Fiestas del Señor, de María y los Santos

 

 

JAVIER GARRIDO

 

 

 

 

 

 

 

La Santísima Trinidad

(Domingo después de Pentecostés) - A

Ex 34,4-9
1 Cor 13,11-13
Jn 3,16-18

 

  1. En realidad, la fiesta de la Trinidad es un doblete, ya que la celebración de la gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo se da cada domingo. Con todo, este Misterio, el misterio por excelencia, ha sido tan mal tratado, en general, que necesita un domingo especial.

    Esta fiesta se celebra siempre después de Pentecostés, como resumen de todos los misterios de la Salvación, cuyo centro es la Pascua, y con ella se inicia el Tiempo Ordinario II.

     

  2. El conocimiento que la mayoría de los cristianos tienen de la Santísima Trinidad remite a las afirmaciones dogmáticas abstractas, «un solo Dios en tres personas distintas», representado gráficamente por el famoso triángulo, que siendo uno está compuesto por tres ángulos, consustanciales.

    Ha sido fatal separar la trascendencia del Dios Uno y Trino de su manifestación en la historia de la Salvación.

    La consecuencia ha sido que «misterio» ha llegado a significar, en sentido racionalista, lo incomprensible, un dogma que sobrepasa la razón y que acepto por autoridad externa (la Biblia y la Iglesia).

    ¡Cuando es, cabalmente, lo contrario: allí donde la razón encuentra su hogar nutricio, el horizonte de acceso de nuestra finitud maravillada y agradecida ante la manifestación del Absoluto, la presencia sobrecogedora del Amor que se da a conocer libre y personalmente!

     

  3. Por eso, el camino para conocer la Trinidad es la experiencia de la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, que no es algo abstracto, sino historia concreta, testimoniada en la Sagrada Escritura, celebrada sacramentalmente en la Iglesia, renovada constantemente en la vida de los creyentes, es decir, en los que dan gloria al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo.

  4. Comencemos, pues, por contemplar la Palabra de este domingo.

 

Primera lectura. Contempla cómo Dios es el Dios que se revela, y lo hace libre y personalmente, de modo que en el acto en que se manifiesta no deja de ser el Otro, el incomprensible. Este Dios es amor fiel, incondicional. Sólo cuando sentimos la alegría de ser amados sin derecho, gratuitamente, estamos en onda para relacionarnos con el Dios revelado en la historia de Israel y de Jesús.

Segunda lectura. Pablo presupone que el Nuevo Testamento consiste en la auto-comunicación del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, que ser cristiano está configurado por el Misterio Trinitario.

Tercera lectura. Una vez más, el Evangelio de Juan nos sitúa en el núcleo super-esencial: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.

5. Pasemos ahora a percibir la presencia de la Trinidad en nuestra vida ordinaria:

  • Cuando hacemos «En el nombre del Padre», ese signo rutinario, que nos define como cristianos. ¿Te das cuenta de su contenido? Sabes a Quién perteneces, Quién te ama, a Quién sirves, en Quién confías, por Quién trabajas.

  • Cuando piensas en tus padres (no habrán sido perfectos; tienen derecho a no serlo, como tú), date cuenta de que ellos han sido el símbolo primordial de tu conocimiento del Padre, del amor primero, del principio sin principio, del origen y fin de toda realidad.

En el Padre descansas: El es roca firme, misericordia entrañable, el que te reconcilia con tu libertad y tu pecado, tu responsabilidad y tus errores, tu autonomía y tu finitud.

  • Tu aventura radical de ser persona adulta y creyente está referida a Jesús, el Hijo enviado, el Redentor, el Señor crucificado y resucitado.

Tiene rostro concreto, humano, como el nuestro.

Cuando piensas en El, adviertes que lo mejor de ti es Suyo.

Le dices Tú, el Tú del discípulo al Maestro, el Tú del amigo al Amigo que entregó su vida por nosotros, el Tú de la esposa al Amado.

  • El Espíritu Santo no tiene rostro, porque nunca habla de sí, sino del Padre y del Hijo. Por eso es «el gran Desconocido». Y, sin embargo, es lo íntimo, la vida misma, el aliento.

Es nuestros ojos para ver la acción del Padre, nuestros oídos para escuchar la palabra del Hijo, las manos abiertas que comparten. Ha sido derramado en nuestros corazones, y siendo la vibración de nuestro ser, no disponemos de El, porque El es la fuente. Cuando sentimos el amor como Don, entonces sabemos Quién es el Espíritu Santo.

