PARROQUIA DE SAN VICENTE MARTIR DE ABANDO

            UNIDAD PASTORAL ABANDO-ALBIA

                                   48001 BILBAO

 

 

              

Bilbao, 7 de Octubre de 2006

            

Queridos amigos

Espero que, durante el verano, habréis descansado y ahora estáis dispuestos, más que menos, a afrontar el nuevo curso con ánimo y paciencia, sobre todo con los hijos.

Se ha dicho, y yo también pienso así, que la labor que se hace con los niños en casa, en el colegio, en la catequesis, es más importante y decisiva para el futuro de una sociedad que el trabajo que se realiza en las oficinas, despachos y centros de trabajo.

Ciertamente no es nada fácil el arte de educar. Las ciencias de la pedagogía nos hablan hoy de muchos factores que hacer, ardua y compleja esta tarea. Pero, quizás, la primera dificultad sea la de encontrarnos realmente con el niño.

No es fácil para un hombre o una mujer integrados en una sociedad como la nuestra acercarse y aceptar a los niños de verdad. Pensad en los vuestros: su mirada y sus gestos espontáneos, nos desarman.

Para acercarnos a ellos, tendríamos que volver a apreciar las cosas sencillas de la vida, aprender de nuevo a ser felices sin poseer muchas cosas, amar con entusiasmo y admirar la vida y todo lo vivo.

En fin,  no quiero alargarme más. Ahí tenéis el mensaje de este primer envío. Trata sobre la educación de los hijos. Es de un psicólogo y, a la vez, padre de familia. A ver qué os parece.

  

José María Ruiz de Azúa

Párroco

 

  

1.- Lectura del Evangelio según San Marcos 9, 33-37

 

Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, Jesús les preguntó:

“¿Qué discutíais por el camino?”

Ellos callaban, porque por el camino habían venido discutiendo sobre quién de ellos sería el más importante. Jesús entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo:

“Si alguno quiere ser el más importante, téngase a sí mismo por el más insignificante y póngase al servicio de los demás.

Luego puso a un niño en medio de ellos y, tomándolo en brazos, les dijo:

“El que acepta en mi nombre a uno de estos niños, a mí me acepta; y el que me acepta a mí, no sólo me acepta a mí, sino al que me ha enviado.

 

 

2.- Comentario: Los puntos claves de toda educación. En una atmósfera de amor

  

3.- Reflexión personal:

 

¿Soy consecuente entre lo que digo y lo que hago?

¿Soy persona que sabe escuchar?

¿Damos señales, como pareja, de que estamos unidos y nos queremos?

 

 4.- Oración breve recogida del salmo 15, 11:

 “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”

 

 

LOS PUNTOS CLAVES DE TODA EDUCACION

 

Son cuatro los soportes esenciales sobre los que se asienta el éxito de toda labor educativa: el amor a los hijos, la unión entre los esposos, el ejemplo de los padres y el diálogo padres-hijos.

 

Un circulo vicioso (o virtuoso)

 Cuando la vida de los padres es para el hijo un modelo que imitar, surge la admiración, base del amor, y de la admiración nace el respeto, y, de él, la obediencia.

 Y como respuesta a esa obediencia del hijo, la moderación de los padres en el ejercicio de la autoridad. Si hoy día existe en muchas familias una verdadera crisis de obediencia es porque falta el ejemplo de los padres y, en consecuencia, no hay admiración, respeto, ni obediencia. Al no haber obediencia de los hijos, los padres tratamos de imponernos a través de un ejercicio rígido de la autoridad.

 

EN UNA ATMÓSFERA DE AMOR

 

 

René Spitz, médico y psicoanalista vienés especializado en la infancia, realizó un estudio en una Casa Cuna y encontró que, mientras entre 220 niños criados por sus madres no murió ninguno, en una muestra correlativa de no criados por sus madres falleció el 37 por ciento. Prueba evidente de que el niño precisa, para su desarrollo físico, psíquico, afectivo e intelectual, de la presencia y el cariño de su madre. Quienes fueron frutos del amor no alcanzarán su plenitud como hombres o mujeres -que eso es la educación- sino en una atmósfera de amor. Deseo llamar la atención sobre tres puntos:

* La ternura, manifestación delicada del amor, que no ha de confundirse con el mimo y es armonizable con la autoridad.

