<%@ Language=JavaScript %> Parroquia de San Vicente Mártir de Abando. Homilias José Larrea Gayarre

 

 

DOMINGO, EL DIA DEL SEÑOR

 

 

HOMILIAS

JOSÉ LARREA GAYARRE

 

 

Jesús nos habla del misterio de Dios

Fiesta de la Trinidad, 18 de mayo.

 

Celebramos hoy la fiesta de la Trinidad, el misterio de Dios revelado por Jesús. Dios es el gran misterio de la humanidad, de todos los pueblos de todos los tiempos, de todas las culturas. El Dios por el que nos preguntamos cuando contemplamos el firmamento, cuando descubrimos la bondad y el amor, cuando sufrimos las injusticias de este mundo. El Dios que ha creado nuestro corazón con un deseo infinito de conocerle. El gran misterio.

 Jesús nos ha hablado de Dios, ha venido para abrirnos al misterio de Dios, en su vida podemos ver el verdadero rostro de Dios. Hoy recogemos algunas de sus palabras para tratar de romper, al menos en nosotros, la ausencia de Dios, el eclipse que oscurece la vida de muchos que somos hijos suyos. Sus ultimas palabras fueron: “Id, haced discípulos míos en el nombre de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo”.

Los evangelios nos dicen que Jesús hablaba de Dios en bellísimas parábolas a gentes muy sencillas, campesinos, pescadores, pastores…. Les decía que Dios es un Padre bueno, que es Padre de todos, ama a sus hijos, aunque le ofendan les perdona, que hace salir el sol sobre buenos y malos.

Muchos teólogos han elaborado doctrinas muy profundas tratando de explicar el misterio de Dios, acudiendo a categorías filosóficas tomadas de las Academias, de culturas de su tiempo: sustancia, naturaleza, persona, hipóstasis….conceptos con significados diversos en la diversidad de culturas existentes, conceptos discutidos  entre los mismos teólogos, que la mayoría de los humanos no llegan a comprender. Y oyen de eclesiásticos que hay que creer bajo pecado lo que no entienden!

Jesús nunca utilizó conceptos filosóficos al hablar de Dios y las gentes le comprendían, comprendían cuál era el deseo de Dios sobre nuestra vida, les enseñaba a hablar con Dios… y se admiraban de cuanto les decía, y le seguían…

Jesús se sentía hijo querido de Dios, de un Padre al que llamaba Abbá, en  su lengua materna la expresión más cariñosa para dirigirse al padre, le buscaba en la soledad en cuanto conseguía apartarse de las gentes para comunicarse con él. Lucas nos ha narrado en su evangelio que el Espíritu ha estado animando siempre a Jesús a lo largo de toda su vida: que por la fuerza del Espíritu enviado por el Padre fue concebido virginalmente, que el Espíritu, que bajó sobre él mientras hacía oración después de su bautismo, le condujo a orar al desierto, le ha guiado con su fuerza por los caminos de Galilea, que Jesús ha vivido anunciando a todos los pobres, oprimidos, pecadores la buena noticia de su liberación.

Jesús es el gran regalo de Dios Padre a la humanidad. Es nuestro amigo y hermano. Imitando su vida, aprendemos a ser compasivos como el Padre del cielo. Siguiendo sus pasos, nos atrevemos a vivir con confianza plena en Dios. Unidos a Él, trabajamos por construir el mundo más justo y humano, así lo quiere Dios.

Juan en su evangelio nos dejó palabras profundas de Jesús al hablar de su relación con el Padre: “El Padre y yo somos uno, el Padre está en mi y yo en el Padre”.

Jesús nos habló del Espíritu. A sus discípulos entristecidos al anunciarles su despedida les dijo: “Os enviaré mi Espíritu, estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. El Espíritu es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado.

Lucas nos ha narrado la venida del Espíritu Santo sobre la primera comunidad cristiana. La alegría de aquellos hombres y mujeres escogidos por Jesús, reunidos en oración con María su madre, su entusiasmo porque Jesús estaba otra vez entre ellos con su Espíritu, su entrega a Él en el amor más generoso en el comienzo de la predicación apostólica. Lo recordábamos el domingo pasado. El Espíritu Santo está en nosotros.

