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Noveno
domingo del Tiempo Ordinario - A
Deut 11,18.26-28
Sal 30
Mt 7,21-27
1.
Situación y contemplación
Seguimos
con la cuestión de otros domingos: ¿Dónde está la consistencia del
hombre? «En Dios», es la supuesta respuesta. Pero Jesús nos dice que no
basta decir «Señor, Señor», ni siquiera haber hecho cosas
extraordinarias en su nombre.
Las
últimas palabras del Sermón de la Montaña desenmascaran algunas mentiras
características del «hombre religioso».
- El
vivir la Palabra de Dios como objeto imaginario, contenido ideológico o
identificación narcisista del deseo. Con otras palabras: disponer de
Dios al propio gusto, sin referencia a la realidad, sin implicarse
prácticamente.
- El usar
la praxis cristiana como un arma para sentirse con derechos ante Dios.
Así que no basta actuar para andar en verdad.
Los
criterios de discernimiento cristiano de Jesús son definitivos:
- Hacer la voluntad de
Dios.
Toda
experiencia interior y todo proyecto de vida y todo compromiso de
acción no son Reino si no nacen de la obediencia de amor a
Dios-Padre. Este primado de la voluntad de Dios, por encima de
cualquier otra instancia, significa que el Reino lo hace el Señor.
Ciertamente, lo hace con nosotros; pero, precisamente por eso, si
hacemos nuestra voluntad, si no le dejamos la iniciativa a El, lo
estamos bloqueando.
Primado de la praxis
sobre las «buenas intenciones».
No es que
la acción, sin más, dé consistencia al discípulo de Jesús; pero si se
entrega a la voluntad de Dios, la verdad de esta entrega se realiza en
la praxis. Es una praxis que implica al hombre entero, corazón y acción,
confianza y responsabilidad.
La
lectura del Deuteronomio y del salmo 30 dan un matiz especial a la
conclusión del Sermón de la Montaña: El Maestro que ha promulgado la
nueva ley del Reino es el nuevo Moisés, que proclama el camino de la
Nueva Alianza.
2. Reflexión
Vamos dándonos cuenta de
que ser introducidos en el Reino implica un
proceso de transformación:
De una moral
legalista a un corazón nuevo.
De actitudes que
buscan seguridad a actitudes que arriesgan.
De una relación en
que a Dios se vive como súper-conciencia exigente a otra relación, en
que libertad humana y abandono confiado se refuerzan.
De una sabiduría
basada en la justicia que pone orden en los conflictos a una
sabiduría del amor que se desborda.
De una religión
centrada en los sentimientos de trascendencia o en el culto a una fe
que implica la existencia entera.
De una ideología de
la acción a una disponibilidad filial a lo que Dios quiera.
De la pretensión de
controlar a Dios con las buenas obras al gozo de sentirse servidores
fieles.
De la suficiencia de
los buenos a la pobreza del corazón.
Del fanatismo del
honor divino a la celebración de la misericordia que dignifica al
hombre, sea justo o pecador, opresor u oprimido, religioso o ateo.
De la ley a la
Gracia.
3. Praxis
Jesús
insiste en verificar la Palabra mediante las obras. Pero no caigas en la
trampa de confundirlas con la crispación de quien necesita
auto-justificarse acumulando actos de piedad o engrosando la lista de
«buenas acciones».
A la luz de todo el
Sermón de la Montaña, sin duda ahora estás mejor preparado para optar
prácticamente por el Reino.
- ¿Se va reflejando la
luz del Reino en tu vida ordinaria? ¿En qué lo notas?
- ¿Hay alguna situación
en que adviertes que se va realizando el proceso de transformación
indicado más arriba?
- ¿Percibes que el
proceso no se da porque te resistes a tomar alguna decisión
particular?
Observaciones
1.
Podemos hacernos ya alguna idea del Reino que Jesús está poniendo en
marcha. Sus núcleos inspiradores, que animan su predicación y su
acción:
A) La Buena Noticia de la cercanía salvadora de Dios.
