Lecturas del día Celebración de la Eucaristía Tanto amó Dios al mundo Exégesis
Exodo 34,4b-6.8-9 El misterio de Dios Del Dios comunidad al hombre en relación Reflexión personal y en grupo
II Corintios 13, 11-13 La Trinidad de Dios Gracia, amor y comunión Con otras palabras
Juan 3, 16-18 Sólo amor, vida, acogida Oraciones para la Eucaristía Entre la palabra y el silencio

 

 

 

DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Misa pr. Gl. Cr. Pf. pr

18 de Mayo de 2008

 

 

 

 

REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS


 

                           
REFLEXION:
Exodo 34,4b-6.8-9


Los capítulos que leemos del libro del Exodo nos muestran a Moisés hablando con el Señor y rogándole dos cosas importantes: una, que perdone la infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que Dios les acompañe en su peregrinación por el desierto.

El Señor no sólo está dispuesto a perdonarlo sino que se compromete a hacer de él un gran pueblo; de este modo demostrará que su perdón y su elección son firmes.

Conseguido el perdón, Moisés vuelve a la montaña y se encuentra con el Señor que se muestra justo y paciente, limitado en su castigo e infinito en su misericordia; se hace solidario con cuantos le necesitan y amante y cercano a sus criaturas.

El Dios "majestuoso y trascendente" se hace "cercano y condescendiente" con el pueblo.

Así se empieza a dibujar la imagen de un Dios, no inalcanzable, sino vuelto hacia los hombres.

Un Dios que se muestra como verdadero "Padre" y que se manifiesta "lento a la cólera y rico en perdón".

 

Nota:  Éx 34,4b-6.8-9


• 34,1-10:
Conseguido el perdón, Moisés sube con unas losetas preparadas por él (las otras eran obra y escritura de Dios; véase Éx 32,7-8.15-20). Dios se revela proclamando su “nombre”, su ser y su actividad: justo y paciente; su castigo es limitado, su misericordia infinita; fiel y solidario con cuantos lo necesitan; el que ama a sus criaturas y siempre está cerca. El Señor no sólo accede a cuanto le pide Moisés sino que le propone algo único y radical: la renovación del pacto.

 

 

 

 

REFLEXION:  II Corintios 13, 11-13

Esta 2ª lectura nos ofrece el final de la segunda carta a los Corintios, con la despedida afectuosa de San Pablo.

La fórmula trinitaria final es única dentro de las cartas de San Pablo y constituye una espléndida confesión del Dios uno y trino del Nuevo Testamento.

San Pablo desea para la comunidad de Corinto que mantengan la paz, ya que aquella comunidad estaba casi siempre tentada por la división partidista.

No duda que "la gracia" de nuestro Señor Jesucristo, "el amor" de Dios Padre, y "la comunión" del Espíritu Santo harán que la comunidad de Corinto mantengan un mismo sentir y reine en ella la paz.

Esta conclusión de la carta de San Pablo es el saludo litúrgico con el que comenzamos casi todas nuestras reuniones eucarísticas.

Es la confesión en la Trinidad Santa que hoy celebramos.

 

Nota: 2 Cor 13,11-13


13,1-13:
Este tramo final de 2 Cor parece corresponder a la conclusión de la que suele llamarse “carta de las lágrimas” (2 Cor 10-13). El tono severo, incluso amenazante a veces, se mantiene hasta el final.


La antítesis debilidad-fortaleza ocupa el centro de la reflexión paulina (véase 1 Cor 4,10; 2 Cor 12,8-10). Que nadie se engañe. Ser apóstol de Cristo significa participar con él en su pasión y muerte, pero significa también participar en la vida y el poder del Resucitado.


La fórmula trinitaria final es única dentro de las cartas paulinas y constituye una impresionante confesión de fe en el Dios trino del Nuevo Testamento.

 



 

 

REFLEXION: San Juan 3, 16-18


Había un docto y estudioso judío, llamado Nicodemo, muy interesado por Jesús y se acerca a él una noche para interesarse por su doctrina.

Afirma que reconoce la autoridad de Jesús confirmada por los signos que realiza.

Pero Jesús le dice que eso no es suficiente para el creyente. Es necesario admitirle como "enviado de Dios" y nacer de arriba, de lo alto, por medio del Espíritu y del bautismo.