La Iglesia nos invita hoy a recordar al Dios Trinidad, en palabra elaborada por teólogos, hoy lo celebramos dando gracias al Padre porque ha enviado a su Hijo para revelarnos cómo es Dios y porque así nosotros podemos llamarle Padre.

Lo celebramos también dando gracias a Jesús nuestro hermano, el Hijo de Dios, Él es el verdadero rostro de Dios, en su vida nos deja ver cómo es nuestro Dios y nos ha enseñado a hablar con Él. Lo dijo en su diálogo con Nicodemo: “Quien me ve a mi ve al que me ha enviado”. Viendo a Jesús, viendo su vida, podemos intuir cómo es el Dios de Jesús. Dios no es una idea oscura y abstracta, ni una energía oculta, ni un ser solitario. Dios es amor desbordante, así es Jesús.

Y lo celebramos pidiendo al Espíritu, que Jesús ha enviado sobre nosotros, que abra nuestros corazones y le aceptemos y le amemos.

Nosotros nos hemos de preguntar hoy, qué representa Dios para nuestra vida.

Dios que ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, nos ha dicho que la persona humana, cuando ama y cuando piensa es su imagen. No hay imagen alguna más fiel de Dios, ni obras artísticas, ni el firmamento, ni ninguna de las maravillas que podemos contemplar.

Creados para amar, en esta vida lo que más nos conmueve es cuando vemos que alguien ama más allá de lo ordinario, y pone su vida, su fortuna, todo, y se entrega en ayuda a los demás en actos de verdadera solidaridad. En el fondo de toda ternura, en el interior de todo encuentro amistoso, en la solidaridad desinteresada, en el deseo último enraizado en la sexualidad humana, en la entraña de todo amor, vibra el amor de Dios, que ama, es el Espíritu de Dios. Jesús nos dijo que amáramos con Él nos ama, es cuando más cerca estamos de Dios.

Decidámonos en este día a encontrarnos con Dios, también con palabras, en silencio, o con la oración que conocemos desde niños, la señal de la cruz.  Al hacer la señal de la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, consagramos nuestra persona expresando el deseo de acoger a Dios Trinidad en nosotros. Deseando que los pensamientos de nuestra mente, las palabras de nuestra boca, los sentimientos de nuestro  corazón, las obras de nuestras manos, sean los de un hombre o mujer que vive "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Jesús ora en nosotros y con nosotros cuando oramos así, el Padre le escucha y el Padre nos ama al verle unidos a Él que es nuestro hermano, que amamos con Él.

Así podemos vivir conscientemente la realidad de nuestra vida que un día será plena en Dios. No lo olvidemos, cuando amamos nos encontramos con Dios.

 

 

El Espíritu de Jesús entre nosotros

                                                             Domingo de Pentecostés. 11 de mayo

  

Estas lecturas, que acabamos de escuchar, nos hablan de la primera venida del Espíritu Santo, el Espíritu prometido por Jesús, que nos ha dicho: “Como el Padre me ha enviado así os envío yo”(Jn. 20,21).

¿Qué significa para nosotros la venida del Espíritu Santo?

Jesús fue concebido en el seno de María por el Espíritu enviado por el Padre. El Espíritu bajó sobre él después de su bautismo cuando hacía oración en el Jordán, el Espíritu le ha conducido y guiado con su fuerza por los caminos de Palestina, acercándole a los pobres, a los pecadores, a los desgraciados de este mundo a los que anunció la salvación de Dios curando sus penas. El Espíritu de Dios le ha resucitado, Dios estaba con Él.

 Al decirnos hoy Jesús: “como el Padre me ha enviado así os envío yo”, hemos asistido al acto soberano en el que al enviar su Espíritu sobre sus seguidores prolonga su propia misión y les transforma comunicándoles lo más precioso que tiene, su vida íntima, el amor de Dios, les hace sus hermanos, sus testigos.

Esto sucedió y esto sigue sucediendo, es la fiesta de Pentecostés que estamos celebrando.

El Espíritu de Jesús está hoy en cada uno de nosotros, está en nuestras comunidades cristianas, está en nuestra Iglesia. Ante todo, debe llenarnos de agradecimiento, de alegría y también de un deseo sincero de responder a lo que está esperando de nuestras vidas. Es el mensaje de las lecturas que hemos escuchado.

