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A partir de la Edad Media
Es la época
de las edificaciones romanas y góticas. Estamos en el momento en que el
pueblo, que ya no comprende la lengua de la celebración, va perdiendo la
vivencia de las realidades más estrictamente cristianas y, por ello, la
vida cristiana va pareciéndose cada vez más a la de la religiosidad
natural. Las celebraciones dejan de ser acción del pueblo y se
convierten progresivamente en un solemne espectáculo en el que sólo
actúan los ministros.
Como
consecuencia, el lugar de la celebración deja su carácter de ser la casa
de la comunidad para convertirse en templo cristiano, monumento elevado
a la gloria de Dios. El maravillosos arte de estos edificios no nos
puede deslumbrar como si en ellos tuviésemos el dechado de lo que debe
ser el edificio para la comunidad. Son admirables por su arte, pero un
desastre como casa de la comunidad.
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Parte lateral y ábside de la catedral de
Spira /Alemania). Siglo Xl. Como dato curioso, en esta
catedral se celebró una asamblea, llamada Dieta, el año
1529, donde se prohibió hacer propaganda de los
luteranos en los Estados católicos de Alemania.
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Época anterior a la reforma
Después de
la Edad Media los edificios cristianos van cambiando de estilo conforme
al nacimiento de los diversos estilos arquitectónicos de las épocas.
Pero la ideología de la Edad Media (monumento elevado a la gloria de
Dios) no varía. Por ello, los lugares de culto continúan apareciendo
como templos, nunca como lugares de reunión.
En parte es
natural, ya que la asamblea que se reúne en ella ya no vivía el sentido
de participar activamente en la liturgia. Por otro lado, esta
participación no podía lograrse, si la lengua de la celebración era
ininteligible. Y, mientras el edificio material siga siendo para gloria
de Dios y no para la reunión y participación, difícilmente los fieles
lograrán una auténtica participación. Es la pescadilla que se muerde la
cola.
Hoy, con la
reforma litúrgica, ha llegado el momento: la participación activa de los
fieles empieza a ser común por todas partes. Ello exige,
consiguientemente, que las iglesias recuperen su contexto de lugar de
asamblea. Quizá el que no progrese suficientemente la participación del
pueblo sea en parte debido a que nuestros edificios cristianos aún están
dispuestos a manera de templo o sala de espectáculos. Por ello, es
urgente revisar este extremo, y reformar la disposición del lugar que
ocupan los fieles de acuerdo con lo que nos muestra la revelación
cristiana.
Conclusión
"El edificio
destinado a las celebraciones litúrgicas, como lo exige su naturaleza, debe
ser hermoso, con una noble arquitectura, proporcionada al espacio
circundante y a las necesidades de la comunidad. Ha de ser auténtico símbolo
y signo de las realidades sobrenaturales, en el que todo resplandezca por la
cuidada limpieza, la sencillez y el arte. La idiosincrasia y la tradición de
cada lugar aconsejarán qué elementos habrán de emplearse y cómo habrán de
disponerse para sugerir al Pueblo de Dios el significado de la Iglesia.
Se debe dedicar
una atención especial al espacio interior, que debe servir para reunir la
comunidad local en un ambiente que facilite el desarrollo normal de la
liturgia y de la oración personal. La disposición general del edificio debe
ser como una imagen de la asamblea eclesial, que permita un proporcionado
orden de las diferentes funciones litúrgicas y que favorezca el ejercicio de
todos los ministerios.
Es muy
conveniente disponer de espacio de tránsito desde la calle (pórtico) que
permita saludarse antes o después de las celebraciones. Estos recintos
favorecen las condiciones psicológicas necesarias para crear un clima de
comunidad' (Directorio sobre el lugar de la celebración, PPC, 125).
TRES LUGARES ESPECÍFICOS EN EL PRESBITERIO
Una vez
analizado el lugar para la asamblea miraremos el lugar para los distintos
ritos que se celebran y para sus ministerios.
Lo que cada uno
aprecia en casa es sobre todo su aspecto practico, la organización de sus
espacios en función de las diversas actividades de la vida, comer, trabajar,
descansar, dormir, etc. Normalmente, a cada tipo de acción corresponde un
lugar.
