TIEMPO DE PASCUA / A

 

 

JAVIER GARRIDO

 

 

 

Domingo de Resurrección - A

Heb 10,34-43

Sal 117

Col 3,1-4

Jn 20,1-9

 

Situación

Si este domingo asistes a la Eucaristía de la mañana o de la tarde, después de haber celebrado la Vigilia Pascual en un ambiente más participativo, quizá tengas la impresión de que no ha ocurrido nada, que asistes a una de tantas misas dominicales. Es verdad que el sacerdote intentará dar un énfasis especial a la celebración; pero la gente...

La tentación de juzgar la fe de los demás es frecuente entre cristianos organizados más participativamente.

 

Contemplación

Vivimos de la fe de la Iglesia apostólica:

— Pedro, el primer testigo, resume lo que ocurrió en Galilea y Jerusalén y, además, anuncia su sentido salvador: que Jesús, el Crucificado, ha resucitado y ha sido constituido para siempre en Señor (primera lectura).

— La Carta a los Colosenses nos urge a sacar las consecuencias de nuestra fe en la Resurrección: el viraje radical, la nueva jerarquía de valores, que conlleva (segunda lectura).

— El Evangelio nos sitúa en aquel primer domingo de la historia cristiana: la sorpresa de encontrarse con el sepulcro vacío y las idas y venidas de los discípulos, que, como nosotros, ven, pero costándoles creer, y han de «entender la Escritura» para comprender lo que significa el sepulcro vacío. En efecto, no basta conocer la historia de Jesús. Es necesario que los ojos del corazón sean iluminados por la fe. Entonces podemos superar el escándalo de la muerte del Mesías y percibir que el sepulcro vacío no es el vacío sino la señal de su Presencia, vencedor de la muerte.

Venimos de lejos, de los primeros testigos que vieron y creyeron. Esta fe necesita un proceso de personalización; pero sin esta referencia objetiva, sin el testimonio apostólico, sin la Biblia, sin la transmisión viva de la Noticia, la fe quedaría reducida a mera experiencia religiosa subjetiva.

Si todo está en nosotros y nosotros estamos sometidos a la muerte, no queda más que un sepulcro vacío. La fe de la Iglesia apostólica es nuestra roca.

 

Reflexión

La Eucaristía es el sacramento que Jesús encomendó a los Doce en recuerdo de su muerte en favor nuestro y que la Resurrección ha transformado en celebración de su Presencia en medio de la comunidad de sus discípulos para siempre.

Nos reúne cada domingo, es decir, el día del Señor, y cada domingo somos invitados a ver y creer.

Vemos lo que Jesús hizo la víspera de su Pasión, partir el pan y dar gracias al Padre con la copa que simboliza su entrega, y creemos que es mucho más que un símbolo: Actualización de la Nueva Alianza en su cuerpo y en su sangre, ofrecidos como banquete de la vida eterna.

Vemos que es un rito social de las Iglesias cristianas, y creemos que «donde dos o más están reunidos en el nombre de Jesús, allí está El en medio de nosotros».

Vemos que los textos que en la Eucaristía se leen dan testimonio de lo ocurrido en Palestina en la época del procurador romano, Pilato, y creemos que esos acontecimientos son únicos, tienen un significado salvador para todos los tiempos.

Vemos un grupo humano que actúa dentro de un orden de creencias y normas, y creemos que este grupo ha sido convocado por Dios para ser su mediación histórica en relación con su Reino.

 

Praxis

La misma dinámica del ver y creer atraviesa la experiencia de la vida ordinaria.

Ves un mundo dominado por intereses, y crees que hay una fuerza mayor que lo habita: el amor oculto y anónimo.

Ves la superficialidad y mentira de las relaciones interpersonales, y crees que cada hombre/mujer busca a tientas la hora de la verdad.

Ves la miseria y esclavitud de la condición humana, y crees que la esperanza renace cada día de las cenizas.

¿Qué es la fe, una ilusión? O, por el contrario, ¿la única lucidez realista que dignifica al hombre?