6. Termina orando con el Gloria de la Misa. Notarás resonancias nuevas.

Observaciones

1. Hace tiempo vamos sintiendo que el don de Dios es mayor que nuestras conciencias (cf. 1 Jn 3,19-21).

Por eso, la plenitud de la fe individual está en lo que nos sobrepasa, en acompasar nuestro corazón al ritmo de la fe de la Iglesia, la sellada con el Espíritu de la verdad, que lleva a consumación la comprensión de las palabras de Jesús (cf. Jn 16).

2. El creyente individual, según va madurando teologalmente, experimenta dentro de sí ese vivir del Don mayor que la propia conciencia. Es entonces cuando adquiere órganos especiales para entender qué es la Iglesia, no sólo como institución o como comunidad, sino en su sentido más radical, como Comunión de los Santos, como Esposa Santa e Inmaculada, que dicen la Carta a los Efesios o el Apocalipsis.

3. Algunos signos de dicha experiencia:

  • Se vive, cada vez más, de las certezas fundantes; por ejemplo, que Dios es fiel y digno de confianza.

    Estas certezas no son creencias, convicciones internalizadas para protegernos de la inseguridad y el caos, sino experiencias vividas, confrontadas y puestas a prueba, que se han ido consolidando en la propia historia personal, de modo que han construido la vida en una unidad de sentido.

     

  • El primado que va adquiriendo la mediación de Jesús.

    La experiencia personal no se detiene a considerarse a sí misma, sino que hace suyo, incapaz de abarcar la Revelación y el Amor de Dios, lo dado en la Iglesia.

    Por ejemplo, pide «en el nombre de Jesús» (cf. Jn 14), da gracias por medio de Jesús, comulga en la Eucaristía para participar del sí de Jesús al Padre y de su amor a los hombres.

     

  • Se fía cada vez menos de sí mismo, pero no puede negar que es un elegido. No se cree mejor que nadie —es al revés—, pero sabe que pertenece al Pueblo de la Alianza, y se siente enriquecido ¡con tantos dones!

No siente segura su salvación. Lo importante es creer en la Gracia. Asegurar nada le parece un pecado grave de desconfianza en Dios, pretender controlarlo.

4. El secreto está en simplificar la vida cristiana desde la mirada confiada en Dios.


 

Fiestas del Señor, de María y de los Santos

 

El calendario de nuestras fiestas es tan amplio que la comunidad cristiana ha elegido las más significativas, erigiéndolas, con frecuencia, en fiestas preceptivas o de guardar, que decían los manuales clásicos, es decir, dignas de ser celebradas, como los domingos, en Asamblea.

Muchas de estas fiestas están ya integradas en los domingos; por ejemplo, el Corpus es un doblete del Jueves Santo con matices de manifestación pública, o el Sagrado Corazón, fruto de una época de la espiritualidad cristiana.

Otras, especialmente las de María, han sido incorporadas a la liturgia cristiana según la comunidad católica, ortodoxa o latina, que ha ido comprendiendo el papel de María, la Madre de Jesús, en la historia de la Salvación.

El primer criterio para celebrarlas es que la mirada no se centre en lo santos, sino en el Dios que ha hecho su obra en ellos y les dio una misión en su plan redentor.

Pero no seamos tan puristas que creamos que Dios es celoso de la gloria que tributamos a sus santos, especialmente a la Virgen María. Ellos plasman la humanidad de Dios, la ley de la encarnación, que atraviesa la Revelación entera.

Los santos de las grandes fiestas suelen ser muy idealizados, hasta el punto de no ser imitables, como si no tuviesen nada que ver con nuestras miserias humanas.

Para resaltar la obra de Dios no hace falta desencarnarla. Por el contrario, la Gracia resplandece en nuestra condición humana.

Cuando recuperemos la imagen real, humana, de María, por ejemplo, que fue una mujer sencilla de Nazaret, dedicada a sus labores, que tuvo que aprender a creer a través de la oscuridad, que no hizo nada extraordinario más que amar día a día...

A Pedro lo sentimos más cercano, pues el Evangelio nos lo presenta con sus luces y sombras.

Pensemos en ese santo de nuestra devoción, nuestro hermano mayor en la fe, a quien idealizamos, sin duda, pero que tiene también mucho de cómplice, pues lo hemos sentido cercano a nuestro caminar.


