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Aviso para padres Cosas que pueden pasar ¿Cómo te trata la gente?
Queridos Reyes Magos ¿En qué se nota que soy hijo de Dios? Decálogo para vivir en justicia y paz
¿Es Ud. Jesús? El naufragio Éstas son las palabras de un maestro anciano
Pido perdón La lección de los adoquines Jesús vive
Con el correr de los años El amor no espera La rosa y el sapo
   

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LA ROSA Y EL SAPO

 

Había una vez una rosa roja muy atractiva y bonita. Se sentía orgullosa al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente le miraba de lejos.

Un día descubrió que junto a ella siempre había un sapo grande y oscuro y que por eso nadie se le acercaba.

Indignada ante lo descubierto le ordenó al sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo:

- Está bien, si así lo quieres...

Poco tiempo después el sapo pasó por el lugar donde estaba la rosa y se sorprendió al verle totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos.

Le dijo entonces:

-¿Que te pasa?

La rosa contestó:

-Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día, y nunca he vuelto a ser la misma.

El sapo le contestó:

- Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía las hormigas y por eso siempre eras la más bonita del jardín.

 

Moraleja:

Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos, más valiosos o simplemente que no nos "sirven" para nada.

Dios no crea a nadie para que esté sobrando en este mundo, todos tenemos algo especial que hacer, algo que aprender de los demás o algo que enseñar, y nadie debe despreciar a nadie. No vaya a ser que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera somos conscientes.

Nadie esta de más en éste mundo...

Sólo tenemos que descubrir el lugar de nuestra pincelada en el cuadro de la vida y respetar la ubicación de la pincelada ajena, porque sin ella, el cuadro queda incompleto.

 

 

EL AMOR NO ESPERA

 

Había una vez un viejito que estaba enfermo y cansado. Él tenia cuatro hijos, y de ninguno de ellos recibía la menor atención.

Vivía en una abundante pobreza. A duras penas lograba sobrevivir. En su pequeñísima granja deambulaban unas cuantas gallinas flacas, que vivían casi de milagro, y por lo menos, no dejaban de poner un par de huevos diariamente. El resto de la dieta que el viejito consumía, eran unas cuantas frutas silvestres que cada día le costaba mucho esfuerzo recolectar.

Un día, buscando entre sus escasas pertenencias, encontró dos monedas de plata y se le ocurrió una genial idea. En el pueblo las intercambió con un comerciante de artículos antiguos quien le dio un viejo baúl.

Como pudo, se las arregló y lo trasladó a su casa. Una vez en ella, lo dejó a la vista en el centro de su humilde choza. Por casualidad uno de sus hijos lo visitó e intrigado le preguntó:

- "¿Qué guardas ahí?"

-"Un secreto", le contestó, "que solamente conoceréis tú y tus hermanos el día que muera, pues ahí está toda mi herencia". Al día siguiente lo enterró debajo de su lecho.

Cual fue su sorpresa que a partir de entonces, un hijo al menos lo visitaba durante el dia. Le llevaban leche y miel, y entre los cuatros hijos le mantenían su choza bastante limpia.

Un día al viejo se le detuvo el tiempo muriendo en su granja. De inmediato los hijos se dieron cita, no tanto para velarlo, por supuesto, sino para ver a cuánto ascendía su herencia.

Y cual fue su sorpresa que una vez desenterrado y abierto el cofre, lo único que encontraron fue un trozo de papel que decía de su puño y letra, un poco torcida y temblorosa:

- "Hijos míos: el auténtico amor no espera, se entrega generosamente sin esperar recompensa. Mi única herencia es que aprendáis a amar; hubiera deseado dejaros más, pero mi única herencia es daros las gracias por lo que me distéis en vida."

Los cuatro hermanos al fin comprendieron que un buen padre puede dar la vida por sus hijos, pero algunos no entregan nada en vida a sus padres. En profunda reflexión y con lágrimas en los ojos, le dieron finalmente una digna sepultura, y uno de ellos, cuando arrojó el último puñado de tierra, le despidió diciendo:

"TE PROMETO AMAR SIN ESPERAR, AMEN".

 

 

Con el correr de los años...

 

He aprendido...

...que cuando estás enamorado se te nota.