 

Segundo domingo de Pascua - A

Hech 2,42-47
Sal 117
1 Pe 1,3-9
Jn 20,19-31

 

Situación

Los cristianos vivimos con frecuencia la tensión entre autonomía y comunidad. Que se traduce en diversos ámbitos: ¿Dónde está el centro de mi compromiso cristiano: en las realidades seculares, en las que no es fácil percibir la presencia de Dios, o en la parroquia, donde me siento Iglesia? ¿Hay que insistir en madurar la fe personal o en crear comunidad?

Teóricamente, esas bipolaridades no sólo no son contradictorias, sino complementarias. Pero según se acentúa un aspecto u otro, la vivencia real es distinta.

 

Contemplación

Muchos nos sentimos identificados con la figura de Tomás. Es el racionalista que necesita ver y tocar para creer, es decir, objetivar y controlar, hasta que descubrimos que, efectivamente, Dios nos invita a ver lo que ha hecho por nosotros (las llagas), y nos enseña a ver más lejos (en las llagas, las heridas del amor de Dios y las fuentes del Espíritu)

Más tarde aprenderemos a caminar de fe en fe, a creer sin necesidad de ver.

Tomás es el individualista que, al separarse de la comunidad, al sujetivizar su fe, termina cerrándose sobre sí mismo y se hace así incapaz de encontrarse con el Resucitado y recibir su paz. Pero es, también, el que, como tantos creyentes de hoy, vive un proceso personalizador de la fe y, por ello, tiene una palabra que decir a los no creyentes, en contraposición con la fe sociológica de quienes buscan en la comunidad el seno protector, el refugio de sus miedos a un mundo descristianizado y hostil.

La lectura de los Hechos nos presenta la realización práctica de la fe: la comunión de los discípulos de Jesús, el gran signo ante el mundo de que el Reino ya ha llegado. Un retrato, sin duda, idealizado de la comunidad primitiva de Jerusalén; pero necesario, como llamada constante a plasmar prácticamente el proyecto de Dios de una humanidad fraterna.

 

Reflexión

En la Eucaristía vivimos con intensidad el contraste entre la realidad constatable y lo que ella significa y realiza, esa nueva humanidad, caracterizada por lo que dicen los Hechos de la comunidad primitiva de Jerusalén. En efecto, en la Eucaristía escuchamos la Palabra, invocamos a Dios-Padre, nos unimos como hermanos y compartimos lo que tenemos.

Teológicamente, es claro: La gracia primera de este sacramento es la comunión con Dios y el amor fraterno.

Pero la realidad es que apenas nos conocemos, que la fe que profesamos públicamente se parece demasiado a fórmulas estereotipadas (la velocidad y apatía con que rezamos...), que la limosna que damos se parece más a un gesto ridículo y humillante que a un compartir cordial y efectivo, que estamos pendientes del reloj (la Misa, cuanto más corta mejor), que no sabemos qué tiene que ver esa asamblea con los problemas que nos preocupan (a lo sumo, ese rato nos sirve para la oración individual y para presentarle al Señor nuestros problemas), etc., etc. ¿Es eso una comunidad?

Sin embargo, ¿no es increíble que Dios siga renovando su amor fiel con los que estamos ahí, tan ausentes, y que insistamos en escuchar el mensaje de Jesús, tan a contracorriente, y que toquemos y comamos ese cuerpo y esa sangre, y que, a pesar de nuestras diferencias ideológicas y sociales, formemos una comunidad y nos demos el abrazo de la paz, y que, a pesar de nuestro egoísmo, intentemos, una y otra vez, salir de nosotros mismos para compartir lo que somos y tenemos?

Así es la Iglesia, como la Eucaristía: luz y sombra, don y tarea...

 

Praxis

¿Cómo vives ese claroscuro de tu Misa dominical, como problema o como camino de tu maduración creyente?

¿Qué buscas en la comunidad cristiana: el ideal de fraternidad que no encuentras en el mundo, el refugio de tus conflictos? No seas iluso, pues los problemas humanos se dan igualmente en ella.

Quizá eres tan individualista que tu parroquia no es para ti más que un edificio con una serie de servicios. Ciertamente, la comunidad cristiana no existe para sí, sino para los hombres; la misión se realiza, primordialmente, en el mundo. Pero sin compartir tu fe, terminarás por vaciarla de sentido.