Sin estas condiciones, a Jesús se le puede considerar solamente como un hombre extraordinario y de unas posibilidades humanas sorprendentes, pero no "como el Mesías-Salvador".

Jesús viene a traer la "gran Noticia de un mundo nuevo". Y, para alcanzarlo es necesario nacer de nuevo.

El mundo no tiene arreglo; tiene alternativa; porque al mundo no se le pueden poner "remiendos". Ni basta cambiar estructuras porque no hay una que se fabrique sin pecado original. Es preciso nacer de nuevo. Hay una alternativa: el poder del Espíritu que hace presente a Jesús, el enviado del Padre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Por otra parte, afirma Jesús, que nacer del Espíritu y del agua es iniciativa de Dios Padre, que se realiza en Jesucristo (venido de Dios y que vuelve a Dios) a través de la cruz y de la exaltación o resurrección.

El hombre hace propia la salvación por la fe, o la rechaza por la incredulidad en Jesús, el enviado.

A Jesús no se le puede admitir solamente con la simpatía del hombre sabio, honrado, entregado a su causa.

A Jesús es preciso admitirle, por la fe, en su misión de enviado del Padre que por la acción del Espíritu y el bautismo nos alcanza la salvación.

Este es el eje del misterio trinitario: Dios-Padre ama al mundo y envía a su Hijo como Redentor; y la acción del Espíritu Santo hace que los hombres lo recibamos como Salvador bautizándonos en su nombre.

Dios ama al mundo. No lo condena. Pero lo salva por medio del amor cuya aceptación es libre por parte del hombre.

La fe en Jesús Redentor alcanza la salvación. Por eso dice hoy el evangelista San Juan que "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que nadie, de los que creen en él, se pierda". La incredulidad, lleva a la auto-condena. Porque Dios no condena a nadie. Solamente se excluye del amor salvador de Dios quien no cree en Jesús como Salvador.

En la Eucaristía de hoy, día de la Santísima Trinidad, damos gracias a Dios-Padre por el amor que nos ha manifestado entregándonos al Hijo, que compartió nuestro camino humano con tanto amor para realizar nuestra liberación y salvación como fue la aceptación de la cruz; y damos gracias porque este amor del Padre revelado por su Hijo es fuente de vida en nosotros por el Espíritu de Dios que nos ha sido comunicado.

La comunidad cristiana que adora al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, vive con realismo. Constata la unidad creciente de los diversos miembros y pareceres, y glorifica a Dios por ello. Contempla asombrada cómo la vida nueva genera unidad y, gozosa de su experiencia, la proclama al mundo.

El que cree y se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, se salva ... aunque no llegue a conocer muchas cosas de la Trinidad y Unidad en Dios, que siempre le desbordarán.

 

Comentario: Jn 3,16-18


3,1-21 Jesús y Nicodemo.
El signo realizado en Caná de Galilea y el hecho simbólico de la “sustitución” del templo hablan elocuentemente de la realidad cristiana. Nos ha sido presentada como una novedad radical. Es necesario que se nos dé una explicación de la misma. Esta necesidad la expresa la pregunta de Nicodemo: ¿cómo puede ser esto?

Nicodemo, seriamente interesado por Jesús (Jn 7,50; 19,39), aparece en escena como representante del judaísmo docto (Jn 12,42), pero que no quiere que sea conocida su simpatía hacia Jesús. Por eso acude a él de noche.

La escena recoge lo ocurrido en tiempos de Jesús y, sobre todo, lo que sucedió después de su muerte: la confrontación del judaísmo con el cristianismo en las tres últimas décadas del siglo primero. En el diálogo, que termina en seguida (Jn 3,9), con la pregunta, bien significativa por cierto, ¿cómo puede ser esto?, hay suficientes vestigios que confirman este punto de vista.

El que acude a Jesús es un fariseo, principal entre los judíos (Jn 3,1). Nicodemo representa al judaísmo oficial, miembro del sanedrín (Jn 7,48), que tenía la misión, entre otras, de vigilar la doctrina que se impartía a sus contemporáneos en el territorio de su jurisdicción. Dentro del judaísmo oficial y docto representa, más en concreto, a un grupo que se hallaba seriamente interesado por Jesús: sabemos... Su interés por Jesús lo han suscitado las obras que realiza. Esta inquietud debería estar suscitada, responde Jesús, no tanto por sus obras cuanto por su persona.

