiencias y limitaciones, es posible hacer la experiencia cristiana de Dios.

  Una «pastoral misionera» «junto a» o «al margen de» la comunidad constituida corre diversos riesgos: crear expectativas sin contexto comunitario permanente; constituir grupos «autoreferenciales» (grupos de amigos); subjetivación de la misión, etc...

 

  Pistas de reflexión:

Purificar la pastoral ordinaria de lo que no permite hacer reconocible la comunidad de Jesús;

asumir la preocupación por la misión como criterio para simplificar tareas y actividades (no todo lo que se hace es necesario ni evangelizador de la misma manera);

concienciar al laicado en una línea más misionera (diálogo, comunicación de la experiencia cristiana, gestos testimoniales, acogida a personas que se sienten incómodas en la Iglesia);

ensayar pequeñas experiencias de acogida, encuentro y diálogo (nivel interparroquial).

 


 

7. De la repetición de la herencia a la creatividad

    De manera general, la Iglesia tiende a actuar inspirándose en la tradición. La creatividad es un concepto ausente prácticamente del Magisterio de la Iglesia. Sin embargo, una Iglesia sin creatividad es una Iglesia condenada de antemano a estancarse en la decadencia pues las soluciones del pasado no sirven para resolver los problemas inéditos del presente.  Durante muchos siglos, la tradición ha constituido «la forma estructurante de las sociedades premodernas». La tradición ofrecía un código de saberes, valores y comportamientos que se transmitía de generación en generación y regía la conducta individual y colectiva en la sociedad tradicional. La breve vida de cada individuo se insertaba con toda espontaneidad en esa larga tradición de siglos. Hoy no es así. Las tradiciones han perdido su autoridad; el pasado es fácilmente descalificado si no se ve su interés por el futuro. Si la religión se queda en un «asunto del pasado» perderá toda plausibilidad ¿Es posible avanzar hacia una Iglesia configurada por la creatividad? He aquí algunas pistas de reflexión.

  La Iglesia no está necesariamente vinculada a ninguna cultura particular ni a una época determinada del cristianismo. Lo único que la vincula y la funda es el Acontecimiento «Jesucristo» (la Tradición fundante, originaria). Nunca hay que confundir esta Tradición fundante con otras tradiciones eclesiásticas o «tradiciones receptoras» que son de otra naturaleza, no fundantes, sino nacidas sólo para mantener la fidelidad a Cristo desde una comprensión hecha desde otro contexto cultural. Es un error atribuir un carácter definitivo e inmutable a estas tradiciones eclesiásticas y quedar prisioneros de una determinada comprensión y vivencia del hecho cristiano desde un contexto histórico y cultural que no es el nuestro. Este peligro crece cuando se identifica la tradición con lo establecido por el Magisterio de la Iglesia.

  La creatividad puede ser definida, de manera general, como «la capacidad de reacción en presencia de problemas inéditos». Esta creatividad es hoy considerada como una actitud indispensable del espíritu humano en la sociedad moderna. La creatividad no sólo es necesaria hoy. Ha existido siempre. «La creatividad era en otros tiempos, sobre todo durante los primeros siglos de la Iglesia, un hecho evidente, vivido espontáneamente, respondiendo a las necesidades inmediatas de las comunidades». Impresiona la capacidad del cristianismo para pasar del contexto cultural y lingüístico arameo al griego o al latino. La época actual tiene tanto derecho a la creatividad como otras.

  La Iglesia actual tiene miedo a instituir la creatividad como metodología necesaria hoy. Tiene miedo a que se abran brechas y se toque lo intocable: la creatividad es fácil de confundir con la espontaneidad, la improvisación, la fantasía, la no directividad, el inconformismo, la disolución. Este miedo es razonable ante experiencias arbitrarias y novedades sin fundamento que no conducen a ninguna parte, pero se puede caer en una arbitrariedad peor y que consiste en oponerse sistemáticamente a toda búsqueda o esfuerzo de renovación, promoviendo la inercia y el inmovilismo, signos claros de apagamiento del Espíritu.

  La verdadera creatividad no se funda en la espontaneidad ni la improvisación. No se pone en marcha sin referencia al pasado, sin análisis ponderado de la situación inédita, sin reflexión o preparación. Nace de la exigencia de una mayor fidelidad al Acontecimiento Fundante desde nuestro contexto socio-cultural y nuestros problemas. No basta el «voluntarismo pastoral», la repetición del pasado, el atenerse a lo establecido. Respetar lo establecido no significa necesariamente fidelidad al Evangelio como tampoco el romperlo. Lo establecido, (v. g.) el Derecho Canónico como «el conjunto de leyes propuestas, elaboradas o canonizadas por la Iglesia en una determinada época» no es la última referencia ni el principio de vida cristiana.

  En adelante será cada vez más importante la creatividad, la obediencia al Evangelio que es quien pone vida en la Iglesia, introduce el Espíritu, abre caminos, alienta a buscar salidas nuevas a situaciones nuevas. La tarea es delicada pues supone actuar no contra lo establecido pero tampoco según lo establecido sino por caminos nuevos. Supone también una operación de «deconstrucción» de viejos esquemas mentales, comprensión renovada del hecho cristiano y reconstrucción de nuevos caminos bajo la acción del Espíritu «sujeto trascendente de la Tradición» (Y. Congar).

 

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