* Atención a los acontecimientos de la vida del niño que deben ser celebrados.

* Atención a lo específico de cada hijo.

Pero para que ello sea posible, es también necesario que exista la unión y el amor entre los esposos. La elevada correlación entre delincuencia juvenil y familias destruidas por el divorcio o la separación, debería hacemos meditar a cuantos somos padres o educadores. Ya hace más de treinta años, Odette Phihppon señalaba, en su estudio La juventud os acusa, que, «en todos los países, se ha comprobado que el divorcio constituye una de las principales causas del aumento de la delincuencia juvenil. Los hijos de madres solteras, que en su mayor parte viven con la familia de la madre, no corren en este aspecto tanto peligro como los hijos de matrimonios divorciados».

Nada penetra en el alma del hijo tan directa y profundamente como el ejemplo. Dice Jaurés: «No se enseña lo que se sabe, ni se enseña lo que se dice: se enseña lo que se hace». Y es que el ejemplo es una lección que el niño recibe no como algo teórico que resbala por su mente, sino como un modo concreto de obrar ante tal o cual situación.

Una niña puede pensar: «Me dicen que no sea perezosa y que renuncie a mi comodidad para ayudar a los otros. Mamá se levanta cada día a las siete para preparar el desayuno, y papá llega cansado por la noche y se pone a explicarnos cosas o a repasar. Debe ser importante no ser perezosa y sacrificarse por los demás». Y a la inversa: «No debe ser tan malo soltar tacos, cuando con tanta frecuencia lo hace papá. ¿Ser fiel a la verdad? ¿Hablar bien de los otros? ¡Pero si papá me encargó ayer, cuando vino a preguntar por él un señor, que dijera que no estaba en casa; y él y mamá se pasan el día criticando a los vecinos y a la familia!»

Pero el ejemplo adquiere especial importancia cuando llega la adolescencia. Con la adolescencia, la inteligencia del niño adquiere una cierta madurez. Y es inútil fingir ante él. Son los hechos los que cuentan. De ahí la importancia de que sea la propia vida la que en estos años predique al hijo.

 

Verdadero diálogo

 

El diálogo, en nuestros días, es de todo punto necesario. Elemento clave del diálogo es saber escuchar. Escuchar no es simplemente dejar hablar, es mostrar interés, es colocarnos en el lugar del otro para comprender mejor su manera de pensar, es tener paciencia y no atosigar al que habla.

Con frecuencia, los padres queremos que los hijos nos digan lo que nosotros deseamos oír, o intentamos justificarnos y dar nuestras propias razones, o buscamos apabullarles, y nada de eso es saber escuchar. El diálogo requiere tiempo. Un tiempo que los padres estamos obligados a dar a nuestros hijos quitándolo, si preciso fuere, de nuestro descanso, de nuestros hobbies, de nuestro trabajo. Hemos de tener una adecuada jerarquía de valores, distribuyendo el tiempo de forma que no resulta perjudicado aquello que tiene prioridad sobre lo demás.

Pero siendo importante el ambiente del hogar, no es lo único a tener en cuenta. Los hijos pasan en el colegio una parte muy importante de la jornada, y a lo largo de ese tiempo reciben el influjo de profesores y compañeros. Y todo eso va dejando su huella, como la van dejando los amigos, a los qué a veces prestan más atención que a los propios padres; la sociedad, con su confusionismo de ideas, con su crisis de fe, su masificación de las costumbres y su mentalidad hedonista; y, en última instancia, su propia libertad personal, que explica cómo, entre varios hermanos, unos respondan bien y otros no. Esto quiere decir que tengamos conciencia de nuestras limitaciones, pero sin olvidar que, por grande que sean otros influjos, lo más decisivo va a ser la huella de los padres.

Luis Riesgo Ménguez


 

 

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