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REFLEXION:
Exodo 34,4b-6.8-9
Los capítulos que leemos del libro del Exodo nos muestran a Moisés hablando
con el Señor y rogándole dos cosas importantes: una, que perdone la
infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que
Dios les acompañe en su peregrinación por el desierto.
El
Señor no sólo está dispuesto a perdonarlo sino que se compromete a hacer de
él un gran pueblo; de este modo demostrará que su perdón y su elección son
firmes.
Conseguido el perdón, Moisés vuelve a la montaña y se encuentra con el Señor
que se muestra justo y paciente, limitado en su castigo e infinito en su
misericordia; se hace solidario con cuantos le necesitan y amante y cercano
a sus criaturas.
El
Dios "majestuoso y trascendente" se hace "cercano y condescendiente" con el
pueblo.
Así
se empieza a dibujar la imagen de un Dios, no inalcanzable, sino vuelto
hacia los hombres.
Un
Dios que se muestra como verdadero "Padre" y que se manifiesta "lento a
la cólera y rico en perdón".
Nota:
Éx 34,4b-6.8-9
•
34,1-10: Conseguido el perdón, Moisés sube con unas losetas
preparadas por él (las otras eran obra y escritura de Dios; véase Éx
32,7-8.15-20). Dios se revela proclamando su “nombre”, su ser y su
actividad: justo y paciente; su castigo es limitado, su misericordia
infinita; fiel y solidario con cuantos lo necesitan; el que ama a sus
criaturas y siempre está cerca. El Señor no sólo accede a cuanto le pide
Moisés sino que le propone algo único y radical: la renovación del pacto.
REFLEXION:
II
Corintios 13, 11-13
Esta 2ª
lectura nos ofrece el final de la segunda carta a los Corintios, con la
despedida afectuosa de San Pablo.
La
fórmula trinitaria final es única dentro de las cartas de San Pablo y constituye
una espléndida confesión del Dios uno y trino del Nuevo Testamento.
San Pablo
desea para la comunidad de Corinto que mantengan la paz, ya que aquella
comunidad estaba casi siempre tentada por la división partidista.
No duda
que "la gracia" de nuestro Señor Jesucristo, "el amor" de Dios Padre, y "la
comunión" del Espíritu Santo harán que la comunidad de Corinto mantengan un
mismo sentir y reine en ella la paz.
Esta
conclusión de la carta de San Pablo es el saludo litúrgico con el que comenzamos
casi todas nuestras reuniones eucarísticas.
Es la
confesión en la Trinidad Santa que hoy celebramos.
Nota: 2 Cor 13,11-13
• 13,1-13:
Este tramo final de
2 Cor parece corresponder a la conclusión de la que suele llamarse “carta
de las lágrimas” (2 Cor 10-13). El tono severo, incluso amenazante a
veces, se mantiene hasta el final.
La antítesis debilidad-fortaleza ocupa el centro de la reflexión
paulina (véase 1 Cor 4,10; 2 Cor 12,8-10). Que nadie se engañe. Ser
apóstol de Cristo significa participar con él en su pasión y muerte, pero
significa también participar en la vida y el poder del Resucitado.
La fórmula trinitaria final es única dentro de las cartas paulinas y
constituye una impresionante confesión de fe en el Dios trino del Nuevo
Testamento.
REFLEXION:
San Juan 3, 16-18
Había un docto y estudioso judío, llamado Nicodemo, muy interesado por Jesús y
se acerca a él una noche para interesarse por su doctrina.
Afirma
que reconoce la autoridad de Jesús confirmada por los signos que realiza.
Pero
Jesús le dice que eso no es suficiente para el creyente. Es necesario admitirle
como "enviado de Dios" y nacer de arriba, de lo alto, por medio del Espíritu y
del bautismo.
Sin estas
condiciones, a Jesús se le puede considerar solamente como un hombre
extraordinario y de unas posibilidades humanas sorprendentes, pero no "como el
Mesías-Salvador".
Jesús
viene a traer la "gran Noticia de un mundo nuevo". Y, para alcanzarlo es
necesario nacer de nuevo.
