DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

HOMILIAS

JOSÉ LARREA GAYARRE

 

 

Perdonad como se os perdona

 

Domingo 7º del Tiempo Ordinario. 17 de Febrero

 

¿Podemos tomar en serio estas palabras de Jesús que llaman al perdón? ¿No habrá que  suprimirlas como algo ingenuo? Lo último que podríamos llamar a Jesús es ingenuo. Jesús conocía una norma de las sociedades de su tiempo: "ojo por ojo, diente por diente". Palabras hoy en vigor no solo entre los judíos, sino entre muchos de nosotros. Pensemos en el perdón de Jesús.

Hoy, como en otros tiempos, asistimos a una increíble espiral de la violencia. Se responde a la violencia con violencia, se alimenta así el odio, que se trasmite de generación en generación.

Jesús presenta valientemente la ley del amor. Es su mandamiento. Son palabras que necesitamos escuchar. Hoy lo hacemos recordando a personas que encuentran difícil perdonar.

Parece no haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia. Por eso no es extraño que las palabras de Jesús "amad a vuestros enemigos, haced el bien a  los que os aborrecen", resuenen en nuestra sociedad como un grito ingenuo y discordante.

Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la  fuerza, el odio y la violencia. Al mal solo se le vence con el bien. Lo decía Luther King: "el último defecto de la violencia es que describe una espiral descendente, que destruye todo lo que engendra. En vez de disminuir el mal, lo aumenta".

Si se perdona es para cortar la espiral del odio y del mal, y para ayudar al delincuente a rehabilitarse y a actuar de manera diferente en el futuro. Esto lo reconocen de algún modo las sociedades civilizadas, que van comenzando a tener, como una de sus características, el superar la ley del talión, el mal por mal, superar el derecho puramente punitivo, de castigo, por el que se ha llamado el derecho restitutivo, de rehabilitación, que ayude a rehabilitar al delincuente, a restituirle a la sociedad en una verdadera condición humana de ciudadano civilizado.

Pero nadie puede decir que es fácil perdonar. Perdonar es difícil, y quien entienda debidamente el perdón cristiano pecaría de cinismo, si exigiera a otros que perdonen para defender posiciones interesadas.

El perdón cristiano no es en sí un acto de justicia. A nadie se le puede exigir el perdón como un deber social. El perdón cristiano, ese gesto sorprendente y hasta heroico brota siempre de un convencimiento religioso, o hablando con más precisión, de una experiencia de fe. El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios y cualquier otra motivación es secundaria. Perdona de corazón quien, reconociéndose pecador, se encuentra con el perdón de Dios, que olvida nuestro pecado y nos acoge como hijos. Decía San Pablo, “perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo”. Quien olvida el perdón que recibe de Dios, está hablando de otra cosa diferente del perdón del evangelio, del perdón de Cristo.

Se perdona porque se ama. Es la actitud de Jesús en la cruz, “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Es así el perdón cristiano, aceptar y hacer nuestra la llamada de Jesús que acabamos de escuchar hoy: “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, perdonad y seréis perdonados”.

Este amor cristiano universal, que alcanza a todos y busca el bien de todos sin exclusiones, ha de asumirlo quien quiera ser cristiano y actuar como tal en el contexto de violencia generado en nuestra sociedad, ha tratar de vivir, siendo cristiano, sin renunciar a perdonar, cualquiera que sea su posición política o ideológica.

Esta es una de las aportaciones más positivas y humanas que pueden introducir en la sociedad los cristianos, como ciudadanos, también como políticos, o como jerarcas de la Iglesia, cuando  pretendan inspirarse en la fe cristiana.

Pero hay que entenderlo bien. Cuando Jesús habla del amor a los enemigos, no está pensando en que haya que tener sentimientos de afecto o de cariño hacia ellos, ni que haya que introducirlos en nuestro círculo de amigos, sino que habla de tener una apertura, un interés positivo por el enemigo, de tener respeto a su dignidad humana por muy desfigurada que aparezca, por muy sucias que tengan   las manos de sangre, o sus cuentas financieras de corrupción. Jesús habla de adoptar para con ellos una  postura de interés por su bien, no de exclusión total.

No, los cristianos no podemos renunciar a este perdón, aunque resulte irritante para algunos en las circunstancias actuales que atravesamos en nuestra sociedad. Pero hemos de recordar, que perdonar al delincuente y al violento no significa que haya que dar por buena su actuación injusta o violenta. El cristiano ha de tener presente el mandato de Cristo de trabajar por un mundo más justo y más pacífico, trabajar sin violencia por una sociedad justa, establecer la justicia en la sociedad.

