Algunos
hijos desatendidos y padres desorientados:
El arte de
educar
D. Javier Urra
Defensor del Menor
(1996-2001)
Lunes, 7 de mayo de 2007
Esos desconocidos: nuestros propios hijos
A veces
no conocemos en profundidad el pensamiento y la realidad de sus
conductas. Bien es cierto que los hijos en muchas ocasiones no
conocen el sentir íntimo de sus padres. No deja de ser una paradoja
para quienes no hace tanto éramos jóvenes. Y es que los niños, los
adolescentes, son en sí mismos una identidad, no son adultos
pequeñitos o un proyecto, tampoco se les debe concebir como
angelitos inermes sin imaginación o sin capacidad de obrar mal.
Debemos
preguntarnos cómo se está socializando, es decir, cómo va el proceso
por el que nace y se desarrolla su personalidad en relación con el
medio social. Tenemos que facilitar el vivir con, y para ello se ha
de propiciar la inmersión en la cultura, el control de los impulsos,
la experiencia en sí mismo, el desarrollo de la afectividad y la
motivación de logro.
Somos
sabedores de que la infancia busca ser ella misma, desea romper el
cordón umbilical con los padres, ser libre, autónoma. Y así ha de
ser.
Existen ritos iniciáticos de independencia para mostrarse ante sí
mismos y al grupo de referencia que ya son; algunos lo hacen con la
ingesta de alcohol, de anfetaminas, con fugas o rotura de objetos o
trasgresión de normas. Los tutores hemos de propiciar los pasos
iniciáticos adecuándolos a su edad y características (ir a un
campamento, viajar por Europa en grupo...), canalizaremos sus
impulsos y necesidades, no los cercenaremos. Pero para ello hay que
haber ganado su confianza, haber estado a su lado desde pequeños,
haberles acariciado con nuestra escucha, ser valorados.
Todo
padre debe dedicar tiempo a los hijos, un tiempo que será diario y
de calidad. Se puede conocer a los hijos, se puede caminar y
disfrutar juntos sin confundir el ser amigos con ser colega, pues
los padres han de marcar límites; los niños los precisan. Se cuenta
la historia de una niña que por la noche llamaba y decía: «Papá
ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?», y ella no
contestó. Al rato gritó: «Papá, ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué
quieres, hija?» y ella no contestó; así muchas veces, hasta que al
final la niña exclamó: «Que me digas no».
Dar a
los niños de todo –juguetes, dinero, objetos- es un error, haremos
de ellos unos egoístas y caprichosos. Si además no les damos
dedicación, nos vivirán como que nos lo quitamos de encima.
Y
es que hay quien constata que tiene hijos en vacaciones –algunos
ni eso-. ¿Valoramos suficientemente el ser padres o hay tal
falta de reconocimiento como ocurre con las amas de casa?
Tener hijos no es lo mismo que ser padres. La familia educa por
«presión osmótica», los niños aprenden de los modelos, no de la
crítica destructiva. En el hogar se han de transmitir valores
éticos, educar en los ideales, en la no-violencia, en la
apreciación de lo distinto, en la reflexión. Hay que retomar la
charla, el sentimiento de vecindad, el interesarse por el otro.
Pero es que además de la familia, a la infancia y a la juventud
las educan la escuela, las revistas, la música que escuchan, la
televisión, el grupo de iguales.
Los
amigos pueden servir para socializar o para todo lo contrario,
por eso es tan importante conocerlos, conseguir que las
amistades sean sanas y duraderas. Y piénsese que los amigos se
hacen en las actividades en que participen los hijos, que bien
pueden ser de conocimiento de la naturaleza (un verdadero
antídoto de otras formas de buscar aumentar la adrenalina) o de
viajes en grupo (que enseñan a evitar la endogamia, a valorar la
riqueza de lo distinto), en grupos de teatro, de música, de
pintura... Hay otro gran amigo que debemos presentarles: es el
libro. Pero es que, además, pueden colaborar en las ONG (hoy
tenemos una generación de jóvenes solidarios).
Hay
que educar en la capacidad crítica para poder defenderse de esos
modelos psicopáticos que pueblan las películas de televisión,
donde el duro, el vengador, el inmisericorde triunfa y se hace
acreedor de lo que le apetece.
Debemos entender a los jóvenes, esforzarnos por comprender sus
modas, lo que significan los logotipos de sus camisetas, no
podemos quedarnos sordos a sus intereses y emociones.
