TIEMPO DE CUARESMA / A

 

JAVIER GARRIDO

 

 

 

 

 

Miércoles de Ceniza

JI 2,12-18
Sal 50
1 Cor 5,20-6,2
Mt 6,1-6; 16-18

1. Situación

La Cuaresma comienza abruptamente, como cuando en la vida tranquila y acomodada aparece de repente un acontecimiento que te trastorna (la muerte por accidente, un embarazo imprevisto, la aparición del amor, la noticia de un trabajo nuevo...).

La primera reacción suele ser de desconcierto. Más tarde, si la experiencia es positivamente integrada, posibilita un nivel más hondo de vida.

2. Contemplación

El símbolo de la desacomodación no puede ser más chocante en el mundo en que vivimos: la Ceniza.

«Conviértete y cree en el Evangelio». Es hora de tomar conciencia del acontecimiento máximo, capaz de revolucionarlo todo, la muerte y resurrección del Hijo de Dios por nosotros.

«Recuerda que eres polvo», es decir, tu condición humana de finitud y muerte. Así de claro, en una sociedad que enmascara angustiosamente lo más evidente: que nada es definitivo, que la muerte nos habita.

El profeta Joel nos da un aldabonazo.

Pablo nos dice la suerte que tenemos de pertenecer al tiempo de la Gracia. Es el Señor el que se vuelve a nosotros, se convierte a nosotros, ofreciéndonos la vida y la salvación. Ya que no nos mueve nuestra realidad, pues estamos ciegos, ¡Dios mismo se adelanta con su amor!

Jesús nos indica las actitudes propias para este tiempo de Cuaresma, ya que los humanos somos capaces de transformar lo mejor (la Gracia salvadora de Dios, la celebración de la Muerte y Resurrección) en lo peor (en prácticas de piedad y de penitencia para comprar a Dios y ser vistos por la gente).

La Palabra de Dios es tan rica que más vale detenerse en uno o dos puntos nucleares, por ejemplo, algún versículo del salmo 50, tan expresivo.

3. Reflexión

El objetivo espiritual de este día es claro: llamada a la conversión, que significa cambio. Pero, ¿qué cambio?

Algunos, cada vez que llega la Cuaresma, tienen ya montado su cambio, con algunos retoques para variar. Por ejemplo, dejar de fumar hasta el domingo de Resurrección, o ajustar más sanamente la dieta alimentaria. O deciden hacer algo especial: unas horas con los ancianos, un poco de lectura espiritual a la semana, algún acto penitencial, misa diaria.

Otros se dan cuenta de que la conversión implica a la persona entera y se plantean seriamente qué hacer para ser mejores y más solidarios, más generosos y menos egoístas. Pero sólo ven el lado de su responsabilidad. Conversión controlable, a la medida de sus deseos de autojustificación.

La sabiduría de la conversión evangélica es mas simple y radical al mismo tiempo.

-Convertirse a la Buena Nueva del amor infinito de Dios revelado en el acontecimiento único de Jesús, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

¿Palabras que no te dicen nada? Señal de que todavía tu conversión es poco cristiana. Quizá tu Cuaresma haya de consistir en esto: en enterarte de lo que ocurrió bajo Poncio Pilato y que sigue vivo ahí, en la Iglesia, celebrado cada domingo.

- Convertirse a la verdad última de mi ser hombre hoy: que todos y cada uno estamos bajo el poder del egocentrismo y la mentira, el pecado y la muerte, que respecto a lo esencial (amor generoso, humildad de verdad, aceptación de la finitud) no podemos absolutamente nada sin la gracia de Dios.

4. Praxis

Por eso te propongo un plan de vida ordinaria: Este año no hagas nada especial que hayas hecho otros años. Dedica los primeros domingos a reflexionar sobre el tipo de conversión que nos propone la Palabra de Dios, y vete unos días de retiro, a mitad de Cuaresma, a un lugar tranquilo, con estos dos puntos:

- Dame, Señor, un corazón nuevo.

-Señor, ¿qué quieres que haga?


