TIEMPO DE PASCUA / A

 

 

JAVIER GARRIDO

 

 

 

Domingo de Resurrección - A

Heb 10,34-43

Sal 117

Col 3,1-4

Jn 20,1-9

 

Situación

Si este domingo asistes a la Eucaristía de la mañana o de la tarde, después de haber celebrado la Vigilia Pascual en un ambiente más participativo, quizá tengas la impresión de que no ha ocurrido nada, que asistes a una de tantas misas dominicales. Es verdad que el sacerdote intentará dar un énfasis especial a la celebración; pero la gente...

La tentación de juzgar la fe de los demás es frecuente entre cristianos organizados más participativamente.

 

Contemplación

Vivimos de la fe de la Iglesia apostólica:

— Pedro, el primer testigo, resume lo que ocurrió en Galilea y Jerusalén y, además, anuncia su sentido salvador: que Jesús, el Crucificado, ha resucitado y ha sido constituido para siempre en Señor (primera lectura).

— La Carta a los Colosenses nos urge a sacar las consecuencias de nuestra fe en la Resurrección: el viraje radical, la nueva jerarquía de valores, que conlleva (segunda lectura).

— El Evangelio nos sitúa en aquel primer domingo de la historia cristiana: la sorpresa de encontrarse con el sepulcro vacío y las idas y venidas de los discípulos, que, como nosotros, ven, pero costándoles creer, y han de «entender la Escritura» para comprender lo que significa el sepulcro vacío. En efecto, no basta conocer la historia de Jesús. Es necesario que los ojos del corazón sean iluminados por la fe. Entonces podemos superar el escándalo de la muerte del Mesías y percibir que el sepulcro vacío no es el vacío sino la señal de su Presencia, vencedor de la muerte.

Venimos de lejos, de los primeros testigos que vieron y creyeron. Esta fe necesita un proceso de personalización; pero sin esta referencia objetiva, sin el testimonio apostólico, sin la Biblia, sin la transmisión viva de la Noticia, la fe quedaría reducida a mera experiencia religiosa subjetiva.

Si todo está en nosotros y nosotros estamos sometidos a la muerte, no queda más que un sepulcro vacío. La fe de la Iglesia apostólica es nuestra roca.

 

Reflexión

La Eucaristía es el sacramento que Jesús encomendó a los Doce en recuerdo de su muerte en favor nuestro y que la Resurrección ha transformado en celebración de su Presencia en medio de la comunidad de sus discípulos para siempre.

Nos reúne cada domingo, es decir, el día del Señor, y cada domingo somos invitados a ver y creer.

Vemos lo que Jesús hizo la víspera de su Pasión, partir el pan y dar gracias al Padre con la copa que simboliza su entrega, y creemos que es mucho más que un símbolo: Actualización de la Nueva Alianza en su cuerpo y en su sangre, ofrecidos como banquete de la vida eterna.

Vemos que es un rito social de las Iglesias cristianas, y creemos que «donde dos o más están reunidos en el nombre de Jesús, allí está El en medio de nosotros».

Vemos que los textos que en la Eucaristía se leen dan testimonio de lo ocurrido en Palestina en la época del procurador romano, Pilato, y creemos que esos acontecimientos son únicos, tienen un significado salvador para todos los tiempos.

Vemos un grupo humano que actúa dentro de un orden de creencias y normas, y creemos que este grupo ha sido convocado por Dios para ser su mediación histórica en relación con su Reino.

 

Praxis

La misma dinámica del ver y creer atraviesa la experiencia de la vida ordinaria.

Ves un mundo dominado por intereses, y crees que hay una fuerza mayor que lo habita: el amor oculto y anónimo.

Ves la superficialidad y mentira de las relaciones interpersonales, y crees que cada hombre/mujer busca a tientas la hora de la verdad.

Ves la miseria y esclavitud de la condición humana, y crees que la esperanza renace cada día de las cenizas.

¿Qué es la fe, una ilusión? O, por el contrario, ¿la única lucidez realista que dignifica al hombre?