 

Fiesta del Corpus

Deut 8,2-3, 14-16
Sal 147
1 Cor 10,16-17
Jn 6,51-59

 

NOTA: Cuando no es de precepto, la fiesta del Corpus se celebra el domingo siguiente al domingo de la Trinidad.

  1. Palabra

    La Iglesia, cada uno de nosotros, vivimos en camino; pero con frecuencia no lo aceptamos; nos acomodamos, protegidos por nuestras seguridades. La Eucaristía nos recuerda que el Señor está con nosotros, realmente presente; pero sólo perceptible sacramentalmente, en la fe, ya que lo que vemos es pan y vino, y lo que creemos, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

    El Deuteronomio nos describe la tentación que tenemos de asentarnos y nos exhorta a confiar en el futuro. Ningún motivo más palpable, paradójicamente palpable, que la Eucaristía: ¿Qué más podemos desear que a Dios mismo? Pero sólo cabe poseerlo en la fe.

    Cada frase de Jesús en Jn 6 es estremecedora. ¿Es posible que algo tan maravilloso esté a nuestra disposición cada semana, cada día incluso? ¡Cuánto nos cuesta creerlo! ¡Con qué poca pasión lo comemos!

     

  2. Vida

Se nota en nuestra vida qué poco peso tiene la Eucaristía. No lo decimos en el sentido que muchos cristianos no practicantes o los ateos nos lo dicen: «No son mejores los que van a misa que los que no van». Por desgracia, tienen sobrada razón; pero esa misma frase presupone una incomprensión radical de la vida cristiana. ¡Como si ser mejores fuese algo medible con prácticas religiosas!

Hacer de la Eucaristía vida presupone haber superado la idea de la Eucaristía como fuerza mágica que otorga la Gracia y haber descubierto la Gracia como fundamento de la vida.

Ciertamente, no hay Eucaristía sin sentido de comunión fraterna y de solidaridad (cf. segunda lectura); pero el amor al prójimo no consiste en hacer cosas buenas por los demás, sin más. Transformar el corazón en disponibilidad es lo que pretende la Eucaristía (¡Cuerpo entregado y sangre derramada!), y esto, normalmente, es un proceso lento.

Por eso, los que comulgamos con frecuencia nos sentimos juzgados por la entrega de amor de Jesús (representado en la Eucaristía); pero nos sentimos, sobre todo, infinitamente agradecidos. ¿Qué sería de nosotros si no comulgásemos, si no contáramos con su Presencia? ¿Qué sería de nuestra capacidad de amar sin El?


 

Fiesta del Sagrado Corazón

Deut 7,6-11
Sal 102
Jn 4,7-16
Mt 11,25-30

NOTA: Esta fiesta se celebra el viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés, es decir, después del Corpus.

  1. Palabra

    El mensaje de esta fiesta puede resumirse en esta frase de la segunda lectura:

Dios es amor.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

Nos cuesta entender la Biblia, la Revelación de Dios, porque no usamos la clave: que a Dios sólo se le entiende desde el corazón, desde esa lógica que desborda la razón controladora y el orden religioso moral arduamente conquistado por el hombre frente al caos de la finitud.

Conoce a Dios sólo el niño, el que ha simplificado la vida en la mirada, el que no se mira a sí mismo y confía, por encima de todo, en su Padre. Tal es el niño evangélico, no el adulto infantil, que utiliza a Dios de modo caprichoso.

Tal es Jesús, indefenso como un niño, queriendo tomar sobre sí, en su corazón, todo el peso de la condición humana. Somos tan idiotas, tan orgullosos, tan ciegos, que todavía nos empeñamos en salvarnos a nosotros mismos e incluso usamos nuestros mejores deseos de justicia como plataforma de poder.

  1. Vida

¿Funcionas con corazón, de modo que el amor te da conocimiento íntimo de las personas y de la situación de los demás?

¿Has descubierto que Dios ha podido hacer algo contigo cuando te has dejado querer con sencillez, sin pretender pagarle nada ni estar a su altura?

¿Has descubierto que sin amor todo es nada, incluso tus mejores cualidades humanas de palabra y de acción?

¿Estás viviendo alguna situación que te exige amar pacientemente, desinteresadamente, con la sensación de que te toca perder inútilmente? ¿Te nace este amor, realmente, del corazón, o del miedo al conflicto y a una posible pérdida del otro?

Sólo el que ha encontrado Corazón en el que descansar (¡Dios-Padre!) puede ser corazón-fuente, que lleva las cargas de los demás. Como Jesús.