... que una persona diciéndome: "Me alegraste el día", me alegra el día.

He aprendido... que ser niño es más importante que estar en lo correcto.

... que siempre puedo rezar por alguien cuando no tengo otro modo de ayudarlo.

... que no importa que tan serio requiera la vida que seas, todos necesitamos un amigo con el que podamos reír a carcajadas.

He aprendido... que algunas veces todo lo que una persona necesita es una mano que sostener y un corazón que entender.

He aprendido que la vida es como una espiral, mientras más se acerca al final, más rápido camina.

... que es el amor y no el tiempo el que cura todas las heridas.

... que debemos estar felices porque Dios no nos da todo lo que pedimos.

He aprendido... que las oportunidades nunca se pierden, alguien más tomará aquella que tú dejaste pasar.

He aprendido... que todos quieren estar el la cima de la montaña, pero toda la felicidad y las buenas experiencias suceden mientras tratas de escalar a ella.

... que Dios no hizo todo en un solo día, ¿qué me hace pensar que yo puedo?

He aprendido... que esas pequeñas cosas que pasan diariamente son las que hacen la vida espectacular.

... que cada persona que conoces, merece ser obsequiada con una sonrisa.

... que el dinero no compra clase.

He aprendido... que debajo del duro escudo de las personas, hay alguien que quiere ser apreciado y amado.

He aprendido... que ignorar lo hecho, no cambia los hechos.

...que uno debe decir palabras suaves y tiernas, porque más adelante puede tener que tragarse las ofensas.

He aprendido... que no puedo elegir como me siento, pero puedo elegir que hacer con respecto a eso.

He aprendido... que una sonrisa es la manera más barata de lucir mucho mejor.

 

 

 

JESUS VIVE:

TODO LO CAMBIA

 

Que la luz alumbre tu camino.

Que las estrellas guíen tu búsqueda.

Que la dulce lluvia acaricie tu corazón.

Que la suave brisa despierte tu sonrisa.

Que el amor despierte la luz que hay en ti.

Que la vida te fortalezca con el don de la ternura.

Que los sueños te revelen la esperanza.

Que la libertad se derrame dentro de ti.

Que el miedo abandone tu mente.

Que la paz inunde tu espíritu.

Que la compasión crezca dentro de tu alma.

Que la fuerza te acompañe frente a la adversidad.

Que siempre tengas Luz para iluminar tu corazón y tu camino...

Que tengas la entereza para afrontar la adversidad y la fortaleza para vencerla...

Que tengas PAZ en tu interior, pues no habrá paz si no estamos en paz...

Que tengas amor, salud y compañeros de alma que te acompañen en cada escalón de la vida...

Que por más oscura sea la noche, tengas la ESPERANZA de un nuevo día...

Que sientas que mereces ser feliz...

 

Feliz Pascua de Resurrección

 

 

Éstas son las palabras de un maestro anciano

 

"Cuando era joven, me dolía el corazón por la violencia e injusticia de mundo. Quería con toda mi alma darle un sentido profundo a mi existencia. Quería que, al morir, mi vida hubiera servido para marcar una diferencia en este mundo, aunque tuviera que pagar un precio muy alto para hacerlo.

Por eso mi oración era:

"Señor, dame la fuerza y la sabiduría para que mi vida contribuya a mejorar la adversa situación de este mundo."

Después, siendo un adulto, me di cuenta que no había podido cambiar nada, que el mundo continuaba igual o peor. Estaba frustrado porque me sentía incapaz, entonces modifiqué mi oración de la siguiente manera:

"Señor, ya que no pude cambiar el mundo, dame la fuerza y la sabiduría para ayudar a cambiar a mi familia y a mis cercanos".

Ahora que soy un anciano, me doy cuenta de lo ingenuo y arrogante que fui al tratar de cambiar a los demás. En mi infancia me enseñaron que todos mis problemas eran culpa de otros, que mi felicidad y mi progreso no dependían de mí. ¡Qué equivocados estaban!.

Como derroché mi vida fijándome en los errores de los que me rodean, culpando a los otros de mis problemas, en vez de pararme a reconoce corregir mis propios errores, mi oración ahora es:

"Señor, dame la fuerza y la sabiduría para aprender a ver y a reconocer mis errores, para utilizar mi fuerza y mi poder personal, para ser cada día alguien que sabe crecer y elegir la acción constructiva en vez de la queja".