 

Tercer domingo de Pascua - A

Hech 2,22-33
Sal 15
1 Pe 1,17-21
Lc 24,13-35

 

1. Situación

La experiencia de la Resurrección no es algo que se impone, sino un proceso, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Cuando Dios no responde a nuestras expectativas, cuando el sufrimiento o el fracaso oscurece el sentido de la vida, nos solemos preguntar: ¿Dónde está Dios?»

 

2. Contemplación

En buena parte, el Nuevo Testamento ha sido escrito como respuesta a esa pregunta. Si Jesús no hubiese resucitado, nada habría sido escrito, pues el Viernes Santo todo se hundió bajo la muerte y el fracaso. Los discípulos,   decepcionados, volvieron a Galilea, a sus antiguas tareas. Pero la Resurrección no fue la respuesta automática a todas las cuestiones. Hubo que repensar todo, comenzando por releer la fe de Israel, el Antiguo Testamento.

Evidentemente, el discurso de Pedro, el día de Pentecostés (primera lectura), tal como nos lo cuentan los Hechos, es una elaboración tardía de la comunidad cristiana, que, a la luz de la Resurrección, relee el plan salvador de Dios y los textos proféticos, a la vez que busca en el Antiguo Testamento la iluminación de su relectura.

La aparición del Resucitado camino de Emaús (Evangelio de hoy) sintetiza admirablemente cómo la Iglesia experimenta la presencia de Jesús en su caminar por la historia:

- La torpeza del corazón humano para entender el modo de obrar de Dios.

- El escándalo que supone proclamar al Crucificado como Mesías Libertador.

- Cómo Jesús está presente en la Palabra escuchada en comunidad.

- Cómo actúa por su Espíritu Santo, que nos abre el corazón.

- Especialmente, en la Eucaristía, al renovar su Cena.

- Lo cual es inseparable del gesto del compartir, es decir, de su presencia en el forastero y necesitado.

 

3. Reflexión

Siendo la Eucaristía el signo más claro, para la Iglesia, de la presencia del Resucitado, también ella implica un proceso de fe, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Así son todos los sacramentos.

En el corazón humano hay una tendencia fuerte a objetivar la presencia de Dios y disponer así de su poder. A ello se prestan especialmente los ritos del culto. Por ejemplo, cuando se usa la práctica de los primeros viernes de mes para asegurarse la salvación, o la fe se centra de tal modo en el sagrario de nuestras iglesias y capillas que pierde el sentido de la presencia de Jesús en la comunidad o en las personas necesitadas que pasan a nuestro lado.

Ciertamente, hace falta mucha fe para creer que ese pan y ese vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. La misma fe que hace falta para percibir en la Iglesia la mediación salvadora que Dios ha dejado en la historia, o para percibir en ese vecino borracho o en ese drogadicto que intenta sacarte unas perras la presencia viva de Jesús. Amar a los pobres en general no es lo mismo que amar a ese pobre concreto que molesta.

La fe necesita hacer un camino y madurar. Para ello hay que aprender a conocer el estilo de Dios, cómo ha roto todos nuestros esquemas sobre Su sabiduría y Su poder. A la luz de la Biblia, especialmente de la vida y obras, muerte y resurrección de Jesús, vamos haciéndonos al ser y actuar de Dios. Cuando un día descubramos la sabiduría y el poder de su Amor, entonces aprenderemos a reconocerlo en la Eucaristía, en el forastero, en la Iglesia.

Nos seguirá extrañando que esté presente precisamente ahí; pero nos extrañará infinitamente más su incalculable Amor. Estaremos tan agradecidos, que será la Eucaristía, cabalmente, nuestro consuelo: ¡poder devolverle tanto amor con el amor de Jesús, ya que el nuestro es tan miserable!

 

4. Praxis

Reconocer a Jesús en la Palabra y en la Eucaristía.

Reconocer a Jesús en ese vecino a quien tratamos como extraño.

Compartir más lo que somos y tenemos.


 

Cuarto domingo de Pascua - A

Hech 2,36-41
Sal 22
1 Pe 2,20-25
Jn 10,1-10

 

Situación

El tema de la autoridad es delicado a nivel familiar, laboral, civil o eclesial. Porque nuestra cultura democrática se rebela contra la autoridad que se impone y porque la historia nos ha puesto alerta sobre el abuso de poder.

