Quinto domingo de Pascua - A
Hech 6,1-7
Sal 32
1 Pe 2,4-9
Jn 14,1-12
1. Situación
Estos domingos de Pascua
vamos profundizando en nuestro ser Iglesia desde perspectivas distintas.
En cuanto nos apropiamos el don de ser la comunidad convocada por Dios y
dejamos de poner nuestra mirada en Jesús, lo estropeamos todo.
Pero el Señor cuenta con
nuestra fragilidad y pecado. Por eso existen los sacramentos,
especialmente la Palabra y la Eucaristía, para renovar permanentemente
la vida de la Iglesia.
2. Contemplación
La lectura de los Hechos
nos habla de las tensiones internas entre los cristianos de Jerusalén (¡para
que no idealicemos el cristianismo primitivo!), y nos hace comprender la
riqueza de servicios de la comunidad: el servicio de la Palabra y la
oración y el servicio de la comunión de bienes. Anotemos estas dos
dimensiones, para que no reduzcamos la vida de la Iglesia a realidades
puramente espirituales o a sólo la promoción de la justicia. El Reino
implica al hombre integral. Otra cosa es el modo de realizar ambos
servicios, por ejemplo, si actualmente debe ser la parroquia la que
organice la solidaridad con los pobres o los cristianos hemos de luchar,
más bien, en colaboración con otros movimientos aconfesionales.
El Evangelio, de los
discursos de la Cena, nos adentra en lo más íntimo de la vida de la
Iglesia, en la fuente de donde brotan el servicio de la Justicia y el
servicio de la Palabra y de la Eucaristía misma: nuestra comunión con
Jesús, camino, verdad y vida.
Cada una de las frases de
Jesús adquiere una densidad especial, iluminada por el Misterio Pascual.
- Cómo Jesús es nuestra
mediación absoluta.
- Cómo en el camino que
Jesús ha recorrido, desde su encarnación hasta su resurrección, se nos
ha revelado el Padre.
- Cómo Jesús es la fuente
permanente de nuestra misión hoy, en continuidad con la suya.
- Cómo con Jesús lo
tenemos todo.
- Cómo Jesús es el anhelo
más ardiente de nuestro corazón. «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven,
Señor Jesús» (Ap 22).
3. Reflexión
Cuando uno alimenta su fe
en la Palabra y la Eucaristía, como vamos haciendo cada domingo, al
principio se siente incómodo, sobre todo sí es persona realista y su
experiencia espiritual se ha concentrado en la vida ordinaria, no en las
prácticas religiosas. Le suele parecer que lo escuchado en la Palabra y
celebrado en la Eucaristía o bíen tiene poco que ver con sus problemas
concretos, o bien supone un nivel espiritual que le sobrepasa.
Estas páginas quieren
ayudar a situar la Palabra en la dinámica espiritual de la vida
ordinaria, porque es ahí, no en los momentos especiales de oración o de
culto cristiano, donde se realiza la vocación cristiana. Pero no
quisieran privar al cristiano de uno de los descubrimientos más gozosos
de su fe: cómo, poco a poco, la Palabra y la Eucaristía van configurando
con dinamismo propio toda su vida, porque le van sumergiendo, casi sin
darse cuenta, en la vida teologal.
Al principio, a fin de no
hacer de la Revelación una ideología, necesitamos confrontar la
Palabra-Eucaristía con la vida. Más tarde va descubriéndose un realismo
más hondo: cierta simplificación interior, la experiencia del «permanecer
en Jesús» (tan repetido en los discursos de la Cena de Juan), la
presencia amorosa de Dios en todo, la actitud constante de entrega a la
voluntad de Dios, las entrañas de misericordia con el prójimo...
Es la obra del Espíritu
Santo que nos lleva al conocimiento de «lo largo, lo ancho, lo alto y lo
profundo del amor de Cristo que supera todo conocimiento» (cf. Ef 3).
El Espíritu Santo nos lo
enseña de muchos modos. Uno de ellos, fundamental, es al contacto con la
Palabra y la Eucaristía. Pero no para centrarnos ahora en las prácticas
religiosas, dejando la vida ordinaria, sino, a la inversa, para
descubrir la profundidad de la vida ordinaria cuando se vive en comunión
con Jesús, camino, verdad y vida.
4. Praxis
- Dedicar algún tiempo a
leer despacio, a «dejarse hacer» por los discursos de la Cena, tan
significativos en el conjunto de la Sagrada Escritura.
