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La
Santísima Trinidad
(Domingo después de Pentecostés) - A
Ex 34,4-9
1 Cor 13,11-13
Jn 3,16-18
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En realidad, la
fiesta de la Trinidad es un doblete, ya que la celebración de la
gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo se da cada domingo.
Con todo, este Misterio, el misterio por excelencia, ha sido tan mal
tratado, en general, que necesita un domingo especial.
Esta
fiesta se celebra siempre después de Pentecostés, como resumen de
todos los misterios de la Salvación, cuyo centro es la Pascua, y con
ella se inicia el Tiempo Ordinario II.
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El conocimiento que
la mayoría de los cristianos tienen de la Santísima Trinidad remite
a las afirmaciones dogmáticas abstractas, «un solo Dios en tres
personas distintas», representado gráficamente por el famoso
triángulo, que siendo uno está compuesto por tres ángulos,
consustanciales.
Ha
sido fatal separar la trascendencia del Dios Uno y Trino de su
manifestación en la historia de la Salvación.
La
consecuencia ha sido que «misterio» ha llegado a significar, en
sentido racionalista, lo incomprensible, un dogma que sobrepasa la
razón y que acepto por autoridad externa (la Biblia y la Iglesia).
¡Cuando es, cabalmente, lo contrario: allí donde la razón encuentra
su hogar nutricio, el horizonte de acceso de nuestra finitud
maravillada y agradecida ante la manifestación del Absoluto, la
presencia sobrecogedora del Amor que se da a conocer libre y
personalmente!
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Por eso, el camino
para conocer la Trinidad es la experiencia de la gracia de nuestro
Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu
Santo, que no es algo abstracto, sino historia concreta,
testimoniada en la Sagrada Escritura, celebrada sacramentalmente en
la Iglesia, renovada constantemente en la vida de los creyentes, es
decir, en los que dan gloria al Padre por Jesucristo en el Espíritu
Santo.
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Comencemos, pues, por
contemplar la Palabra de este domingo.
Primera lectura. Contempla cómo Dios es el Dios que se revela, y lo
hace libre y personalmente, de modo que en el acto en que se manifiesta
no deja de ser el Otro, el incomprensible. Este Dios es amor fiel,
incondicional. Sólo cuando sentimos la alegría de ser amados sin
derecho, gratuitamente, estamos en onda para relacionarnos con el Dios
revelado en la historia de Israel y de Jesús.
Segunda lectura. Pablo presupone que el Nuevo Testamento consiste en
la auto-comunicación del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que ser
cristiano está configurado por el Misterio Trinitario.
Tercera lectura. Una vez más, el Evangelio de Juan nos sitúa en el
núcleo super-esencial: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo
único.
5. Pasemos ahora a
percibir la presencia de la Trinidad en nuestra vida ordinaria:
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Cuando hacemos «En
el nombre del Padre», ese signo rutinario, que nos define como
cristianos. ¿Te das cuenta de su contenido? Sabes a Quién
perteneces, Quién te ama, a Quién sirves, en Quién confías, por
Quién trabajas.
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Cuando piensas en tus
padres (no habrán sido perfectos; tienen derecho a no serlo, como
tú), date cuenta de que ellos han sido el símbolo primordial de tu
conocimiento del Padre, del amor primero, del principio sin
principio, del origen y fin de toda realidad.
En el
Padre descansas: El es roca firme, misericordia entrañable, el que te
reconcilia con tu libertad y tu pecado, tu responsabilidad y tus
errores, tu autonomía y tu finitud.
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Tu aventura radical
de ser persona adulta y creyente está referida a Jesús, el Hijo
enviado, el Redentor, el Señor crucificado y resucitado.
Tiene
rostro concreto, humano, como el nuestro.
Cuando piensas en El,
adviertes que lo mejor de ti es Suyo.
Le dices
Tú, el Tú del discípulo al Maestro, el Tú del amigo al Amigo que entregó
su vida por nosotros, el Tú de la esposa al Amado.
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El Espíritu Santo no
tiene rostro, porque nunca habla de sí, sino del Padre y del Hijo.
Por eso es «el gran Desconocido». Y, sin embargo, es lo íntimo, la
vida misma, el aliento.