Jesús ha dado por supuesta la necesidad de la autoridad; pero la ha desacralizado radicalmente y la ha puesto siempre al servicio del hombre, no del Sistema.

Por eso nos sentimos tan incómodos cuando miramos a la Iglesia en cuanto institución, pues la autoridad tiene en ella un carácter muy monárquico y clerical.

 

Contemplación

A la luz de la Palabra, especialmente del Evangelio, queremos reflexionar sobre la autoridad de Jesús, el Señor resucitado, criterio definitivo de toda autoridad para los cristianos.

Jesús afirma su autoridad, la que ha recibido del Padre. Es la puerta y el pastor. No es ladrón ni mercenario. ¿En qué se le nota? En que ama y sirve desinteresadamente. En que establece una relación interpersonal, puesto que «conoce a sus ovejas y éstas le conoces a El». En que El va por delante, en el doble sentido: de que hace lo que dice a los suyos y de que se compromete enteramente a cumplir la tarea que se le ha encomendado.

Los Hechos nos presentan a Pedro con la autoridad del Evangelio, la autoridad de la Palabra, para ser testigo; elegido para este servicio, el primero y esencial en la Iglesia. Pero su autoridad consiste en afirmar el señorío de Jesús, la Salvación en el nombre de Jesús. Lo cual conlleva bautizar, es decir, celebrar los sacramentos, reunir y presidir la comunidad cristiana, sin duda; pero en función de congregar al Pueblo de Dios, cuya Cabeza es Cristo.

Es esto lo que celebra el salmo 22: la dicha de ser el Pueblo de Dios, de tener a Dios mismo como su Pastor, líder y guía. La autoridad ya no es una amenaza, sino presencia de amor, paz.

 

Reflexión

La Eucaristía, en cuanto acto social y religioso del Pueblo de Dios, refleja la realidad ambivalente de la Iglesia respecto a la autoridad y sus funciones. Por un lado, todo se concreta en los varones célibes, los clérigos, con una concepción patriarcal y jerárquica, que no manifiesta precisamente el espíritu de servicio, minoridad y fraternidad que Jesús inculcó a los suyos. Por otra parte, a la luz de la fe y de lo que se dice verbalmente, el centro de la celebración es Jesús, el Señor, única autoridad.

En la Eucaristía se realiza cumplidamente cómo Jesús ejerce su autoridad en la Iglesia: como Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. No se afirma en poder; se da en alimento y bebida. No se distancia para proteger su autoridad, como hacemos los clérigos (sacralizamos nuestra autoridad reforzando nuestro rol de salvadores y mediadores, disponiendo de poderes espirituales exclusivos, teniendo la última palabra sobre las conciencias...), sino que nos da su espíritu, estableciendo una relación íntima de amor: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15).

La madurez de la fe no está en hacer de la autoridad en la Iglesia algo intocable, justificado por el poder específico que tienen los, sacerdotes en la Eucaristía, sino en actualizar, unos y otros, las actitudes de Jesús, «que no se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó» (cf. Flp 2).

 

Praxis

En este tema, todos tenemos mucho que revisarnos.

Comencemos por el ámbito en que tenemos alguna autoridad sobre los demás (familia o trabajo). Es verdad que no hay que ser ingenuos y pensar que cabe transponer literalmente la humildad de Jesús a los conflictos de autoridad en la sociedad; pero, ¡que fácilmente justificamos nuestra necesidad de poder o nuestros mecanismos de autoafirmación!

Comencemos por posibilitar cauces reales de diálogo que no sean meras tretas de estrategia democrática.

Pasemos a la Iglesia. Los clérigos, que tenemos autoridad explícita en ella, hemos de ser los primeros en revisar no sólo actitudes, sino también medios prácticos que favorezcan progresivamente la participación de los seglares. Nos queda un camino largo, pero urgente. En este punto, la Iglesia resulta un escándalo grave para muchos creyentes y, por descontado, para los no creyentes.

               

                                                                 

 

Quinto domingo de Pascua - A

Hech 6,1-7
Sal 32
1 Pe 2,4-9
Jn 14,1-12

1. Situación

Estos domingos de Pascua vamos profundizando en nuestro ser Iglesia desde perspectivas distintas. En cuanto nos apropiamos el don de ser la comunidad convocada por Dios y dejamos de poner nuestra mirada en Jesús, lo estropeamos todo.