Al entrar en un
edificio, desde la primera ojeada se sabe qué es lo que se hace allí: una
vivienda, como un local administrativo, etc.
Pero, al mismo
tiempo, una casa, un apartamento, dicen algo de la persona o de la familia
que allí vive, por su distribución, por su estilo, por su decoración, etc.
En otras palabras, ver el sitio en donde uno vive es captar algo de su
personalidad.
Esto ocurre en
la iglesia. Una vez dentro lo primero que debe sentir el que entra es que es
un lugar de reunión, pero que allí se hacen diversas actividades. Vamos a
fijarnos sólo en tres de estas actividades o ritos: la mesa-altar, el ambón
y la sede de la presidencia. En cada uno de ellos haremos un breve recorrido
por la historia, su significado y las disposiciones prácticas.
Aquí se propone
una estructura del presbiterio. No es la única forma, pero propone colocar
el altar en el centro, ya que es el centro de la celebración. En la última
página de este capítulo proponemos más formas.
LA MESA - ALTAR
El altar en la historia
La historia nos
enseña cómo nace el altar, cómo evoluciona, cómo, en ciertos momentos, se
degrada o, en otras épocas, se restaura su verdadera naturaleza. Así la
historia nos ayuda a descubrir cuál es la más genuina naturaleza de la mesa
eucarística, para dar al altar su forma más funcional y adecuada.
En la época
primitiva el altar fue simplemente una mesa. Ello vale tanto para la época
apostólica como para el cristianismo de los primeros siglos. Basta recordar
la última cena de Jesús. San Pablo lo llama la mesa del Señor (1 Co 10, 21).
Los motivos que
influyeron en el cambio fueron éstos:
Después del edicto de Milán, la vida de la Iglesia toma nuevos aires. En
Roma, el paganismo va muriendo con sus templos y altares. Una vez que
ocurre esto, ya no son peligro de equívoco los templos y los altares
paganos. Entonces, la mesa del Señor empieza a tomar la forma externa de
altar. Ya no existe el peligro de tomar la mesa como altar de sacrificio
pagano. Así, se va pasando de la antigua mesa del Señor al altar
propiamente dicho, construido casi siempre de piedra.
Comenzaron a construirse las grandes basílicas de piedra. Con esta
arquitectura ensamblaba mejor un altar fijo de piedra que un pequeño
mueble de madera. Además, algunas aras (altares) paganas fueron
convertidas en altares cristianos.
Una vez que tenemos El altar de piedra se piensa en la idea de que
Cristo es la piedra angular. Él mismo lo dijo (Mt 21, 42. 1 Co 10, 4;
cf. 1 Pe 2, 4-8). El es la piedra angular sobre la cual debe edificarse
el templo espiritual de los fieles. "El altar es de piedra, porque
significa a Cristo, que es nuestro fundamento y nuestra piedra angular"
(Simón, obispo de Tesalónica).
Más tarde, a Cristo y a su sacrificio (al altar que es Cristo) se
asocian las muertes (sacrificios) de los mártires y el altar se
convirtió en sepulcro de mártires. Al principio, se celebró la
Eucaristía cerca de los sepulcros de los mártires; después, se
construyeron altares sobre sus sepulcros y, finalmente, se colocaron en
el altar sus cuerpos.
En cuanto a las
medidas, los altares son todavía pequeños (no pasan casi nunca de un metro),
cuadrados y destinados sólo a sostener el pan y el vino.
En la Edad Media
empieza a desdibujarse la verdadera naturaleza del altar. Deja de ser la mesa
-de madera o de piedra- de carácter funcional para celebrar la cena del Señor y
se va transformando en la peana donde se exponen a la veneración de los fieles
diversos objetos. Veamos paso a paso este cambio:
1
Primero se colocan en el altar las reliquias de los santos o las urnas de sus
cuerpos enteros, los cuales pasan de debajo a encima del altar.
2
Más tarde, cuando no se tienen reliquias, éstas son sustituidas por los retablos
y las imágenes, colocadas también sobre el altar.
3
Finalmente, en el siglo XVI, el mismo sagrario se pone sobre la mesa-altar (1),
y aparecen además, en la parte posterior de ésta, diversas gradas, que facilitan
la exposición de los objetos santos, más visibles que sobre la superficie de la
mesa-altar.