La revelación de Dios
como Padre, amor gratuito e incondicional.
En
consecuencia, reestructuración de la relación entre el hombre y
Dios, que no depende de normas a cumplir para estar en orden, sino
de la confianza de hijo.
B) El proyecto de Dios
de una humanidad solidaria.
La revelación del
primado del hombre sobre las instancias sacral es.
En consecuencia,
reestructuración de las relaciones humanas, caracterizadas por el
respeto y la incondicionalidad.
a) La obediencia a Dios
como actitud base del discípulo.
b) El retrato del hombre
nuevo según el Reino.
Dios va a realizar su
plan de liberación con el hombre apoyado en Dios, no violento,
incansable en el bien, sufrido, fiel...
Algunas decisiones
son imprescindibles; por ejemplo:
- Subordinar el dinero a la
confianza en Dios.
- Optar por el amor
desinteresado.
- Espíritu de verdad, siempre.
2. ¿Te
animas a seguir adelante, eres consciente de lo que supone adherirse a
Jesús y a su proyecto mesiánico?
Si
quieres estar seguro de que vas a tener éxito, de que vas a estar a la
altura, más vale que lo dejes. Este proyecto no está hecho para
calculadores.
Pero
tampoco para intachables, que confunden sus virtudes con el espíritu del
Reino, ni para generosos impulsivos, que viven más de deseos que de
realidades.
Si estas
semanas has tomado en serio el Sermón de la Montaña y has intentado
vivirlo, en lo que sabías y podías, en tu vida ordinaria, sin duda tú
mismo estás encontrando la respuesta a la pregunta: ¿Merece la pena este
camino de vida?
Esto
es lo importante: El camino que vas haciendo tú mismo.
Con una condición: Pide
cada mañana ser un hombre/mujer de corazón sencillo.
Domingo
10 del Tiempo
Ordinario - A
Os 6,3-6
Sal 49
Mt 9,9-13
-
Situación
Hay
problemas que vuelven constantemente. Uno de ellos, para el
cristiano, es el siguiente: Cómo traducir en la vida ordinaria el
don de Dios, siempre mayor.
Algunos procuran ponerse en orden, y esto significa: prácticas
religiosas frecuentes, virtudes de «orden» (trabajo, dominio de
impulsos, responsabilidad). Otros insisten en celebrar cordialmente
el don de Dios, en cultivar la contemplación, sin confrontación con
la realidad áspera y próxima.
Algunos dan con el secreto, bien simple: El don de Dios no es
«algo», sino El mismo, amor misericordioso y fiel; y, por lo tanto,
que la vida consiste en ese amor misericordioso y fiel.
¿Por qué tendemos a
sustituir la sabiduría del corazón por el orden religioso-moral o la
exaltación mística?
-
Contemplación
Hoy la
Palabra se concentra: Quiero misericordia y no sacrificios. Jesús
justifica su actitud con Leví y el banquete con los publicanos ante los
bienpensantes fariseos, los hombres del orden religioso-moral, citando
las palabras de Oseas (primera lectura).
Tuvo que
escandalizar el profeta en aquella época en que el culto a la divinidad
garantizaba el orden social. Fue atrevido al identificar el conocimiento
de Dios con la misericordia. Sólo el que obra al estilo de Dios tiene
conocimiento real de Dios.
Sabemos
las consecuencias que trajo a Jesús su mensaje y su obrar consecuente,
centrados en la gratuidad del perdón de Dios: incomprensión y condena.
Han dejado de escandalizarnos a nosotros porque los diluimos en un vago
sentimiento de compasión para los «problemas pecadores». Los fariseos,
sin duda, al escandalizarse, evidenciaron la revolución que traía Jesús.
Hacía inútil toda pretensión religioso-moral, las «buenas obras», para
acceder al Reino.
Para
entender las lecturas de este domingo tendríamos que sentirnos como
Leví, un pecador público, con mala conciencia, aferrado a su pequeño
mundo de seguridad material, que experimenta, maravillado, que Dios
mismo se le adelanta, sin juzgarle, a ofrecer su dignidad humana y la
amistad del Mesías.
