TIEMPO ORDINARIO / A

 

 

JAVIER GARRIDO

 

 

 

 

 

 

Noveno domingo del Tiempo Ordinario - A

Deut 11,18.26-28
Sal 30
Mt 7,21-27

1. Situación y contemplación

Seguimos con la cuestión de otros domingos: ¿Dónde está la consistencia del hombre? «En Dios», es la supuesta respuesta. Pero Jesús nos dice que no basta decir «Señor, Señor», ni siquiera haber hecho cosas extraordinarias en su nombre.

Las últimas palabras del Sermón de la Montaña desenmascaran algunas mentiras características del «hombre religioso».

- El vivir la Palabra de Dios como objeto imaginario, contenido ideológico o identificación narcisista del deseo. Con otras palabras: disponer de Dios al propio gusto, sin referencia a la realidad, sin implicarse prácticamente.

- El usar la praxis cristiana como un arma para sentirse con derechos ante Dios. Así que no basta actuar para andar en verdad.

Los criterios de discernimiento cristiano de Jesús son definitivos:

- Hacer la voluntad de Dios.

Toda experiencia interior y todo proyecto de vida y todo compromiso de acción no son Reino si no nacen de la obediencia de amor a Dios-Padre. Este primado de la voluntad de Dios, por encima de cualquier otra instancia, significa que el Reino lo hace el Señor. Ciertamente, lo hace con nosotros; pero, precisamente por eso, si hacemos nuestra voluntad, si no le dejamos la iniciativa a El, lo estamos bloqueando.

Primado de la praxis sobre las «buenas intenciones».

No es que la acción, sin más, dé consistencia al discípulo de Jesús; pero si se entrega a la voluntad de Dios, la verdad de esta entrega se realiza en la praxis. Es una praxis que implica al hombre entero, corazón y acción, confianza y responsabilidad.

La lectura del Deuteronomio y del salmo 30 dan un matiz especial a la conclusión del Sermón de la Montaña: El Maestro que ha promulgado la nueva ley del Reino es el nuevo Moisés, que proclama el camino de la Nueva Alianza.

2. Reflexión

Vamos dándonos cuenta de que ser introducidos en el Reino implica un proceso de transformación:

  • De una moral legalista a un corazón nuevo.

  • De actitudes que buscan seguridad a actitudes que arriesgan.

  • De una relación en que a Dios se vive como súper-conciencia exigente a otra relación, en que libertad humana y abandono confiado se refuerzan.

  • De una sabiduría basada en la justicia que pone orden en los conflictos a una sabiduría del amor que se desborda.

  • De una religión centrada en los sentimientos de trascendencia o en el culto a una fe que implica la existencia entera.

  • De una ideología de la acción a una disponibilidad filial a lo que Dios quiera.

  • De la pretensión de controlar a Dios con las buenas obras al gozo de sentirse servidores fieles.

  • De la suficiencia de los buenos a la pobreza del corazón.

  • Del fanatismo del honor divino a la celebración de la misericordia que dignifica al hombre, sea justo o pecador, opresor u oprimido, religioso o ateo.

  • De la ley a la Gracia.

3. Praxis

Jesús insiste en verificar la Palabra mediante las obras. Pero no caigas en la trampa de confundirlas con la crispación de quien necesita auto-justificarse acumulando actos de piedad o engrosando la lista de «buenas acciones».

A la luz de todo el Sermón de la Montaña, sin duda ahora estás mejor preparado para optar prácticamente por el Reino.

- ¿Se va reflejando la luz del Reino en tu vida ordinaria? ¿En qué lo notas?

- ¿Hay alguna situación en que adviertes que se va realizando el proceso de transformación indicado más arriba?

- ¿Percibes que el proceso no se da porque te resistes a tomar alguna decisión particular?

Observaciones

1. Podemos hacernos ya alguna idea del Reino que Jesús está poniendo en marcha. Sus núcleos inspiradores, que animan su predicación y su acción:

A) La Buena Noticia de la cercanía salvadora de Dios.