Es
nuestros ojos para ver la acción del Padre, nuestros oídos para escuchar
la palabra del Hijo, las manos abiertas que comparten. Ha sido derramado
en nuestros corazones, y siendo la vibración de nuestro ser, no
disponemos de El, porque El es la fuente. Cuando sentimos el amor como
Don, entonces sabemos Quién es el Espíritu Santo.
6. Termina orando con el
Gloria de la Misa. Notarás resonancias nuevas.
Observaciones
1. Hace
tiempo vamos sintiendo que el don de Dios es mayor que nuestras
conciencias (cf. 1 Jn 3,19-21).
Por eso,
la plenitud de la fe individual está en lo que nos sobrepasa, en
acompasar nuestro corazón al ritmo de la fe de la Iglesia, la sellada
con el Espíritu de la verdad, que lleva a consumación la comprensión de
las palabras de Jesús (cf. Jn 16).
2. El
creyente individual, según va madurando teologalmente, experimenta
dentro de sí ese vivir del Don mayor que la propia conciencia. Es
entonces cuando adquiere órganos especiales para entender qué es la
Iglesia, no sólo como institución o como comunidad, sino en su sentido
más radical, como Comunión de los Santos, como Esposa Santa e
Inmaculada, que dicen la Carta a los Efesios o el Apocalipsis.
3. Algunos signos de
dicha experiencia:
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Se vive, cada vez
más, de las certezas fundantes; por ejemplo, que Dios es fiel y
digno de confianza.
Estas
certezas no son creencias, convicciones internalizadas para
protegernos de la inseguridad y el caos, sino experiencias vividas,
confrontadas y puestas a prueba, que se han ido consolidando en la
propia historia personal, de modo que han construido la vida en una
unidad de sentido.
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El primado que va
adquiriendo la mediación de Jesús.
La
experiencia personal no se detiene a considerarse a sí misma, sino
que hace suyo, incapaz de abarcar la Revelación y el Amor de Dios,
lo dado en la Iglesia.
Por
ejemplo, pide «en el nombre de Jesús» (cf. Jn 14), da gracias
por medio de Jesús, comulga en la Eucaristía para participar del sí
de Jesús al Padre y de su amor a los hombres.
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Se fía cada vez menos
de sí mismo, pero no puede negar que es un elegido. No se cree mejor
que nadie —es al revés—, pero sabe que pertenece al Pueblo de la
Alianza, y se siente enriquecido ¡con tantos dones!
No siente
segura su salvación. Lo importante es creer en la Gracia. Asegurar nada
le parece un pecado grave de desconfianza en Dios, pretender
controlarlo.
4. El secreto está en
simplificar la vida cristiana desde la mirada confiada en Dios.
Fiestas del Señor, de María y de los Santos
El calendario de nuestras
fiestas es tan amplio que la comunidad cristiana ha elegido las más
significativas, erigiéndolas, con frecuencia, en fiestas preceptivas o
de guardar, que decían los manuales clásicos, es decir, dignas de ser
celebradas, como los domingos, en Asamblea.
Muchas de estas fiestas
están ya integradas en los domingos; por ejemplo, el Corpus es un
doblete del Jueves Santo con matices de manifestación pública, o el
Sagrado Corazón, fruto de una época de la espiritualidad cristiana.
Otras,
especialmente las de María, han sido incorporadas a la liturgia
cristiana según la comunidad católica, ortodoxa o latina, que ha ido
comprendiendo el papel de María, la Madre de Jesús, en la historia de la
Salvación.
El primer criterio para
celebrarlas es que la mirada no se centre en lo santos, sino en el Dios
que ha hecho su obra en ellos y les dio una misión en su plan redentor.
Pero no
seamos tan puristas que creamos que Dios es celoso de la gloria que
tributamos a sus santos, especialmente a la Virgen María. Ellos plasman
la humanidad de Dios, la ley de la encarnación, que atraviesa la
Revelación entera.
Los santos de las grandes
fiestas suelen ser muy idealizados, hasta el punto de no ser imitables,
como si no tuviesen nada que ver con nuestras miserias humanas.