¡Qué diferentes serían nuestras vidas, si la energía que hemos gastado en culpar a los demás de nuestros problemas, la hubiéramos empleado resolverlos!.

Poco puedes hacer para cambiar a los demás y mucho para cambiar tú mismo. ¿Qué puedes reconocer hoy?

 

 

DECALOGO PARA VIVIR EN JUSTICIA Y PAZ


CON QUIENES NOS RODEAN

 

1. Acéptate tal como eres.

2. Considera que has recibido, con toda probabilidad, más de lo que necesitas. No envidies a nadie.

3. Acepta a los demás tal como son, empezando por los más cercanos: tu familia, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos.

4. Aprende a decir y a sentir lo bueno que hacen lo demás y dilo en voz alta, sin resentimientos ni temores.

5. No te compares nunca con los demás, pues eso conduce al orgullo o a la desesperación, que nunca te harán feliz.

6. Vive en la verdad sin temor a decir "sí" a lo que está bien y "no" a lo que está mal.

7. Resuelve los problemas y los conflictos con el diálogo y nunca guardes rencor. El rencor te encierra en la tristeza.

8. Empieza a dialogar con lo que nos une y, sólo después, ocúpate de lo que nos divide. Siempre son más las cosas que nos une que las que nos separan.

9. Da el primer paso, sin esperar a que lo dé el otro, y hazlo antes de que se haga de noche. Que no se ponga el sol sin que haber hecho las paces, sin el abrazo de la reconciliación.

10. Ten bien por seguro y por cierto que perdonar y amar es siempre, siempre, más importante que tener razón.

 

¿COMO TE TRATA LA GENTE?

 

Después de haber atravesado un camino largo y difícil, el viajero llegó a la entrada del pueblo en el que pasaría los próximos años de su vida.

Inquieto sobre la forma de ser de la gente en ese lugar, le preguntó a un viejo hombre que descansaba recostado bajo la sombra de un frondoso árbol de cedro:

- ¿Cómo es la gente en este lugar? -le dijo al viejo, sin saludarlo-. Es que vengo a vivir aquí y donde yo vivía las personas eran complicadas y agresivas. La arrogancia y la insensibilidad eran el pan de cada día.

El anciano, sin mirarlo, respondió:

- Aquí la gente es igual.

El viejo siguió reposando. El caminante prosiguió su camino.

Horas después otro viajero que también llegaba al pueblo se acercó al anciano y le dijo:

- Buenas tardes, señor, disculpe la molestia, yo vengo a vivir a este pueblo y me gustaría saber cómo es la gente, porque en donde yo vivía las personas eran atentas, generosas y sencillas.

El anciano levantó la cabeza, sonrió y le contestó:

- Aquí la gente es igual.

Así que, en vez de preguntarte cómo te tratan los que te rodean, mejor pregúntate cómo les tratas tú a ellos.

A la larga la gente se termina comportando contigo como tú te comportes con ellos.

Observa si las actitudes de los demás contigo no son más que tu propio reflejo.

 

 

LA LECCION DE LOS ADOQUINES

 

Caminaba en mi paseo por una calle ligeramente en cuesta, bien adoquinada con sólido pavimento firme en su suelo aunque irregular en la pisada.

Bajando en dirección opuesta a mí, venía una mamá con su bebé en el coche de niños que daba tumbos sobre los adoquines, con lo que el bebé lloraba a gritos y su mamá se quejaba en su nombre: "Los adoquines son malos y le sacuden a mi niño. ¡Malos, malos! Ya verás cómo los castigamos cuando nos escapemos de ellos". Y empujaba el cochecito dando traspiés con su mal humor y sus brazos rígidos. El niño seguía llorando.

Seguí andando, y otra mamá con otro bebé en su coche bajaba por la misma cuesta dando los mismos tumbos sobre el mismo irregular pavimento. Pero la mamá le cantaba al niño con alegre ritmo, y el bebé iba pegando saltos en el cochecito, riendo y cantando a tono con los tumbos: "Bumpati bum, bumpati bum...", y su mamá reía con él y los dos disfrutaban.