La revelación de Dios como Padre, amor gratuito e incondicional.

En consecuencia, reestructuración de la relación entre el hombre y Dios, que no depende de normas a cumplir para estar en orden, sino de la confianza de hijo.

B) El proyecto de Dios de una humanidad solidaria.

La revelación del primado del hombre sobre las instancias sacral es.

En consecuencia, reestructuración de las relaciones humanas, caracterizadas por el respeto y la incondicionalidad.

a) La obediencia a Dios como actitud base del discípulo.

b) El retrato del hombre nuevo según el Reino.

Dios va a realizar su plan de liberación con el hombre apoyado en Dios, no violento, incansable en el bien, sufrido, fiel...

Algunas decisiones son imprescindibles; por ejemplo:

- Subordinar el dinero a la confianza en Dios.

- Optar por el amor desinteresado.

- Espíritu de verdad, siempre.

2. ¿Te animas a seguir adelante, eres consciente de lo que supone adherirse a Jesús y a su proyecto mesiánico?

Si quieres estar seguro de que vas a tener éxito, de que vas a estar a la altura, más vale que lo dejes. Este proyecto no está hecho para calculadores.

Pero tampoco para intachables, que confunden sus virtudes con el espíritu del Reino, ni para generosos impulsivos, que viven más de deseos que de realidades.

Si estas semanas has tomado en serio el Sermón de la Montaña y has intentado vivirlo, en lo que sabías y podías, en tu vida ordinaria, sin duda tú mismo estás encontrando la respuesta a la pregunta: ¿Merece la pena este camino de vida?

Esto es lo importante: El camino que vas haciendo tú mismo.

Con una condición: Pide cada mañana ser un hombre/mujer de corazón sencillo.


 

Domingo 10 del Tiempo Ordinario - A

Os 6,3-6

Sal 49

Mt 9,9-13

 

  1. Situación

    Hay problemas que vuelven constantemente. Uno de ellos, para el cristiano, es el siguiente: Cómo traducir en la vida ordinaria el don de Dios, siempre mayor.

    Algunos procuran ponerse en orden, y esto significa: prácticas religiosas frecuentes, virtudes de «orden» (trabajo, dominio de impulsos, responsabilidad). Otros insisten en celebrar cordialmente el don de Dios, en cultivar la contemplación, sin confrontación con la realidad áspera y próxima.

    Algunos dan con el secreto, bien simple: El don de Dios no es «algo», sino El mismo, amor misericordioso y fiel; y, por lo tanto, que la vida consiste en ese amor misericordioso y fiel.

    ¿Por qué tendemos a sustituir la sabiduría del corazón por el orden religioso-moral o la exaltación mística?

  2. Contemplación

Hoy la Palabra se concentra: Quiero misericordia y no sacrificios. Jesús justifica su actitud con Leví y el banquete con los publicanos ante los bienpensantes fariseos, los hombres del orden religioso-moral, citando las palabras de Oseas (primera lectura).

Tuvo que escandalizar el profeta en aquella época en que el culto a la divinidad garantizaba el orden social. Fue atrevido al identificar el conocimiento de Dios con la misericordia. Sólo el que obra al estilo de Dios tiene conocimiento real de Dios.

Sabemos las consecuencias que trajo a Jesús su mensaje y su obrar consecuente, centrados en la gratuidad del perdón de Dios: incomprensión y condena. Han dejado de escandalizarnos a nosotros porque los diluimos en un vago sentimiento de compasión para los «problemas pecadores». Los fariseos, sin duda, al escandalizarse, evidenciaron la revolución que traía Jesús. Hacía inútil toda pretensión religioso-moral, las «buenas obras», para acceder al Reino.

