EDUCAR EN EL RESPETO

 

De un articulo firmado por un miembro de un

Centro de Orientación Familiar

 

Cada vez se hace más necesario crear una cultura de la familia y un nuevo humanismo que sean capaces de promover los valores de la persona. Uno de estos valores básicos es el respeto al otro. El hombre hoy, merced a la técnica y a la ciencia, pretende controlarlo todo. De igual modo, los gobiernos de las naciones pretenden dominarlo todo. Las mismas ideologías que levantan barreras cada vez más irreconciliables, van haciéndonos insolidarios, dominantes, agresivos. El siglo de la libertad ha llegado a convertirse en el siglo del control del hombre. La tentación del hombre y de la mujer de hoy es convertirse en centro en torno al cual gira todo lo demás. Es la gran tentación del poder.
 

En todos los tiempos las generaciones adultas han acusado a los jóvenes de que pierden el respeto. «Se está perdiendo el respeto», «estos jóvenes no respetan nada». Es un reproche, una crítica que escuchamos continuamente. Uno se pregunta si no será porque a los adultos, en el fondo, nos cuesta ceder nuestro puesto y las tensiones que esto crea, las generalizamos en acusaciones contra las nuevas generaciones. El respeto se debe a todos. Aunque no siempre es sencillo respetar al otro y menos cuando hay una diferencia de edad, de cultura, de modo de pensar, etc...


Por otra parte, cada persona es muy sensible al respeto que se le debe: nos molesta que se nos levante la voz, que se nos mande, que se nos corrija, que se nos imponga el mínimo cambio, y fácilmente nos sentimos heridos, maltratados, olvidados, desplazados... curiosamente, somos mucho menos sensibles hacia el respeto que debemos a los demás y, con facilidad, encontramos excusas para justificarnos. Sabemos perfectamente lo que los demás deberían hacer, nosotros hacemos muy poco.


El respeto al otro no puede ser absorbente. Con frecuencia, en las familias se dan fenómenos de monopolio y sobreprotección en los que se ve al otro como propiedad privada, impidiéndole desarrollar su propio yo. Así, más de una vez la falta de respeto de los hijos es la consecuencia de la falta de respeto de los padres hacia ellos. Hay padres que son enormemente posesivos con sus hijos y quieren hacerles ser de modo qué respondan a sus expectativas, a sus esperanzas. «Mi hijo me ha decepcionado», oímos decir a muchos padres cuando descubren que no es lo que ellos hubieran querido que fuera. Es difícil de reconocer, pero es una realidad. En general, los padres y educadores nos consideramos perfectos y con derecho a todo. Un ejemplo de ello es esa frase que se suele emplear corno argumento definitivo: "soy su padre".


El respeto se suele minimizar con facilidad reduciéndolo a las categorías de cortesía, de buena educación, de adaptación a los hábitos externos como el saludo, el apretón de manos, los abrazos, los besos, etc. No negamos valor a estas categorías, pero hemos de reconocer que son el fruto de algo más profundo y esencial. Un hijo que es respetado, que vive en un clima de respeto en el que al otro se le deja ser lo que es, aprende como natural el respeto al otro. Lo aprende en lo esencial, en el dejar ser, como consecuencia y sin esfuerzo en los detalles, en las formas externas.


Se cree también equivocadamente que el respeto es algo que se enseña, que se impone desde fuera hasta convertirse, en hábito. Esta creencia la recoge esa otra queja que se escucha con frecuencia: "Hoy en día, en los centros educativos a los niños no se les enseña el respeto, ni las normas elementales". Hemos de decir que educar en en el respeto no es una asignatura para que los niños aprendan sino una actitud desde la que se educa. Dicho de un modo más concreto: cuando los padres de familia viven en un clima de profundo respeto e1 uno hacia el otro, y ambos hacia los hijos, se van haciendo personas y, por ser personas, a su vez van creciendo en el respeto al otro. El respeto no es una asignatura más en el abanico formidable la educación. Es una condición sin la que es imposible educar. O se educa desde el respeto, o no se educa.
 

El respeto al otro, al ser del otro, a la 'otroidad', como ha venido a llamarse a esa calidad por la que cada ser personal se presenta como un 'otro distinto', separado, es un valor fundamental en la educación pero difícil, muy sutil y al que, sin querer, damos la vuelta porque estamos muy poco hechos a reflexionar sobre él, y menos a vivirlo.
Tenemos por delante un nuevo año en el que quizá convenga recordar, más de una vez, que solamente desde una actitud de servicio, de interés por dejar ser al otro lo que es, se aprende el respeto al otro.
 

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