-
Reflexión
La
sabiduría del corazón nace en el corazón, al contacto con el Corazón
misericordioso de Dios, que transforma nuestro corazón cobarde, ruin
y defensivo, en un corazón agradecido y misericordioso.
Tal
es el conocimiento de Jesús del verdadero discípulo. Primero, como
Leví, ha de encontrarse con la misericordia de Dios, sorprendente,
liberadora. Si se sabe pecador, no tiene que romper con el sistema
de auto-justificación del fariseo. Liberarse del orden
religioso-moral, del tener que cumplir la ley para estar bien con
Dios, le dará la primera experiencia del Reino.
Pero
si la experiencia es real, y no mera descarga de la culpabilidad
enfermiza, habrá descubierto dónde pone Jesús el secreto de la nueva
vida según el Reino: en obrar con y desde un corazón misericordioso,
que ensancha sus fronteras, liberándose de prejuicios sociales e
incluso de esquemas religiosos.
La
misericordia de Dios no crea corazones cobardes, sino fuertes,
capaces de desenmascarar la mentira de los sistemas que discriminan
a buenos y malos, a los que merecen o no merecen nuestra ayuda, a
los que son o no son de Dios.
-
Praxis
Para este
conocimiento liberador de la misericordia de Dios es necesario abrir
nuestro propio corazón a la misericordia con el prójimo (en algunos
casos, incluso en la condición previa). ¿Qué podríamos hacer?
-
Que el hacer sea con
corazón, con actitud y mirada distinta, que dignifica al otro, que
ayuda liberando, no aprovechando la necesidad del otro para
esclavizarlo.
-
Realidades concretas
de la vida ordinaria: Nuestra tendencia a juzgar, a murmurar en
nuestras conversaciones, a discriminar a los que no son de los
nuestros; echar una mano en el trabajo; pensar con más detenimiento
en un nuevo modo de ser solidarios con los que apenas tienen, no
limitándonos a dar la limosna que cumple, etc.
-
Habrá alguna persona,
algún grupo, alguna situación, ante los que sentimos especialmente
la dureza de corazón, la dificultad para amar. Es evidente que el
corazón, en estas circunstancias, no cambia por un golpe de buena
voluntad; pero también es verdad que podemos revisar nuestras
actitudes y pedir al Señor un corazón comprensivo y misericordioso
como el Suyo, e ir dando pasos de menos a más (por ejemplo, no
detenernos tanto en dar vueltas a la propia herida e intentar
situarnos en el lugar del otro).
Domingo
11
del Tiempo Ordinario - A
Ex 19,2-6
Sal 99
Mt 9,36-10,8
-
Situación
No
podemos quedarnos quietos ante la realidad que nos rodea.
Ciertamente, la mayoría de nosotros sólo podemos poner un granito de
arena para mejorar el mundo. Pero el que no valora ese granito de
arena tampoco podrá y/o no deberá asumir responsabilidades mayores.
El
creyente se siente comprometido a cambiar la realidad fundamentando
su responsabilidad (sea sencilla: estar enfermo y mejorar la
convivencia del entorno; sea compleja: dirigir una empresa o una
parroquia) en la misión, con la conciencia de que es llamado
personalmente a trabajar por el Reino.
¿Por
qué, sin embargo, algunos reducen su responsabilidad a sus propios
intereses y otros piensan que la misión es para los «elegidos», como
los Doce Apóstoles?
Si la
fe es experiencia personal del Reino, también lo es la misión.
Cuando ésta falta, o la fe no está suficientemente personalizada, o
no se valora como misión el lugar que Dios nos ha asignado en el
mundo y en la historia, aunque no tenga brillo.
-
Contemplación
La misión
nace del corazón; como dice el Evangelio, de la compasión al «ver tantas
ovejas sin pastor». Cuando no se ama al hombre, la misión sólo sirve
para nuestra necesidad, personal o colectiva, de poder o de vanidad.