Pensé para mis adentros. Los adoquines son los mismos, y un bebé llora y el otro canta al pasar por ellos. Las cosas son las mismas, y unos las toman bien y otros mal. Una mamá canta, y la otra protesta. Es lo que hacemos en la vida. Me hicieron un buen servicio los adoquines.

 

 

EL NAUFRAGIO

 

El único sobreviviente de un naufragio fue visto sobre una pequeña e inhabitada isla.

Él estaba orando fervientemente, pidiendo a Dios que lo rescatara, y todos los días revisaba el horizonte buscando ayuda, pero ésta nunca llegaba.

Cansado, eventualmente empezó a construir una pequeña cabañita para protegerse, y proteger sus pocas posesiones.

Pero entonces un día, después de andar buscando comida, él regresó y encontró la pequeña choza en llamas, el humo subía hacia el cielo. Lo peor que había pasado, es que todas las cosas las había perdido. Él estaba confundido y enojado con Dios y llorando le decía:

¿Cómo pudiste hacerme esto?

Y se quedó dormido sobre la arena.

Temprano por la mañana del siguiente día, escuchó asombrado el sonido de un barco que se acercaba a la isla.

Venían a rescatarlo, y les preguntó:

¿Cómo sabían que yo estaba aquí?.

Y sus rescatadores le contestaron:

Vimos las señales de humo que nos hiciste...

Es fácil enojarse cuando las cosas van mal, pero no debemos perder el corazón, porque Dios está trabajando en nuestras vidas, en medio de las penas y el sufrimiento.

 

 

¿EN QUÉ SE ME NOTA QUE SOY HIJO DE DIOS?

 

Los hijos de Dios se notan fácilmente. Tienen un encanto especial. Son alegres y acogedores. No se dan importancia ni buscan aplauso o recompensa de cualquier tipo. Están siempre dispuestos a aceptar los trabajos más duros o más humildes. Son sinceros y responsables. No tienen miedo o saben vencer el miedo.

No se echan para atrás. Son colaboradores, participativos, imaginativos. Siempre hombres de esperanza, positivos. Y son especialmente amistosos y pacificadores cálidos y cercanos, personas de toda confianza.

Viven o se esfuerzan por vivir las Bienaventuranzas.

• No aman la riqueza por encima de todo, son austeros, sin apegos, saben compartir, incluso de lo que necesitan. Hacen opción por los pobres y se esfuerzan por ser pobres, No consienten la pobreza miserable para ningún hijo de Dios.

• No cultivan el orgullo ni se creen superiores. No envidian ni se comparan. Son humildes, vacíos de sí mismos. Es la pobreza interior, la más dificil. Por eso son sufridos, llenos de paciencia y mansedumbre. No se sienten ofendidos, porque no viven para si.

• No son indiferentes ante los demás, sino sensibles y compasivos. Saben llorar con los que lloran, perfectos consoladores. Otros lloran por los golpes que reciben, porque la vida les trata mal. ¡Cuántas lágrimas amargas e inocentes!. No se rebelan ni odian ni se desesperan, pero lloran.

• No toleran la injusticia, aunque sea al más pequeño. Luchan por un mundo solidario, en que todos consigan su dignidad y sus derechos. Sueñan con un mundo nuevo, la civilización del amor.

• No son duros inquisidores, sino comprensivos y compasivos. Tienen entrañas de misericordia. Saben perdonar, estar cercanos, volcarse sobre las miserias humanas. Se conmueven ante cualquier sufrimiento, como Dios.

• No aman la impureza o la mentira. Tienen el corazón limpio. Son libres, no les esclavizan los vicios. Son auténticos, transparentes, verdaderos. Se lavan con agua de arrepentimiento, reconocen su fallo o su error.

• No utilizan la violencia, sólo para si mismos. Pero irradian la paz, y la crean, la defienden. Amigos del diálogo y promotores de reconciliación y del perdón.

• No se acobardan a la hora de defender al oprimido. Lo defienden siempre aún a riesgo de ser criticados y perseguidos. Son profetas de la libertad y la justicia, y tantas veces son mártires.

¿ME REFLEJO EN ALGUNO DE ESTOS RASGOS?

