Jesús nos habla del misterio de Dios
Fiesta de la Trinidad, 18 de mayo.
Celebramos hoy la fiesta de la Trinidad, el misterio de Dios
revelado por Jesús. Dios es el gran misterio de la humanidad, de todos
los pueblos de todos los tiempos, de todas las culturas. El Dios por el
que nos preguntamos cuando contemplamos el firmamento, cuando
descubrimos la bondad y el amor, cuando sufrimos las injusticias de este
mundo. El Dios que ha creado nuestro corazón con un deseo infinito de
conocerle. El gran misterio.
Jesús nos ha hablado de Dios, ha venido para abrirnos al misterio de
Dios, en su vida podemos ver el verdadero rostro de Dios. Hoy recogemos
algunas de sus palabras para tratar de romper, al menos en nosotros, la
ausencia de Dios, el eclipse que oscurece la vida de muchos que somos
hijos suyos. Sus ultimas palabras fueron:
“Id,
haced discípulos míos en el nombre de Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo”.
Los evangelios nos dicen que Jesús hablaba de Dios en bellísimas
parábolas a gentes muy sencillas, campesinos, pescadores, pastores…. Les
decía que Dios es un Padre bueno, que es Padre de todos, ama a sus
hijos, aunque le ofendan les perdona, que hace salir el sol sobre buenos
y malos.
Muchos teólogos han elaborado doctrinas muy profundas tratando de
explicar el misterio de Dios, acudiendo a categorías filosóficas tomadas
de las Academias, de culturas de su tiempo: sustancia, naturaleza,
persona, hipóstasis….conceptos con significados diversos en la
diversidad de culturas existentes, conceptos discutidos entre los
mismos teólogos, que la mayoría de los humanos no llegan a comprender. Y
oyen de eclesiásticos que hay que creer bajo pecado lo que no entienden!
Jesús nunca utilizó conceptos filosóficos al hablar de Dios y las gentes
le comprendían, comprendían cuál era el deseo de Dios sobre nuestra
vida, les enseñaba a hablar con Dios… y se admiraban de cuanto les
decía, y le seguían…
Jesús se sentía hijo querido de Dios, de un Padre al que llamaba
Abbá, en su lengua materna la expresión más cariñosa para dirigirse al
padre, le buscaba en la soledad en cuanto conseguía apartarse de las
gentes para comunicarse con él. Lucas nos ha narrado en su evangelio que
el Espíritu ha estado animando siempre a Jesús a lo largo de toda
su vida: que por la fuerza del Espíritu enviado por el Padre fue
concebido virginalmente, que el Espíritu, que bajó sobre él mientras
hacía oración después de su bautismo, le condujo a orar al desierto, le
ha guiado con su fuerza por los caminos de Galilea, que Jesús ha vivido
anunciando a todos los pobres, oprimidos, pecadores la buena noticia de
su liberación.
Jesús es el gran regalo de Dios Padre a la humanidad. Es nuestro amigo y
hermano. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del
cielo. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en
Dios. Unidos a Él, trabajamos por construir el mundo más justo y humano,
así lo quiere Dios.
Juan en su evangelio nos dejó palabras
profundas de Jesús al hablar de su relación con el Padre: “El
Padre y yo somos uno,
el Padre está en mi y yo en el Padre”.
Jesús nos habló del Espíritu. A sus discípulos entristecidos al
anunciarles su despedida les dijo:
“Os
enviaré mi Espíritu, estaré con vosotros hasta el fin de los
tiempos”.
El Espíritu es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado.
Lucas nos ha narrado la venida del Espíritu Santo sobre la primera
comunidad cristiana. La alegría de aquellos hombres y mujeres escogidos
por Jesús, reunidos en oración con María su madre, su entusiasmo porque
Jesús estaba otra vez entre ellos con su Espíritu, su entrega a Él en el
amor más generoso en el comienzo de la predicación apostólica. Lo
recordábamos el domingo pasado. El Espíritu Santo está en nosotros.
La Iglesia nos invita hoy a recordar al Dios Trinidad, en palabra
elaborada por teólogos, hoy lo celebramos dando gracias al
Padre porque ha enviado a su Hijo para revelarnos cómo es Dios y
porque así nosotros podemos llamarle Padre.
Lo
celebramos también dando gracias a Jesús nuestro hermano, el
Hijo
de Dios, Él es el verdadero rostro de Dios, en su vida nos deja ver cómo
es nuestro Dios
y
nos ha
enseñado a hablar con Él.
Lo
dijo en su diálogo con Nicodemo: “Quien me ve a mi ve al que me ha
enviado”. Viendo a Jesús, viendo su vida, podemos intuir cómo es el Dios
de Jesús. Dios no es una idea oscura y abstracta, ni una energía oculta,
ni un ser solitario. Dios es amor desbordante, así es Jesús.
Y lo
celebramos pidiendo al
Espíritu,
que Jesús ha enviado sobre nosotros, que abra nuestros corazones y le
aceptemos y le amemos.
Nosotros nos hemos de preguntar hoy, qué representa Dios para nuestra
vida.
Dios que ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, nos
ha dicho que la persona humana, cuando ama y cuando piensa es su imagen.
No hay imagen alguna más fiel de Dios, ni obras artísticas, ni el
firmamento, ni ninguna de las maravillas que podemos contemplar.
Creados para amar, en esta vida lo que más nos conmueve es cuando vemos
que alguien ama más allá de lo ordinario, y pone su vida, su fortuna,
todo, y se entrega en ayuda a los demás en actos de verdadera
solidaridad. En el fondo de toda ternura, en el interior de todo
encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada, en el deseo último
enraizado en la sexualidad humana, en la entraña de todo amor, vibra el
amor de Dios, que ama, es el Espíritu de Dios. Jesús nos dijo que
amáramos con Él nos ama, es cuando más cerca estamos de Dios.