 

Primer domingo de Cuaresma - A

Gén 2,7-9; 3,1-7
Sal 50
Rom 5,12-19
Mt 4,1-11

1. Situación

¿Qué nos impide convertirnos a Dios y vivir como cristianos, al estilo de Jesús? Es frecuente sentirse desconcertados ante esta pregunta: Por un lado, no hacemos nada malo (no matamos, no robamos, cumplimos con nuestras obligaciones...); por otro, en cuanto nos detenemos a pensar, ¡nos vemos tan lejos del ideal cristiano de vida! Y sin embargo, ¿qué hacer? Algo nos dice por dentro que añadir prácticas de piedad o de caridad sólo sirve para engañarnos a nosotros mismos.

El domingo de hoy nos coloca ante un símbolo altamente expresivo: el desierto como lugar de prueba.

2. Contemplación

En un momento capital de su vida, cuando ha tomado conciencia de su vocación mesiánica (el bautismo en el Jordán), Jesús se retira al desierto.

El diablo representa el lado seductor de la prueba. Si la tentación se hubiese presentado en forma burda, como afán de dinero, dominio o prestigio... Pero se presentó de forma solapada e indirecta, mediante razones espirituales, para dar gloria a Dios, para realizar el provecto salvador de Dios, como una forma de fidelidad a la propia vocación mesiánica. ¡Qué sutileza en la segunda tentación: la fe en Dios es usada como un modo de controlar el poder de Dios!

Israel (Gén 2-3) ya meditó ampliamente en el Antiguo Testamento sobre el pecado-raíz del hombre. La lucha por el poder entre los sexos, el fratricidio de Caín o la insolidaridad entre los hombres nacían de la profundidad del corazón: la finitud no aceptada, la pretensión de ser como Dios, el deseo megalomaníaco de controlar la existencia.

Pablo, en Rom 5, nos presenta la contraposición entre el viejo Adán, es decir, cada uno de nosotros, cerrados sobre nosotros mismos, y el nuevo Adán, Cristo, que vino a hacerse solidario con todos nosotros, e inauguró con su obediencia al Padre la nueva humanidad.

Mira a Jesús: sus actitudes, dónde fundamenta su vida, cómo Dios tiene primado absoluto en su vida... El te abre el camino de la aútentica conversión.

3. Reflexión

A la luz de la Palabra de Dios, volvemos a la pregunta inicial: ¿Qué nos impide convertirnos? Hemos de buscar la respuesta en aquello que nos resulta más seductor, la tentación de los «buenos».

a) Los que cumplen, pero «sin pasarse», se sienten seducidos por «lo que domina en el mundo, los apetitos desordenados, la codicia de los ojos y la grandeza humana» (1 Jn 2,15).

Cuando eres joven, y seguir el camino cristiano te parece cosa de tontos. Cuando, a los 40, echas en falta cosas no vividas, y lo achacas a tus principios cristianos. Cuando en tu vida aparece una «ocasión que aprovechar» (dinero fácil, subir la escala social usando ciertas influencias, etc.). Cuando te quejas de que la vida a otros les haya ido tan bien.

b) Los que optan decididamente por una vida cristiana coherente, pero no han aprendido a discernir entre sus deseos y los de Dios. No han aprendido porque siempre pusieron por encima de la voluntad de Dios sus propios deseos, eso sí, altamente espirituales y comprometidos.

Cuando se impacientan al ver que el prójimo no cambia como ellos quisieran. Cuando utilizan la Palabra de Dios como arma de influencia ideológica y social. Cuando se dedican a la oración buscando más autoplenitud que aceptación de sus limitaciones. Cuando las opciones de austeridad y pobreza son un modo de controlar la obra de la Gracia. Cuando la solidaridad con los pobres acumula resentimiento contra los ricos.

4. Praxis

Pide a Jesús estos días insistentemente que te dé su Espíritu para identificarte con la actitud que fundamenta sus opciones de vida y desde la que va descubriendo, poco a poco, los caminos de realización de su vocación mesiánica: la obediencia a la voluntad del Padre.

Ahí está el secreto de la verdadera conversión frente a las seducciones de todo tipo, materiales o espirituales.

Pero distingue: No se trata ahora de averiguar qué quiere Dios en concreto de ti (eso lo irás averiguando, como Jesús, a través de los acontecimientos), sino de hacer tuya la actitud de disponibilidad a Dios, de preferir su voluntad a tus deseos y proyectos, incluso los mejor justificados evangélicamente.

Trabaja interiormente por personalizar esa actitud en actos sencillos de confianza y entrega, cuando estás en la cocina, o en la oficina, o en la calle.


