LA FIDELIDAD, BASE DE LA CONVIVENCIA

 

 

En estadísticas recientes, se constata el crecimiento imparable de separaciones y divorcios matrimoniales que se da en los últimos años, sobre todo entre las parejas jóvenes. Sin duda, son muchas las causas de la ruptura de la convivencia de las parejas pero voy a referirme a una de ellas: la falta del valor de la fidelidad, base de la convivencia.

 

En nuestros días, en no pocos ámbitos, la fidelidad ha caído en el descrédito. Por una parte, se la identifica con la resignación, el aguantarse, el soportarse. En la mente de muchos es un concepto negativo, peyorativo. Por otra parte, se ha hecho de la fidelidad el patrimonio de los débiles, de los que carecen del coraje necesario para romper sus ataduras y hacer frente a una realidad.

 

Vivimos dependiendo de nuestros caprichos, en la fascinación por lo último que apetece. Como eternos adolescentes hacemos depender todo de nuestro yo. Nos constituimos en centro y hasta lo más sublime queda supeditado a que me guste, a que me sienta realizado, a que me apetezca, a que me caiga bien. En otras ocasiones son los intereses materiales, el poder, la ambición, el prestigio los que nos hacen pasar por encima de nuestra propia conciencia y romper nuestros compromisos.

 

La fidelidad en el contexto actual es uno de los valores en que más empeño ha de poner la familia al educar a los hijos. La fidelidad es un signo de la madurez humana y, a la vez, causa de esta madurez. Ser fiel al amor, a la amistad, a la palabra dada, a los compromisos contraídos; ser fiel a Dios, a la pareja, a los hijos y a los padres, a los amigos y a los clientes, a los que han confiado en ti... está en la base de la convivencia, de la estabilidad personal, de la felicidad. Sin embargo, el consumismo que hace egoísta e insolidario, la tecnificación que encierra al hombre en su soledad, van haciéndonos individualistas. El individualismo preside muchas vidas y el vivir intensamente el momento fugaz del presente con las menores ataduras para el día de maña
res de hoy.

 

Fidelidad viene de fides, es una calidad de la fe. La fidelidad se da cuando la fe se hace estable y verdadera. Cuando digo «yo creo en ti, confío en ti, te quiero», es una adhesión con todas sus exigencias. Una ofrenda sin reservas. Hoy, en los diferentes ámbitos sociales, se percibe un cansancio, una creciente impotencia, especialmente a la hora de asumir compromisos serios en la vida. Por ello es fundamental acentuar el valor que tiene dedicar toda la vida al seguimiento de los compromisos contraídos, conscientes de nuestra debilidad, de nuestra pobreza.

 

La fidelidad es un concepto activo, dinámico. No es una actitud pasiva, como son la resignación, el aguantarse.., La fidelidad es algo de cada día, de hoy y de mañana. Soy fiel hoy, lo soy mañana y cada día. Es algo que voy construyendo creativamente. La vida se construye cada día, como el amor y la profesión, como la solidaridad y la paz.

 

La fidelidad es fuente de alegría y libertad. Basta con mirar a los ojos de los niños cuyos padres crecen creativamente en la fidelidad al amor. Es fuente de seguridad, como nos dice quien tiene amigos en quienes confiar. Es fuente de solidaridad y de convivencia. Porque sabemos que podemos confiar, porque nos fiamos, caminarnos más decididamente.

 

La fidelidad se vive sobre todo en el ambiente familiar. Cuando los hijos ven que la vida se crea y que el amor se cuida cada día, que la profesión se cultiva permanentemente, que la amistad se mima, que la solidaridad adquiere una prioridad permanente... es cuando realmente entienden el valor de la fidelidad. Educar en la fidelidad va más allá de cualquier acción concreta. Es crear un clima, un conjunto de actitudes que hacen de la fidelidad un bien necesario, una fuente de felicidad.
 

 

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