Para entender las lecturas de este domingo tendríamos que sentirnos como Leví, un pecador público, con mala conciencia, aferrado a su pequeño mundo de seguridad material, que experimenta, maravillado, que Dios mismo se le adelanta, sin juzgarle, a ofrecer su dignidad humana y la amistad del Mesías.

  1. Reflexión

La sabiduría del corazón nace en el corazón, al contacto con el Corazón misericordioso de Dios, que transforma nuestro corazón cobarde, ruin y defensivo, en un corazón agradecido y misericordioso.

Tal es el conocimiento de Jesús del verdadero discípulo. Primero, como Leví, ha de encontrarse con la misericordia de Dios, sorprendente, liberadora. Si se sabe pecador, no tiene que romper con el sistema de auto-justificación del fariseo. Liberarse del orden religioso-moral, del tener que cumplir la ley para estar bien con Dios, le dará la primera experiencia del Reino.

Pero si la experiencia es real, y no mera descarga de la culpabilidad enfermiza, habrá descubierto dónde pone Jesús el secreto de la nueva vida según el Reino: en obrar con y desde un corazón misericordioso, que ensancha sus fronteras, liberándose de prejuicios sociales e incluso de esquemas religiosos.

La misericordia de Dios no crea corazones cobardes, sino fuertes, capaces de desenmascarar la mentira de los sistemas que discriminan a buenos y malos, a los que merecen o no merecen nuestra ayuda, a los que son o no son de Dios.

  1. Praxis

Para este conocimiento liberador de la misericordia de Dios es necesario abrir nuestro propio corazón a la misericordia con el prójimo (en algunos casos, incluso en la condición previa). ¿Qué podríamos hacer?

  • Que el hacer sea con corazón, con actitud y mirada distinta, que dignifica al otro, que ayuda liberando, no aprovechando la necesidad del otro para esclavizarlo.

  • Realidades concretas de la vida ordinaria: Nuestra tendencia a juzgar, a murmurar en nuestras conversaciones, a discriminar a los que no son de los nuestros; echar una mano en el trabajo; pensar con más detenimiento en un nuevo modo de ser solidarios con los que apenas tienen, no limitándonos a dar la limosna que cumple, etc.

  • Habrá alguna persona, algún grupo, alguna situación, ante los que sentimos especialmente la dureza de corazón, la dificultad para amar. Es evidente que el corazón, en estas circunstancias, no cambia por un golpe de buena voluntad; pero también es verdad que podemos revisar nuestras actitudes y pedir al Señor un corazón comprensivo y misericordioso como el Suyo, e ir dando pasos de menos a más (por ejemplo, no detenernos tanto en dar vueltas a la propia herida e intentar situarnos en el lugar del otro).


 

Domingo 11 del Tiempo Ordinario - A

Ex 19,2-6
Sal 99
Mt 9,36-10,8

 

  1. Situación

    No podemos quedarnos quietos ante la realidad que nos rodea. Ciertamente, la mayoría de nosotros sólo podemos poner un granito de arena para mejorar el mundo. Pero el que no valora ese granito de arena tampoco podrá y/o no deberá asumir responsabilidades mayores.

    El creyente se siente comprometido a cambiar la realidad fundamentando su responsabilidad (sea sencilla: estar enfermo y mejorar la convivencia del entorno; sea compleja: dirigir una empresa o una parroquia) en la misión, con la conciencia de que es llamado personalmente a trabajar por el Reino.

    ¿Por qué, sin embargo, algunos reducen su responsabilidad a sus propios intereses y otros piensan que la misión es para los «elegidos», como los Doce Apóstoles?

    Si la fe es experiencia personal del Reino, también lo es la misión. Cuando ésta falta, o la fe no está suficientemente personalizada, o no se valora como misión el lugar que Dios nos ha asignado en el mundo y en la historia, aunque no tenga brillo.

  2. Contemplación

La misión nace del corazón; como dice el Evangelio, de la compasión al «ver tantas ovejas sin pastor». Cuando no se ama al hombre, la misión sólo sirve para nuestra necesidad, personal o colectiva, de poder o de vanidad.