Pero,
quizá, lo que más nos cuesta en este tema es creer que Dios cuenta con
nosotros, conmigo, para «darnos autoridad» sobre los poderes que
esclavizan al hombre. Contemplemos detenidamente a cada uno de los Doce.
¡No es ninguna «minoría selecta», precisamente!
Tampoco lo fue Israel
(primera lectura).
La
contemplación debe abarcar, a la luz de la Palabra, tus
responsabilidades cotidianas. Quizá las palabras te parezcan demasiado
solemnes («ser elegido entre las naciones para ser propiedad personal de
Dios», signo de su santidad), pero el Evangelio te va acostumbrando a
conocer el estilo de Dios, y para El nada hay más importante que tú y tu
granito de arena en el mundo.
3. Reflexión
Sentir
que nuestra vida es misión y realización del plan de Dios (su voluntad
salvadora) no se consigue, primordialmente, «espiritualizando» lo que
hacemos. Por ejemplo, tener que estar pensando, cuando estoy trabajando
en una oficina, que soy un instrumento de Dios y de su Reino.
Por el contrario, la
conciencia de misión se hace dando densidad a lo real que llevo
entre manos, por ejemplo:
-
Aprender a hacer mío el trabajo, ya que lo hago funcionalmente,
casi mecánicamente. Para ello, tiene que interesarme de algún modo.
Es
frecuente tener que realizar trabajos que no gustan. Tampoco se trata de
lograr que un día me guste mi trabajo. Hay muchos otros aspectos,
relacionados inmediatamente con el trabajo, que es necesario descubrir
en su valor positivo, por ejemplo, las relaciones humanas de su entorno.
- Aprender a elaborar la realidad presente.
No pasar por encima de ella,
pensando en ideales futuros, proyectando expectativas...
Elaborar
la realidad significa muchas cosas: no huir de lo que no gusta; no hacer
de pasada las cosas; estar atento a lo valioso de las situaciones, por
encima de las primeras impresiones; descubrir que aquello que sentimos
como negativo puede ser altamente positivo, si cambiamos de actitud...
Todo depende de cómo mire
lo que hago.
Si lo
percibo insignificante o valioso, que amenaza mis deseos o me posibilita
crecer...
Si lo miro como
voluntad de Dios aquí y ahora...
4. Praxis
La
misión, en cristiano, no se mide por la eficacia inmediata (cuántos
adeptos hemos conseguido para nuestra causa o qué cambios hemos podido
constatar en las personas y estructuras), sino por la fidelidad a la
voluntad de Dios allí donde El nos pone.
Tal
podría ser el objetivo de esta semana: descubrir que mi vida es una
misión a cumplir, que no se pierde en el desgaste de la condición humana
(sobrevivir, trabajar, proyectar y morir). Soy yo en persona y mi tarea
la piedra humilde con que Dios está construyendo la ciudad futura, el
Reino que viene.
Domingo 12 del Tiempo Ordinario - A
Jer 20,10-13
Sal 68
Mt 10,26-33
-
Situación
Se
oye con harta frecuencia esta expresión: «Es muy difícil ser
cristiano en este mundo de hoy, con este ambiente social. Si,
encima, hemos de ser testigos de Dios y comprometernos en una
misión...». Por eso, muchos hacen de la vida ordinaria un refugio,
un modo de protegerse del juicio de la gente y, tal vez más, de
proteger la propia conciencia, ya que todos tenemos miedo a no estar
a la altura de nuestra vocación cristiana.
Sencillamente,
tenemos miedo.
-
Contemplación
En la
Sagrada Escritura se cuenta con el miedo. Se supone que es un
sentimiento normal de la persona humana y que aumenta cuando Dios nos
llama a realizar una misión. Es decir, que Dios no cuenta con
superhombres para realizar su historia de Salvación en el mundo.