Fiesta de san Pedro y san Pablo (29-VI)

Hech 12,1-11
Sal 33
Tim 4,6-8. 17-18
Mt 16,13-19

  1. Palabra

Esta fiesta suele ser aprovechada por la mentalidad «catolicista» para subrayar el primado de Pedro y la centralidad de Roma en la Iglesia. La tradición, sin embargo, ha visto cómo la catolicidad de la Iglesia se realiza, equilibradamente, con las dos figuras de Pedro y Pablo.

Ambos murieron mártires en Roma y simbolizan la unidad católica de la Iglesia de Cristo. Por desgracia, Pedro ha representado (no siempre fue así) la dimensión institucional de la Iglesia, la autoridad, y Pablo, la dimensión misionera y profética (a veces contra el papado, por ejemplo, en el protestantismo).

El tema nuclear de nuestra celebración es la catolicidad, como nota de la Iglesia una y apostólica.

La Palabra nos presenta, alternativamente, las figuras de Pedro y Pablo. El Evangelio nos hace la pregunta que define al discípulo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» La respuesta no viene de nosotros, sino del Padre. Nadie lo supo mejor que Pedro, que negó al Maestro y, a partir de la Resurrección, fue confirmado en la fe para que también él confirmase (Roma, roca de la unidad y del testimonio) a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,31-32), ni mejor que Pablo, que persiguió a la Iglesia y fue transformado en apóstol de la fe que libera de la ley.

 

  1. Vida

Revisar nuestra conciencia de católicos. Ni fanáticos, que reducen la fe a su adhesión a la autoridad del Papa; ni vergonzantes, que apenas se atreven a decir lo que son y hacen de Roma la causa de todos los males en la Iglesia.

Una fe madura ha de poder integrar la identidad social, la pertenencia a la institución, en este caso, la Iglesia católica, sin atrincherarse frente a un contexto social hostil (anticlerical y anti-romano). Pero una verdadera integración implica libertad interior y capacidad de discernimiento: que me siento cómodo siendo católico, pero no necesito sacralizar al Papa como intocable, ni dejo de ver cuánta conversión necesitamos para ser verdad católica, es decir, hombres de corazón universal.

Ser católico no es pertenecer a un partido; es un don de la fe y una tarea nunca terminada.


 

Fiesta de la Asunción de María (15-VIII)

Ap 12,1-6
Sal 44
1 Cor 15,20-26
Lc 1,39-56

 

  1. Palabra

La fiesta de la Asunción, en medio de las vacaciones veraniegas, nos recuerda nuestra vocación más alta y definitiva, la fiesta de los resucitados en Cristo, de la victoria final de toda la humanidad sobre su principal enemigo, la muerte.

Estamos tan volcados en aprovechar las migajas de la vida, los restos de felicidad que nos concede el bienestar, que tenemos el peligro de olvidar el banquete al que hemos sido llamados.

Una vez más, los únicos que se enteran son los pobres:

— o bien, porque de ellos nadie se preocupa, sino su Dios Salvador, cantado por María (Evangelio de hoy);

— o bien, porque han descubierto, incluso en medio de la abundancia, la caducidad de todo.

María es la pobre en ambos sentidos. Nunca tuvo gran cosa, excepto su fe («Dichosa tú que has creído»). Pero su corazón rebosa de alegría.

  1. Vida

En medio de las vacaciones, revisemos la calidad de nuestra alegría. Es triste esperar la alegría de unos días de evasión, cuando ella brota cada mañana. ¿Dónde?

En tu corazón, si tu mirada se vuelve a Dios-Padre, «en quien nos movemos y por quien existimos», misericordia entrañable.

En tus lazos afectivos: tu familia, tus amigos... Si no estás satisfecho, ¿no será porque no sabes recibir o recibes mal?, ¿no será porque quieres recibir más de lo que estás dispuesto a dar?

En tus pobrezas. Sí, lo que nos empobrece nos abre la puerta regia a la alegría esencial: Dios.

En esa situación conflictiva o desagradable, que te obliga a amar, a pesar de todo, sabiendo que no tienes otra salida.

En los momentos tranquilos, que te llevan de la mano, suavemente, a la presencia de Dios, al gozo de la interioridad, al contacto con la naturaleza, a la contemplación de los acontecimientos con un horizonte más ancho...