Nicodemo simboliza también a los cristianos “vergonzantes”: creyentes, más o menos maduros, que silencian su fe porque la manifestación de la misma perjudicaría sus intereses, su situación social, e incluso haría peligrar su vida. Había, ya entonces, y sigue habiendo, muchos creyentes vergonzantes (Jn 12,42s). Esta es la razón por la que acude a Jesús de noche. En otros pasajes del evangelio, la noche tiene un sentido peyorativo: indica ignorancia, malicia, increencia (Jn 9,4; 11,10; 13,30; 21,3). Aquí no tiene ese sentido.

Existen en el diálogo-monólogo tres fases. En la primera es reconocida la autoridad de Jesús, gracias a sus obras. Jesús reacciona diciendo que eso es insuficiente (Jn 3,1-3). Lo esencial es aceptarle como el enviado, como el revelador del Padre, procedente del mundo “de arriba”.

La segunda fase es la que describe este nuevo nacimiento (Jn 3,4-8). Jesús sólo puede ser comprendido desde el nacimiento de arriba (Jn 3,3.5). Lo contrario es considerarlo desde las simples categorías o posibilidades humanas (Jn 3,6). Partiendo de las mismas, desde la carne, como dice el texto, (= posibilidades de la mente humana), no es posible la comprensión de Jesús ni la entrada en el reino de Dios (Jn 3,3.5). Son los dos únicos pasajes en los que la expresión reino de Dios aparece en el cuarto evangelio. La expresión reino de Dios o de los cielos no existe como categoría para presentar el mensaje cristiano. Esto es muy importante, porque dicha categoría queda relativizada, puede ser sustituida por otras. Así lo ha hecho Juan utilizando las categorías de verdad, vida, luz, de arriba, de Dios.

El nuevo nacimiento es obra del Espíritu y del bautismo. Sin ellos no hay salud, ni vida, ni posibilidad de entrar en el reino. La única posibilidad de acceso al misterio cristiano es la apertura a la fe y a la acción del Espíritu. Hay que contar con ellas como con la realidad del viento (la palabra pneuma significa “viento” y “espíritu”). Aunque desconozcas muchas cosas de él, hay una muy clara: su existencia. Si no se cuenta con ella no hay posibilidad alguna de superar la incomprensión.

La tercera fase (Jn 3,9-21) se centra en la descripción del acontecimiento salvífico. La iniciativa procede de Dios (Jn 3,16), se realiza por medio del Hijo, que ha venido de su parte y que vuelve a él a través de la cruz-exaltación (Jn 3,14). El hombre se apropia de ella o la rechaza mediante la fe-incredulidad en el Enviado.

No existe mejor síntesis de la vida cristiana. Así es el mensaje joánico. Estamos ante el mejor resumen de la teología joánica. El mejor comentario del mismo nos lo ofrece otro texto del cuarto evangelio, que habla de Jesús como el Enviado, de quien lo ha enviado y de la fe en ambos, del juicio que se realiza en la aceptación o rechazo de la luz (Jn 12,44-50).

La “elevación” de Jesús (Jn 3,14) es la que constituye el reino, reinado o señorío de la vida. En la elevación a la cruz va incluida la exaltación a la gloria. En dicha elevación, el evangelista Juan acentúa las ideas siguientes: la victoria sobre el príncipe de este mundo (Jn 12,31; 14,27-30); la participación del hombre en ella mediante la fe (Jn 12,32); la muerte en cuanto paso necesario y un aspecto parcial de la elevación; la cruz no es el lugar de la máxima humillación, sino un aspecto de la elevación. En este evangelio el fundamento de la teología o de la reflexión teológica no es la cruz, sino el estar sentado a la derecha del Padre; Jesús aparece como el vencedor de la muerte (Jn 5,26; 14,30) y el dador de la vida para todos los que creen en él.