Pero, quizá, lo que más nos cuesta en este tema es creer que Dios cuenta con nosotros, conmigo, para «darnos autoridad» sobre los poderes que esclavizan al hombre. Contemplemos detenidamente a cada uno de los Doce. ¡No es ninguna «minoría selecta», precisamente!

Tampoco lo fue Israel (primera lectura).

La contemplación debe abarcar, a la luz de la Palabra, tus responsabilidades cotidianas. Quizá las palabras te parezcan demasiado solemnes («ser elegido entre las naciones para ser propiedad personal de Dios», signo de su santidad), pero el Evangelio te va acostumbrando a conocer el estilo de Dios, y para El nada hay más importante que tú y tu granito de arena en el mundo.

3. Reflexión

Sentir que nuestra vida es misión y realización del plan de Dios (su voluntad salvadora) no se consigue, primordialmente, «espiritualizando» lo que hacemos. Por ejemplo, tener que estar pensando, cuando estoy trabajando en una oficina, que soy un instrumento de Dios y de su Reino.

Por el contrario, la conciencia de misión se hace dando densidad a lo real que llevo entre manos, por ejemplo:

- Aprender a hacer mío el trabajo, ya que lo hago funcionalmente, casi mecánicamente. Para ello, tiene que interesarme de algún modo.

Es frecuente tener que realizar trabajos que no gustan. Tampoco se trata de lograr que un día me guste mi trabajo. Hay muchos otros aspectos, relacionados inmediatamente con el trabajo, que es necesario descubrir en su valor positivo, por ejemplo, las relaciones humanas de su entorno.

- Aprender a elaborar la realidad presente. No pasar por encima de ella, pensando en ideales futuros, proyectando expectativas...

Elaborar la realidad significa muchas cosas: no huir de lo que no gusta; no hacer de pasada las cosas; estar atento a lo valioso de las situaciones, por encima de las primeras impresiones; descubrir que aquello que sentimos como negativo puede ser altamente positivo, si cambiamos de actitud...

Todo depende de cómo mire lo que hago.

Si lo percibo insignificante o valioso, que amenaza mis deseos o me posibilita crecer...

Si lo miro como voluntad de Dios aquí y ahora...

4. Praxis

La misión, en cristiano, no se mide por la eficacia inmediata (cuántos adeptos hemos conseguido para nuestra causa o qué cambios hemos podido constatar en las personas y estructuras), sino por la fidelidad a la voluntad de Dios allí donde El nos pone.

Tal podría ser el objetivo de esta semana: descubrir que mi vida es una misión a cumplir, que no se pierde en el desgaste de la condición humana (sobrevivir, trabajar, proyectar y morir). Soy yo en persona y mi tarea la piedra humilde con que Dios está construyendo la ciudad futura, el Reino que viene.


 

Domingo 12 del Tiempo Ordinario - A

Jer 20,10-13
Sal 68
Mt 10,26-33

 

  1. Situación

    Se oye con harta frecuencia esta expresión: «Es muy difícil ser cristiano en este mundo de hoy, con este ambiente social. Si, encima, hemos de ser testigos de Dios y comprometernos en una misión...». Por eso, muchos hacen de la vida ordinaria un refugio, un modo de protegerse del juicio de la gente y, tal vez más, de proteger la propia conciencia, ya que todos tenemos miedo a no estar a la altura de nuestra vocación cristiana.

    Sencillamente, tenemos miedo.

  2. Contemplación

En la Sagrada Escritura se cuenta con el miedo. Se supone que es un sentimiento normal de la persona humana y que aumenta cuando Dios nos llama a realizar una misión. Es decir, que Dios no cuenta con superhombres para realizar su historia de Salvación en el mundo.

