EDUCAR - HEZI

"Umetxo bat neure izenean artu dagianak, neu artzen nau"

"Quien acoge a un niño en mi nombre a mí me acoge" (Mc 9,37)

 

Hay quienes afirman que la tragedia más grave de la sociedad contemporánea es la crisis de la relación educativa. Los padres cuidan a sus hijos y los maestros enseñan a sus alumnos, pero en no pocos hogares y colegios se ha perdido «el espíritu de la educación».

Y, sin embargo, si una sociedad no sabe educar a las nuevas generaciones no conseguirá ser más humana, por muchos que sean sus avances tecnológicos y sus logros económicos. Para el crecimiento humano, los educadores son más importantes y decisivos que los políticos, los técnicos o los economistas.

Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. Educar es el arte de acercarse al niño, con respeto y amor, para ayudarle a que se despliegue en él una vida verdaderamente humana.          

La educación está siempre al servicio de la vida. Verdadero educador, maestros y padres, es el que sabe despertar toda la riqueza y las posibilidades que hay en el niño. El que sabe estimular y hacer crecer en él, no sólo sus aptitudes físicas y mentales, también lo mejor de su mundo interior y el sentido gozoso y responsable de la vida. El niño más humilde tiene derecho a una cierta iniciación a la vida interior y a la reflexión personal.

Cuando en las instituciones educativas se ahoga "el gusto ponla vida” y los enseñantes se limitan a transmitir, de manera disciplinada, el conjunto de materias que a cada uno se le han asignado (asignatura), allí se pierde «el espíritu de la educación».

Por otra parte, la relación educativa exige verdad. Se equivocan los educadores que, para ganarse el respeto y la admiración de sus mismos alumnos, se presenta como dioses: «fingir virtudes que no tenemos, aparentar ciencias que desconocemos, expresar opiniones en las que no creemos, puede ser el principio de una educación marca a por el cinismo y la superficialidad. Lo que los niños necesitan es encontrarse con personas reales, sencillas, cercanas y profundamente buenas.

 Asimismo, el verdadero educador respeta al niño, no lo humilla, no destruye su autoestima. Una de las maneras más nefastas de bloquear su crecimiento es repetirle constantemente: «no hay quien te aguante», «eres un desastre», «serás un desgraciado el día de mañana».

En la relación educativa hay además un clima de alegría, pues la alegría es siempre «signo de creación» y, por ello, uno de los principales estímulos del acto educativo. La inteligencia no puede ser estimulada sino, por la alegría. Para que haya deseo tiene que haber placer y alegría. La alegría de aprender es tan necesaria para los estudios como la respiración para los corredores.

Hace unas semanas se han abierto los colegios y centros de enseñanza. Miles de niños han vuelto de nuevo a sus maestros y enseñantes. ¿Quién tendrá la suerte de encontrarse con un verdadero educador o educadora? ¿Quién los acogerá con el respeto y la solicitud de aquel, que un día en Cafarnaúm, abrazó a uno de ellos diciendo: «Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me «acoge a mí?»

 

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