No
se puede delegar la educación a la escuela. Hay que retomar la
figura del maestro (hasta económicamente), los padres han de
hablar con el mismo y apoyarse mutuamente, no se puede restar
autoridad, pues haremos de ellos unos tiranos.
Hay
jóvenes que no viven en casa, la utilizan como un hotel, se
marchan los viernes y regresan los lunes por la mañana. Hay
quien ejerce violencia intrafamiliar, algo, todo ha fallado en
la educación.
El
laissez-faire es un grave error. Las normas, la sanción, son
necesarias, educativas, pero recuérdese que la sanción puede ser
en positivo (hacer más y mejor) y nada tiene que ver con el
castigo físico.
Es
tarea de todos los ciudadanos el educar a los más jóvenes en el
respeto, en el autodominio, en valorar el silencio, el
arrepentimiento, el conocerse a sí mismos y ponerse en el lugar
del otro, es decir, ahondar en la autointrospección y la
socialización, el emplear la razón y aprender a ser libres, el
valorar lo realmente importante: la persona, el agua, los
árboles, el aire, enseñar a disfrutar del patrimonio cultural de
nuestros pueblos y ciudades, sentirse partícipes de un
aprendizaje, utilizar el sentido del humor.
Tenemos que conseguir que nuestros jóvenes no vivan deprisa,
deprisa. Para ello tenemos que autoeducarnos y mirar sin miedo
al horizonte. Dice una canción vasca, Txori, Txuria «si yo le
cortara las alas, sería mío, no se escaparía, pero... de esa
forma ya no sería nunca más un pájaro, y yo quería al pájaro».
Los tiempos están cambiando
Lo
dijo Bob Dylan
Vamos muy deprisa, pero a veces sin rumbo, miramos pero sin
recrearnos, oímos pero no escuchamos, no aceptamos la espera y
nuestra paciencia disminuye.
Los
padres sienten que es cada vez más difícil que sus mensajes
lleguen a los hijos, pues la competencia es atroz.
Los
progenitores hemos de estar disponibles, pues niños y jóvenes
buscan “estar conectados”. Y entender que el bienestar emocional
del hijo desborda el nivel de aprendizaje.
Los
padres precisan apoyo, han de poner amor, experiencia, lógica,
tener conciencia de esta sublime tarea, pero debe aportárseles
técnicas. Ya los alumnos de cursos preuniversitarios debieran
ser formados en esa misión, las más trascendente.
Posteriormente se ha de seguir coadyuvando a los padres, que
puedan consultar, que reciban respuestas de todo tipo. Al igual
que se les remite el calendario vacunal de los hijos, se les ha
de proveer de programas educativos, facilitadores de resolución
de conflictos (actualizados a una sociedad siempre cambiante).
Y
es que nunca en la historia de la humanidad los niños han
recibido tantísima información sin pasar por el filtro de los
adultos.
Hay
que enseñar a los padres la necesidad de que eduquen en la
comprensión empática, en el razonamiento, para que transmitan
seguridad, motivación y estímulo a sus hijos. La familia es un
termómetro del sistema, su fracaso anticiparía un desbarajuste
general.
Hay
que educar con amor, humor y respeto, transmitir confianza y
responsabilización, dar libertad dentro de unos límites
razonados.
Utilizar las estrategias educativas elegidas por los padres como
antecedentes y no consecuentes de las conductas de sus hijos.
Imponer disciplina, que significa enseñar, no estar
constantemente castigando. No olvidemos sin embargo que los
adolescentes (y el resto de los humanos) precisan normas, para
sentirse seguros.
Transmitir a nuestros hijos que tienen una responsabilidad
social y han de realizar acciones en favor del mundo (no sólo
del más próximo).
Ser padres
“Sois los arcos mediante los cuales vuestros niños como flechas
vivientes, son disparados” (Khalil Gibran)
Por eso ser padres, supone saber educar, lo que se requiere es
amor, lógica, técnica, arte y conocimiento. No es fácil, pero no
es imposible.
Es un acto ininterrumpido, pues, para educar bien a los hijos,
hay que educar bien a los padres, es un gesto continuado de
generosidad, pues se debe amar sin intentar poseer.
Ser
padres es un alarde de optimismo, de confianza en los otros, de
conocimiento positivo de sí mismos. Es incentivar la libertad de
los pequeños, ejerciendo con responsabilidad la propia. Es
buscar ser, siendo, pensar y actuar en búsqueda de una mejoría
diaria.
Ser
padres es asumir que se educa en todo momento, más con los actos
que con la palabra, que la educación es el combustible del alma,
que se precisa autoeducarse en el altruismo, autocontrol y
autodisciplina, que hay que enriquecer la competencia emocional.