- Hacerme consciente, en
algunos momentos de mi vida ordinaria, del don que es vivir en comunión
con Jesús, mi fuente íntima de ser y actuar.
Sexto domingo de Pascua - A
Hech 8,5-8. 14-17
Sal 65
1 Pe 3,15-18
Jn 14,15-21
1. Situación
Los discursos de la Cena,
llamados también de «despedida», nos sitúan en el corazón de la vida
pascual: el don del Espíritu Santo, que nos recrea en lo más íntimo y
nos hace vivir la vida del Resucitado, la vida teologal.
Pregúntate así, sin más
preámbulos: ¿Te atreves a desear o, al menos, a pensar que estás llamado
a ser un místico?
No pienses en cosas raras,
sino en experimentar tú, precisamente tú, la vida del discípulo tal como
la describe Jesús en Jn 14-17.
¿Qué sientes al hacerte
esa pregunta?
- ¿Identificación y deseo?
¿De dónde nace ese deseo? Quizá despertaste al sentido de la vida desde
la experiencia de relación con Dios, y, lógicamente, permanece como
anhelo.
¿Qué te ha enseñado la
vida sobre esos deseos?
- ¿Vértigo, miedo a un
mundo desconocido? Tú has sido, quizá, mucho más normal en tus sueños y
proyectos. Pero tal vez comienzas a estar desconcertado, porque Dios te
está metiendo, imperceptiblemente, en horizontes insospechados de vida
interior.
¿O prescindes de estas
cuestiones, porque das por respuesta que la mística es para gente rara o
muy especial?
2. Contemplación
Los Hechos: También a los
samaritanos se les concede el Espíritu Santo. Para que no pienses que la
plenitud de la vida teologal es para una minoría selecta.
El salmo celebra el poder
de Dios. ¡Qué mal pensamos de Dios cuando creemos que no puede hacer
maravillas con nuestra pequeñez!
El Evangelio insiste en
la comunión entre Jesús y el discípulo, obra del Espíritu Santo. Se
trata de una relación única: conocimiento íntimo, pero inobjetivable; es
experiencia de vida nueva, pero no puedo disponer de ella, sino sólo
recibirla; consiste en amar a Jesús, pero la verdad de este amor está en
cumplir su mandamiento, el amor al prójimo. Esta comunión con Jesús es
la máxima alegría del Padre. Está dada, y es inagotable; iniciada con la
Resurrección, abarca la eternidad.
3. Reflexión
Un buen test de la
calidad de nuestra vida teologal es confrontar nuestra experiencia
espiritual y los discursos de la Cena.
Si te parecen muy
bonitos, pero «música celestial», todavía no has descubierto lo mejor.
Nunca terminaremos de
personalizar esa Palabra. A ella han vuelto siempre, como referencia
esencial, nuestros místicos.
Sin embargo, es
importante que percibas dentro de ti aquellas experiencias que conectan
directamente con esa vida pascual del discípulo. Se dan en la mayoría de
los creyentes que han hecho un cierto proceso de liberación interior;
pero no saben valorarlas. Lo peor de todo es que tienen miedo a darles
paso:
- Ese poner tu vida,
confiadamente, en manos de Jesús, y experimentar que pierdes miedo al
futuro, al riesgo, al sufrimiento.
- Descubrir que la vida
crece «de dentro afuera», no por cumplimiento de normas ni por esfuerzos
de voluntad.
- Haber cambiado de
mirada en tu relación con el prójimo, de modo que ahora ya no piensas en
los demás por justificar tu vida ni por impulsos de compasión, sino
porque sientes que tu vida no te pertenece.
- Sabiduría para
concentrar tus energías en lo esencial, el amor, de modo que todo lo que
haces, oración y acción, trabajar y perder el tiempo, se unen en tu
corazón.
- Esa ternura agradecida
ante Dios y ante la vida, como subsuelo en que se asienta la actitud
básica de la existencia.
¿Que todo esto es sólo
inicial? Sin duda. Con todo, ¿no ves que has recibido el Espíritu Santo
para que esa vida se despliegue? Tus miedos y tus cálculos se resisten a
dejar que la Vida te crezca. El Espíritu es el Defensor, y El se encarga
de salir a favor del Don de Dios. Confía, y El te irá fortaleciendo por
dentro, suavemente, como quien nada hace. La obra de Dios suele ser
pacífica, con la violencia liberadora del amor.