El mundo
no tiene arreglo; tiene alternativa; porque al mundo no se le pueden poner
"remiendos". Ni basta cambiar estructuras porque no hay una que se fabrique sin
pecado original. Es preciso nacer de nuevo. Hay una alternativa: el poder del
Espíritu que hace presente a Jesús, el enviado del Padre, para que todo el que
crea en él tenga vida eterna.
Por otra
parte, afirma Jesús, que nacer del Espíritu y del agua es iniciativa de Dios
Padre, que se realiza en Jesucristo (venido de Dios y que vuelve a Dios) a
través de la cruz y de la exaltación o resurrección.
El hombre
hace propia la salvación por la fe, o la rechaza por la incredulidad en Jesús,
el enviado.
A Jesús
no se le puede admitir solamente con la simpatía del hombre sabio, honrado,
entregado a su causa.
A Jesús
es preciso admitirle, por la fe, en su misión de enviado del Padre que por la
acción del Espíritu y el bautismo nos alcanza la salvación.
Este es
el eje del misterio trinitario: Dios-Padre ama al mundo y envía a su Hijo como
Redentor; y la acción del Espíritu Santo hace que los hombres lo recibamos como
Salvador bautizándonos en su nombre.
Dios ama
al mundo. No lo condena. Pero lo salva por medio del amor cuya aceptación es
libre por parte del hombre.
La fe en
Jesús Redentor alcanza la salvación. Por eso dice hoy el evangelista San Juan
que "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que nadie, de los que
creen en él, se pierda". La incredulidad, lleva a la auto-condena.
Porque Dios no condena a nadie. Solamente se excluye del amor salvador de Dios
quien no cree en Jesús como Salvador.
En la
Eucaristía
de hoy, día de la Santísima Trinidad, damos gracias a Dios-Padre por el amor que
nos ha manifestado entregándonos al Hijo, que compartió nuestro camino humano
con tanto amor para realizar nuestra liberación y salvación como fue la
aceptación de la cruz; y damos gracias porque este amor del Padre revelado por
su Hijo es fuente de vida en nosotros por el Espíritu de Dios que nos ha sido
comunicado.
La
comunidad cristiana que adora al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, vive con
realismo. Constata la unidad creciente de los diversos miembros y pareceres, y
glorifica a Dios por ello. Contempla asombrada cómo la vida nueva genera unidad
y, gozosa de su experiencia, la proclama al mundo.
El que
cree y se bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, se
salva ... aunque no llegue a conocer muchas cosas de la Trinidad y Unidad en
Dios, que siempre le desbordarán.
Comentario:
Jn 3,16-18
3,1-21 Jesús y Nicodemo.
El
signo realizado en Caná de Galilea y el hecho simbólico de la
“sustitución” del templo hablan elocuentemente de la realidad cristiana.
Nos ha sido presentada como una novedad radical. Es necesario que se nos
dé una explicación de la misma. Esta necesidad la expresa la pregunta de
Nicodemo: ¿cómo puede ser esto?
Nicodemo, seriamente interesado por Jesús (Jn 7,50; 19,39), aparece en
escena como representante del judaísmo docto (Jn 12,42), pero que no
quiere que sea conocida su simpatía hacia Jesús. Por eso acude a él de
noche.
La escena recoge lo ocurrido en tiempos de Jesús y, sobre todo, lo que
sucedió después de su muerte: la confrontación del judaísmo con el
cristianismo en las tres últimas décadas del siglo primero. En el diálogo,
que termina en seguida (Jn 3,9), con la pregunta, bien significativa por
cierto, ¿cómo puede ser esto?, hay suficientes vestigios que
confirman este punto de vista.
El que acude a Jesús es un fariseo, principal entre los judíos
(Jn 3,1). Nicodemo representa al judaísmo oficial, miembro del sanedrín
(Jn 7,48), que tenía la misión, entre otras, de vigilar la doctrina que se
impartía a sus contemporáneos en el territorio de su jurisdicción. Dentro
del judaísmo oficial y docto representa, más en concreto, a un grupo que
se hallaba seriamente interesado por Jesús: sabemos... Su interés
por Jesús lo han suscitado las obras que realiza. Esta inquietud debería
estar suscitada, responde Jesús, no tanto por sus obras cuanto por su
persona.
