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PLEGARIA EUCARISTICA - II
En verdad, Padre bueno, nuestro corazón está lleno de agradecimiento. Tú nos amas tanto, que has hecho para nosotros este mundo inmenso y maravilloso.
Nos has dado a tu Hijo, Jesús, para que él nos acompañe hasta ti. Y mientras tanto, nos reúnes con él como a los hijos de una misma familia.
Por ese amor tan grande queremos darte gracias y cantarte con los ángeles y los santos que te adoran en el cielo: Santo, Santo, Santo...
Dios y Padre nuestro, bendito sea Jesús, tu enviado, el amigo de los pobres, de los enfermos y de los sencillos
El vino para enseñarnos cómo debemos amarte a ti y amarnos los unos a los otros.
El vino para arrancar de nuestros corazones el mal que nos impide ser amigos y el odio que no nos deja ser felices.
El ha prometido que su Espíritu Santo estará siempre con nosotros para que vivamos como verdaderos hijos tuyos.
A ti, Dios y Padre nuestro, te pedimos que nos envíes tu Espíritu, para que este pan y este vino sean el Cuerpo + y la Sangre de Jesús, nuestro Señor.
El mismo, poco antes de morir, nos dio la prueba de tu amor. Cuando estaba sentado a la mesa con sus discípulos, tomó pan, te dio gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo:
Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros.
Después, tomó el cáliz lleno de vino y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía.
Por eso, Padre bueno, recordamos ahora la muerte y resurrección de Jesús. El se ha puesto en nuestras manos para que te lo ofrezcamos como ofrenda nuestra y junto con él nos ofrezcamos a ti.
Escúchanos, Señor y Dios nuestro; danos tu Espíritu de amor a los que participamos en esta comida, para que vivamos cada día más unidos en la Iglesia, con el Papa N., con nuestro Obispo N., y todos los que trabajan por tu pueblo.
No te olvides de las personas que amamos ni de aquellas a las que debiéramos querer más.
Acuérdate también de los que ya murieron N., N. y recíbelos con amor en tu casa del cielo.
Y un día, reúnenos cerca de ti con María, Madre de Dios y Madre nuestra, para celebrar en tu reino la gran fiesta del cielo.
Por Cristo, con él y en él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. AMEN. |