Pero el Señor cuenta con nuestra fragilidad y pecado. Por eso existen los sacramentos, especialmente la Palabra y la Eucaristía, para renovar permanentemente la vida de la Iglesia.

2. Contemplación

La lectura de los Hechos nos habla de las tensiones internas entre los cristianos de Jerusalén (¡para que no idealicemos el cristianismo primitivo!), y nos hace comprender la riqueza de servicios de la comunidad: el servicio de la Palabra y la oración y el servicio de la comunión de bienes. Anotemos estas dos dimensiones, para que no reduzcamos la vida de la Iglesia a realidades puramente espirituales o a sólo la promoción de la justicia. El Reino implica al hombre integral. Otra cosa es el modo de realizar ambos servicios, por ejemplo, si actualmente debe ser la parroquia la que organice la solidaridad con los pobres o los cristianos hemos de luchar, más bien, en colaboración con otros movimientos aconfesionales.

El Evangelio, de los discursos de la Cena, nos adentra en lo más íntimo de la vida de la Iglesia, en la fuente de donde brotan el servicio de la Justicia y el servicio de la Palabra y de la Eucaristía misma: nuestra comunión con Jesús, camino, verdad y vida.

Cada una de las frases de Jesús adquiere una densidad especial, iluminada por el Misterio Pascual.

- Cómo Jesús es nuestra mediación absoluta.

- Cómo en el camino que Jesús ha recorrido, desde su encarnación hasta su resurrección, se nos ha revelado el Padre.

- Cómo Jesús es la fuente permanente de nuestra misión hoy, en continuidad con la suya.

- Cómo con Jesús lo tenemos todo.

- Cómo Jesús es el anhelo más ardiente de nuestro corazón. «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven, Señor Jesús» (Ap 22).

3. Reflexión

Cuando uno alimenta su fe en la Palabra y la Eucaristía, como vamos haciendo cada domingo, al principio se siente incómodo, sobre todo sí es persona realista y su experiencia espiritual se ha concentrado en la vida ordinaria, no en las prácticas religiosas. Le suele parecer que lo escuchado en la Palabra y celebrado en la Eucaristía o bíen tiene poco que ver con sus problemas concretos, o bien supone un nivel espiritual que le sobrepasa.

Estas páginas quieren ayudar a situar la Palabra en la dinámica espiritual de la vida ordinaria, porque es ahí, no en los momentos especiales de oración o de culto cristiano, donde se realiza la vocación cristiana. Pero no quisieran privar al cristiano de uno de los descubrimientos más gozosos de su fe: cómo, poco a poco, la Palabra y la Eucaristía van configurando con dinamismo propio toda su vida, porque le van sumergiendo, casi sin darse cuenta, en la vida teologal.

Al principio, a fin de no hacer de la Revelación una ideología, necesitamos confrontar la Palabra-Eucaristía con la vida. Más tarde va descubriéndose un realismo más hondo: cierta simplificación interior, la experiencia del «permanecer en Jesús» (tan repetido en los discursos de la Cena de Juan), la presencia amorosa de Dios en todo, la actitud constante de entrega a la voluntad de Dios, las entrañas de misericordia con el prójimo...

Es la obra del Espíritu Santo que nos lleva al conocimiento de «lo largo, lo ancho, lo alto y lo profundo del amor de Cristo que supera todo conocimiento» (cf. Ef 3).

El Espíritu Santo nos lo enseña de muchos modos. Uno de ellos, fundamental, es al contacto con la Palabra y la Eucaristía. Pero no para centrarnos ahora en las prácticas religiosas, dejando la vida ordinaria, sino, a la inversa, para descubrir la profundidad de la vida ordinaria cuando se vive en comunión con Jesús, camino, verdad y vida.

4. Praxis

- Dedicar algún tiempo a leer despacio, a «dejarse hacer» por los discursos de la Cena, tan significativos en el conjunto de la Sagrada Escritura.

- Hacerme consciente, en algunos momentos de mi vida ordinaria, del don que es vivir en comunión con Jesús, mi fuente íntima de ser y actuar.