 

Segundo domingo de Pascua - A

Hech 2,42-47
Sal 117
1 Pe 1,3-9
Jn 20,19-31

 

Situación

Los cristianos vivimos con frecuencia la tensión entre autonomía y comunidad. Que se traduce en diversos ámbitos: ¿Dónde está el centro de mi compromiso cristiano: en las realidades seculares, en las que no es fácil percibir la presencia de Dios, o en la parroquia, donde me siento Iglesia? ¿Hay que insistir en madurar la fe personal o en crear comunidad?

Teóricamente, esas bipolaridades no sólo no son contradictorias, sino complementarias. Pero según se acentúa un aspecto u otro, la vivencia real es distinta.

 

Contemplación

Muchos nos sentimos identificados con la figura de Tomás. Es el racionalista que necesita ver y tocar para creer, es decir, objetivar y controlar, hasta que descubrimos que, efectivamente, Dios nos invita a ver lo que ha hecho por nosotros (las llagas), y nos enseña a ver más lejos (en las llagas, las heridas del amor de Dios y las fuentes del Espíritu)

Más tarde aprenderemos a caminar de fe en fe, a creer sin necesidad de ver.

Tomás es el individualista que, al separarse de la comunidad, al sujetivizar su fe, termina cerrándose sobre sí mismo y se hace así incapaz de encontrarse con el Resucitado y recibir su paz. Pero es, también, el que, como tantos creyentes de hoy, vive un proceso personalizador de la fe y, por ello, tiene una palabra que decir a los no creyentes, en contraposición con la fe sociológica de quienes buscan en la comunidad el seno protector, el refugio de sus miedos a un mundo descristianizado y hostil.

La lectura de los Hechos nos presenta la realización práctica de la fe: la comunión de los discípulos de Jesús, el gran signo ante el mundo de que el Reino ya ha llegado. Un retrato, sin duda, idealizado de la comunidad primitiva de Jerusalén; pero necesario, como llamada constante a plasmar prácticamente el proyecto de Dios de una humanidad fraterna.

 

Reflexión

En la Eucaristía vivimos con intensidad el contraste entre la realidad constatable y lo que ella significa y realiza, esa nueva humanidad, caracterizada por lo que dicen los Hechos de la comunidad primitiva de Jerusalén. En efecto, en la Eucaristía escuchamos la Palabra, invocamos a Dios-Padre, nos unimos como hermanos y compartimos lo que tenemos.

Teológicamente, es claro: La gracia primera de este sacramento es la comunión con Dios y el amor fraterno.

Pero la realidad es que apenas nos conocemos, que la fe que profesamos públicamente se parece demasiado a fórmulas estereotipadas (la velocidad y apatía con que rezamos...), que la limosna que damos se parece más a un gesto ridículo y humillante que a un compartir cordial y efectivo, que estamos pendientes del reloj (la Misa, cuanto más corta mejor), que no sabemos qué tiene que ver esa asamblea con los problemas que nos preocupan (a lo sumo, ese rato nos sirve para la oración individual y para presentarle al Señor nuestros problemas), etc., etc. ¿Es eso una comunidad?

Sin embargo, ¿no es increíble que Dios siga renovando su amor fiel con los que estamos ahí, tan ausentes, y que insistamos en escuchar el mensaje de Jesús, tan a contracorriente, y que toquemos y comamos ese cuerpo y esa sangre, y que, a pesar de nuestras diferencias ideológicas y sociales, formemos una comunidad y nos demos el abrazo de la paz, y que, a pesar de nuestro egoísmo, intentemos, una y otra vez, salir de nosotros mismos para compartir lo que somos y tenemos?

Así es la Iglesia, como la Eucaristía: luz y sombra, don y tarea...

 

Praxis

¿Cómo vives ese claroscuro de tu Misa dominical, como problema o como camino de tu maduración creyente?

¿Qué buscas en la comunidad cristiana: el ideal de fraternidad que no encuentras en el mundo, el refugio de tus conflictos? No seas iluso, pues los problemas humanos se dan igualmente en ella.

Quizá eres tan individualista que tu parroquia no es para ti más que un edificio con una serie de servicios. Ciertamente, la comunidad cristiana no existe para sí, sino para los hombres; la misión se realiza, primordialmente, en el mundo. Pero sin compartir tu fe, terminarás por vaciarla de sentido.