No
deseo en estas líneas dar unas píldoras pedagógicas, pues nada
se aprende realmente, si no se compromete la propia persona. Y
además lo importante –creo- no es aprender muchísimo, sino lo
útil, lo esencial, lo positivo, lo que le acerca a ser una mujer
o un hombre completo, es cierto que sólo a través de la
educación se alcanzan esas cotas emocionales y racionales, por
eso se precisa la disciplina, pues viene de «discere», aprender,
algo muy opuesto del erróneo «laissez-faire», dejar hacer.
Estaremos de acuerdo, en que un hombre es la sumativa de sus
actos, y coincidiremos con aquél Noble español del sigo XVII,
que puso en la inscripción de su escudo: «Mis hechos, no mis
abuelos, me han de llevar a los cielos».
Tenemos que erradicar las enfermedades biográficas, heredadas,
hemos de conformar el currículo de nuestros niños, con los
latidos de nuestro corazón, sabedores de que como dijo Montaigne,
«el niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que
es preciso encender». Es cierto, un niño, si posee los mínimos
puede llegar muy lejos, si le implantamos los medios, ¿no puede
volar una mosca a 10.000 m., si la introducimos en un avión?
Ahora bien, el joven, que no se dude, debe ser indócil y
rebelde, debe aprender «la parábola de la paloma que creía que
sin la resistencia del aire volaría con más libertad. Pero esa
resistencia es, precisamente, la que le mantiene en vuelo»
(Kant).
Resulta alegremente constatable que las familias hoy son más
democráticas y simétricas, en cuanto a ostentación de poder y
responsabilidad, buscan además una más pronta autonomía personal
de los hijos, no siempre conseguida.
Y sin embargo, en ocasiones se confunde la tolerancia con la
permisividad, hemos generado una sociedad de padres «light», que
no quieren asumir el rol de autoridad, que exigen del Estado una
adopción de un papel tuitivo y castrador de derechos.
Derechos para los niños, todos, pero educándoles en el respeto,
la autoresponsabilidad, habiéndoles motivado para el acceso
escolar, posibilitándoles la adquisición de los mínimos de
atención, escucha, que les facilite ulteriores adquisiciones.
No se olvide a lo largo de la vida, que científicamente hemos
constatado que la familia es la institución primaria de
socialización más reconocida por los jóvenes. Tan es así, que la
transmisión de valores educativos se queda en un diálogo de
sordos, cuando el joven no encuentra elementos adecuados para
adaptar a su realidad cotidiana esos valores que recibe. Y es
que al final, un maestro puede llegar a enseñar, pero se precisa
a un alumno que realice el difícil acto de aprender.
Algo importante falla. Si preguntamos a los niños, nos dirán que
no son suficientemente escuchados ni queridos. O llevan razón, o
les hemos enseñado sólo a exigir y reclamar.
Hemos de mostrar a los niños, nuestra entrega y que poseemos
debilidades humanas, inevitables y muy humanas.
Tenemos que transmitirles sin decirlo, la sensibilidad en carne
viva, conscientes de que sin amor todo chirría. La justicia es
vindicativa, la norma artrósica, la ayuda egoísta, la
disponibilidad ficticia, la inteligencia fría, la
responsabilidad estricta, la dignidad inalcanzable, la fe
fanática, la simpatía hipócrita, la sonrisa helada.
Tenemos que erradicar la patética falta del sentido del humor,
debemos rescatar y exaltar la cotidianidad como una parte de
nuestra vida, y en lo posible conversar con los antecesores,
antiguos griegos, que tanto sabían de práctica pedagógica.
Importante será lo que enseñemos, pero más el gusto que
transmitamos por aprender.
Y
en lo posible
«¡Castigar nunca! a tu niño nadie le debe castigar Nunca. Sería
un crimen, un holocausto. Nadie le debe castigar. Ni Dios lo
hace. A tu niño, se le puede reprender. Pero, sólo quien le
quiere tal como es, quien le quiere a fondo perdido. Tu niño
-semillero soterrado, roto bajo la nieve paradójica- aflora y
florece por tu pupila cálida». (Antonio Beristain)
En
conclusión, la relación de padres y madres, respecto a sus hijos
debe ser de amor y enseñanza a la par.
No
podemos, ni hemos de olvidar, que nacemos del amor físico y
emocional de las personas de sexo distinto, que ambas figuras
–paterna y materna- son esenciales para la más correcta
maduración psíquica, en cuanto a identificación de valores
sexuales.
