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Introducción general
Vamos a comenzar prestando
atención a la palabra de Dios en la celebración litúrgica a lo largo del
año, como fuente de vida cristiana, después examinaremos, brevemente, la
estructura de los leccionarios litúrgicos.
1. Presencia viva de Cristo
en la Palabra y en la acción litúrgica
A lo largo del año litúrgico
celebramos el misterio de Cristo, es decir, la salvación que Dios brinda
al hombre por medio de su Hijo Cristo Jesús, hecho hombre, muerto y
resucitado "por nosotros y por nuestra salvación", según la formulación
paulina que pasó al credo o profesión de fe.
"En la liturgia Dios habla
a su pueblo; Cristo sigue anunciando el evangelio. Y el pueblo responde a
Dios con el canto y la oración".
Hay que valorar en todo su
alcance el tiempo presente de estos verbos: Dios "habla" y Cristo
"sigue anunciando". Por eso añade el concilio Vaticano II: "Para
realizar una obra tan grande (la salvación), Cristo está presente a su
Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica..., en los sacramentos..., y en
su Palabra, pues cuando en la Iglesia se lee la sagrada Escritura, es él
quien habla".
De aquí se concluye una
presencia de Cristo al mismo nivel, aunque por título distinto, que su
presencia substancial bajo las especies eucarísticas. El papa Pablo VI
volvió a afirmar la realidad de estas formas de presencia de Cristo en su
encíclica Mysterium fidei.
Por esta razón "la Iglesia
siempre ha venerado la sagrada Escritura como lo ha hecho con el cuerpo de
Cristo; pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar
y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de
Dios y del cuerpo de Cristo" Según esto, el "Pan de Vida" se
refiere tanto a la Palabra inspirada como al Cuerpo del Señor. Ambos se
nos sirven en la única mesa de la Eucaristía.
La Iglesia honra, pues, con
una misma veneración, aunque no con el mismo culto, la Palabra de Dios y
el misterio eucarístico; y quiere que siempre y en todas partes se imite
este proceder, ya que, movida por el ejemplo de su Señor, nunca ha dejado
de celebrar el misterio pascual de Cristo, reuniéndose para leer "lo que
se refiere a él en toda la Escritura" y ejerciendo la obra de salvación
por medio del memorial del Señor y de los sacramentos.
Es muy estrecha la relación
existente entre la palabra y el rito, entre la palabra de Dios (lecturas
bíblicas y homilía) y el misterio eucarístico, hasta constituir las dos
partes de la misa -liturgia de la palabra y acción eucarística- un solo
acto de culto. Lo que la palabra de Dios proclama, es decir, la salvación
por la alianza de Dios con el hombre mediante su propio Hijo, se realiza
sacramental y verdaderamente en la acción eucarística.
2. Un diálogo de vida y
salvación
La forma en que el mismo Jesús
de Nazaret, en la primera mañana de pascua, propuso el mensaje pascual a
los dos discípulos de Emaús, se ha convertido en norma para la comunidad
eclesial: "Comenzando por Moisés y continuando por todos los profetas, les
fue declarando cuanto se refería a él en toda la Escritura". Esto nos
avisa de que para comprender el significado del Antiguo Testamento, hay
que leerlo a la luz de la plena revelación del misterio de Cristo
resucitado.
Como dijo san Agustín, en el
Antiguo Testamento está latente el Nuevo, y en el Nuevo Testamento se hace
patente el Antiguo.
Cristo es el centro y plenitud
de ambos, es decir, de toda la Escritura, y también de toda celebración
litúrgica; por eso, han de beber de estas dos fuentes, palabra y
sacramento, todos los que buscan la salvación y la vida.
Es en la constitución
conciliar Dei Verbum donde se propone con mayor riqueza de datos y matices
la presencia viva y eficaz de Cristo en la palabra inspirada: "Los
escritos de los santos Padres atestiguan la presencia viva de esta
tradición, cuya riqueza va pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia
que cree y ora...
Así Dios, que habló en otros
tiempos, sigue conversando siempre con su pueblo; así el Espíritu Santo,
por quien la voz viva del evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en
el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace
que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo".
En la acción litúrgica tiene
lugar un diálogo personal de Dios con su pueblo, la Iglesia; por eso la
liturgia constituye un momento privilegiado de actualización y vivencia de
la revelación. Ese diálogo es además un acto que transmite vida,
salvación, fuerza y amor gratuito de Dios, a quien el creyente escucha y
acepta en la fe de la Iglesia; es también un acto humano, pues está
sometido, como no puede ser menos, a las leyes del lenguaje del
destinatario, es decir, del hombre; y es, finalmente, un diálogo dinámico
y progresivo, porque "la tradición apostólica va creciendo en la Iglesia
con la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión de las
palabras y realidades transmitidas cuando los fieles las contemplan y
estudian repasándolas en su corazón, cuando comprenden internamente los
misterios".
Cuanto más profunda es la
comprensión de la celebración litúrgica, más alta es la estima de la
Palabra de Dios por el creyente. Y viceversa: cuanto mejor se comprende la
Palabra, más se estima y se vive la liturgia. Pues tanto la celebración
litúrgica como la Palabra de Dios conmemoran y actualizan el misterio de
Cristo, perpetuándolo cada una a su manera.
