|
NUNCA ES TARDE
José Antonio
Pagola
Seguramente has conocido a alguna persona que, en un momento
determinado, te ha sorprendido cambiando profundamente su estilo de vida. Parece
otra. Se le ve actuar de manera diferente, con más alegría y generosidad, con
más autenticidad.
Tú sabes que no es lo habitual. Por lo general cambiamos poco.
Somos los mismos a través de las distintas etapas de nuestra vida: con los
mismos errores y defectos, con los mismos egoísmos de siempre. ¿Por qué no
cambiamos?
Muchas veces, no creemos en nuestra propia transformación. Según
van pasando los años, nos podemos hacer cada vez escépticos. ¿No te está pasando
a ti algo de esto? Te conoces demasiado para creer que puedes realmente cambiar.
Es nuestra primera equivocación: no ser conscientes de todas las
posibilidades que se encierran dentro de nosotros. No digas nunca «es que yo soy
así», «es mi temperamento», «no tengo fuerza de voluntad». Te puedes hacer mucho
daño pensando así. Tu vida puede cambiar más de lo que crees.
Otras veces, no cambiamos porque realmente no deseamos cambiar.
Nos contentamos con «corregir» algún aspecto de nuestro comportamiento para
evitarnos mayores complicaciones y molestias, pero no nos atrevemos a
plantearnos un cambio más profundo. Nos da miedo pensar en las consecuencias que
se seguirían de tomar más en serio la vida y la fe.
Otras veces, no nos atrevemos a llamar a las cosas por su
nombre. No queremos hacernos preguntas que ya están dentro de nosotros: ¿estoy
contento con la vida que llevo?, ¿no me estoy organizando todo de una manera
cada vez más individualista y superficial?, ¿por qué me he alejado de todo lo
religioso?, ¿qué pienso de verdad sobre la vida?
Por lo general, no nos gusta hablar de cambio, menos aún de
conversión. Enseguida pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia
y el ascetismo. ¿Has pensado tú alguna vez en tu propia conversión o te parece
un lenguaje absurdo, que no tiene ningún sentido para ti?
Si escuchas un poco la voz de ese Dios que te habla desde dentro
sin palabras humanas, sentirás una llamada suave y alentadora a ir cambiando tu
corazón. Dios no espera de ti algo forzado.
Sencillamente quiere verte viviendo una vida más humana y más
dichosa. No tienes que esforzarte para intentar hacerlo todo bien. No. Lo
importante es que escuches a Dios que te quiere ver viviendo mejor.
El cambio que Dios te pide no es algo triste y penoso. Es
exactamente lo contrarío: ir descubriendo una manera más gozosa de vivir.
Escuchar a Dios con sinceridad no es renunciar a disfrutar de la vida. Es
sentirse más vivo que nunca; descubrir hacia dónde puedes orientar tu vida;
empezar a intuir que puedes vivir de otra manera más profunda y plena.
Si escuchas la voz de Dios dentro de ti, irás limpiando tu mente
de egoísmos e intereses que, en el fondo, te hacen daño; irás liberando tu
corazón y tu vida de líos y complicaciones que te estás fabricando tú mismo con
tus actuaciones equivocadas; aprenderás a prescindir de cosas que no necesitas
para ser feliz y, sobre todo, aprenderás a querer más a personas que te
necesitan.
|
«Oh Dios,
yo sé que tú eres
sincero y no mientes jamás.
Haz que permanezca
firme en la fe
y que no ceda ante las
dudas.
No porque mi oración
es buena,
sino porque tú eres la
verdad...
Me cuesta aceptar tu
voluntad.
Dame fuerza para ser
obediente
y no sucumbir a la tristeza»
Martin Lutero
(1483-1546)
|
Es fácil saber cuándo vas cambiando tu vida en la línea de lo
que Dios quiere de ti.
Sencillamente cuando no te preguntes «¿cómo puedo ganar más
dinero?», sino que pienses «¿cómo puedo ser más humano?».
Cuando no te preocupes tanto de disfrutar de esto y de aquello,
sino que te digas: «¿cómo puedo llegar a ser más libre y más
sincero conmigo mismo?».
No tengas miedo de fallar una y otra vez. Dios te entiende.
Comprende tu debilidad y te anima a seguir caminando. Puedes
presentarte ante él tal como estás. De él sólo escucharás una
palabra de perdón y de aliento.
Nunca es tarde para cambiar porque nunca es tarde para ser más
feliz; nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar
por Dios. Seguramente no te lo creas, pero tú puedes ser mejor.
|