Hemos de tener presente que perdonar no significa ignorar las injusticias cometidas, ni aceptarlas pasiva o indiferentemente y que el condenar de manera tajante la injusticia y la crueldad de la violencia terrorista, no debe llevar necesariamente al odio hacia quienes la instigan o llevan a cabo.

No, amar a los enemigos no significa tolerar las injusticias y retirarse cómodamente de la lucha contra el mal, contra la violencia. Jesús no llama a una aceptación pasiva y necia del mal, del odio, de la violencia, llama a ser artífices de la paz con todas nuestras fuerzas. Lo que Jesús ha dicho con claridad es que es no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas.

No olvidemos que esta llamada a renunciar al odio y a la violencia está dirigida a todos; sobre todo a los que tienen en sus manos el poder en cualquiera de sus instituciones, el dinero, o las armas y pueden acrecentar la violencia de modo decisivo.

Conservemos estas palabras de Jesús y arranquemos el odio si es que aparece en nuestro corazón y decidámonos  a amar y perdonar y a empezar la aventura que nos asemeja a Dios, que hace salir el sol sobre todos.

Y si pretendemos ayudar a alguien a que perdone, tratemos de ayudarle para que se disponga él mismo a comprender y hacer suyo el verdadero sentido del perdón que Dios nos ha otorgado a todos. Ayudémosle a sentirse él mismo perdonado gratuitamente por Dios. A repetir con humildad la oración de Cristo: “perdónanos como nosotros perdonamos”.  Y Dios le ayudará a perdonar.

 

 

 

Dichosos los pobres

 

Domingo VI del tiempo Ordinario. Ciclo C. 11 de Febrero

 

Hemos escuchado una vez más las bienaventuranzas. Esta página ha provocado, en creyentes y no creyentes, admiración y gozo y también inquietud, y escepticismo: ¿es posible vivir el ideal propuesto por Jesús, en nuestro mundo egoísta, violento, competitivo?. Jesús afirma que sí, de modo categórico.

Estas palabras nos trasmiten ante todo el deseo de felicidad que tiene Dios sobre todos nosotros. Dios quiere que seamos felices y nos dice cómo. Deberían ser nuestras palabras preferidas, nosotros que buscamos por encima de todo el ser felices. Jesús las tenía bien pensadas, son palabras fundamentales del  mensaje que el Padre le encomienda para que nos trasmita.

Todos anhelamos la felicidad, de un modo u otro, con más o menos disimulo, queremos ser felices. Jesús en estas palabras nos llama a ser felices, a vivir esta vida, tal como es, dura, injusta, pero con la posibilidad de darle un sentido nuevo, un sentido que nos ayuda a vivir, ciertas situaciones, en vez de con amargura, con alegría. Todos recordamos momentos en que hemos sido felices, habrán durado más o menos, pero al menos creemos que lo hemos conseguido alguna vez, ¿aquello era la felicidad, y fue pasajero?

Lo primero que hemos de pensar es que las bienaventuranzas son la mejor descripción de lo que Jesús fue y vivió; su vida es la más auténtica interpretación de las bienaventuranzas. Fue pobre y sufrido, tuvo hambre y sed de justicia, fue misericordioso, trabajó por la paz y la reconciliación, buscó en su vida quitar y aliviar el sufrimiento de los pobres, fue perseguido, murió por amor al hombre, y perdonó a los que le ajusticiaban.

Cristo no enunció las bienaventuranzas en forma de ley, ni de imposición, son una invitación que brinda para todo aquel que decida seguirle, no sólo para una minoría. Las bienaventuranzas son, la proclamación del espíritu y actitudes de quienes opten por el reino de Dios.

Hoy recordamos estas palabras de Jesús que hemos oído tantas veces y con ellas recibimos la invitación que nos hace una vez más para seguirle.

Lucas las expone en una alternativa entre pobreza-apertura-confianza, fe,  dependencia de Dios y riqueza, saciedad, satisfacción, seguridad en si mismo;  entre los que viven situaciones de indigencia, sufrimiento, llanto, marginación y los que viven en la abundancia y despreocupación. No es la situación en si misma lo que cuanta, sino la actitud interior que ésta determina.

