PARROQUIA DE SAN VICENTE MARTIR DE ABANDO

            UNIDAD PASTORAL ABANDO-ALBIA

                                   48001 BILBAO

 

 

               Bilbao, 19 de Febrero de 2007

            

Queridos amigos

 Dentro de diez días, el 21, celebramos el Miércoles de Ceniza. Con Jesús comenzamos la Cuaresma; con Jesús caminamos, pasando por la cruz, hacia la Pascua.

Pascua significa Paso, el paso que Jesús da de la muerte a la vida, gracias al amor de Dios Padre que le resucita de entre los muertos.

Para los cristianos es importante la persona de Jesús. Pero, ¿quién es ése Jesús?

Sería un ejercicio saludable que, en este tiempo de preparación, hasta el Domingo de Pascua que celebramos el 8 de Abril, intentemos responder personalmente a esa pregunta.

 

 

José María Ruiz de Azúa

Párroco

 

  

 

1.- Lectura de la Palabra de Dios tomada del Evangelio de San Lucas: capítulo 9, 18-20

 

En una ocasión en que Jesús se había retirado para orar a solas, los discípulos fueron a reunirse con él. El les preguntó:

- ¿Quién dice la gente que soy yo?

Ellos le contestaron:

- Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que uno de los antiguos profetas que ha resucitado.

- Y vosotros, ¿quién decís que soy?

Entonces Pedro declaró:

- ¡Tú eres el Mesías enviado por Dios!

Pero Jesús les encargó encarecidamente que a nadie dijeran nada de esto.

 

 

 2.- Comentario

¿Quién dices que soy yo?

 Estamos habituados a los sondeos. En cualquier momento nos pueden parar en la calle, ponernos un micrófono ante la boca y preguntarnos por cualquier cuestión de interés general: “¿Qué opina usted de esto o de aquello?” No hay que preocuparse. Nuestra respuesta quedará en el anonimato. Sólo servirá para elaborar una de tantas estadísticas de opinión.

 Sin embargo el diálogo que, según el evangelio que os cito arriba, se establece entre Jesús y sus discípulos es exactamente lo contrario de un sondeo de este tipo. Jesús pregunta, en primer lugar, por lo que se piensa acerca de él: “¿Quién dice la gente que soy yo?”  Y los discípulos le van informando de las diversas opiniones: “Unos dicen que Juan Bautista; otros, Elías, y otros uno de los profetas.”  Pero esta cuestión no es la importante. No hace sino preparar la verdadera pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

 Es fácil captar que esta pregunta nos sitúa a un nivel más profundo. No es para completar la encuesta y añadir a las respuestas precedentes la de los discípulos. Es una pregunta crucial que obliga a cada uno a tomar una postura personal ante el mismo Jesucristo. Cada uno se ha de comprometer en la respuesta.

 En este sentido es sorprendente constatar con qué frivolidad se habla hoy de fe y de cuestiones religiosas sin adoptar personalmente una actitud responsable ante Dios. Es muy fácil en determinados ambientes hacer burla de las tradiciones religiosas o ridiculizar posiciones cristianas. Pero, a veces, da la impresión de que todo ello solo sirve para eludir la propia decisión.

 Las cosas no se resuelven diciendo ligeramente: “Soy agnóstico”; “soy creyente, pero no practicante”; “siempre adopto posturas progresistas”. Estas frases suenan inevitablemente a vacío cuando la persona no se ha colocado sinceramente ante el misterio de Dios para adoptar una decisión responsable.

 Pero la pregunta de Jesús la hemos de responder también quienes, con una ligereza semejante, nos hemos habituado a sentirnos cristianos sin adoptar una actitud de adhesión personal a Jesucristo: “¿Quién es para mí Jesucristo? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi existencia?”

 Mirad, la respuesta cobra un peso especial cuando se pasa del “se dice” al “yo digo”.  Es importante saber qué dice la Iglesia acerca de Cristo, qué dice el Papa o qué dicen los teólogos, Pero en mi fe, lo decisivo es qué digo yo.

 “¿Quién decís que soy yo?” No sé exactamente cómo podemos contestar a esta pregunta de Jesús los cristianos de hoy, pero, tal vez, podemos intuir un poco lo que puede ser Jesús para nosotros en estos momentos, si logramos encontrarnos con él con más hondura y más sinceridad.

 Jesús nos puede ayudar, antes que nada, a conocernos mejor. Su evangelio hace pensar y nos obliga a plantearnos las preguntas más importante y decisivas de la vida. Su manera de sentir y de vivir la existencia, su modo de reaccionar ante el sufrimiento humano, su confianza indestructible en un Dios amigo de la vida es algo que ayuda a vivir de una forma más sana, más solidaria, más esperanzada, más ilusionada.

 Jesús nos puede liberar también de formas poco sanas de vivir la religión: fanatismos ciegos, desviaciones legalistas, miedos egoístas. Puede, sobre todo, introducir en nuestras vidas algo tan importante como la alegría de vivir, la mirada compasiva hacia las personas, la creatividad de quien vive amando, sintiéndose a su vez profundamente amado.

 Jesús nos puede redimir de imágenes enfermas sobre Dios que vamos arrastrando sin medir los efectos dañosos que tienen en nosotros. Jesús nos puede enseñar a vivirle a Dios como una presencia cercana y amistosa, fuente inagotable de vida y ternura.

 Mirad, dejarse conducir por Jesús es encontrarse con un Dios diferente, más grande y más humano que todas nuestras teorías.

 El día que uno puede decirle a Cristo: “Tú eres la Verdad, el Camino y la Vida. Tú eres mi Salvador. Tú eres el Hijo de Dios hecho hombre por mi salvación”, entonces la vida del creyente comienza a reavivarse con una fuerza y una verdad nuevas. Casi me atrevería a decir que esta respuesta personal a Jesucristo es el paso más importante y decisivo en la historia de cada creyente. Lo demás viene después.

 

 

3.- Reflexión personal

 1.- La pregunta hoy nos hace Jesús: ¿Quién dices que soy yo?. Es decir, ¿Quién es para mí Jesucristo?. ¿Qué significa en mi vida?. ¿Qué lugar ocupa realmente en mi existencia?.

 2.- ¿En qué me ayuda, que otros no me ayuden?

 

 

4.- Oración breve para repetirla de vez en cuando:

 

Dime: “Yo soy tu salvación”. Salmo 34

 

 

 

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