Jeremías,
al parecer, fue un tímido, y le tocó dirigir la Palabra de Dios en el
momento más crítico de la historia de Israel, en torno a la destrucción
de Jerusalén. La primera lectura de hoy es un trozo característico de
sus «confesiones». El profeta se dirige a Dios contándole su situación,
cómo la gente se burla y le persigue; y, a pesar de todo, sigue
confiando en El.
En el
Evangelio, Jesús repite la frase que tantas veces se dice en la Biblia a
los testigos de Dios: No temáis. Jesús no ofrece ningún futuro
halagüeño para los suyos, sino más bien lo contrario; pero éstos deben
saber que están en buenas manos, en las manos del Padre.
Y es que
la fortaleza del cristiano no está en su coraje ni en su heroísmo, sino
en hacer de su debilidad y miedo un acto de confianza en Dios Padre. En
entregarse a la voluntad de Dios, a la misión encomendada, puestos los
ojos en El, está nuestra fortaleza.
El salmo
interleccional ha sido puesto por los evangelistas en labios de Jesús.
Tampoco Jesús fue un superhombre, sino alguien que confía en Dios.
-
Reflexión
Hay
que comenzar por no huir del miedo. Dicen que muchos actos heroicos,
por ejemplo, en la guerra, nacen del miedo a sentir miedo, como si
de una «huida hacia adelante» se tratase. Es preciso atreverse a
sentir miedo, a ser humano.
Pero
el miedo no puede ser encarado de frente; termina paralizándonos.
Sólo puede ser encarado indirectamente, poniendo nuestra mirada en
Dios, es decir, confiando en El y entregándonos a lo que El quiera,
por encima de todo.
La fortaleza del
creyente no es autoafirmación, sino humilde confianza.
Lo
peor de todo es que, casi siempre, el miedo se nos incrusta como
fantasma mental. «Se sufre más con el pensamiento que con el hecho».
Por eso es tan importante que vivamos lo real cotidiano. Cuando
leemos Jer 20 o Mt 10 sentimos pánico inminente de muerte. Con lo
cual no sabemos cómo aplicar la Palabra a nuestra realidad
ordinaria, hecha de miedos más sutiles, de cobardías elementales,
pero no por ello menos destructoras.
Por
ejemplo: El amor propio de que nos tilden de tontos si sabemos
perder, por amor, ante los demás. El respeto humano de callarnos
cuando se despelleja a un compañero/a. El miedo a que sepan que
somos cristianos en determinados contextos en que lo cristiano se
considera como desfasado. El miedo a hacer opciones concretas ante
la posibilidad de fracasar, de no estar a la altura.
-
Praxis
¿Cómo
elaboras tus miedos? ¿Has aprendido a reconocerlos, a vivirlos con
confianza, a integrarlos en tu fidelidad cristiana?
Piensa en
una situación que debes afrontar y ante la que sientes miedo. Algo tan
normal como hablar con tu pareja de ese tema que casi siempre provoca
tensión, o dar un paso concreto (de ayuda al prójimo, de servicio en la
parroquia, etc.) que te compromete ante los demás.
La
fidelidad cristiana no es para superhombres, pero tampoco para los que
se atrincheran en sus fidelidades seguras, acomodadas, hechas a un
espíritu calculador, atenazado por el miedo.
Domingo
13
del Tiempo Ordinario - A
2 Re
4,8-16
Sal 88
Mt 10,37-42
-
Situación
Vivir
en cristiano, ser coherente con la fe, ser discípulo de Jesús, está
asociado en la conciencia a ciertos modelos de vida, los «santos»,
que, tal como nos han sido presentados, han sido hombres
extraordinarios, gigantes del espíritu o de actos heroicos.
El
problema es que la mayoría nos movemos en una línea media, que no
somos ni santos ni mediocres. Andamos en serio o, al menos, queremos
vivir en serio nuestra vocación cristiana; pero no terminamos de
liberarnos por dentro. Estamos como atenazados (tendencias que nos
esclavizan, miedos que nos paralizan, egocentrismo insuperable, amor
a medio gas...).