Por eso, hay que educar que el sexo no es sólo contacto físico
–con serlo y muy grato- que hay y debe haber respeto y
sentimientos recíprocos.
La familia debe ser protegida por el Estado y específicamente a
quienes puedan tener hijos (familias heterosexuales), esta mayor
protección lo ha de ser, en cuanto es un derecho del más
vulnerable (el que nace). Hemos de distinguir entre familias y
parejas (sean, o no, de hecho).
Todo se aprende.
Por eso tenemos que aprender y posteriormente enseñar a
contemplar, a percibir la realidad.
Hay que transmitir el amor a la Tierra, como ama el recién
nacido el latido del corazón de su madre.
Hay
que inculcar a nuestros hijos, que el suelo que está bajo sus
pies tiene las cenizas de nuestros antepasados
Hay
que educar en el afecto, la tolerancia, la empatía, ésta es la
auténtica prevención y administrar capacidad para planificar,
para demorar los impulsos.
Hay
que enseñar a labrar el propio ser con amor, sembrándolo de
generosidad.
Hay
que transmitir una fundada sospecha de la perduración de las
cosas, algo con lo que convivimos, pues cuando se nos mueren los
nuestros, anticipamos nuestra propia muerte.
Hay
que domar el sentido de la vida, incluyendo un componente vital,
como es la espiritualidad y es que en muchas existencias humanas
se detecta el brote o la revolución mística.
En
todo caso el hombre debe trascender de sus limitaciones y
miserias, debe dar un sentido longitudinal pero también vertical
a su «nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse y morir».
Una
opción personal es la de formar parte de una religión,
recordando lo que dijo Mahatma Gandhi en sus cartas del ashram:
«las religiones son como caminos distintos que convergen en un
mismo punto. Qué importa que sigamos itinerarios distintos, si
llegamos a una misma meta».
Ciertamente la paz sólo puede empezar en los niños, pero a
algunos les enseñamos a ser mentirosos compulsivos, o mentirosos
de conveniencia, no nos referimos a la «mentirijilla», sino al
primar el propio interés sobre la verdad y es que ven esa
actitud a su alrededor. La mentira, en muchas ocasiones debe ser
más sancionada que la causa que la ha generado.
Las graves y continuadas faltas educativas, las vivencias
traumáticas, ocasionan que algunos niños deflecten emociones y
sentimientos. Otros jóvenes caen en la indefensión aprendida, la
cual aparece cuando la persona cree que los sucesos son
incontrolables, que no puede hacer nada para cambiarlos, pues no
influye sobre ellos.
Es natural que el trato que se dé a «los reyes de la casa» sea
de afecto, cariño, mimo, es comprensible que los abuelos estén
para «mal educar» a los nietos, pero tenemos que saber que entre
los objetivos de la educación es prioritario el formar para
vivir en sociedad y hacerlo democráticamente, sabiendo escuchar,
respetar.
Por eso el trato no puede ser entre algodones, sino desde el
niño autogobernado, autoposeído, mostrémosle sin miedo que les
enseñamos para que se emancipen, hagámoslo desde las cosas que
pudieran parecer intrascendentes como la asignación económica,
formémosles para que sean responsables ante la toma de
decisiones, lo que conllevará su posicionamiento ante la oferta
de drogas o su opción para mantener relaciones sexuales.
Y
cuando decimos que deseamos familias democráticas, nos referimos
a la sumativa de individuos que respetan la intimidad del otro,
sea o no niño, claro que hay que saber con quién va, qué le
interesa, en qué riesgos puede incluirse pero eso no da licencia
para abrir su correspondencia, revisar sus cajones...
A
los niños tenemos que intentar enseñarles, la verdad de la vida,
las verdades, las utopías, tenemos que mostrarles su capacidad
para llevar su vida, en sus propios brazos, no debemos
colocarlos ante los acontecimientos sin capacidad de crítica, de
iniciativa, no podemos sentarlos ante una televisión que enseña
a los niños, que les «muestra» pasivamente sin participación ni
esfuerzo, sin diferenciación de estadios, rompiendo el
tradicional currículum escolar e impidiendo o dificultando la
motivación por lo desconocido, el esfuerzo por aprender mediante
la explicación, el estudio, la lectura (algo más costoso que
ponerse a ver la TV).
Al fin y no se entienda como cursi, o «pastelito», transmitamos
la idea de Rabindranath Tagore:
«Yo dormía y
soñaba que la vida era alegría.
Desperté y vi que la vida era
servicio.
Serví y vi que el servicio era alegría».
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