PARROQUIA DE SAN VICENTE MARTIR DE ABANDO
UNIDAD PASTORAL ABANDO-ALBIA
48001 BILBAO
Bilbao, 10 de Febrero de 2008
Queridos amigos,
Llevamos ya un mes que ha comenzado un
Año Nuevo. Naturalmente el nuevo calendario no cambia las cosas, los
problemas, los afanes, las tristezas siguen ahí. ¿Qué tendré que hacer
yo para sentirme bien?
A veces pensamos que lo decisivo es que
cambien las cosas a nuestro alrededor. Esperamos que nos sucedan cosas
buenas, que las personas nos traten mejor, que todo nos vaya bien y
responda a nuestros deseos.
Pero con los años que tenemos es
imposible tanta ingenuidad. Una pregunta comienza entonces a despertarse
en nosotros. Para sentirme mejor, ¿tiene que suceder algo fuera
de mí o justamente dentro de mí mismo?.
Por eso, al comenzar el año, formulamos
unos buenos propósitos: nos proponemos vivir de manera más sana, humana
y ordenada respecto a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Pues bien,
nuestra propia vida, en algún momento de su desarrollo diario, tiene
relación con algún niño. ¿Qué postura tenemos que adoptar respecto a los
niños?. ¿Tengo que cambiar algo?
Ese es el asunto de la carta que os
envío. Lo preparé como comentario aplicado, (eso es la homilía) del
evangelio del día de Reyes. A ver qué os parece.
José María Ruiz de Azúa
Párroco
1.- Lectura del Evangelio según san Mateo 2, 1-12
Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey
Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén
preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque
hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.»
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo
Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del
país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le
contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y
tú, Belén, tierra de Judea, no eres ni mucho menos la última de las
ciudades de Judea, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi
pueblo Israel"»
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que
le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó
a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y,
cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.»
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y
de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta
que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella,
se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con
María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo
sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no
volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.
2.- Comentario:
“LOS NIÑOS”
Si nos fijamos con atención la persona del Niño Jesús es
la referencia que da sentido a la actuación de todos los personajes que
participan en este relato del Evangelio que acabamos de escuchar.
María es la que da a luz al Niño, lo alimenta, lo
arropa, lo tiene en su regazo. José le protege al Niño de todo peligro,
lo cuida con su protección. Herodes, desconcertado, también quiere
visitar al Niño pero con intenciones asesinas. Los sumos pontífices
escudriñan las escrituras y saben dónde nace el Niño, pero no lo buscan,
se muestran pasivos, indiferentes. Los Magos van en busca del Niño que
da sentido a la vida y se llenan de alegría al contemplar su estrella;
ven al Niño con María y arrodillándose le adoran. Y es que hoy la fiesta
de los Reyes Magos, es también la fiesta de los niños. Nuestra propia
vida, en algún momento de su desarrollo, tienen relación con algún niño.
María, José, los letrados de Jerusalén, los Magos,
Herodes, adoptan una postura con el Niño, unos acertada, otros
equivocada. La fiesta de hoy nos ofrece la oportunidad de reflexionar
cuál puede ser nuestra postura más humana y evangélica respecto a los
niños, porque va a decir Jesús: “Quien acoge a un niño a mí me acoge”.
Mirad, no es fácil adoptar una postura acertada con los
niños. Lo saben muy bien los padres y educadores. A veces, los
idealizamos ingenuamente. Otras veces, descargamos sobre ellos nuestra
irritación y frustraciones. En ocasiones, los utilizamos. Casi siempre
los sometemos a nuestra voluntad. A lo largo del Evangelio la actitud
sorprendente de Jesús ante los pequeños y su invitación a acoger a los
niños nos han de hacer pensar en nuestra postura personal con ellos.
El niño es siempre un ser débil y
vulnerable. Basta mirarlo con un poco de ternura. Su vida es frágil. Si
no es acogido y protegido con amor, está llamado a sufrir lo indecible.
sin amor, nadie crece de manera sana y feliz. Y menos un niño.
El niño es sólo una “promesa de vida”.
Sólo lo pueden acoger y cuidar bien quienes lo miran con esperanza. Para
ser un buen padre o un buen educador hay que olvidarse de cálculos, de
ventajas. Hay que amar al niño sin ver resultados inmediatos. No todo se
puede planificar. Lo importante es creer, confiar y acompañar con
paciencia el desarrollo íntegro del niño. Respetando su ritmo, sus
etapas. No creerle ya responsable, educado, sobresaliente. Tiene su
ritmo propio.
Rara vez el niño agradece lo que está
recibiendo. Sólo se le puede querer con amor gratuito, a fondo perdido.
El padre o el educador que pretenda exigir una respuesta adecuada a lo
que está haciendo por él, se sentirá frustrado. Aquí no funciona la
reciprocidad. Sólo son buenos padres y buenos educadores quienes
disfrutan buscando el bien del niño y no su respuesta agradecida.
Al niño hay que tratar con alegría que es
el signo que acompaña siempre a cualquier tarea creadora: Hacer feliz a
un niño es ayudarle a ser bueno. Es enseñarle a disfrutar y enseñarle a
vivir. Esos niños de rostro triste y mirada apagada nos están acusando a
todos. No les estamos trasmitiendo la alegría de vivir.
Hay algo más. También los niños nacidos
en esta sociedad tienen derecho a que alguien los inicie en la reflexión
personal, en una cierta vida interior y en la apertura a Dios. Pocas
cosas me apenan más que esos jóvenes a veces tan vacíos de interioridad
y tan desvalidos para descubrir un sentido un poco hondo e inteligente a
sus vidas. No hay mejor “regalo de Reyes” para un niño que
encontrarse en la vida con un buen padre o un buen educador que es capaz
de escribir esto que os leo: “Hijo, te pase lo que te pase en la vida;
tengas éxito o no; llegues a ser importante o no; goces de salud o no;
recuerda siempre cuánto te aman tu padre y tu madre”.
Esta mañana de Reyes el relato de los
magos nos descubre en ese Niño de Belén la ternura de la fe cristiana
que a veces nos falta. Ese Niño nos invita a los creyentes a ensanchar
nuestro corazón, a vivir nuestra fe con mayor cariño y a ser creadores
de un clima de simpatía universal con todos los niños de la tierra. Como
aquellos magos de Oriente, también nosotros, guiados por la fe, estamos
aquí para ponernos ante el Niño de Belén y reconocer que Él es el
Salvador de todos, la ternura gratuita que a veces nos falta.
Ahora como signo de adoración incensamos
al Niño en un momento de oración, ofreciéndole lo mejor que tenemos, y
adorándolo como nuestro Dios que se abre a todos.
3.- Reflexión personal:
¿Sé respetar el ritmo de las personas que me rodean?.
¿Soy una persona impaciente, nerviosa, ávida de resultados inmediatos?
4.- Oración breve:
“Jesús, ayúdanos a comprender a los hijos”.
“Jesús, que al acoger a un niño, sintamos que te
acogemos”
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