Jeremías, al parecer, fue un tímido, y le tocó dirigir la Palabra de Dios en el momento más crítico de la historia de Israel, en torno a la destrucción de Jerusalén. La primera lectura de hoy es un trozo característico de sus «confesiones». El profeta se dirige a Dios contándole su situación, cómo la gente se burla y le persigue; y, a pesar de todo, sigue confiando en El.

En el Evangelio, Jesús repite la frase que tantas veces se dice en la Biblia a los testigos de Dios: No temáis. Jesús no ofrece ningún futuro halagüeño para los suyos, sino más bien lo contrario; pero éstos deben saber que están en buenas manos, en las manos del Padre.

Y es que la fortaleza del cristiano no está en su coraje ni en su heroísmo, sino en hacer de su debilidad y miedo un acto de confianza en Dios Padre. En entregarse a la voluntad de Dios, a la misión encomendada, puestos los ojos en El, está nuestra fortaleza.

El salmo interleccional ha sido puesto por los evangelistas en labios de Jesús. Tampoco Jesús fue un superhombre, sino alguien que confía en Dios.

  1. Reflexión

Hay que comenzar por no huir del miedo. Dicen que muchos actos heroicos, por ejemplo, en la guerra, nacen del miedo a sentir miedo, como si de una «huida hacia adelante» se tratase. Es preciso atreverse a sentir miedo, a ser humano.

Pero el miedo no puede ser encarado de frente; termina paralizándonos. Sólo puede ser encarado indirectamente, poniendo nuestra mirada en Dios, es decir, confiando en El y entregándonos a lo que El quiera, por encima de todo.

La fortaleza del creyente no es autoafirmación, sino humilde confianza.

Lo peor de todo es que, casi siempre, el miedo se nos incrusta como fantasma mental. «Se sufre más con el pensamiento que con el hecho». Por eso es tan importante que vivamos lo real cotidiano. Cuando leemos Jer 20 o Mt 10 sentimos pánico inminente de muerte. Con lo cual no sabemos cómo aplicar la Palabra a nuestra realidad ordinaria, hecha de miedos más sutiles, de cobardías elementales, pero no por ello menos destructoras.

Por ejemplo: El amor propio de que nos tilden de tontos si sabemos perder, por amor, ante los demás. El respeto humano de callarnos cuando se despelleja a un compañero/a. El miedo a que sepan que somos cristianos en determinados contextos en que lo cristiano se considera como desfasado. El miedo a hacer opciones concretas ante la posibilidad de fracasar, de no estar a la altura.

  1. Praxis

¿Cómo elaboras tus miedos? ¿Has aprendido a reconocerlos, a vivirlos con confianza, a integrarlos en tu fidelidad cristiana?

Piensa en una situación que debes afrontar y ante la que sientes miedo. Algo tan normal como hablar con tu pareja de ese tema que casi siempre provoca tensión, o dar un paso concreto (de ayuda al prójimo, de servicio en la parroquia, etc.) que te compromete ante los demás.

La fidelidad cristiana no es para superhombres, pero tampoco para los que se atrincheran en sus fidelidades seguras, acomodadas, hechas a un espíritu calculador, atenazado por el miedo.


 

Domingo 13 del Tiempo Ordinario - A

2 Re 4,8-16

Sal 88

Mt 10,37-42

 

  1. Situación

Vivir en cristiano, ser coherente con la fe, ser discípulo de Jesús, está asociado en la conciencia a ciertos modelos de vida, los «santos», que, tal como nos han sido presentados, han sido hombres extraordinarios, gigantes del espíritu o de actos heroicos.

El problema es que la mayoría nos movemos en una línea media, que no somos ni santos ni mediocres. Andamos en serio o, al menos, queremos vivir en serio nuestra vocación cristiana; pero no terminamos de liberarnos por dentro. Estamos como atenazados (tendencias que nos esclavizan, miedos que nos paralizan, egocentrismo insuperable, amor a medio gas...).