Es lo que resume Jeremías en la primera lectura, que hemos oído: “Maldito quien confía en el hombre... bendito quien confía en el Señor”.  Es la imagen del “árbol plantado junto al agua", que indica vida, fecundidad, frescura. Es la fe en su postura radical de confianza, de encontrar apoyo, solidez en alguien, dirigir todo hacia alguien. Quien confía en sí mismo es el individuo como “un cardo en la estepa”: muerte, aridez, aislamiento. Por lo que para Dios el verdadero rico, es el  pobre que necesita y se apoya en Dios, el creyente. Mientras el que confía únicamente en sus bienes, en sí mismo es el increyente,  es el rico.

La línea de separación la define la elección personal, la orientación fundamental de la propia vida.

Las bienaventuranzas, ante todo, nos abren a un Dios que está de parte de los pequeños y de los humildes, de los indigentes, se preocupa de los excluidos, privilegia a los que no cuentan, a quienes están marginados y rechazados.

El Dios de Jesús es Padre que ama a los pobres de una manera especial; un buen padre quiere siempre más al más débil de sus hijos. Y Dios ama a los pobres porque quiere que dejen de ser pobres. Un buen padre pone todo su esfuerzo y medios en suprimir el sufrimiento de su hijo.

Los pobres son felices porque Dios está de su parte, se hace su protector y defensor. Para los pobres se abre una esperanza maravillosa. Esto no significa que sean mejores que los demás, más piadosos, más virtuosos. La afirmación de Jesús se funda en una idea precisa que Él tiene de Dios: es el Padre bueno.

Y fue la palabra y la vida de Jesús. Es pobre quien siguiendo estas palabras que pronuncia Jesús, dirige su vida hacia Él, y  se acerca como Él al pobre, quiere quitarle su pobreza, quiere devolverle su dignidad.

Las bienaventuranzas conllevan un compromiso personal y efectivo con la pobreza y el sufrimiento humano en cualquiera de sus manifestaciones: desprendimiento y coparticipación, opción por la honradez y la justicia aun a riesgo de la persecución, compromiso con la paz y la no violencia, amor, fraternidad y solidaridad entre los hombres y mujeres menos favorecidos por la sociedad.

Las bienaventuranzas son la sabiduría del que sabe lo que es amar, según el evangelio, el amor más noble y más generoso, del amor capaz de poner la vida por aquellos a quienes se ama. Del que sabe lo que es ser generoso, compartir sus bienes, vivir con austeridad. Sin eso, no pensemos hoy en la pobreza del seguimiento a Jesús. Pero hemos de ver cuáles son las características de la pobreza, para poder liberar a quienes sufren de ella.

Hemos de pensar en los que hoy sufren pobreza, marginación, violencia de género, persecución…, lejos de nosotros y cerca. Los emigrantes que llegan y sus familiares que quedan sufriendo en sus países; pensemos en continentes enteros donde para tantos el quitar el hambre, conseguir una escuela, un trabajo, llevar a un niño moribundo al cuidado médico es un sueño; en nuestros marginados, y ancianos desatendidos, y tantos que viven tan cercanos a nosotros…

La pobreza tiene causas que podemos remediar de algún modo directo nosotros, los ciudadanos de a pie, pero la pobreza tiene hoy en el mundo causas estructurales que dependen de decisiones que se deben de tomar en instituciones públicas y privadas, centros de poder en todos los niveles, locales, nacionales, internacionales en las cuales los individuos tenemos también responsabilidad con nuestro voto democrático, donde exista, con nuestro pensamiento y con acciones responsables y en instituciones y organizaciones que obliguen a pensar y a actuar a los que deben de tomar las decisiones para erradicar hoy la gran vergüenza de nuestro mundo súper tecnológico, súper industrializado: la muerte mísera por hambre, por pandemias como el sida, de masas enteras a las que a veces se reprime de modo inicuo, se les priva de las propias riquezas de sus tierras.

Estamos celebrando en la jornada “Manos Unidas” es día de hacer nuestras estas palabras de Jesús, son fundamentales para nuestro seguimiento a Él.

Manos Unidas es una organización de la que sabemos su cercanía a los más pobres del mundo, sabemos de sus proyectos para solucionar su pobreza extrema. Nuestra aportación económica debe ser una ayuda efectiva para sus proyectos y sobre todo debe de ser algo que sea exponente de nuestra generosidad, de la sobriedad en nuestra vida y de nuestro compromiso de seguir a Jesús en este llamamiento que hoy nos hace en las bienaventuranzas.

 

 

 

 

 

                               

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