En María, la mujer de la esperanza, que siempre tiene el don de serenar nuestros miedos y ansiedades.


Fiesta de Todos los Santos (1-XI)

Ap 7,2-4. 9-14
Sal 23
1 Jn 3,1-3
Mt 5,1-12

  1. Palabra

La fiesta de todos los Santos está asociada a la conmemoración de los difuntos y, al estar colocada al comienzo de noviembre, concentra los temas fronterizos de la esperanza cristiana: el recuerdo de los seres queridos que hemos perdido, la promesa de nuestra inmortalidad, la nueva humanidad convocada en el cielo para una eternidad dichosa...

El Evangelio de hoy no nos permite aferrarnos a nuestras añoranzas afectivas ni a consuelos ultraterrenos. Nos devuelve al realismo de las Bienaventuranzas, al retrato del verdadero discípulo de Jesús.

Así fueron nuestros hermanos que nos precedieron en la fe y en la gracia del Espíritu Santo, la gran familia de los que han muerto en Jesucristo, el Señor de vivos y muertos.

  1. Vida

El cristiano está acostumbrado a «la frontera»;

  • a no considerar nada como horizonte cerrado, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni siquiera el pecado, pues todo ello ha pasado con el Crucificado a la vida eterna;

  • a hacer de lo más pasivo (la pobreza, la no-violencia, la simplicidad del corazón) lo más activo (amor confiado y tenaz, devorado por el bien del prójimo);

  • a transformar la ineficacia e impotencia en sabiduría de lo esencial (la libertad interior y la vida teologal);

  • a proclamar la muerte en camino de la Vida.

La fiesta de todos los Santos es ocasión óptima para mirar la vida finita con ojos de eternidad. No se trata de evadirnos, sino de dar a la realidad el peso de verdad que tiene. ¡Se ve todo tan distinto cuando se piensa en la muerte o en la vida del Cielo!

Cuando nos cansamos de luchar, de hacer el tonto, viendo cómo los otros se aprovechan de nuestros principios cristianos, cuando la esperanza decae, nuestros hermanos los santos nos alientan. Con Pedro: «EA quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna?» Con Pablo: «Sé de Quién me he fiado».

Si los santos gigantes te desaniman, recuerda alguna persona auténticamente creyente, bondadosa y fiel, que has conocido. Los santos suelen estar más cerca de lo que creemos.

 

 

Fiesta de la Inmaculada Concepción (8-XII)

Gén 3,9-15. 20
Sal 97
Ef 1,3-6. 11-12
Lc 1,26-38

 

  1. Palabra

Conviene situar la celebración de esta fiesta dentro de la dinámica del Adviento, aunque tenga autonomía propia:

- El Adviento retorna la puerta abierta a la esperanza que supone la promesa hecha por Dios a raíz del pecado original.

La Inmaculada es el signo que Dios da corno primera luz que anuncia la proximidad del Mesías, luz del mundo, nuevo Adán.

- La segunda lectura nos dice que lo realizado en María por pura gracia de Dios es el propósito de Dios con cada uno de nosotros. En Ella lo hizo desde el principio; en nosotros, desde el bautismo.

En Ella, victoriosamente, pero no sin dolor y con pruebas; en nosotros, mediante un proceso de conversión, en que el pecado cuenta como pedagogía de salvación.

- El Evangelio nos habla de la «Agraciada». No es que Ella fuera mejor que nosotros y que Dios la premiara, sino que, por el contrario, fue favorecida desde el comienzo, para que todos nos enteremos de que «todo es gracia» y de que la misericordia del Señor abarca el principio y el fin, todas las generaciones humanas.

  1. Vida

La fiesta de la Inmaculada está asociada de hecho a la pureza y castidad, al privilegio de la Madre de Dios, a una mentalidad católica combativa y conservadora... ¿Cómo rescatarla para la conciencia común de la Iglesia?

Cuando María no esté aparte, como diosa-virgen, sino la sintamos como la primera creyente que ha conocido la alegría de la Gracia salvadora...

Cuando no hagamos de la Gracia una tapadera de nuestra cobardía, sino el motivo más rotundo para atrevemos a cooperar con el Plan de Dios con el máximo de humildad y atrevimiento: «Hágase en mí según tu palabra»...

Que todo el día de hoy y durante la semana la figura de María te ayude a vivir el Adviento con alegre esperanza, como quien se extraña de las promesas de Dios y, a la vez, cree sin rodeos, con todo el ser.


 

 

 

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