Lo peor de todo es que luchamos en dos frentes, sin aclararnos: Deberíamos ser santos; pero, si no somos ilusos, sabemos de antemano que no podemos hacer lo que han hecho los llamados «santos». Por otra parte, si hemos de ser fieles a nuestro momento, es decir, no proponernos metas desmedidas a nuestro proceso real, tenemos miedo de acomodarnos y estancarnos.

No sabemos cómo integrar el radicalismo evangélico y nuestra realidad aquí y ahora.

 

  1. Contemplación

La primera lectura nos presenta a Eliseo, el santo extraordinario, y a la sunamita, una mujer rica con auténtico espíritu de pobreza. ¿Por qué, cuando leemos esta página, sólo nos fijamos en Eliseo?

El Evangelio, igualmente, nos presenta al discípulo radical, que lo deja todo (familia y bienes) para dedicarse a anunciar el Evangelio, y a la gente sencilla que da acogida a los predicadores. Hay que meditar en esta complementariedad. Recordemos a los amigos de Jesús, Lázaro, Marta y María, o a las mujeres que acompañaban al grupo de Jesús. ¿Por qué han sido desplazados en la valoración cristiana?

El salmo responsorial nos sitúa en la luz última de toda santidad personal y de toda acción por el Reino, sean extraordinarias o sencillas, la soberanía de Dios, «el Santo de Israel, nuestro rey».

  1. Reflexión

No se trata de preguntarse quién es más santo, el radical que lo deja todo o el sencillo que no hace nada especial, pero comparte todo lo que tiene. El que juzga, a nivel de conciencia, es el amor; a nivel práctico, sólo importa hacer la voluntad de Dios, de modo que da lo mismo irse a una isla apartada de Oceanía o dedicarse a explicar matemáticas.

Mi problema es éste: que estoy llamado a ser radical allí donde estoy (radical en el amor, en el olvido de mí, en el compartir mi tiempo y mis bienes), a fiarme incondicionalmente de Dios, dejándome en sus manos; pero no me fío de mi buena voluntad, y sospecho que la uso para quedarme donde estoy.

Si me pregunto por algo concreto, si debiera renunciar a algo o hacer una opción más radical, veo claramente que los tiros no van por ahí. El problema es más hondo: de libertad interior, de transformación del corazón. ¿Qué hacer?

  1. Praxis

Lo primero, mirar a ver si, en el fondo, todavía pretendo controlar mi vida espiritual, justificarme. En este caso, he de volver a la conciencia lúcida y gozosa de que mi transformación es obra de la Gracia. Confiar en la fidelidad de Dios, primer requisito.

A continuación, preguntarme por la estrategia del Señor. Es probable que yo tenga mis planes de perfección cristiana. ¿Coincidirán con los de Dios? Los años me han enseñado que somos tan ciegos, nos buscamos tanto, incluso cuando nos entregamos a la radicalidad cristiana, que el Señor tiene que frustrar casi siempre nuestras expectativas, obligándonos —suave y fuertemente— a fiarnos de sus caminos.

En todo caso, mientras no estemos bien fundamentados en humildad, es decir, mientras no seamos radicalmente conscientes de que no podemos nada respecto a las fuentes vivas del corazón, el Señor, estemos seguros, no nos dará la libertad de su Espíritu.

Por eso, la fidelidad real consiste: por una parte, en hacer lo que puedas según tu conciencia, en intentarlo cada día (subrayo, sólo e intensamente cada día); por otra, en estar abierto a los caminos imprevisibles de Dios, confiando en que El sabe mejor que nosotros lo que nos conviene.


 

Domingo 14 del Tiempo Ordinario - A

Zac 9,9-10

Sal 144

Mt 11,25-30

 

  1. Situación

Retomemos la reflexión de estos domingos. Somos llamados a ser testigos de Dios en este mundo secularizado; el Evangelio, tomado en serio, empuja a la radicalidad; yo, personalmente, estoy implicado en esta aventura; mi vida no tiene sentido si la acomodo a un orden seguro de obligaciones a cumplir. Pero mi vida es como la de todo el mundo; no puedo optar por nada radical; tengo unas responsabilidades que exigen una fidelidad necesariamente rutinaria...