 

 

COSAS QUE PUEDEN PASAR

 

Aunque me tapo los oídos con la almohada y grito de rabia

cuando suena el despertador...

gracias a Dios que puedo oír: hay muchos que son sordos.

 

Aunque cierro los ojos cuando me despierto,

el sol se mete en mi habitación...

gracias a Dios que puedo ver: hay muchos ciegos.

 

Aunque me da pereza levantarme de la cama y ponerme en pie...

gracias a Dios que tengo fuerzas para hacerlo:

hay muchos postrados que no pueden

 

Aunque me enfado cuando no encuentro mis cosas en su lugar

porque alguien lo desordenó...

gracias a Dios que tengo familia: hay muchos solitarios.

 

Aunque la comida no estaba muy buena y el desayuno fue peor...

gracias a Dios que tengo alimentos:

hay muchos con hambre.

 

Aunque mi trabajo en ocasiones sea monótono y rutinario...

gracias a Dios que tengo ocupación:

hay muchos desempleados.

 

Aunque no estoy conforme con la vida, peleo conmigo mismo

y tengo muchos motivos para quejarme... gracias a Dios por la vida.

 

Cuando me quejo que nadie me quiere...

gracias al Padre de los Cielos

porque envió a su Hijo amado a morir por mí:

Él me ha demostrado su amor.

 

Gracias, Padre, por el aire que respiro,

varios han dejado de hacerlo hoy.

 

Son tantas las cosas que tengo que agradecerte...

 

Por cada día que me permites despertar a la vida...

Gracias, Señor.

 

 

Pido perdón

 

Me desprecio a mí misma. El otro día sostuve a una enferma de alzhéimer entre los brazos mientras la bañaban. Su escueto cuerpo casi se me resbalaba en la bañera y vi a su esposo llorar por el temor a perderla. La restregamos, frotamos y secamos. La vestimos y la acostamos. ¿Y saben qué pensé? Pensé que su muerte sería un alivio, que me parecían un desatino la mente completamente perdida y el cuerpo desmadejado de mi amiga, un contradiós.

Al día siguiente, en un golpe de lucidez, repasé estos pensamientos de la víspera. Y decidí pararme un momento a examinar por qué una cristiana practicante, bendecida por la vida y las circunstancias económicas, familiares y sociales, podía desearle la muerte a otra persona.

Recordé mis manos lavando a la mujer y su cuerpo estremeciéndose de gusto por el agua caliente y las caricias de la esponja. Recordé su alegría por los colores del camisón y un resto de mirada tierna hacía su marido. Ella no sufría, era feliz en su simpleza.

Lo recordé también a él, contento con la escena, satisfecho por conservarla a su lado, por ayudarla día a día, por mi amistad. Y caí en la cuenta de que en aquella escena sólo yo puse muerte. Y no lo hice por el bien de la enferma, que disfrutaba; no lo hice por su familia, que la quiere, lo hice simple y llanamente por cobardía. Porque sufrí viéndola y no quería seguir sufriendo. Porque no tenía una respuesta ante el misterio que tenía delante. Entonces me avergoncé de mí misma y lo que es más importante, caí en la cuenta de que el día anterior mí desconcierto me impidió apreciar que la enferma disfrutaba con nosotros y con el baño, y su familia también.

Así es, amigos. La mentalidad dominante está al acecho para colarse en nuestra mente a la menor oportunidad. Para sembrarnos de duda y de miedo la cabeza e impedirnos ver la belleza, el bien, la positividad.

Pido perdón por haber vacilado, por haber censurado la hermosura. Por haber creído en el mal.

Y concluyo: si yo, que apenas veo la tele; que leo a los clásicos porque mi padre me enseñó; que soy católica porque la Iglesia me ha abrazado; que lo tengo todo, albergo alguna vez pensamientos de muerte, ¿cómo no los va a albergar el resto de mis contemporáneos, sometido a un constante bombardeo de mentiras? ¿Cómo no los van a albergar ciertos enfermos desalentados, tantas personas ideologizadas sin siquiera saberlo, tantas víctimas de la mentira?

Si estoy contenta hoy es por haber pedido perdón y por haber caído en la cuenta de la verdad. Por haber reconocido la belleza de la vida de mi amiga y su marido, y haber redescubierto que vale más que la mía porque dan testimonio de una belleza que no se somete a los estándares de calidad. Queda mucha hermosura por mostrar en un mundo tan débil y tan lleno de tristeza como estamos creando.