4. Praxis
Que alguna frase de los
discursos de la Cena vaya resonándote durante el día, en medio de tus
quehaceres.
Yo estoy con mi Padre,
vosotros conmigo y yo con vosotros.
Fiesta de la Ascensión (séptimo domingo de
Pascua) - A
Hech 1,1-11
Sal 46
Ef 1,17-23
Mt 28,16-20
1. Situación
La Resurrección inicia la
nueva creación. Lo hemos ido viviendo desde diversas perspectivas,
especialmente, en cuanto se refiere a la transformación de la vida
personal, que nunca se da fuera de la comunidad cristiana o de un modo
intimista, sino siempre sacramental y eclesialmente.
Hoy celebramos la
universalidad de la Resurrección.
Hay tantas cosas que nos
impiden la universalidad: nuestro etnocentrismo, la tendencia a percibir
a los otros como amenaza o, si no, como objeto de nuestra influencia, la
estrechez de nuestro corazón ligado a lo conocido e inmediato.
¿Se puede vivir una
espiritualidad de la vida ordinaria con horizontes de universalidad?
2. Contemplación
Lucas (primera lectura)
ha retratado con lucidez tanto el significado salvífico universal de la
Resurrección como la dificultad de la Iglesia primitiva de Jerusalén
para abrirse a la misión universal. Que Jesús suba al cielo, al Padre,
simboliza que ha sido elevado por Dios a la dignidad de Rey mesiánico
para siempre. Pero produce en los discípulos la sensación de alejamiento
y horfandad. Necesitamos del Espíritu Santo para comprender que Jesús
está más cerca de nosotros que nunca; pero que ha llegado la hora de
anunciar a todos los hombres la Buena Noticia. El peligro más sutil es
quedarse quietos, contemplando a Jesús, aferrados a nuestra nostalgia o
a nuestra experiencia de intimidad amorosa. El amor de Jesús no necesita
ser protegido, por miedo a perderlo. Al contrario, se fortalece y crece
en la misión, en la tarea.
La lectura de Ef 1 nos
ayuda a contemplar la universalidad del señorío del Resucitado no sólo
extensivamente, por así decirlo, sino intensivamente, es decir, como
plenitud del que lo acaba todo en todos, pues es la Cabeza.
Escuchemos el Evangelio
con la alegría de quien sabe que su vida no le pertenece, que su misión
es universal y alcanza al mundo entero.
3. Reflexión
No suele ser fácil vivir
la espiritualidad de la vida ordinaria con un espíritu de universalidad.
En castellano se dice que «quien mucho abarca, poco aprieta»; y, en
efecto, cuando uno es joven e idealista, se preocupa de las grandes
causas, las misiones o el Tercer Mundo; pero, cuando deja de ser joven,
el realismo le concentra en sus pequeñas, monótonas y áridas
responsabilidades de todos los días. Algunos días, cuando se celebra el
Domund o la campaña contra el hambre, renacen los antiguos deseos de
universalidad, que se cumplen con la aportación económica y la oración.
Sin embargo, la madurez
de la fe está en la síntesis entre concentración de amor en lo cotidiano
y apertura universalista al prójimo. No hace falta ir al Tercer Mundo.
Por ejemplo:
- Si el amor a los tuyos
te ha ayudado a descubrir con ojos nuevos a los otros, y no se te ha
quedado sólo en tu «nido».
- Si la información que
recibimos constantemente sobre el Tercer Mundo nos va creando una
mentalidad planetaria, por ejemplo, al valorar los problemas nacionales
o los intereses económicos de nuestro primer mundo privilegiado.
- Si tratas al extranjero,
cada vez más frecuente en nuestro país, como persona igual, no como
amenaza.
- Si la alegría de tu fe
se te hace contagiosa, y necesitas comunicarla en tu ambiente social. No
hace falta ir predicando o haciendo proselitismo. Al contrario, la
anchura del corazón universal te permite respetar los momentos y los
múltiples caminos de Dios y te empuja, simultáneamente, a ser consciente
de que el Don que has recibido no es sólo ni primordialmente para ti.
- Si en tu oración
aparecen cada vez más los otros en una especie de círculos concéntricos
que se dilatan: familia, parroquia, diócesis, nación, mundo...
4. Praxis
En la Eucaristía hay un
momento específico para la oración universal, después de la homilía.
Intenta vivirlo conscientemente.