¿No será que me estoy metiendo en un callejón sin salida, precisamente por querer ser un cristiano de verdad? Ponerse metas tan altas, vivir de la Palabra de Dios, ¿no termina por atrapar al hombre en la desmesura, sacándolo de la realidad?

¿Tendré que irme a un convento o al Tercer Mundo? Sin embargo, he conocido a frailes y monjas y a misioneros, y he constatado que lo extraordinario, a primera vista, no produce necesariamente radicalidad cristiana.

  1. Contemplación

El Evangelio de hoy nos coloca de cabeza en el corazón mismo de la Revelación y de la lógica del Reino. El contexto en que Jesús lo dijo es claro: frente a la sabiduría de los poseedores de la Palabra o de la perfección, la sabiduría de los cargados con la existencia, gente sencilla, los pequeños, que descubren agradecidos el corazón de Dios, infinitamente misericordioso, manso y humilde.

¿Necesitas todavía una respuesta a tu pregunta: quién puede ser discípulo de Jesús?

El texto del profeta plasma la figura de Jesús-Mesías pacífico, que vence la violencia con las armas de su amor indefenso. La entrada en Jerusalén, el día de Ramos, realizó la profecía de Zacarías.

El salmo nos ayuda a personalizar este espíritu, tan ajeno a nuestros esquemas y tendencias espontáneas. Nuestro Dios, creador y rey del universo, es Abbá, «el Señor bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas, que sostiene a los que van a caer y endereza a los que que se doblan».

  1. Reflexión

¿Quién puede ser discípulo de Jesús? ¿Puede uno serlo ahí, en la vida ordinaria, anónima, entrelazada con tantas pequeñas obligaciones, con urgencias que nada tienen que ver, a primera vista, con el Reino?

La paradoja está en que tú, el agobiado por las preocupaciones, puedes serlo; y con todo, no depende de ti, es revelación del Padre.

¡El secreto del Reino es tan simple, que por eso resulta difícil e increíble! ¿Para quiénes? Para los que quieren dominar la existencia, sean poderosos socialmente o sean poderosos moralmente o sean poderosos espiritualmente.

Tan simple como ser agradecido. Pero nuestra suficiencia no cierra a Dios y al prójimo. A veces pensamos en hacer actos heroicos de amor, cuando el amor se realiza cabalmente en las pequeñas e innumerables obligaciones que nos pesan. ¡Si supiésemos dar la vuelta a nuestras actitudes! Aquello que nos oculta el Reino es, casi siempre, lo que nos revela lo esencial: el amor de Dios encarnado en la condición humana.

  1. Praxis

Intentar esta semana descubrir con ojos nuevos cómo en lo pequeño de tu vida, cargada de menudencias y limitaciones, se revela el Padre que se complace en los pequeños, y Jesús, que te llama a descansar en El.

Comienza por no soñar en una vida distinta, por asumir tu realidad limitada. ¿No ves que el Mesías Jesús realizó el Reino entre los pequeños y enseñando a vivir lo humano, hasta el punto de que para El era más importante atender a un herido que celebrar el culto en Jerusalén?

No tengas miedo a ser pequeño con Dios, a descansar en El tus agobios. ¡Somos tan ridículos que pretendemos ser importantes con Dios! ¡Con lo dulce que es dejarse querer y acariciar por su misericordia infinita! El te enseñará a ser manso contigo mismo, a no crisparte cuando no se realizan tus deseos, a comprender que las relaciones sociales necesitan, sobre todo, ese plus de ternura y comprensión que cada día es más escaso, a ser fuerte sin violencia, a no escandalizarte del pecado ajeno ni del propio, a guardar el amor cada día como un tesoro frágil y precioso...