Lo
peor de todo es que luchamos en dos frentes, sin aclararnos:
Deberíamos ser santos; pero, si no somos ilusos, sabemos de antemano
que no podemos hacer lo que han hecho los llamados «santos». Por
otra parte, si hemos de ser fieles a nuestro momento, es decir, no
proponernos metas desmedidas a nuestro proceso real, tenemos miedo
de acomodarnos y estancarnos.
No sabemos cómo
integrar el radicalismo evangélico y nuestra realidad aquí y ahora.
-
Contemplación
La
primera lectura nos presenta a Eliseo, el santo extraordinario, y a la
sunamita, una mujer rica con auténtico espíritu de pobreza. ¿Por qué,
cuando leemos esta página, sólo nos fijamos en Eliseo?
El
Evangelio, igualmente, nos presenta al discípulo radical, que lo deja
todo (familia y bienes) para dedicarse a anunciar el Evangelio, y a la
gente sencilla que da acogida a los predicadores. Hay que meditar en
esta complementariedad. Recordemos a los amigos de Jesús, Lázaro, Marta
y María, o a las mujeres que acompañaban al grupo de Jesús. ¿Por qué han
sido desplazados en la valoración cristiana?
El salmo
responsorial nos sitúa en la luz última de toda santidad personal y de
toda acción por el Reino, sean extraordinarias o sencillas, la soberanía
de Dios, «el Santo de Israel, nuestro rey».
-
Reflexión
No se
trata de preguntarse quién es más santo, el radical que lo deja todo
o el sencillo que no hace nada especial, pero comparte todo lo que
tiene. El que juzga, a nivel de conciencia, es el amor; a nivel
práctico, sólo importa hacer la voluntad de Dios, de modo que da lo
mismo irse a una isla apartada de Oceanía o dedicarse a explicar
matemáticas.
Mi
problema es éste: que estoy llamado a ser radical allí donde estoy
(radical en el amor, en el olvido de mí, en el compartir mi tiempo y
mis bienes), a fiarme incondicionalmente de Dios, dejándome en sus
manos; pero no me fío de mi buena voluntad, y sospecho que la uso
para quedarme donde estoy.
Si me
pregunto por algo concreto, si debiera renunciar a algo o hacer una
opción más radical, veo claramente que los tiros no van por ahí. El
problema es más hondo: de libertad interior, de transformación del
corazón. ¿Qué hacer?
-
Praxis
Lo
primero, mirar a ver si, en el fondo, todavía pretendo controlar mi vida
espiritual, justificarme. En este caso, he de volver a la conciencia
lúcida y gozosa de que mi transformación es obra de la Gracia. Confiar
en la fidelidad de Dios, primer requisito.
A
continuación, preguntarme por la estrategia del Señor. Es probable que
yo tenga mis planes de perfección cristiana. ¿Coincidirán con los de
Dios? Los años me han enseñado que somos tan ciegos, nos buscamos tanto,
incluso cuando nos entregamos a la radicalidad cristiana, que el Señor
tiene que frustrar casi siempre nuestras expectativas, obligándonos
—suave y fuertemente— a fiarnos de sus caminos.
En todo
caso, mientras no estemos bien fundamentados en humildad, es decir,
mientras no seamos radicalmente conscientes de que no podemos nada
respecto a las fuentes vivas del corazón, el Señor, estemos seguros, no
nos dará la libertad de su Espíritu.
Por eso,
la fidelidad real consiste: por una parte, en hacer lo que puedas según
tu conciencia, en intentarlo cada día (subrayo, sólo e intensamente cada
día); por otra, en estar abierto a los caminos imprevisibles de Dios,
confiando en que El sabe mejor que nosotros lo que nos conviene.
Domingo
14 del Tiempo
Ordinario - A
Zac
9,9-10
Sal 144
Mt 11,25-30
-
Situación
Retomemos la reflexión de estos domingos. Somos llamados a ser
testigos de Dios en este mundo secularizado; el Evangelio, tomado en
serio, empuja a la radicalidad; yo, personalmente, estoy implicado
en esta aventura; mi vida no tiene sentido si la acomodo a un orden
seguro de obligaciones a cumplir. Pero mi vida es como la de todo el
mundo; no puedo optar por nada radical; tengo unas responsabilidades
que exigen una fidelidad necesariamente rutinaria...