Nicodemo simboliza también a los cristianos “vergonzantes”: creyentes, más
o menos maduros, que silencian su fe porque la manifestación de la misma
perjudicaría sus intereses, su situación social, e incluso haría peligrar
su vida. Había, ya entonces, y sigue habiendo, muchos creyentes
vergonzantes (Jn 12,42s). Esta es la razón por la que acude a Jesús de
noche. En otros pasajes del evangelio, la noche tiene un sentido
peyorativo: indica ignorancia, malicia, increencia (Jn 9,4; 11,10; 13,30;
21,3). Aquí no tiene ese sentido.
Existen en el diálogo-monólogo tres fases. En la primera es reconocida la
autoridad de Jesús, gracias a sus obras. Jesús reacciona diciendo que eso
es insuficiente (Jn 3,1-3). Lo esencial es aceptarle como el enviado, como
el revelador del Padre, procedente del mundo “de arriba”.
La segunda fase es la que describe este nuevo nacimiento (Jn 3,4-8). Jesús
sólo puede ser comprendido desde el nacimiento de arriba (Jn 3,3.5). Lo
contrario es considerarlo desde las simples categorías o posibilidades
humanas (Jn 3,6). Partiendo de las mismas, desde la carne, como dice el
texto, (= posibilidades de la mente humana), no es posible la comprensión
de Jesús ni la entrada en el reino de Dios (Jn 3,3.5). Son los dos únicos
pasajes en los que la expresión reino de Dios aparece en el cuarto
evangelio. La expresión reino de Dios o de los cielos no existe
como categoría para presentar el mensaje cristiano. Esto es muy
importante, porque dicha categoría queda relativizada, puede ser
sustituida por otras. Así lo ha hecho Juan utilizando las categorías de
verdad, vida, luz, de arriba, de Dios.
El nuevo nacimiento es obra del Espíritu y del bautismo. Sin ellos no hay
salud, ni vida, ni posibilidad de entrar en el reino. La única posibilidad
de acceso al misterio cristiano es la apertura a la fe y a la acción del
Espíritu. Hay que contar con ellas como con la realidad del viento (la
palabra pneuma significa “viento” y “espíritu”). Aunque
desconozcas muchas cosas de él, hay una muy clara: su existencia. Si no se
cuenta con ella no hay posibilidad alguna de superar la incomprensión.
La tercera fase (Jn 3,9-21) se centra en la descripción del acontecimiento
salvífico. La iniciativa procede de Dios (Jn 3,16), se realiza por medio
del Hijo, que ha venido de su parte y que vuelve a él a través de la
cruz-exaltación (Jn 3,14). El hombre se apropia de ella o la rechaza
mediante la fe-incredulidad en el Enviado.
No existe mejor síntesis de la vida cristiana. Así es el mensaje joánico.
Estamos ante el mejor resumen de la teología joánica. El mejor comentario
del mismo nos lo ofrece otro texto del cuarto evangelio, que habla de
Jesús como el Enviado, de quien lo ha enviado y de la fe en ambos, del
juicio que se realiza en la aceptación o rechazo de la luz (Jn 12,44-50).
La “elevación” de Jesús (Jn 3,14) es la que constituye el reino, reinado o
señorío de la vida. En la elevación a la cruz va incluida la exaltación a
la gloria. En dicha elevación, el evangelista Juan acentúa las ideas
siguientes: la victoria sobre el príncipe de este mundo (Jn 12,31;
14,27-30); la participación del hombre en ella mediante la fe (Jn 12,32);
la muerte en cuanto paso necesario y un aspecto parcial de la elevación;
la cruz no es el lugar de la máxima humillación, sino un aspecto de la
elevación. En este evangelio el fundamento de la teología o de la
reflexión teológica no es la cruz, sino el estar sentado a la derecha
del Padre; Jesús aparece como el vencedor de la muerte (Jn 5,26;
14,30) y el dador de la vida para todos los que creen en él.
El juicio, de salud o desgracia, se realiza en la actitud de aceptación o
rechazo frente a Jesús (Jn 3,18-21). En el evangelio de Juan no existe un
juicio futuro, que tendría lugar al final de los tiempos, al estilo
sinóptico (Mt 25,31ss). El juicio se realiza aquí y ahora por la actitud
del hombre ante el Revelador (Jn 3,18). Dios envió a su Hijo al mundo para
que el hombre pueda salvarse. Dios hizo la oferta de la vida. Oferta que
sigue abierta. Debe ser aceptada en la fe. Lo contrario equivale a la
auto-exclusión de la vida. Ese es el juicio.