Para
resaltar la obra de Dios no hace falta desencarnarla. Por el contrario,
la Gracia resplandece en nuestra condición humana.
Cuando
recuperemos la imagen real, humana, de María, por ejemplo, que fue una
mujer sencilla de Nazaret, dedicada a sus labores, que tuvo que aprender
a creer a través de la oscuridad, que no hizo nada extraordinario más
que amar día a día...
A Pedro
lo sentimos más cercano, pues el Evangelio nos lo presenta con sus luces
y sombras.
Pensemos
en ese santo de nuestra devoción, nuestro hermano mayor en la fe, a
quien idealizamos, sin duda, pero que tiene también mucho de cómplice,
pues lo hemos sentido cercano a nuestro caminar.
Fiesta del Corpus
Deut 8,2-3, 14-16
Sal 147
1 Cor 10,16-17
Jn 6,51-59
NOTA: Cuando no
es de precepto, la fiesta del Corpus se celebra el domingo siguiente al
domingo de la Trinidad.
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Palabra
La
Iglesia, cada uno de nosotros, vivimos en camino; pero con
frecuencia no lo aceptamos; nos acomodamos, protegidos por nuestras
seguridades. La Eucaristía nos recuerda que el Señor está con
nosotros, realmente presente; pero sólo perceptible
sacramentalmente, en la fe, ya que lo que vemos es pan y vino, y lo
que creemos, el Cuerpo y la Sangre del Señor.
El
Deuteronomio nos describe la tentación que tenemos de asentarnos y
nos exhorta a confiar en el futuro. Ningún motivo más palpable,
paradójicamente palpable, que la Eucaristía: ¿Qué más podemos desear
que a Dios mismo? Pero sólo cabe poseerlo en la fe.
Cada
frase de Jesús en Jn 6 es estremecedora. ¿Es posible que algo tan
maravilloso esté a nuestra disposición cada semana, cada día
incluso? ¡Cuánto nos cuesta creerlo! ¡Con qué poca pasión lo
comemos!
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Vida
Se nota
en nuestra vida qué poco peso tiene la Eucaristía. No lo decimos en el
sentido que muchos cristianos no practicantes o los ateos nos lo dicen:
«No son mejores los que van a misa que los que no van». Por desgracia,
tienen sobrada razón; pero esa misma frase presupone una incomprensión
radical de la vida cristiana. ¡Como si ser mejores fuese algo medible
con prácticas religiosas!
Hacer de
la Eucaristía vida presupone haber superado la idea de la Eucaristía
como fuerza mágica que otorga la Gracia y haber descubierto la Gracia
como fundamento de la vida.
Ciertamente, no hay Eucaristía sin sentido de comunión fraterna y de
solidaridad (cf. segunda lectura); pero el amor al prójimo no consiste
en hacer cosas buenas por los demás, sin más. Transformar el corazón en
disponibilidad es lo que pretende la Eucaristía (¡Cuerpo entregado y
sangre derramada!), y esto, normalmente, es un proceso lento.
Por eso,
los que comulgamos con frecuencia nos sentimos juzgados por la entrega
de amor de Jesús (representado en la Eucaristía); pero nos sentimos,
sobre todo, infinitamente agradecidos. ¿Qué sería de nosotros si no
comulgásemos, si no contáramos con su Presencia? ¿Qué sería de nuestra
capacidad de amar sin El?
Fiesta del
Sagrado Corazón
Deut 7,6-11
Sal 102
Jn 4,7-16
Mt 11,25-30
NOTA: Esta
fiesta se celebra el viernes posterior al segundo domingo después de
Pentecostés, es decir, después del Corpus.
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Palabra
El mensaje de esta
fiesta puede resumirse en esta frase de la segunda lectura:
Dios
es amor.
En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que
El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.
Nos
cuesta entender la Biblia, la Revelación de Dios, porque no usamos la
clave: que a Dios sólo se le entiende desde el corazón, desde esa lógica
que desborda la razón controladora y el orden religioso moral arduamente
conquistado por el hombre frente al caos de la finitud.