¿No
será que me estoy metiendo en un callejón sin salida, precisamente
por querer ser un cristiano de verdad? Ponerse metas tan altas,
vivir de la Palabra de Dios, ¿no termina por atrapar al hombre en la
desmesura, sacándolo de la realidad?
¿Tendré que irme a un convento o al Tercer Mundo? Sin embargo, he
conocido a frailes y monjas y a misioneros, y he constatado que lo
extraordinario, a primera vista, no produce necesariamente
radicalidad cristiana.
-
Contemplación
El
Evangelio de hoy nos coloca de cabeza en el corazón mismo de la
Revelación y de la lógica del Reino. El contexto en que Jesús lo dijo es
claro: frente a la sabiduría de los poseedores de la Palabra o de la
perfección, la sabiduría de los cargados con la existencia, gente
sencilla, los pequeños, que descubren agradecidos el corazón de Dios,
infinitamente misericordioso, manso y humilde.
¿Necesitas todavía una respuesta a tu pregunta: quién puede ser
discípulo de Jesús?
El texto
del profeta plasma la figura de Jesús-Mesías pacífico, que vence la
violencia con las armas de su amor indefenso. La entrada en Jerusalén,
el día de Ramos, realizó la profecía de Zacarías.
El salmo
nos ayuda a personalizar este espíritu, tan ajeno a nuestros esquemas y
tendencias espontáneas. Nuestro Dios, creador y rey del universo, es
Abbá, «el Señor bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas,
que sostiene a los que van a caer y endereza a los que que se doblan».
-
Reflexión
¿Quién puede ser discípulo de Jesús? ¿Puede uno serlo ahí, en la
vida ordinaria, anónima, entrelazada con tantas pequeñas
obligaciones, con urgencias que nada tienen que ver, a primera
vista, con el Reino?
La
paradoja está en que tú, el agobiado por las preocupaciones, puedes
serlo; y con todo, no depende de ti, es revelación del Padre.
¡El
secreto del Reino es tan simple, que por eso resulta difícil e
increíble! ¿Para quiénes? Para los que quieren dominar la
existencia, sean poderosos socialmente o sean poderosos moralmente o
sean poderosos espiritualmente.
Tan
simple como ser agradecido. Pero nuestra suficiencia no cierra a
Dios y al prójimo. A veces pensamos en hacer actos heroicos de amor,
cuando el amor se realiza cabalmente en las pequeñas e innumerables
obligaciones que nos pesan. ¡Si supiésemos dar la vuelta a nuestras
actitudes! Aquello que nos oculta el Reino es, casi siempre, lo que
nos revela lo esencial: el amor de Dios encarnado en la condición
humana.
-
Praxis
Intentar
esta semana descubrir con ojos nuevos cómo en lo pequeño de tu vida,
cargada de menudencias y limitaciones, se revela el Padre que se
complace en los pequeños, y Jesús, que te llama a descansar en El.
Comienza
por no soñar en una vida distinta, por asumir tu realidad limitada. ¿No
ves que el Mesías Jesús realizó el Reino entre los pequeños y enseñando
a vivir lo humano, hasta el punto de que para El era más importante
atender a un herido que celebrar el culto en Jerusalén?
No tengas
miedo a ser pequeño con Dios, a descansar en El tus agobios. ¡Somos tan
ridículos que pretendemos ser importantes con Dios! ¡Con lo dulce que es
dejarse querer y acariciar por su misericordia infinita! El te enseñará
a ser manso contigo mismo, a no crisparte cuando no se realizan tus
deseos, a comprender que las relaciones sociales necesitan, sobre todo,
ese plus de ternura y comprensión que cada día es más escaso, a ser
fuerte sin violencia, a no escandalizarte del pecado ajeno ni del
propio, a guardar el amor cada día como un tesoro frágil y precioso...