Cristina López Schlichting

 

QUERIDOS REYES MAGOS:
 

No sé si estaréis acostumbrados a recibir cartas como la presente. Sospecho que no, porque de lo contrarío hace tiempo que habríais cambiado vuestra política de dejar en los zapatos de los niños los regalos que les dejáis. Por eso, creo que os hago un bien sacándoos de vuestra ignorancia, aunque mis palabras sean un poco duras y atrevidas.

Ya está bien de juguetes bélicos, queridos Reyes. Este año 2008 volveréis a traer a los niños un montón de pistolas, juegos bélicos, video consolas de batallas... Hemos vivido brutales experiencias de horror: un joven que mata a sus compañeros de instituto, los intentos de asesinato de ETA, las matanzas en Irak y en Afganistán y Oriente Medio...

Vivimos un porvenir incierto, difuso, temeroso y poblado de negros presagios.

Y con vuestros juguetes les veo a los niños jugando todo el día a matarse mutuamente desde todos los rincones de la casa y de la calle. Luego, pasa lo que pasa: que estos niños se hacen grandes y entonces se dedican a las armas de verdad; tienen tal entrenamiento y tal afición a las armas, que se dedican al juego mundial de matarse y dedican la mayor parte del dinero en construir armamentos cada vez más destructores; a organizar ejércitos cada vez más numerosos y poderosos.

¿Estáis enterados, queridos Reyes Magos, de que el 20% del presupuesto total de países del Tercer Mundo se invierte en la compra de armamentos? ¡Ellos, tan pobrísimos que se mueren de hambre! Lo imprescindible para comer lo gastan en armas.

Y si uno se pone a pensar en el dinero que se emplea en construir esas armas, entran ganas de llorar. ¡Con la de escuelas y hospitales y casas que se podrían levantar con todo ese dinero! ¿Acaso no os habéis enterado de que el precio de un solo tanque equivale al de 98 tractores agrícolas? ¿Y que con lo que cuesta un bombardero moderno se podrían construir 40 escuelas con 30 aulas cada una? ¿No será que vosotros os pasáis la vida en el cielo leyendo novelas de color de rosa? Porque pienso que habéis cambiado mucho vuestra forma de pensar. Cuando vosotros fuisteis a saludar al Niño Jesús, le regalasteis oro, incienso y mirra. ¿Por qué no le regalasteis una espada? Porque bien sabíais que Él traía un mensaje de amor y paz.

Queridos Reyes Magos... No son los niños los que eligen juguetes bélicos; somos nosotros, los adultos, los que hemos escogido las armas. Somos nosotros, los adultos, los que hemos olvidado lo que decía el Profeta: "Cuando venga Él, el Mesías, transformará las espadas en hoces para la siega".

Si vosotros suprimís de vuestros baúles y camellos todo lo que huele a guerra y muerte, nosotros desarmaremos nuestros corazones de odios, resentimientos, malquerencias, rencores, antipatías y violencias.

Procurad echarnos una mano, vosotros que conocisteis bien Oriente. Nada más por ahora. Un triple abrazo.
 

¿ES USTED JESUS...?

 

Un grupo de vendedores fue a una convención de ventas. Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto.

Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos. De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una canasta de manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes.

Sin detenerse, ni volverse para atrás, los vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión. Todos menos uno. Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Les dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde. Luego regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin importarle su desdicha.

El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña:

"Toma, por favor, estos cien euros por el daño que hicimos. ¿Estás bien?"

Ella, llorando, asintió con la cabeza.

El continuó, diciéndole: "Espero no haber arruinado tu día".

Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó:

"Señor..." El se detuvo y volvió a mirar esos ojos ciegos.

Ella continuó: "¿Es usted Jesús...?

El se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma: "¿Es usted Jesús?"

 

 

AVISO PARA PADRES QUE...

 

Decálogo para formar un delincuente, una feroz denuncia de cómo los adultos estamos siempre, en última instancia, por acción u omisión, detrás de las faltas de los menores.

1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.

2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.

4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.

5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.

7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.

8: Déle todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.

9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.
 

 
 

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