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Los
textos elegidos para esta reflexión evocan la vida pública de Jesús, el Mesías.
Quieren mostrarnos cuál es la naturaleza y el significado del ministerio mesiánico
que Jesús desplegó en su vida pública. Y nos ofrecen algunos rasgos de este
ministerio. Vamos a aproximarnos a ellos. No por un simple sentimiento de
curiosidad contemplativa. A los creyentes de hoy nos importa mucho saber cómo
entendió Jesús su misión de Mesías y como la vivió. Porque a nosotros nos
corresponde prolongar y actualizar en nuestra vida concreta la tarea mesiánica
de Jesús.
La
palabra mesianismo tiene mala prensa. Cuando decimos que alguien es mesiánico,
pensamos en un iluminado fanático, que se cree superior a todos, investido de
una misión histórica y dispuesto a utilizar cualquier medio para realizarla.
No es así el Mesías de Dios. Es ilustrativo que al retratar al Mesías, la liturgia de hoy, traiga a colación uno de los textos del Antiguo Testamento que nos describen al Siervo de Jahvé esperado por Israel.
El Siervo de Jahvé sería un personaje fiel y dócil y entregado a Dios, tendría la misión de aproximar el pueblo pecador y rebelde de Israel a Jahvé su Dios.
Más aún: se esperaba de él que acercara al Señor
a todos los pueblos de la tierra. Pero el Siervo no iba a hacerlo de manera
fulgurante y violenta, sino mansa, humilde, paciente y pacífica. No iba a
forzar, sino a invitar. Como todo pacificador saldría trasquilado. Caería
sobre él la ira y el desprecio de la gente. Dios, mismo parecería que, en vez
de intervenir milagrosamente, le abandonaría. Pero no: Dios estaba con él. Sus
sufrimientos no serían inútiles. Dios tendría muy en cuenta el amor manso y
abnegado de este siervo para atraer a sí a todas las naciones de la tierra.
Jesús
en su vida pública se identificó con este riquísimo personaje del Antiguo
Testamento. Concibió y vivió su misión mesiánica en términos de Siervo de
Jahvé. El se sintió el Siervo de Jahvé. Quienes tenemos el encargo de
prolongar al Mesías en nuestra vida (y este encargo afecta a todos los
cristianos) hemos de saber que nos va a pasar lo que a Jesús Siervo de Jahvé.
Hemos de adoptar las mismas actitudes y comportamientos de Jesús Siervo de
Jahvé.
Si queremos reproducir nuestra vocación mesiánica, la primera condición será la paciencia. La misión de padre de familia, la tarea profesional, la responsabilidad de un concejal o la de un sacerdote, la de un catequista o la de un voluntario de Cáritas, la de un educador necesitarán una buena dosis de paciencia.
Las cosas avanzan poco y a veces lo hacen
imperceptiblemente. Como
el Siervo de Jahvé, como Jesús, tendremos que ejercitar la paciencia.
Tendremos que controlar nuestras impaciencias. Tendremos que ser mansos con las
personas que obstaculizan la mejora de la realidad.
La segunda condición necesaria para reproducir el mesianismo de Jesús es el sufrimiento en nuestra propia carne. Ningún alumbramiento es indoloro. Lo propio del Mesías no es la violencia que hace sufrir a los demás. Su vocación consiste en sufrir de parte de los demás.
Si quieres mejorar las cosas
encontraremos gente que se opongan, heriremos intereses o costumbres.
Interpretarán mal nuestras actividades e intenciones. Nos llamarán
protagonistas, dictadores, fanáticos, hipócritas o aprovechados. Nadie educa
sin sufrir. Nadie transforma sin sufrir. Aprender a sufrir mansamente sin agresividad ni resentimiento es propio
de los seguidores del Mesías.
La
tercera condición de los que deseamos prolongar la misión mesiánica de Jesús
es una cierta soledad, incluso
por parte de Dios.
Pero hay una cuarta condición que no falla nunca. Dios está presente en nuestra vida y trabajo a través de su Espíritu.
El
Bautista vio cómo el Espíritu Santo descendía sobre Jesús en el Bautismo, lo
impregnaba "hasta los bronquios" y lo conducía. Esto nos sucede también
a los que en nombre de Jesús queremos prestar un servicio en la familia, en la
parroquia, en la sociedad. Aquellos creyentes, que están animados por estos
nobles ideales saben que es verdad lo que digo: el
consuelo, la fuerza, la proximidad del Espíritu es una vivencia que ellos
conocen bien.
Los candidatos a ministros extraordinarios de la Eucaristía deberían vivamente reflejar estas cuatro características hasta el punto de que fueran carne de vuestra carne y sangre de vuestra sangre.
El ministerio que recibís como encargo de la Iglesia es una participación en la misión mesiánica de Jesucristo. La Iglesia os confía lo más precioso que tiene: la Eucaristía. La distribuiréis en el templo y la llevaréis a los enfermos. "Tratadmelo bien: es Hijo de buen Padre" decía San Juan de Ávila a los sacerdotes.
Hacedlo también vosotros así. Dad
testimonio con vuestra conducta de que vuestras manos no son indignas de
realizar este servicio. Que la comunidad se acerque confiadamente a vosotros a
la hora de comulgar o de pedir la comunión para un enfermo de su casa.
Este
compromiso que asumís afiance en todos el deseo de colaborar con el Mesías
y, especialmente en vosotros, la disposición a servir a la comunidad el
alimento del Cuerpo y la Sangre del Señor y el testimonio de vuestra entrega
abnegada.
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Is. 49, 3- 5- 6
Me
dijo: "Tú eres mi siervo, Israel, y
estoy orgulloso de ti".
Escuchad
ahora lo que dice el Señor, que ya en el vientre me formó como siervo suyo,
para que le trajese a Jacob y le congregase a Israel. Yo soy valioso para el Señor, y en Dios se halla mi fuerza.
Él
dice: "No sólo eres mi siervo para
restablecer las tribus de Jacob y traer a los supervivientes de Israel, sino que
te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue hasta los
confines de la tierra".
Jn. 1, 29-34
Al
día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo:
Y
Juan prosiguió:
He visto que el Espíritu bajaba del cielo como una
paloma y permanecía sobre él. Ni yo mismo sabía quién era, pero el que me
envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel
sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre él, ése es quien ha
de bautizar con Espíritu Santo". Y puesto que lo he visto, testifico
que éste es el Hijo de Dios." ______________________________________ |