 

Segundo domingo de Cuaresma - A

Gen 12,1-4
Sal 32
2 Tim 1,8-10
Mt 17,1-9

1. Situación

Deseamos convertirnos, pero tenemos miedo. El camino no es de rosas. No lo fue para Jesús, ni para sus discípulos.

El miedo nos acobarda.

Lo peor de todo no es que tengamos miedo, sino que el miedo sea algo difuso, sin un perfil concreto. En efecto, no sabemos a qué tenemos miedo. Nos refugiamos en él, a modo de mecanismo de defensa.

La solución no está en hacernos los fuertes. Cuando el punto de referencia es el Crucificado, cuando el Mesías nos dice (leer Mt 16,21-28) que «hay que perder la vida para ganarla», más vale ser realistas y quedar desconcertados como Pedro y los discípulos.

2. Contemplación

La Transfiguración es la respuesta de Dios-Padre al miedo de los discípulos y de Jesús mismo. Hay que suponer que Jesús no sabía de antemano su destino trágico en el Calvario. Lo fue descubriendo a la luz del rechazo de su mensaje. Por eso, se retiró al monte con sus íntimos, porque tenía miedo y quiso encontrar en el Padre luz y fortaleza. Después de oración prolongada, los discípulos vieron cómo salía transfigurado, convertido en un hombre nuevo, decidido a subir a Jerusalén, asumiendo hasta el final las consecuencias de su vocación mesiánica, iluminado por la certeza interior de que estaba en buenas manos, en las de Dios, su Padre.

De este modo Jesús consumaba la historia de la fe, iniciada con Abrahán (primera lectura). Todos los grandes testigos de Dios aprendieron a creer abandonando sus seguridades y fiándose de las promesas de Dios, más allá de sus previsiones (leer Heb 11).

Igualmente, los discípulos de Jesús: Pablo y Timoteo (segunda lectura). Allí donde el Señor nos coloca, allí nos espera, fuertes y fieles, apoyados en la certeza que nos da el Evangelio del amor de Dios revelado en Cristo.

3. Reflexión

¿Cómo pasa el creyente del miedo, que se defiende, que no se fía, que no se entrega a la voluntad de Dios, a la fortaleza interior capaz de asumir con decisión el sufrimiento actual o el previsible?

El miedo defensivo aparece en la incapacidad para salir de nosotros mismos. Por eso, el secreto de la fortaleza no está en afirmarse, sino en poner la mirada en la Roca firme, el Señor.

No es bueno querer superar el miedo. Esa crispación impaciente delata angustia. Más vale sentirlo, permitirse ser pequeño, y, puesta la confianza en Dios, adherirse a su voluntad.

Este aprendizaje es esencial para la libertad interior. Hay que hacerlo en acto de oración. Entregarle a El nuestro miedo y dejar que El nos fortalezca por dentro. Normalmente no se logra a la primera. A veces es una lucha tensa.

Cuidemos bien este punto: A nosotros nos suele preocupar el lograr la paz, el sentirnos fuertes. Lo esencial es la confianza en obediencia.

Confiar sin estar dispuesto a hacer su voluntad sólo crea una paz inconsistente. Obediencia sin confianza viene a ser voluntarismo crispado. Cuando la libertad personal se adhiere afectivamente, porque confía, entonces brota la paz que fortalece por dentro, signo luminoso que transfigura nuestros miedos.

Importante: Esta paz no elimina siempre el miedo; se da a un nivel más hondo.

4. Praxis

Dedica un tiempo de silencio a hacerte consciente de tus miedos, y haz oración con ellos. Pero como Jesús, poniendo tu mirada en el Padre, confiando y entregándote a su voluntad.

NOTA: Hay creyentes que, al hacer estos ejercicios espirituales, experimentan un crecimiento de su angustia. Y no porque se resisten a hacer la voluntad de Dios. Al contrario, experimentan que su voluntad racional dice a Dios que sí, pero su afectividad no confía, no logra la paz de fondo. En estos casos, es probable que la imagen inconsciente de Dios sea negativa o ambivalente. La confianza en Dios está mediatizada por el miedo a Dios.

Hay que vivir un proceso previo de reestructuración sicológica y espiritual de la imagen de Dios, o aprovechar este momento de angustia para una experiencia nueva de confianza.