En resumen: el reino es presentado como la vida eterna. El acceso a él lo
hace posible la fe y el sacramento, que no es eficaz sin ella.
CON OTRAS PALABRAS
"Queda demostrado que existen cosas inconfusas en sí
mismas e inseparables en sus operaciones. Si esto has encontrado en ti, que
eres hombre y te arrastras por la tierra cargado con un cuerpo que es gran
peso para el alma, cree sin vacilar que el Padre y el Hijo y el Espíritu
Santo pueden ser demostrados también por cada una de las cosas visibles, por
las especies determinadas de la criatura con cuya carne se revistió; pueden
ser demostrados como separables en su persona e inseparables en las
operaciones. Baste con esto.
No digo que el Padre es la memoria, ni el Hijo el
entendimiento, ni el Espíritu Santo la voluntad. No digo eso, ni me atrevo a
decir cómo deba entenderse. Dejemos esas inefables grandezas para los que
sepan penetrarlas; nosotros somos enfermos, y a los enfermos insinuamos lo
que podemos. Y no digo que puedan equipararse estas cosas a la Trinidad por
analogía, como si pudieran con ella compararse; no me atrevo a decir esto.
Pero ¿qué es lo que digo? Digo que he encontrado en ti tres términos
perfectamente separables en cuanto a sus nombres y absolutamente
inseparables en sus operaciones; y que cualquiera de estos términos, formado
por los tres, no se confunde en los tres, sino que a cada uno corresponde su
nombre. Cree, pues, lo que no puedes ver allá, puesto que has oído y has
visto y has tenido lo que tienes aquí. Puedes conocer lo que esto es en ti;
¿cuándo podrás conocer lo que es en el que te hizo? Podrás conocerlo, pero
todavía no es tiempo. ¿Piensas, sin embargo, que cuando puedas conocerlo, lo
conocerás como se conoce Dios a sí mismo? Baste con lo dicho. Hemos hablado
lo que hemos podido; hemos pagado la deuda que teníamos contraída; para
complemento de vuestra perfección pedid a Dios lo que falta" (San Agustín,
Serm. 52,18‑23: BAC, o.c., p.67‑74).
Con todo, recordemos lo que el propio San Agustín llega
a decir al terminar sus reflexiones sobre la Trinidad:
Quid igitur restat, nisi ut fateamur loquendi
necessitate parta haec vocabula, cum opus esset copiosa disputatione
adversum insidias vel errores haereticorum? (San Agustín, De Trinitate,
7, IV, 9).
Es decir: ¿Qué nos resta, sino confesar que estas
expresiones son partos de la necesidad apremiante, al hablar en numerosas
disputas contra las insidias y errores de los herejes?
Reflexión personal y en grupo
¿Me dejo inundar por la vida de Dios?
¿Estoy atento a la "vida comunitaria" de las tres divinas
personas en la "soledad" de mi vida íntima?
- La doctrina o teología de la Trinidad pasa por ser el
misterio máximo del cristianismo. Sería como la revelación
más profunda e imposible de descubrir por la sola razón
humana, que Jesús hubiera venido a revelarnos positivamente.
Esto, que es lo que siempre se dice, ¿será una afirmación
«descriptiva», realista, o más bien simbólica?
- Alguna de las críticas hechas al cristianismo por otras
religiones sugieren que la doctrina de la Trinidad sería la
forma cristiana de salvar el monoteísmo una vez que se ha
afirmado la divinidad de Jesús: para evitar la pluralidad de
dioses se habría remitido esta pluralidad al interno de la
naturaleza de Dios (pluralidad de personas en unidad de
naturaleza). ¿Qué pensar?
- Si, como se dice, «todas las religiones son verdaderas» y,
en ese sentido, «complementarias», ¿no es cierto que a la
doctrina trinitaria de los cristianos le viene bien la
insistencia del Islam y del judaísmo en la unicidad del Dios
monoteísta?
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