Sexto domingo de Pascua - A

Hech 8,5-8. 14-17
Sal 65
1 Pe 3,15-18
Jn 14,15-21

1. Situación

Los discursos de la Cena, llamados también de «despedida», nos sitúan en el corazón de la vida pascual: el don del Espíritu Santo, que nos recrea en lo más íntimo y nos hace vivir la vida del Resucitado, la vida teologal.

Pregúntate así, sin más preámbulos: ¿Te atreves a desear o, al menos, a pensar que estás llamado a ser un místico?

No pienses en cosas raras, sino en experimentar tú, precisamente tú, la vida del discípulo tal como la describe Jesús en Jn 14-17.

¿Qué sientes al hacerte esa pregunta?

- ¿Identificación y deseo? ¿De dónde nace ese deseo? Quizá despertaste al sentido de la vida desde la experiencia de relación con Dios, y, lógicamente, permanece como anhelo.

¿Qué te ha enseñado la vida sobre esos deseos?

- ¿Vértigo, miedo a un mundo desconocido? Tú has sido, quizá, mucho más normal en tus sueños y proyectos. Pero tal vez comienzas a estar desconcertado, porque Dios te está metiendo, imperceptiblemente, en horizontes insospechados de vida interior.

¿O prescindes de estas cuestiones, porque das por respuesta que la mística es para gente rara o muy especial?

2. Contemplación

Los Hechos: También a los samaritanos se les concede el Espíritu Santo. Para que no pienses que la plenitud de la vida teologal es para una minoría selecta.

El salmo celebra el poder de Dios. ¡Qué mal pensamos de Dios cuando creemos que no puede hacer maravillas con nuestra pequeñez!

El Evangelio insiste en la comunión entre Jesús y el discípulo, obra del Espíritu Santo. Se trata de una relación única: conocimiento íntimo, pero inobjetivable; es experiencia de vida nueva, pero no puedo disponer de ella, sino sólo recibirla; consiste en amar a Jesús, pero la verdad de este amor está en cumplir su mandamiento, el amor al prójimo. Esta comunión con Jesús es la máxima alegría del Padre. Está dada, y es inagotable; iniciada con la Resurrección, abarca la eternidad.

3. Reflexión

Un buen test de la calidad de nuestra vida teologal es confrontar nuestra experiencia espiritual y los discursos de la Cena.

Si te parecen muy bonitos, pero «música celestial», todavía no has descubierto lo mejor.

Nunca terminaremos de personalizar esa Palabra. A ella han vuelto siempre, como referencia esencial, nuestros místicos.

Sin embargo, es importante que percibas dentro de ti aquellas experiencias que conectan directamente con esa vida pascual del discípulo. Se dan en la mayoría de los creyentes que han hecho un cierto proceso de liberación interior; pero no saben valorarlas. Lo peor de todo es que tienen miedo a darles paso:

- Ese poner tu vida, confiadamente, en manos de Jesús, y experimentar que pierdes miedo al futuro, al riesgo, al sufrimiento.

- Descubrir que la vida crece «de dentro afuera», no por cumplimiento de normas ni por esfuerzos de voluntad.

- Haber cambiado de mirada en tu relación con el prójimo, de modo que ahora ya no piensas en los demás por justificar tu vida ni por impulsos de compasión, sino porque sientes que tu vida no te pertenece.

- Sabiduría para concentrar tus energías en lo esencial, el amor, de modo que todo lo que haces, oración y acción, trabajar y perder el tiempo, se unen en tu corazón.

- Esa ternura agradecida ante Dios y ante la vida, como subsuelo en que se asienta la actitud básica de la existencia.

¿Que todo esto es sólo inicial? Sin duda. Con todo, ¿no ves que has recibido el Espíritu Santo para que esa vida se despliegue? Tus miedos y tus cálculos se resisten a dejar que la Vida te crezca. El Espíritu es el Defensor, y El se encarga de salir a favor del Don de Dios. Confía, y El te irá fortaleciendo por dentro, suavemente, como quien nada hace. La obra de Dios suele ser pacífica, con la violencia liberadora del amor.

4. Praxis

Que alguna frase de los discursos de la Cena vaya resonándote durante el día, en medio de tus quehaceres.

Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros.


 

Fiesta de la Ascensión (séptimo domingo de Pascua) - A

Hech 1,1-11
Sal 46
Ef 1,17-23
Mt 28,16-20

1. Situación

La Resurrección inicia la nueva creación. Lo hemos ido viviendo desde diversas perspectivas, especialmente, en cuanto se refiere a la transformación de la vida personal, que nunca se da fuera de la comunidad cristiana o de un modo intimista, sino siempre sacramental y eclesialmente.

Hoy celebramos la universalidad de la Resurrección.

Hay tantas cosas que nos impiden la universalidad: nuestro etnocentrismo, la tendencia a percibir a los otros como amenaza o, si no, como objeto de nuestra influencia, la estrechez de nuestro corazón ligado a lo conocido e inmediato.

¿Se puede vivir una espiritualidad de la vida ordinaria con horizontes de universalidad?

2. Contemplación

Lucas (primera lectura) ha retratado con lucidez tanto el significado salvífico universal de la Resurrección como la dificultad de la Iglesia primitiva de Jerusalén para abrirse a la misión universal. Que Jesús suba al cielo, al Padre, simboliza que ha sido elevado por Dios a la dignidad de Rey mesiánico para siempre. Pero produce en los discípulos la sensación de alejamiento y horfandad. Necesitamos del Espíritu Santo para comprender que Jesús está más cerca de nosotros que nunca; pero que ha llegado la hora de anunciar a todos los hombres la Buena Noticia. El peligro más sutil es quedarse quietos, contemplando a Jesús, aferrados a nuestra nostalgia o a nuestra experiencia de intimidad amorosa. El amor de Jesús no necesita ser protegido, por miedo a perderlo. Al contrario, se fortalece y crece en la misión, en la tarea.

La lectura de Ef 1 nos ayuda a contemplar la universalidad del señorío del Resucitado no sólo extensivamente, por así decirlo, sino intensivamente, es decir, como plenitud del que lo acaba todo en todos, pues es la Cabeza.

Escuchemos el Evangelio con la alegría de quien sabe que su vida no le pertenece, que su misión es universal y alcanza al mundo entero.

3. Reflexión

No suele ser fácil vivir la espiritualidad de la vida ordinaria con un espíritu de universalidad. En castellano se dice que «quien mucho abarca, poco aprieta»; y, en efecto, cuando uno es joven e idealista, se preocupa de las grandes causas, las misiones o el Tercer Mundo; pero, cuando deja de ser joven, el realismo le concentra en sus pequeñas, monótonas y áridas responsabilidades de todos los días. Algunos días, cuando se celebra el Domund o la campaña contra el hambre, renacen los antiguos deseos de universalidad, que se cumplen con la aportación económica y la oración.

Sin embargo, la madurez de la fe está en la síntesis entre concentración de amor en lo cotidiano y apertura universalista al prójimo. No hace falta ir al Tercer Mundo. Por ejemplo:

- Si el amor a los tuyos te ha ayudado a descubrir con ojos nuevos a los otros, y no se te ha quedado sólo en tu «nido».

- Si la información que recibimos constantemente sobre el Tercer Mundo nos va creando una mentalidad planetaria, por ejemplo, al valorar los problemas nacionales o los intereses económicos de nuestro primer mundo privilegiado.

- Si tratas al extranjero, cada vez más frecuente en nuestro país, como persona igual, no como amenaza.

- Si la alegría de tu fe se te hace contagiosa, y necesitas comunicarla en tu ambiente social. No hace falta ir predicando o haciendo proselitismo. Al contrario, la anchura del corazón universal te permite respetar los momentos y los múltiples caminos de Dios y te empuja, simultáneamente, a ser consciente de que el Don que has recibido no es sólo ni primordialmente para ti.

- Si en tu oración aparecen cada vez más los otros en una especie de círculos concéntricos que se dilatan: familia, parroquia, diócesis, nación, mundo...

4. Praxis

En la Eucaristía hay un momento específico para la oración universal, después de la homilía. Intenta vivirlo conscientemente.