 

Tercer domingo de Cuaresma - A

Ex 17,3-7
Sal 94
Rom 5,1-8
Jn 4,5-42

1. Situación y contemplación

Ponte en el lugar de la samaritana. Vas por agua y te has encontrado con Jesús, cansado, junto al pozo. El corazón del hombre, simbolizado por la mujer; el pozo misterioso; Jesús, fuente de agua. ¡En esta escena se refleja cada una de nuestras vidas, la humanidad entera!

La mujer busca agua porque tiene sed. Como cada uno de nosotros. Sólo más tarde nos daremos cuenta de que en nuestra sed (de felicidad, de reconocimiento, de plenitud, de salvación) estaba El, dándonos sed de algo más grande, cuyo secreto le pertenece.

¿Qué sed honda hay en ti que te hace estar insatisfecho? ¿Tiene algo que ver con Dios?

El diálogo entre Jesús y el corazón del hombre/mujer parece un diálogo de sordos. Jesús habla del agua del Espíritu Santo, reservada para la venida del Mesías, la que transforma al hombre por dentro y le hace vivir la relación con Dios «en espíritu y en verdad». La mujer no entiende, porque lo esencial sólo se entiende cuando uno nace de nuevo, cuando se produce una iluminación interior; pero ella es auténtica, y ha comenzado a desear sin entender, a pedir el don que Jesús promete.

No basta desear, pues siempre deseamos en función de nuestras necesidades o de nuestras expectativas. Por eso hay un momento clave en este proceso de transformación interior: cuando te dejas juzgar por Jesús y te encuentras, desnudo, ante tu propia verdad. En efecto, «has tenido cinco maridos», pero amor verdadero sólo es el que nace de Dios, el que se recibe de Dios como don y fuente, que no depende de nuestros deseos, ni esfuerzos, ni buenas obras, ni expectativas de felicidad.

Vivir del don en cuanto don. En eso consiste la fe, la adoración de Dios en Espíritu.

La verdadera conversión está en este paso del deseo a la fe, en ser sobrepasados por la Gracia. Paz del corazón, que no vive de deseos, sino de humilde agradecimiento.

2. Reflexión y praxis

Si entiendes la pagina anterior por experiencia propia, entonces tienes el agua del Espíritu en tu corazón. Que esta Cuaresma te sirva para no alejarte de dicha experiencia, ya que está siempre amenazada por la tendencia a apropiarnos del don de Dios o a volver a nuestros viejos esquemas (a vivir de deseos y de esfuerzo moral, buscando siempre autojustificación o autoplenitud).

Si no la entiendes, te habrá desconcertado. Quieres respuesta concreta, una solución: ¿Qué hay que hacer para vivir del Don?

No hay nada que hacer, pues en este caso sería obra nuestra, y nosotros seríamos la fuente.

Tampoco es algo meramente pasivo. Lo que hay que hacer es abrirse al Don, aprender receptividad, y por desgracia no estamos acostumbrados a plantearnos la vida desde el Don que recibimos. Por ejemplo:

- Ser consciente de esta contradicción: que el deseo de algo mejor en cualquier terreno, el humano (más justicia y paz), el moral (perfeccionamiento en las virtudes) o el religioso (búsqueda de unión con Dios), es bueno; pero que necesariamente nos conduce a apropiarnos la existencia, pues se alimenta de la ilusión de que el hombre puede alcanzar su propia plenitud.

- Mirarle a Jesús, escuchar la promesa de otro Don, hecho a la medida del corazón de Dios, no de nuestros deseos estrechos, y desearlo pidiendo, sabiendo que es pura Gracia, que no tenemos ningún derecho, maravillados de que haya venido a dárnoslo, agradecidos.

- Creer en el amor de Dios, sin más, sin medirlo por nuestras buenas obras, quedar boquiabiertos ante ese don de su amor. ¿Por qué a mí, por qué a mí?

- Vernos pobres pecadores, esclavos de fuerzas oscuras y situaciones sin salida, y experimentar que El se acerca a nosotros sin imponerse, que nos lleva suavemente a la verdad que nos angustia o culpabiliza, que nos habla al corazón haciendo suyo el peso de nuestra existencia...

La Cuaresma y la Pascua ponen ante nuestros ojos el amor desbordante de Dios, que está creando un mundo nuevo. Si supiésemos abrirnos al Don, y percibir su fuerza salvadora...