 

Observaciones

1. El Sermón de la Montaña (domingos 4-9 del Tiempo Ordinario) representa el programa de Dios del hombre nuevo, a nivel personal y comunitario. Los domingos 10-14 nos emplazan ante la decisión de llevarlo a cabo, con quiénes cuenta el Señor.

Si somos jóvenes idealistas, hasta nos halaga asumir un proyecto de vida así. Si hemos confrontado el ideal evangélico con las limitaciones personales y las resistencias del entorno, las reflexiones de los últimos domingos nos habrán parecido muy realistas.

 

2. En efecto, queremos ser discípulos de Jesús, creemos en su mensaje del Reino y nos sentimos llamados a realizarlo. Pero nos cuesta entender que nuestra misión presupone:

  • Conciencia radical de ser pecadores salvados.

  • Que cuenta con nuestro material humano.

  • Que hemos de integrar nuestros miedos y debilidades, e incluso nuestros fracasos, en la lógica de la confianza incondicional en Dios.

  • Que el Reino pertenece a los pequeños, por lo que sólo puede ser realizado desde la sabiduría de los pobres de espíritu.

3. Esto vale tanto para las vocaciones especiales, las que institucionalmente están marcadas por la radicalidad, como para las vocaciones llamadas de vida ordinaria, a las que se dirigen particularmente estas páginas. La verdad es que la frontera entre unas y otras es más social que real. ¿Es acaso más radical el voto de pobreza de un joven que entra en un convento que la situación de un padre de familia en paro?

En todo caso, allí donde estamos, lo decisivo se juega en lo cotidiano. Y aquí todas las vocaciones confluyen en lo mismo:

  • Primado de la voluntad de Dios, siempre, sobre nuestros proyectos y expectativas.

  • Primado del amor en aquello que hacemos, acción anónima o acción de liderazgo.

  • Autenticidad y verdad en las actitudes. Sin segundas intenciones con los demás y con nosotros mismos, ya que, con frecuencia, la conciencia de nuestro ser y misión sirven a nuestro narcisismo y sutil afán de poder.

  • A mayor motivación espiritual, mejor integración de lo humano.

  • Humildad, lucidez respecto al propio corazón, y misericordia entrañable con el prójimo.

4. Dichas así las cosas, el lector de estas líneas tendrá tal vez la impresión de que estoy hablando a «santos». Permítame que remita, una vez más, a una de las paradojas de la experiencia cristiana.

Por una parte, ciertamente, sin este espíritu del Reino, sin este corazón convertido al estilo de Jesús, no merece la pena la aventura de la fe cristiana. Terminará siendo bloqueada por un moralismo estrecho o por fantasías espirituales. La Palabra de Dios, escuchada y celebrada en la Eucaristía, apela indefectiblemente a la dinámica de Absoluto.

Por otra parte, sin embargo, cuando uno entra más adentro en la dinámica propia del Evangelio, el Absoluto (Dios, el amor, los valores del Reino) adquiere un rostro insospechado:

  • En vez de encontrarte con la perfección del asceta, te encuentras con el olvido de sí.

  • En vez de tener que ser superhombre, has de aprender a ser débil, pero sin refugiarte en tu autocompasión.

  • En vez de alcanzar eficacia y éxito en la tarea, se te pide obediencia y confianza.

  • En vez de generosidad heroica, amor humilde y fiel.

  1. Si vas sintiendo dentro de ti este camino, aunque te parezca que estás lejos, abandónate a la intuición interior.

    Pídeselo al Señor, diciéndole de corazón, aunque sientas miedo: «Aquí estoy, envíame».

    Y tradúcelo en cosas concretas de tu vida ordinaria.

     

  2. Lo sabio, en estos casos, es atenerse a la luz del presente. Si te pones grandes metas, con grandes palabras, terminas desanimándote.

 

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