 

Tercer domingo de Pascua - A

Hech 2,22-33
Sal 15
1 Pe 1,17-21
Lc 24,13-35

 

1. Situación

La experiencia de la Resurrección no es algo que se impone, sino un proceso, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Cuando Dios no responde a nuestras expectativas, cuando el sufrimiento o el fracaso oscurece el sentido de la vida, nos solemos preguntar: ¿Dónde está Dios?»

 

2. Contemplación

En buena parte, el Nuevo Testamento ha sido escrito como respuesta a esa pregunta. Si Jesús no hubiese resucitado, nada habría sido escrito, pues el Viernes Santo todo se hundió bajo la muerte y el fracaso. Los discípulos,   decepcionados, volvieron a Galilea, a sus antiguas tareas. Pero la Resurrección no fue la respuesta automática a todas las cuestiones. Hubo que repensar todo, comenzando por releer la fe de Israel, el Antiguo Testamento.

Evidentemente, el discurso de Pedro, el día de Pentecostés (primera lectura), tal como nos lo cuentan los Hechos, es una elaboración tardía de la comunidad cristiana, que, a la luz de la Resurrección, relee el plan salvador de Dios y los textos proféticos, a la vez que busca en el Antiguo Testamento la iluminación de su relectura.

La aparición del Resucitado camino de Emaús (Evangelio de hoy) sintetiza admirablemente cómo la Iglesia experimenta la presencia de Jesús en su caminar por la historia:

- La torpeza del corazón humano para entender el modo de obrar de Dios.

- El escándalo que supone proclamar al Crucificado como Mesías Libertador.

- Cómo Jesús está presente en la Palabra escuchada en comunidad.

- Cómo actúa por su Espíritu Santo, que nos abre el corazón.

- Especialmente, en la Eucaristía, al renovar su Cena.

- Lo cual es inseparable del gesto del compartir, es decir, de su presencia en el forastero y necesitado.

 

3. Reflexión

Siendo la Eucaristía el signo más claro, para la Iglesia, de la presencia del Resucitado, también ella implica un proceso de fe, en que lo oculto y oscuro va desvelándose. Así son todos los sacramentos.

En el corazón humano hay una tendencia fuerte a objetivar la presencia de Dios y disponer así de su poder. A ello se prestan especialmente los ritos del culto. Por ejemplo, cuando se usa la práctica de los primeros viernes de mes para asegurarse la salvación, o la fe se centra de tal modo en el sagrario de nuestras iglesias y capillas que pierde el sentido de la presencia de Jesús en la comunidad o en las personas necesitadas que pasan a nuestro lado.

Ciertamente, hace falta mucha fe para creer que ese pan y ese vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo. La misma fe que hace falta para percibir en la Iglesia la mediación salvadora que Dios ha dejado en la historia, o para percibir en ese vecino borracho o en ese drogadicto que intenta sacarte unas perras la presencia viva de Jesús. Amar a los pobres en general no es lo mismo que amar a ese pobre concreto que molesta.

La fe necesita hacer un camino y madurar. Para ello hay que aprender a conocer el estilo de Dios, cómo ha roto todos nuestros esquemas sobre Su sabiduría y Su poder. A la luz de la Biblia, especialmente de la vida y obras, muerte y resurrección de Jesús, vamos haciéndonos al ser y actuar de Dios. Cuando un día descubramos la sabiduría y el poder de su Amor, entonces aprenderemos a reconocerlo en la Eucaristía, en el forastero, en la Iglesia.

Nos seguirá extrañando que esté presente precisamente ahí; pero nos extrañará infinitamente más su incalculable Amor. Estaremos tan agradecidos, que será la Eucaristía, cabalmente, nuestro consuelo: ¡poder devolverle tanto amor con el amor de Jesús, ya que el nuestro es tan miserable!

 

4. Praxis

Reconocer a Jesús en la Palabra y en la Eucaristía.

Reconocer a Jesús en ese vecino a quien tratamos como extraño.

Compartir más lo que somos y tenemos.


 

Cuarto domingo de Pascua - A

Hech 2,36-41
Sal 22
1 Pe 2,20-25
Jn 10,1-10

 

Situación

El tema de la autoridad es delicado a nivel familiar, laboral, civil o eclesial. Porque nuestra cultura democrática se rebela contra la autoridad que se impone y porque la historia nos ha puesto alerta sobre el abuso de poder.