Conoce a
Dios sólo el niño, el que ha simplificado la vida en la mirada, el que
no se mira a sí mismo y confía, por encima de todo, en su Padre. Tal es
el niño evangélico, no el adulto infantil, que utiliza a Dios de modo
caprichoso.
Tal es
Jesús, indefenso como un niño, queriendo tomar sobre sí, en su corazón,
todo el peso de la condición humana. Somos tan idiotas, tan orgullosos,
tan ciegos, que todavía nos empeñamos en salvarnos a nosotros mismos e
incluso usamos nuestros mejores deseos de justicia como plataforma de
poder.
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Vida
¿Funcionas con corazón, de modo que el amor te da conocimiento íntimo de
las personas y de la situación de los demás?
¿Has
descubierto que Dios ha podido hacer algo contigo cuando te has dejado
querer con sencillez, sin pretender pagarle nada ni estar a su altura?
¿Has
descubierto que sin amor todo es nada, incluso tus mejores cualidades
humanas de palabra y de acción?
¿Estás
viviendo alguna situación que te exige amar pacientemente,
desinteresadamente, con la sensación de que te toca perder inútilmente?
¿Te nace este amor, realmente, del corazón, o del miedo al conflicto y a
una posible pérdida del otro?
Sólo el
que ha encontrado Corazón en el que descansar (¡Dios-Padre!) puede ser
corazón-fuente, que lleva las cargas de los demás. Como Jesús.
Fiesta de san Pedro
y san Pablo (29-VI)
Hech 12,1-11
Sal 33
Tim 4,6-8. 17-18
Mt 16,13-19
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Palabra
Esta
fiesta suele ser aprovechada por la mentalidad «catolicista» para
subrayar el primado de Pedro y la centralidad de Roma en la Iglesia. La
tradición, sin embargo, ha visto cómo la catolicidad de la Iglesia se
realiza, equilibradamente, con las dos figuras de Pedro y Pablo.
Ambos
murieron mártires en Roma y simbolizan la unidad católica de la Iglesia
de Cristo. Por desgracia, Pedro ha representado (no siempre fue así) la
dimensión institucional de la Iglesia, la autoridad, y Pablo, la
dimensión misionera y profética (a veces contra el papado, por ejemplo,
en el protestantismo).
El tema nuclear de
nuestra celebración es la catolicidad, como nota de la Iglesia una y
apostólica.
La
Palabra nos presenta, alternativamente, las figuras de Pedro y Pablo. El
Evangelio nos hace la pregunta que define al discípulo: «Y vosotros,
¿quién decís que soy yo?» La respuesta no viene de nosotros, sino del
Padre. Nadie lo supo mejor que Pedro, que negó al Maestro y, a partir de
la Resurrección, fue confirmado en la fe para que también él confirmase
(Roma, roca de la unidad y del testimonio) a sus hermanos en la fe (cf.
Lc 22,31-32), ni mejor que Pablo, que persiguió a la Iglesia y fue
transformado en apóstol de la fe que libera de la ley.
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Vida
Revisar
nuestra conciencia de católicos. Ni fanáticos, que reducen la fe a su
adhesión a la autoridad del Papa; ni vergonzantes, que apenas se atreven
a decir lo que son y hacen de Roma la causa de todos los males en la
Iglesia.
Una fe
madura ha de poder integrar la identidad social, la pertenencia a la
institución, en este caso, la Iglesia católica, sin atrincherarse frente
a un contexto social hostil (anticlerical y anti-romano). Pero una
verdadera integración implica libertad interior y capacidad de
discernimiento: que me siento cómodo siendo católico, pero no necesito
sacralizar al Papa como intocable, ni dejo de ver cuánta conversión
necesitamos para ser verdad católica, es decir, hombres de corazón
universal.
Ser católico no es
pertenecer a un partido; es un don de la fe y una tarea nunca terminada.
Fiesta de la Asunción de María (15-VIII)
Ap 12,1-6
Sal 44
1 Cor 15,20-26
Lc 1,39-56
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Palabra
La fiesta
de la Asunción, en medio de las vacaciones veraniegas, nos recuerda
nuestra vocación más alta y definitiva, la fiesta de los resucitados en
Cristo, de la victoria final de toda la humanidad sobre su principal
enemigo, la muerte.
