LA FE EN CRISTO RESUCITADO

Homilía para un funeral

 

Queridos amigos:

 

Lo que nos reúne hoy aquí no es sólo la muerte de un ser querido, sino la fe en CRISTO RESUCITADO. Vamos a celebrar una Eucaristía, una acción de gracias a Dios que un día creó la vida de N... y hoy la ha acogido en su seno.

 

Vamos a comenzar pidiendo perdón por nuestros pecados. Vamos a pedir para N... para todos nosotros el perdón, la paz y la salvación.

 

Nadie sabe cómo tratar a la muerte. Qué decir ante ella. Lo único que se nos ocurre a los hombres de hoy es ignorarla. No hablar de ella. No pronunciar el nombre de las enfermedades que son incurables. No nos atrevemos a mirar la vida hasta el fondo.

 

Preferimos vivir intensamente. Vivir al día. Trabajar, luchar, disfrutar, asegurar nuestro futuro y el de nuestros hijos... Pero, en el fondo, sabemos que no estamos asegurando nada de manera definitiva.

 

Sabemos que la muerte está ahí. Que tarde o temprano va entrando en todos nuestros hogares y nos va arrancando a los seres más queridos. Que está cada día más cerca de cada uno de nosotros. Y entonces hay algo que se nos rebela desde muy dentro. ¿Por qué? ¿Por qué hay que envejecer? ¿Por qué hay que morir? Si desde lo más íntimo de nuestro ser sentimos que estamos hechos para vivir, para gozar, para disfrutar...

 

Entonces nos invade por dentro una tristeza grande. Y sentimos impotencia y pena. La vida debería ser distinta para todos. Más hermosa, más feliz, más segura, más gozosa, más larga... En el fondo, todos estamos anhelando una vida feliz y eterna.

 

Por eso, la muerte nos desconcierta, nos rompe. Y nos obliga a recordar esa pregunta que está latente en el fondo de nuestros ser: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? ¿En qué van a quedar todos nuestros esfuerzos y trabajos, nuestras luchas y aspiraciones, nuestros anhelos y esperanzas?

 

Yo comprendo a los que, entre nosotros, dicen que han perdido la fe y piensan que ya es hora de aprender a vivir sin Dios. Les comprendo porque quizás mirándonos a los que nos decimos creyentes, no pueden descubrir toda la alegría, la fuerza y la esperanza que Dios puede infundir al que se enfrenta a la vida desde la fe. Pero qué diferente, qué triste debe ser tener que morirse sin esperar nada, sin poder confiar ya en nadie, sin tener a nadie que nos acoja.

 

N... ha sido creyente. Yo he podido conocer su fe a lo largo de todos estos años. También ella había nacido para vivir y disfruta y, sin embargo, desde su juventud se vio atada a una dura enfermedad. Le hubiera gustado moverse, ser libre, conocer mundo... y durante largos años no ha podido levantarse de su sillón. Y en medio de todo eso, N... no ha perdido la fe y la confianza en Dios.

 

N... rezaba, hablaba con Dios, se confiaba a El. No comprendía por qué su vida tenía que ser diferente, más dura, más difícil... Pero no se recelaba ni desesperaba. Una y otra vez, buscaba fuerza interior, fortaleza, paz... en su encuentro con Dios.

 

Así ha vivido hasta el final. Hace unos días le dije claramente que su vida aquí se terminaba Me miró con una mirada especial, penetrante... Luego miró largamente un crucifijo y una imagen de Cristo resucitado que tenía enfrente y me dijo: "Tengo paz... Dios sabrá" Luego, juntos, dimos gracias a todos por todo lo bueno que había habido en su vida. Repetía unas invocaciones sencillas que había aprendido de D. Wenceslao y que ha repetido tantas veces: "Jesús, no seas mi Juez sino mi Salvador". Su única pena era hacer sufrir a los que le rodeaban y en especial a sus padres.

 

Queridos amigos, nosotros no podemos darnos a nosotros mismos todo lo que andamos buscando. Necesitamos de Dios. Y se nos olvida que Dios es el mejor amigo que tenemos los hombres, lo mejor que tenemos.

 

Dios comprende nuestros deseos de vivir y está dispuesto a llenar para siempre nuestra sed de felicidad, por encima de todo, incluso, por encima de la muerte. Dios nos comprende y nos ama como no nos comprende ni nos ama nadie, Dios ha comprendido a N... como ninguno de nosotros la hemos podido comprender. Dios quiere ahora a N... como ninguno de nosotros la podemos querer. Tenemos un Padre en el que un día encontraremos la felicidad que andamos buscando.

 

Nuestra vida no es un pequeño paréntesis entre dos nadas, dos vacíos. La vida de N... no es solo esos años que hemos conocido nosotros. En Cristo resucitado nosotros hemos descubierto que la Vida es mucho más que esta vida.

 

Yo no sé si todos los que estamos reunidos hoy aquí, vivimos animados por esa fe. La fe se nos está quedando, a veces, ahí arrinconada en algún lugar de nuestra alma, como algo poco importante, poco interesante, que no merece mucho la pena preocupamos de ella.

 

Si en este momento nos damos cuenta de que nuestra fe es muy pequeña y débil, de que ya no acertamos a creer, éste puede ser el momento de ser sinceros y empezar por pedir fe a ese Dios al que, quizás sentimos tan lejano. Un hombre, una mujer que desea sinceramente creer, es ya, ante Dios, un creyente.

 

Vamos a pedir a Dios que acoja a N... con su ternura y bondad infinita. Que Dios la haga disfrutar del gozo, el descanso y la plenitud que en esta vida no ha podido gozar. Que Dios llene su corazón de una alegría eterna y le sorprenda con una felicidad que ni ella ni nosotros podemos sospechar.

 

 

 

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