Decidámonos en este día a encontrarnos con Dios,
también con palabras, en silencio, o con la oración que conocemos
desde niños, la señal de la cruz. Al hacer la señal de la cruz con
nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo
hasta el derecho, consagramos nuestra persona expresando el deseo de
acoger a Dios Trinidad en nosotros. Deseando que los pensamientos de
nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de
nuestro corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre o
mujer que vive "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
Jesús ora en nosotros y con nosotros cuando
oramos así, el Padre le escucha y el Padre nos ama al verle unidos a Él
que es nuestro hermano, que amamos con Él.
Así podemos vivir conscientemente la realidad de nuestra vida que un día
será plena en Dios. No lo olvidemos, cuando amamos nos encontramos con
Dios.
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El Espíritu de
Jesús entre nosotros
Domingo de Pentecostés. 11 de mayo
Estas lecturas, que acabamos de escuchar, nos hablan de la primera
venida del Espíritu Santo, el Espíritu prometido por Jesús, que nos ha
dicho:
“Como el Padre me ha enviado así os envío yo”(Jn.
20,21).
¿Qué significa para nosotros la venida del Espíritu Santo?
Jesús fue concebido en el seno de María por el Espíritu enviado por el
Padre. El Espíritu bajó sobre él después de su bautismo cuando hacía
oración en el Jordán, el Espíritu le ha conducido y guiado con su fuerza
por los caminos de Palestina, acercándole a los pobres, a los pecadores,
a los desgraciados de este mundo a los que anunció la salvación de Dios
curando sus penas. El Espíritu de Dios le ha resucitado, Dios estaba con
Él.
Al decirnos hoy Jesús:
“como el Padre
me ha enviado así os envío yo”,
hemos asistido al acto soberano en el que al enviar su Espíritu sobre
sus seguidores prolonga su propia misión y les transforma comunicándoles
lo más precioso que tiene, su vida íntima, el amor de Dios, les hace sus
hermanos, sus testigos.
Esto sucedió y esto sigue sucediendo, es la fiesta de Pentecostés que
estamos celebrando.
¿No nos resulta triste comprobar y ver en nuestro país y en otras
Iglesias cristianas de Europa la apatía religiosa de numerosos
creyentes, el olvido de los no cristianos, los problemas que plantean
unos y otros?. La Iglesia no acaba de encontrarse en la nueva sociedad
secularizada, pluralista, le resulta incómodo y difícil dejar viejos
caminos, viejas costumbres y trazar nuevos modos de evangelizar, de
organizarse, de dialogar, de convivir serenamente con el mundo de hoy
ayudándole a comprender la necesidad de la apretura a lo sagrado,
abriéndose igualmente a las auténticas necesidades humanas.
¿Por
qué nuestro temor a seguir de cerca las nuevas rutas de pensar,
de comprender a nuestro mundo y de dialogar
con él como nos lo ha pedido el Espíritu en el Concilio Vaticano
II? ¿Por
qué seguir cómodos en nuestras viejas rutinas que ya no llaman la
atención de las nuevas generaciones que conviven junto a la acción del
Espíritu en nuestros días, por qué no responder con el Espíritu de Jesús
a los retos actuales de nuestro mundo?.
¿No será que nos puede una especie de pereza de nuestro ánimo, de miedo
a arriesgarnos para no perder privilegios ya devaluados en nuestros
días? Hemos de preguntarnos una vez más ¿dónde está el Espíritu?
El Espíritu Santo, que es la presencia viva de Dios, está en nuestro
corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.
Si olvidamos esta presencia maravillosa del Espíritu de Dios en
nosotros, todo lo que podamos oír del Espíritu Santo y de Dios nos
parecerán teorías, nos parecerán leyendas bienintencionadas de otros
tiempos.
Si vivimos conscientemente esta presencia podremos sentir dentro de
nosotros una vida nueva, sentiremos que nuestra vida está impulsada por
una nueva fuerza, podremos tener una seguridad y una confianza nueva en
nosotros mismos, sentir una alegría diferente ante el convencimiento de
que con el Espíritu la fuerza de Dios está con nosotros, nos será más
fácil comunicarnos con Él y con los demás deseando ser sus testigos,
dando a conocer la grandeza de una vida animada por el Espíritu de Dios.
Llegaremos a comprender, que la presencia de Dios adormecida, pero
presente en los hombres y mujeres que nos rodean, puede llegar a ser
aceptada, apreciada, deseada por quienes hoy viven olvidados de Dios,
pero amados profundamente por Él.
El Espíritu iluminará nuestra inteligencia para que lleguemos a
descifrar su presencia en acontecimientos, en proyectos, en tantos
gestos generosos y de solidaridad que hoy se realizan en
la sociedad actual,
que nosotros habremos de apoyar también, haciendo posibles acciones
decisivas para la construcción de un futuro abierto a la vida y a la
fraternidad de la humanidad.
Así podremos vivir una esperanza diferente ante el futuro, teniendo más
capacidad para amar y también para dejarnos amar, tendremos fuerza para
iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.
Por eso, celebremos este día, esta fiesta de la conmemoración de la
venida del Espíritu en Pentecostés con nuestra determinación más sincera
de responder en nuestra vida a los deseos que Dios tiene de que su Reino
de amor, de justicia, de hermandad vaya siendo realidad entre nosotros.
Hagámoslo con fe y esperanza al recitar la invocación que hoy se repite
tan generosamente en nuestra liturgia:
“Espíritu
Santo, ven”.
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