Observaciones
1. El Sermón de la
Montaña (domingos 4-9 del Tiempo Ordinario) representa el programa
de Dios del hombre nuevo, a nivel personal y comunitario. Los
domingos 10-14 nos emplazan ante la decisión de llevarlo a cabo, con
quiénes cuenta el Señor.
Si
somos jóvenes idealistas, hasta nos halaga asumir un proyecto de
vida así. Si hemos confrontado el ideal evangélico con las
limitaciones personales y las resistencias del entorno, las
reflexiones de los últimos domingos nos habrán parecido muy
realistas.
2. En efecto, queremos
ser discípulos de Jesús, creemos en su mensaje del Reino y nos
sentimos llamados a realizarlo. Pero nos cuesta entender que nuestra
misión presupone:
-
Conciencia radical de
ser pecadores salvados.
-
Que
cuenta con nuestro material humano.
-
Que hemos de integrar
nuestros miedos y debilidades, e incluso nuestros fracasos, en la
lógica de la confianza incondicional en Dios.
-
Que el Reino
pertenece a los pequeños, por lo que sólo puede ser realizado desde
la sabiduría de los pobres de espíritu.
3. Esto
vale tanto para las vocaciones especiales, las que institucionalmente
están marcadas por la radicalidad, como para las vocaciones llamadas de
vida ordinaria, a las que se dirigen particularmente estas páginas. La
verdad es que la frontera entre unas y otras es más social que real. ¿Es
acaso más radical el voto de pobreza de un joven que entra en un
convento que la situación de un padre de familia en paro?
En todo
caso, allí donde estamos, lo decisivo se juega en lo cotidiano. Y aquí
todas las vocaciones confluyen en lo mismo:
-
Primado de la
voluntad de Dios, siempre, sobre nuestros proyectos y expectativas.
-
Primado
del amor en aquello que hacemos, acción anónima o acción de liderazgo.
-
Autenticidad y verdad
en las actitudes. Sin segundas intenciones con los demás y con
nosotros mismos, ya que, con frecuencia, la conciencia de nuestro
ser y misión sirven a nuestro narcisismo y sutil afán de poder.
-
A mayor motivación
espiritual, mejor integración de lo humano.
-
Humildad, lucidez
respecto al propio corazón, y misericordia entrañable con el
prójimo.
4. Dichas
así las cosas, el lector de estas líneas tendrá tal vez la impresión de
que estoy hablando a «santos». Permítame que remita, una vez más, a una
de las paradojas de la experiencia cristiana.
Por una
parte, ciertamente, sin este espíritu del Reino, sin este corazón
convertido al estilo de Jesús, no merece la pena la aventura de la fe
cristiana. Terminará siendo bloqueada por un moralismo estrecho o por
fantasías espirituales. La Palabra de Dios, escuchada y celebrada en la
Eucaristía, apela indefectiblemente a la dinámica de Absoluto.
Por otra
parte, sin embargo, cuando uno entra más adentro en la dinámica propia
del Evangelio, el Absoluto (Dios, el amor, los valores del Reino)
adquiere un rostro insospechado:
-
En vez de encontrarte
con la perfección del asceta, te encuentras con el olvido de sí.
-
En vez de tener que
ser superhombre, has de aprender a ser débil, pero sin refugiarte en
tu autocompasión.
-
En vez de alcanzar
eficacia y éxito en la tarea, se te pide obediencia y confianza.
-
En vez de generosidad
heroica, amor humilde y fiel.
-
Si vas sintiendo
dentro de ti este camino, aunque te parezca que estás lejos,
abandónate a la intuición interior.
Pídeselo al Señor,
diciéndole de corazón, aunque sientas miedo: «Aquí estoy, envíame».
Y tradúcelo en cosas
concretas de tu vida ordinaria.
-
Lo sabio, en estos
casos, es atenerse a la luz del presente. Si te pones grandes metas,
con grandes palabras, terminas desanimándote.
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