Aquellos primeros discípulos al recibir el Espíritu que Jesús les envía se transforman, presentan a Jesús resucitado y su doctrina en el templo de Jerusalén, en sinagogas y se enfrentan con valor a una sociedad segura de sus religiones; fue el comienzo de la Iglesia con las nuevas comunidades que fueron naciendo por la acción apostólica de los seguidores de Jesús.

Durante tres siglos de cruentas persecuciones la Iglesia primitiva se fue implantando por todo el mundo conocido en comunidades cristianas, vivían con fe y esperanza la presencia del Espíritu en medio de aquella sociedad pagana, era la fuerza, era el amor del Espíritu presente en todos ellos.

¿Y nosotros? Hemos recibido el mismo Espíritu, ¿cuál es nuestra respuesta?

¿No nos resulta triste comprobar y ver en nuestro país y en otras Iglesias cristianas de Europa la apatía religiosa de numerosos creyentes, el olvido de los no cristianos, los problemas que plantean unos y otros?. La Iglesia no acaba de encontrarse en la nueva sociedad secularizada, pluralista, le resulta incómodo y difícil dejar viejos caminos, viejas costumbres y trazar nuevos modos de evangelizar, de organizarse, de dialogar, de convivir serenamente con el mundo de hoy ayudándole a comprender la necesidad de la apretura a lo sagrado, abriéndose igualmente a las auténticas necesidades humanas.

¿Por qué nuestro temor a seguir de cerca las nuevas rutas de pensar, de comprender a nuestro mundo y de dialogar con él como nos lo ha pedido el Espíritu en el Concilio Vaticano II? ¿Por qué seguir cómodos en nuestras viejas rutinas que ya no llaman la atención de las nuevas generaciones que conviven junto a la acción del Espíritu en nuestros días, por qué no responder con el Espíritu de Jesús a los retos actuales de nuestro mundo?.

¿No será que nos puede una especie de pereza de nuestro ánimo, de miedo a arriesgarnos para no perder privilegios ya devaluados en nuestros días?  Hemos de preguntarnos una vez más ¿dónde está el Espíritu?

El Espíritu Santo, que es la presencia viva de Dios, está en nuestro corazón y en nuestra vida, está entre nosotros.

Si olvidamos esta presencia maravillosa del Espíritu de Dios en nosotros, todo lo que podamos oír del Espíritu Santo y de Dios nos parecerán  teorías, nos parecerán leyendas bienintencionadas de otros tiempos.

Si vivimos conscientemente esta presencia podremos sentir dentro de nosotros una vida nueva, sentiremos que nuestra vida está impulsada por una nueva fuerza, podremos tener una seguridad y una confianza nueva en nosotros mismos, sentir una alegría diferente ante el convencimiento de que con el Espíritu la fuerza de Dios está con nosotros, nos será más fácil comunicarnos con Él y con los demás deseando ser sus testigos, dando a conocer la grandeza de una vida animada por el Espíritu de Dios.

Llegaremos a comprender, que la presencia de Dios adormecida, pero presente en los hombres y mujeres que nos rodean,  puede llegar a ser aceptada, apreciada, deseada por quienes hoy viven olvidados de Dios, pero amados profundamente por Él.

El Espíritu iluminará nuestra inteligencia para que lleguemos a descifrar su presencia en acontecimientos, en proyectos, en tantos gestos generosos y de solidaridad que hoy se realizan en la sociedad actual, que nosotros habremos de apoyar también, haciendo posibles acciones decisivas para la construcción de un futuro abierto a la vida y a la fraternidad de la humanidad.

Así podremos vivir una esperanza diferente ante el futuro, teniendo más capacidad para amar y también para dejarnos amar, tendremos fuerza para iniciar cada día con nuevo ánimo, porque Dios está con nosotros.

Por eso, celebremos este día, esta fiesta de la conmemoración de la venida del Espíritu en Pentecostés con nuestra determinación más sincera de responder en nuestra vida a los deseos que Dios tiene de que su Reino de amor, de justicia, de hermandad vaya siendo realidad entre nosotros.

Hagámoslo con fe y esperanza al recitar la invocación que hoy se repite tan generosamente en nuestra liturgia: “Espíritu Santo, ven”.

 

 

 

 

 
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