¿Has pensado alguna vez
en colaborar no sólo puntualmente sino permanentemente con alguna
comunidad cristiana del Tercer Mundo, que tiene dificultades? En muchas
parroquias se realiza este puente fraterno con las Iglesias recientes,
teniendo en cuenta la ayuda económica y la espiritual. Algunos hermanos
incluso se van de vacaciones o dedican algunos años a estar con ellos. ¿Qué
podrías hacer tú, partiendo siempre de tu realidad?
Domingo de Pentecostés
Hech 2,1-11 1 Cor
12,3-7 Jn 20,19-23
1. Situación
La Iglesia ha de mantener
la tensión entre su vida hacia dentro y su vida hacia fuera, su corazón
vuelto al Resucitado y su amor al mundo, entre el don y la tarea, la
contemplación y la misión.
Como cada uno de los
cristianos.
Cuanto más vive de la
Eucaristía, tanto más descubre que el culto «en espíritu y en verdad»
está en la vida diaria, en el realizar la fe a la intemperie. Cuanto más
descubre la presencia de Dios en los acontecimientos, tanto más necesita
permanecer en Jesús, escuchando su Palabra.
2. Contemplación
Pentecostés celebra la
universalidad de la Pascua que el Resucitado encomienda al Espíritu
Santo, su Enviado, su Misionero en la historia, mediante la Iglesia.
¿Es que podemos
guardarnos para nosotros la Buena Noticia? Deberíamos gritar y llorar
por los caminos, con Francisco de Asís: «El Amor no es amado».
- Los Hechos describen la
misión encomendada a la comunidad cristiana como una irrupción del
Espíritu, que inicia una nueva era de la historia de la Salvación. El
Espíritu Santo, mediante la palabra de Pedro, convoca a judíos y paganos
en una nueva humanidad reconciliada; lo contrario de la división de
Babel (cf. Gén 1 1 ).
- La segunda lectura nos
recuerda el origen de nuestra misión: nuestro bautismo, que nos hace
Iglesia.
- En el Evangelio, con
otras palabras, como en la Ascensión, volvemos a escuchar el mandato de
Jesús resucitado: Corno el Padre me ha enviado, así os envío yo.
¿Qué nos pasa que esto de
la misión se lo dejamos a los misioneros, y que somos incapaces de vivir
nuestra vida ordinaria en estado de misión?
3. Reflexión
La fe adulta se
caracteriza por vivir en estado de misión.
- Porque sabe que su vida
no le pertenece; pero no confunden la misión con las ganas de hacer
adeptos para la propia causa; por el contrario, respeta al otro y deja a
Dios que haga a su manera y en su momento.
- Porque la Buena Noticia
le quema; pero vive la misión como un servicio, no como un poder.
- Porque las cosas más
sencillas de la vida ordinaria nunca son para un cristiano una tarea,
sin más, sino obediencia al Padre y, por lo tanto, acción de Dios en la
historia. Sin embargo, no necesita espiritualizar lo que hace, sino
vivirlo a fondo, dando calidad a cada acción, como si en ello se jugase
la salvación del mundo; pero sin crispación, con esa naturalidad que
caracteriza a la libertad espiritual.
- Porque la vida en
estado de amor lleva en sí misma la fuerza transformadora del mundo.
- Porque lo mismo si se
retira a orar en lo escondido al Padre, como si predica en un púlpito,
como si conversa con un amigo/a, como si se compromete en una acción
social, como si cumple su trabajo fielmente en la empresa, en todo está
presente el Resucitado, Señor de la Historia.
- Porque la ambigüedad de
todo lo humano no se opone al Reino de Dios; al contrario, la eficacia
del Espíritu se verifica en el ocultamiento, en lo no espectacular, «desde
dentro» de la condición humana.
4. Praxis
Suele ocurrir con
nuestras fiestas: Si estamos en fase de entusiasmo, nos vienen deseos de
grandes cosas (hoy, Pentecostés, de comprometernos con alguna misión);
si estamos en fase de realismo o de desgana espiritual, nos resbalan las
grandes palabras como «vivir en estado de misión».
Sintetiza en unas cuantas
líneas la vida que el Señor ha ido suscitando en ti desde el Miércoles
de Ceniza hasta hoy. Procura distinguir entre deseos ideales y
transformación real, aunque ésta te parezca poquita cosa. Mira lo
espiritual y también lo humano. Que tengas sensación de vida que te
crece por dentro.
Pues bien, ahora traduce
esa vida en una tarea o relación hacia fuera. Ahí está tu Pentecostés.