Estamos
tan volcados en aprovechar las migajas de la vida, los restos de
felicidad que nos concede el bienestar, que tenemos el peligro de
olvidar el banquete al que hemos sido llamados.
Una vez
más, los únicos que se enteran son los pobres:
— o bien,
porque de ellos nadie se preocupa, sino su Dios Salvador, cantado por
María (Evangelio de hoy);
— o bien,
porque han descubierto, incluso en medio de la abundancia, la caducidad
de todo.
María es
la pobre en ambos sentidos. Nunca tuvo gran cosa, excepto su fe
(«Dichosa tú que has creído»). Pero su corazón rebosa de alegría.
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Vida
En medio
de las vacaciones, revisemos la calidad de nuestra alegría. Es triste
esperar la alegría de unos días de evasión, cuando ella brota cada
mañana. ¿Dónde?
En tu
corazón, si tu mirada se vuelve a Dios-Padre, «en quien nos movemos y
por quien existimos», misericordia entrañable.
En tus
lazos afectivos: tu familia, tus amigos... Si no estás satisfecho, ¿no
será porque no sabes recibir o recibes mal?, ¿no será porque quieres
recibir más de lo que estás dispuesto a dar?
En tus
pobrezas. Sí, lo que nos empobrece nos abre la puerta regia a la alegría
esencial: Dios.
En esa
situación conflictiva o desagradable, que te obliga a amar, a pesar de
todo, sabiendo que no tienes otra salida.
En los
momentos tranquilos, que te llevan de la mano, suavemente, a la
presencia de Dios, al gozo de la interioridad, al contacto con la
naturaleza, a la contemplación de los acontecimientos con un horizonte
más ancho...
En María, la mujer de la
esperanza, que siempre tiene el don de serenar nuestros miedos y
ansiedades.
Fiesta de Todos los
Santos (1-XI)
Ap 7,2-4. 9-14
Sal 23
1 Jn 3,1-3
Mt 5,1-12
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Palabra
La fiesta
de todos los Santos está asociada a la conmemoración de los difuntos y,
al estar colocada al comienzo de noviembre, concentra los temas
fronterizos de la esperanza cristiana: el recuerdo de los seres queridos
que hemos perdido, la promesa de nuestra inmortalidad, la nueva
humanidad convocada en el cielo para una eternidad dichosa...
El
Evangelio de hoy no nos permite aferrarnos a nuestras añoranzas
afectivas ni a consuelos ultraterrenos. Nos devuelve al realismo de las
Bienaventuranzas, al retrato del verdadero discípulo de Jesús.
Así
fueron nuestros hermanos que nos precedieron en la fe y en la gracia del
Espíritu Santo, la gran familia de los que han muerto en Jesucristo, el
Señor de vivos y muertos.
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Vida
El
cristiano está acostumbrado a «la frontera»;
-
a no considerar nada
como horizonte cerrado, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni siquiera
el pecado, pues todo ello ha pasado con el Crucificado a la vida
eterna;
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a
hacer de lo más pasivo (la pobreza, la no-violencia, la simplicidad
del corazón) lo más activo (amor confiado y tenaz, devorado por el
bien del prójimo);
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a transformar la
ineficacia e impotencia en sabiduría de lo esencial (la libertad
interior y la vida teologal);
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a
proclamar la muerte en camino de la Vida.
La fiesta
de todos los Santos es ocasión óptima para mirar la vida finita con ojos
de eternidad. No se trata de evadirnos, sino de dar a la realidad el
peso de verdad que tiene. ¡Se ve todo tan distinto cuando se piensa en
la muerte o en la vida del Cielo!
Cuando
nos cansamos de luchar, de hacer el tonto, viendo cómo los otros se
aprovechan de nuestros principios cristianos, cuando la esperanza decae,
nuestros hermanos los santos nos alientan. Con Pedro: «EA quién iremos?
Sólo Tú tienes palabras de vida eterna?» Con Pablo: «Sé de Quién me he
fiado».
Si los
santos gigantes te desaniman, recuerda alguna persona auténticamente
creyente, bondadosa y fiel, que has conocido. Los santos suelen estar
más cerca de lo que creemos.
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