3. Los leccionarios
litúrgicos, una respuesta pastoral
Pues bien, para poner al
alcance de los fieles los tesoros de la sagrada Escritura la comisión para
la reforma litúrgica que siguió al concilio Vaticano II, después de una
amplia consulta eclesial, preparó los diversos leccionarios del misal
romano para la liturgia de la Palabra o primera parte de la misa. En la
elaboración de los mismos se planteaba elegir entre tres opciones:
1) una selección "pastoral" de
las lecturas bíblicas;
2) una selección "temática" de
las mismas; y
3) una selección "opcional"
del celebrante o de la misma comunidad.
La Iglesia prefirió la primera
opción, es decir, una respuesta pastoral. Y el motivo fundamental que
subyace en esta decisión es ofrecer a la comunidad cristiana una visión lo
más completa posible de la revelación de Dios a lo largo de toda la
historia de la salvación. Así también se evitan visiones particularistas,
enfoques limitados y "manipulaciones" encubiertas de la Palabra de Dios.
No obstante, la legislación actual permite una flexibilidad que es
suficiente para atender casos especiales mediante la elección de lecturas
ocasionales por razones pastorales.
El resultado de la gran
variedad de leccionarios: dominical, ferial, de los sacramentos, de los
santos, para misas con niños, para misas votivas y circunstancias
diversas, etc., es un material bíblico mucho más abundante que el de la
tradición romana anterior. Así se cumplía el deseo del concilio Vaticano
II: "A fin de que la mesa de la Palabra de Dios se prepare con más
abundancia para los fieles, ábranse con mayor amplitud los tesoros de la
Biblia, de modo que en un período determinado de años se lean al pueblo
las partes más significativas de la sagrada Escritura".
Así también se hizo justicia a
las legítimas aspiraciones surgidas en la Iglesia en la segunda mitad del
siglo XX, como fruto maduro de estos tres movimientos: el bíblico, el
litúrgico y el ecuménico, que pedían se llevara a los fieles a un contacto
más rico, más directo y más profundo con la Palabra de Dios, pues en ella
encuentra el pueblo cristiano una fuente perenne de vida.
Como expresaba el papa Pablo
VI en la Constitución apostólica Missale romanum, al promulgar el misal
romano reformado por mandato conciliar, "la nueva ordenación del misal
permitirá a todos, sacerdotes y fieles, alimentarse cada día más y con
mayor abundancia de la Palabra de Dios. De aquí se seguirá que, según los
deseos del concilio Vaticano II, la Escritura constituya una fuente
perenne de vida espiritual, un instrumento de incomparable valor para la
enseñanza de la doctrina cristiana y, finalmente, un compendio sustancial
de formación teológica".
Aunque, de por sí, la acción
litúrgica no es una forma concreta y directa de catequesis, no obstante,
incluye también un carácter didáctico que se expresa suficientemente en
los leccionarios del misal romano. Con razón pueden ser considerados éstos
como un instrumento apto para la catequesis y la evangelización del pueblo
de Dios, convocado en la fe para el culto.
4. Estructura de los
leccionarios
El criterio pastoral de
presentar a la asamblea cristiana los pasajes principales del Antiguo y
del Nuevo Testamento y una selección variada y abundante de las partes más
relevantes de la Palabra de Dios, como hemos dicho, determinó la creación
de un ciclo trienal para los domingos y fiestas, y otro ciclo bianual para
el leccionario ferial. Ninguna de las dos series de leccionarios,
dominical-festiva y ferial, depende la una de la otra, sino que la
ordenación dominical-festiva de las lecturas procede con independencia de
la ordenación ferial, y viceversa.
Dentro del leccionario ferial
se distinguieron dos secciones mayores que vienen a constituir sendos
leccionarios. Uno es el de los llamados «tiempos fuertes" por su marcada
personalidad litúrgica: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua. El otro lo
integran las treinta y cuatro semanas del tiempo ordinario que corre
durante el año. En ambos leccionarios las lecturas son tan sólo dos, y no
tres como en los domingos y días festivos.
Para el leccionario de los
tiempos fuertes se señalan los libros bíblicos que la tradición litúrgica
consideró siempre más propios del espíritu de esos tiempos, por ejemplo el
profeta Isaías y el evangelio de la infancia según Mateo y Lucas para el
tiempo de Adviento y Navidad, y los Hechos de los Apóstoles y el evangelio
de Juan para el tiempo de Pascua.
Asimismo en la Cuaresma las
lecturas se ordenan teniendo en cuenta el carácter peculiar de este
tiempo, es decir, su impronta bautismal y penitencial. Este leccionario
ferial de los tiempos fuertes tiene un solo ciclo, pero la primera lectura
y el evangelio están en perfecta relación (incluso el salmo responsorial
en la mayoría de los días).
Para el leccionario del tiempo
ordinario se reservó el resto de la Escritura que, a modo de lectura
continua, se va leyendo en la primera lectura con un ciclo alterno de dos
años: pares e impares; siendo igual para ambos años la lectura evangélica.
Esto determina que no haya coincidencia temática entre las dos lecturas de
diario en el tiempo durante el año.
En el leccionario dominical y
festivo se restauró la antigua tradición romana de las tres lecturas:
primera, tomada del Antiguo Testamento; segunda, de los escritos
apostólicos; y tercera, de los Evangelios.
En la selección de la lectura
viejo-testamentaria se buscaron pasajes de coincidencia temática con la
lectura evangélica correspondiente; y para la segunda y la tercera
lecturas se estableció una trayectoria de lectura semi-continua. Por
ejemplo, para la lectura evangélica, se sigue el evangelio de Mateo en el
año "A", el de Marcos en el "B" y el de Lucas en el "C".
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