Jesús ha dado por supuesta la necesidad de la autoridad; pero la ha desacralizado radicalmente y la ha puesto siempre al servicio del hombre, no del Sistema.

Por eso nos sentimos tan incómodos cuando miramos a la Iglesia en cuanto institución, pues la autoridad tiene en ella un carácter muy monárquico y clerical.

 

Contemplación

A la luz de la Palabra, especialmente del Evangelio, queremos reflexionar sobre la autoridad de Jesús, el Señor resucitado, criterio definitivo de toda autoridad para los cristianos.

Jesús afirma su autoridad, la que ha recibido del Padre. Es la puerta y el pastor. No es ladrón ni mercenario. ¿En qué se le nota? En que ama y sirve desinteresadamente. En que establece una relación interpersonal, puesto que «conoce a sus ovejas y éstas le conoces a El». En que El va por delante, en el doble sentido: de que hace lo que dice a los suyos y de que se compromete enteramente a cumplir la tarea que se le ha encomendado.

Los Hechos nos presentan a Pedro con la autoridad del Evangelio, la autoridad de la Palabra, para ser testigo; elegido para este servicio, el primero y esencial en la Iglesia. Pero su autoridad consiste en afirmar el señorío de Jesús, la Salvación en el nombre de Jesús. Lo cual conlleva bautizar, es decir, celebrar los sacramentos, reunir y presidir la comunidad cristiana, sin duda; pero en función de congregar al Pueblo de Dios, cuya Cabeza es Cristo.

Es esto lo que celebra el salmo 22: la dicha de ser el Pueblo de Dios, de tener a Dios mismo como su Pastor, líder y guía. La autoridad ya no es una amenaza, sino presencia de amor, paz.

 

Reflexión

La Eucaristía, en cuanto acto social y religioso del Pueblo de Dios, refleja la realidad ambivalente de la Iglesia respecto a la autoridad y sus funciones. Por un lado, todo se concreta en los varones célibes, los clérigos, con una concepción patriarcal y jerárquica, que no manifiesta precisamente el espíritu de servicio, minoridad y fraternidad que Jesús inculcó a los suyos. Por otra parte, a la luz de la fe y de lo que se dice verbalmente, el centro de la celebración es Jesús, el Señor, única autoridad.

En la Eucaristía se realiza cumplidamente cómo Jesús ejerce su autoridad en la Iglesia: como Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. No se afirma en poder; se da en alimento y bebida. No se distancia para proteger su autoridad, como hacemos los clérigos (sacralizamos nuestra autoridad reforzando nuestro rol de salvadores y mediadores, disponiendo de poderes espirituales exclusivos, teniendo la última palabra sobre las conciencias...), sino que nos da su espíritu, estableciendo una relación íntima de amor: «Ya no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15).

La madurez de la fe no está en hacer de la autoridad en la Iglesia algo intocable, justificado por el poder específico que tienen los, sacerdotes en la Eucaristía, sino en actualizar, unos y otros, las actitudes de Jesús, «que no se apropió su dignidad divina; por el contrario, se rebajó» (cf. Flp 2).

 

Praxis

En este tema, todos tenemos mucho que revisarnos.

Comencemos por el ámbito en que tenemos alguna autoridad sobre los demás (familia o trabajo). Es verdad que no hay que ser ingenuos y pensar que cabe transponer literalmente la humildad de Jesús a los conflictos de autoridad en la sociedad; pero, ¡que fácilmente justificamos nuestra necesidad de poder o nuestros mecanismos de autoafirmación!

Comencemos por posibilitar cauces reales de diálogo que no sean meras tretas de estrategia democrática.

Pasemos a la Iglesia. Los clérigos, que tenemos autoridad explícita en ella, hemos de ser los primeros en revisar no sólo actitudes, sino también medios prácticos que favorezcan progresivamente la participación de los seglares. Nos queda un camino largo, pero urgente. En este punto, la Iglesia resulta un escándalo grave para muchos creyentes y, por descontado, para los no creyentes.

 

 

 

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