El juicio, de salud o desgracia, se realiza en la actitud de aceptación o rechazo frente a Jesús (Jn 3,18-21). En el evangelio de Juan no existe un juicio futuro, que tendría lugar al final de los tiempos, al estilo sinóptico (Mt 25,31ss). El juicio se realiza aquí y ahora por la actitud del hombre ante el Revelador (Jn 3,18). Dios envió a su Hijo al mundo para que el hombre pueda salvarse. Dios hizo la oferta de la vida. Oferta que sigue abierta. Debe ser aceptada en la fe. Lo contrario equivale a la auto-exclusión de la vida. Ese es el juicio.

En resumen: el reino es presentado como la vida eterna. El acceso a él lo hace posible la fe y el sacramento, que no es eficaz sin ella.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CON OTRAS PALABRAS

"Queda demostrado que existen cosas inconfusas en sí mismas e inseparables en sus operaciones. Si esto has encontrado en ti, que eres hombre y te arrastras por la tierra cargado con un cuerpo que es gran peso para el alma, cree sin vacilar que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo pueden ser demostrados también por cada una de las cosas visibles, por las especies determinadas de la criatura con cuya carne se revistió; pueden ser demostrados como separables en su persona e inseparables en las operaciones. Baste con esto.

No digo que el Padre es la memoria, ni el Hijo el entendimiento, ni el Espíritu Santo la voluntad. No digo eso, ni me atrevo a decir cómo deba entenderse. Dejemos esas inefables grandezas para los que sepan penetrarlas; nosotros somos enfermos, y a los enfermos insinuamos lo que podemos. Y no digo que puedan equipararse estas cosas a la Trinidad por analogía, como si pudieran con ella compararse; no me atrevo a decir esto. Pero ¿qué es lo que digo? Digo que he encontrado en ti tres términos perfectamente separables en cuanto a sus nombres y absolutamente inseparables en sus operaciones; y que cualquiera de estos términos, formado por los tres, no se confunde en los tres, sino que a cada uno corresponde su nombre. Cree, pues, lo que no puedes ver allá, puesto que has oído y has visto y has tenido lo que tienes aquí. Puedes conocer lo que esto es en ti; ¿cuándo podrás conocer lo que es en el que te hizo? Podrás conocerlo, pero todavía no es tiempo. ¿Piensas, sin embargo, que cuando puedas conocerlo, lo conocerás como se conoce Dios a sí mismo? Baste con lo dicho. Hemos hablado lo que hemos podido; hemos pagado la deuda que teníamos contraída; para complemento de vuestra perfección pedid a Dios lo que falta" (San Agustín, Serm. 52,18‑23: BAC, o.c., p.67‑74).

Con todo, recordemos lo que el propio San Agustín llega a decir al terminar sus reflexiones sobre la Trinidad:

Quid igitur restat, nisi ut fateamur loquendi necessitate parta haec vocabula, cum opus esset copiosa disputatione adversum insidias vel errores haereticorum? (San Agustín, De Trinitate, 7, IV, 9).

Es decir: ¿Qué nos resta, sino confesar que estas expresiones son partos de la necesidad apremiante, al hablar en numerosas disputas contra las insidias y errores de los herejes?

 

 

Reflexión personal y en grupo

¿Me dejo inundar por la vida de Dios?

¿Estoy atento a la "vida comunitaria" de las tres divinas personas en la "soledad" de mi vida íntima?

  - La doctrina o teología de la Trinidad pasa por ser el misterio máximo del cristianismo. Sería como la revelación más profunda e imposible de descubrir por la sola razón humana, que Jesús hubiera venido a revelarnos positivamente. Esto, que es lo que siempre se dice, ¿será una afirmación «descriptiva», realista, o más bien simbólica?

- Alguna de las críticas hechas al cristianismo por otras religiones sugieren que la doctrina de la Trinidad sería la forma cristiana de salvar el monoteísmo una vez que se ha afirmado la divinidad de Jesús: para evitar la pluralidad de dioses se habría remitido esta pluralidad al interno de la naturaleza de Dios (pluralidad de personas en unidad de naturaleza). ¿Qué pensar?

- Si, como se dice, «todas las religiones son verdaderas» y, en ese sentido, «complementarias», ¿no es cierto que a la doctrina trinitaria de los cristianos le viene bien la insistencia del Islam y del judaísmo en la unicidad del Dios monoteísta?
 

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