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Mosaicos de la
basílica de San Vital, en Rávena (s. VI). Altar bizantino. El mantel
es el mejor adorno del mismo.
No hay nada más. ni velas, ni flores. Sólo pan y
vino. |
Altar de la basílica de San Saturnino, en Toulouse
(s. IX). El altar va creciendo en proporciones y empieza a
perder su función de mesa; su plataforma cóncava lo asemeja ya un
poco a las aras antigua romanas y dificulta la colocación de
manteles. |
(1) El primero que inició la costumbre de poner la eucaristía
reservada a los enfermos sobre el altar fue el obispos de Verona Giberti (+
1543). San Carlos Borromeo, amigo de este obispo, extendió este uso en Italia.
El papa Pablo IV se mostró favorable a esta innovación. Pablo V impuso esta
práctica en la diócesis de Roma. Y se extendió a todas partes hacia el año 1863,
de tal manera que este año la Sagrada Congregación de Ritos prohibió colocar la
eucaristía fuera del altar.
El altar en la
reforma litúrgica
El Concilio dejó
en manos de la comisiones postconciliares la reforma del lugar de la
celebración y la forma y construcción de los altares, indicando que debía de
corregirse o suprimirse lo que pareciera ser menos conforme a la liturgia.
Las
características esenciales y obligatorias de todo altar cristiano son éstas.
El altar
Debe ser una
mesa y aparecer como tal. Es su nota más esencial. Antes
se exigía siempre una piedra pequeña y sólo ella era propiamente
hablando el altar. Sólo ella se bendecía. Ahora es toda la mesa la que
se bendice. El último libro oficial que habla del altar (el Pontifical
de la Dedicación del altar) dice que la primacía corresponde al carácter
de mesa del Señor, no al de piedra sacrificial.
Debe estar
separado de la pared para celebrar de cara al pueblo.
Antes se veía sólo el movimiento hacia el Señor. Hoy se ha visto que la
mesa es para alimentar al pueblo.
Debe ser el
centro de la atención de toda la asamblea. El centro de
la piedad no son las imágenes sino la acción de Cristo que en la
celebración del sacramento.
Debe ser
único y dedicado sólo a Dios.
La pluralidad de altares se comprendía cuando los altares eran
dedicados a los santos. Pero como el altar es sólo mesa eucarística, el
altar debe ser único como una sola es la eucaristía.
"A ninguno de los mártires levantamos altares, sino sólo al Dios de los
mártires" (S. Agustín).
No debe
haber imágenes ni reliquias. "Toda la dignidad del altar le viene de
ser la mesa del Señor. Por eso los cuerpos de los mártires no honran el
altar, sino que éste dignifica el sepulcro de los mártires"
(Pontifical).
Debe estar
dedicado o por lo menos bendecido. Antes de celebrar la
Eucaristía sobre el nuevo altar, se hace la oración de la dedicación,
que expresa la voluntad de dedicar para siempre el altar al Señor.
Uso correcto del altar
Si el altar
es la mesa del Señor, se debe usar única y exclusivamente para el
momento de la Liturgia de la Eucaristía. No para los ritos iniciales, ni
finales, ni para la Liturgia de la Palabra.
Esto no es
pura rúbrica, sino signó. El que preside, al principio de la eucaristía,
venera el altar, pero nunca se queda junto a él, sino que va a la sede (OGMR
85-86; 102). En el altar aparecerá por primera vez en el momento de
preparar los dones eucarísticos (OGMR 214).
Más clara es
la consecuencia que se desprende de esto. No se debe celebrar ninguna
otra cosa en el altar fuera de la eucaristía. La mayoría de las veces
celebramos en el altar celebraciones de la Liturgia de la Palabra,
celebraciones de la Penitencia. etc. Se deben excluir de la mesa todas
las demás celebraciones.
El altar
debe cubrirse con manteles sólo para la celebración eucarística. Es
verdad que es mucho más cómodo dejar manteles puestos durante todo el
día, pero también seria más cómodo dejar en casa los manteles
puestos.
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Roma. Cátedra episcopal. Basílica de los Santos Nereo
y Aquitano |
Cátedra del Obispo de Rávena. Siglo VI. |
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Sede moderna del monasterio de
Poblet. |
Cátedra moderna de la catedral de Lodi. (Italia) |
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