¿Has pensado alguna vez en colaborar no sólo puntualmente sino permanentemente con alguna comunidad cristiana del Tercer Mundo, que tiene dificultades? En muchas parroquias se realiza este puente fraterno con las Iglesias recientes, teniendo en cuenta la ayuda económica y la espiritual. Algunos hermanos incluso se van de vacaciones o dedican algunos años a estar con ellos. ¿Qué podrías hacer tú, partiendo siempre de tu realidad?


Domingo de Pentecostés

Hech 2,1-11 1 Cor 12,3-7 Jn 20,19-23

1. Situación

La Iglesia ha de mantener la tensión entre su vida hacia dentro y su vida hacia fuera, su corazón vuelto al Resucitado y su amor al mundo, entre el don y la tarea, la contemplación y la misión.

Como cada uno de los cristianos.

Cuanto más vive de la Eucaristía, tanto más descubre que el culto «en espíritu y en verdad» está en la vida diaria, en el realizar la fe a la intemperie. Cuanto más descubre la presencia de Dios en los acontecimientos, tanto más necesita permanecer en Jesús, escuchando su Palabra.

2. Contemplación

Pentecostés celebra la universalidad de la Pascua que el Resucitado encomienda al Espíritu Santo, su Enviado, su Misionero en la historia, mediante la Iglesia.

¿Es que podemos guardarnos para nosotros la Buena Noticia? Deberíamos gritar y llorar por los caminos, con Francisco de Asís: «El Amor no es amado».

- Los Hechos describen la misión encomendada a la comunidad cristiana como una irrupción del Espíritu, que inicia una nueva era de la historia de la Salvación. El Espíritu Santo, mediante la palabra de Pedro, convoca a judíos y paganos en una nueva humanidad reconciliada; lo contrario de la división de Babel (cf. Gén 1 1 ).

- La segunda lectura nos recuerda el origen de nuestra misión: nuestro bautismo, que nos hace Iglesia.

- En el Evangelio, con otras palabras, como en la Ascensión, volvemos a escuchar el mandato de Jesús resucitado: Corno el Padre me ha enviado, así os envío yo.

¿Qué nos pasa que esto de la misión se lo dejamos a los misioneros, y que somos incapaces de vivir nuestra vida ordinaria en estado de misión?

3. Reflexión

La fe adulta se caracteriza por vivir en estado de misión.

- Porque sabe que su vida no le pertenece; pero no confunden la misión con las ganas de hacer adeptos para la propia causa; por el contrario, respeta al otro y deja a Dios que haga a su manera y en su momento.

- Porque la Buena Noticia le quema; pero vive la misión como un servicio, no como un poder.

- Porque las cosas más sencillas de la vida ordinaria nunca son para un cristiano una tarea, sin más, sino obediencia al Padre y, por lo tanto, acción de Dios en la historia. Sin embargo, no necesita espiritualizar lo que hace, sino vivirlo a fondo, dando calidad a cada acción, como si en ello se jugase la salvación del mundo; pero sin crispación, con esa naturalidad que caracteriza a la libertad espiritual.

- Porque la vida en estado de amor lleva en sí misma la fuerza transformadora del mundo.

- Porque lo mismo si se retira a orar en lo escondido al Padre, como si predica en un púlpito, como si conversa con un amigo/a, como si se compromete en una acción social, como si cumple su trabajo fielmente en la empresa, en todo está presente el Resucitado, Señor de la Historia.

- Porque la ambigüedad de todo lo humano no se opone al Reino de Dios; al contrario, la eficacia del Espíritu se verifica en el ocultamiento, en lo no espectacular, «desde dentro» de la condición humana.

4. Praxis

Suele ocurrir con nuestras fiestas: Si estamos en fase de entusiasmo, nos vienen deseos de grandes cosas (hoy, Pentecostés, de comprometernos con alguna misión); si estamos en fase de realismo o de desgana espiritual, nos resbalan las grandes palabras como «vivir en estado de misión».

Sintetiza en unas cuantas líneas la vida que el Señor ha ido suscitando en ti desde el Miércoles de Ceniza hasta hoy. Procura distinguir entre deseos ideales y transformación real, aunque ésta te parezca poquita cosa. Mira lo espiritual y también lo humano. Que tengas sensación de vida que te crece por dentro.

Pues bien, ahora traduce esa vida en una tarea o relación hacia fuera. Ahí está tu Pentecostés.

 

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