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CON OTRAS
PALABRAS
Un hombre muy desgraciado se
preguntaba qué habría hecho Dios con su parte de felicidad, y resolvió ir a
verlo y reclamársela. Llegado a un pueblecillo, pidió hospitalidad a una
mujer, que le dijo que su marido había matado a 99 personas, y que él corría
el mismo peligro. De todas formas ocultó al viajero, tras haberle dado de
comer. Vuelto su esposo, le contó la mujer lo que había pasado, pero le
suplicó que no matase a aquel viajero. El marido lo prometió, hizo venir al
viajero a su casa y lo trató con generosidad; y le encargó decirle al Señor
que, si bien había matado a 99 hombres, a él no le había hecho daño alguno,
y que imploraba su perdón. El viajero aceptó dar aquel recado.
Después llegó a un bosque
donde había un ermitaño que vivía en penitencia y a quien, cada noche,
mandaba Dios alimento milagrosamente. El ermitaño invitó al viajero a
compartir la cena, que aquella vez fue de dos platos, enviados, como
siempre, por el Cielo. Uno de los platos era más refinado que el otro y lo
comió el ermitaño, dejando el menos bueno para su huésped. Cuando éste le
dejó, el ermitaño le encargó preguntarle a Dios qué lugar le reservaba en el
cielo después de la muerte.
El viajero llegó luego a un
desierto en el que encontró a un hombre de delgadez esquelética,
completamente desnudo, que se escondía en un agujero cavado en la arena. Le
preguntó al peregrino cuál era su destino y, enterado, le pidió que le
dijese a Dios que él, que no tenía para cubrirse más que arena, estaba
dispuesto a aceptar una desgracia más, proclamando esto con aire desafiante.
Finalmente, el viajero se
encontró un ángel que le preguntó a dónde iba, y que le informó que él
estaba encargado por Dios de dar a cada uno lo suyo. El pediría las
respuestas. El hombre dijo que había venido a pedir su parte, y le contó las
peticiones de quienes se había encontrado en su camino.
El ángel partió como un rayo
y volvió con las respuestas: «El que mató pero te ha alimentado y se
arrepiente está perdonado. Al ermitaño, que tomó para sí los mejores trozos,
no le sirven de nada sus mortificaciones. En cuanto al que desafía a Dios a
que le envíe una desgracia más, tú mismo podrás juzgar. A ti, por último,
Dios te concederá tu parte».
A su vuelta, el viajero vio
al hombre desnudo en su agujero: ya ni arena tenía para vestirse. Transmitió
las respuestas celestiales al ermitaño y al asesino, volvió a su casa, y a
partir de entonces fue feliz.
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VERANO
El verano es un regalo de Dios para refrescar nuestro ánimo, descansar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, y renovar nuestra vida tan maltrecha a veces por los problemas y la agitación de cada día.
Pero, probablemente, necesitamos aprender a disfrutarlo con un poco más de originalidad y creatividad personal.
Para bastantes, la playa es sólo ese campo de batalla donde hay que luchar por encontrar un hueco para tostarse al sol entre toda clase de gratos y olores de aceites y cremas. Pero la playa tiene otros secretos. Los descubre quien pasea temprano a la orilla del mar cuando el aire es todavía limpio y el día está sin estrenar. El mar está brillante y fresco en esas horas de la mañana. No
hay ruidos. Sólo el ritmo sereno de las olas. ¡Qué fácil es entonces descansar, respirar hondo, dar gracias por la vida y la creación!
Otra experiencia veraniega son las fiestas de los pueblos, llenas de bullicio y color. Hay muchas formas de divertirse y tomar parte en la fiesta. Qué enriquecedor puede ser el reencuentro con las personas que uno conoció en su infancia, la sobremesa larga con los amigos, el paseo por el entorno que nos vio crecer, la visita a la pila bautismal donde recibimos el bautismo. Hace bien volver
a las raíces.
Las guías turísticas señalan en los mapas los lugares de interés artístico o los puntos desde donde se puede disfrutar de un hermoso panorama. Pero ha de ser cada uno quien descubra lugares y caminos tranquilos donde reposar el espíritu. Las ermitas ofrecen a menudo un entorno privilegiado.
Las hay pequeñas y menos pequeñas, escondidas entre los árboles o levantadas en lo alto de una colina. Es una experiencia reconfortante sentarse un rato dentro o fuera y descansar elevando nuestro espíritu hacia el Creador.
Hay quienes saben disfrutar de las noches cálidas del verano, cuando todo invita al descanso y la paz. Noches claras en las que se puede ver brillar esas estrellas que a lo largo del año no es posible distinguir entre las luces y la contaminación de la ciudad. Es fácil recordar las palabras del salmista:
«Cuando contemplo el cielo,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas
que has creado,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?».
Según el relato evangélico, Jesús cita una frase del profeta Isaías: «Todos serán mis discípulos de Dios». La creación contemplada con ojos limpios y tranquilos puede ser un gran libro donde poder descubrir las huellas de Dios y aprender a captar su presencia.
Uda onetan, ondo pasau
Feliz y descansado verano!!!
Hasta el mes de Octubre
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