 

Celebración penitencial

1. Pertenece a la conversión cristiana, celebrada comunitariamente en la Cuaresma, vivir el perdón de Dios, el sacramento de la reconciliación o penitencia.

2. Si los domingos anteriores ha sido bien planteada la conversión, traerá en consecuencia, sin duda, un nuevo modo de confesarse.

¿Cómo crees que deberías confesarte si has de ser coherente con tu proceso actual de conversión?

3. Comencemos por reflexionar sobre la experiencia del pecado:

- Hay una culpabilidad malsana, ligada a nuestra necesidad de autojustificación y orden. Dios es visto como juez que aprueba o desaprueba.

En este caso, la confesión es una práctica religiosa que cuesta sacrificio y, por eso, repara de algún modo la falta cometida. Las palabras de la absolución nos dan la seguridad de ponernos de nuevo en orden.

La relación de fe con el amor salvador de Dios ha quedado objetivada, reducida a una mecánica que tranquiliza la conciencia culpable.

- Hay otra culpabilidad insuficiente, ligada a procesos de autonomía humana. Como uno ha tenido que librarse de sistemas normativos para descubrir la moral de los valores o de las actitudes, no sabe cómo confesarse. Si encuentra un cura que le entiende, formula actitudes generales (soy egoísta, mi sentido de la justicia es demasiado interesado, etc.).

El paso del sistema infantil a éste, más adulto, es positivo. Pero insuficiente. Todavía nos arrogamos la última palabra.

- Descubrir el pecado a la luz del amor de Dios manifestado en Jesucristo, muerto por nuestros pecados.

Esta experiencia de pecado nos llevará a una situación límite: que cada vez nos veremos más pecadores y no podremos justificarnos.

Ver lo cerrados que estamos al Amor Absoluto. Incapacidad de amor desinteresado con el prójimo.

Mentira de nuestra vida acomodada y defensiva. Resentimientos ocultos y tenaces.

Montajes de falsas seguridades de todo tipo. Afán por dominar la vida.

Ambición espiritual, como si tuviésemos algún derecho ante Dios.

 

4. No se trata de aprender una nueva lista de pecados, sino de experimentar que no tenemos justificación posible ante nuestra conciencia. Así que mi vida se ve abocada a una alternativa última:

-O me defiendo de esta luz, dominado por la angustia.

-O me dejo justificar gratuitamente por Dios, liberándome de la necesidad de verme bueno y de estar en orden según la ley de Dios.

 

5. Sería importante que tu conversión cuaresmal fuese celebración reconocida y agradecida de la Gracia. Para ello:

- Después de haber descubierto en ti los fondos de pecado a los que hemos aludido, descubre lo que Pablo dice de la justificación por la fe sin obras. Lee y medita en los caps. 3-8 de la carta a los Romanos.

- ¡Ojalá el Espíritu Santo te ilumine por dentro y tengas la experiencia inolvidable de verte más pecador que nunca y con una paz misteriosa que te libera de culpabilidades malsanas y de autosuficiencias engañosas!

 

6. Esta experiencia del perdón es especial. Otras veces era un consuelo haber confiado en la misericordia de Dios; pero la vida seguía igual, buscando aprobación de Dios y justificándola con tus buenas obras. Ahora el perdón te ha llegado más hondo, a fundamentar tn vida en la Gracia, a conocer la acogida incondicional de Dios y, por lo tanto, a no necesitar estar en orden.

NOTA: Hay creyentes cuyo sentido de culpa está tan marcado por su pasado malsano que necesitarán, quizá, enfrentarse al tema del pecado teniendo en cuenta sus dimensiones sicológicas.

Hay también creyentes que han perdido todo sentido del pecado. En este caso, se encontrarán con dificultades graves a la hora de celebrar la Cuaresma. Tendrán que plantearse cómo descubrir el pecado sin caer en viejos esquemas moralistas.


 

Cuarto domingo de Cuaresma - A

1 Sam 16,6-7.10-13
Sal 22
Ef 5,7-14
Jn 9

1. Situación y contemplación

Suele ser frecuente entre los piadosos y comprometidos lo que dice Jesús a los fariseos:

Si estuvierais ciegos, tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

Solemos justificarnos diciendo que tenemos buena voluntad. Y es verdad; ¿qué podemos hacer, sino abrirnos? Pero la buena voluntad a veces es una tapadera; no es una actitud de apertura, sino la resistencia sutil de quien se ha hecho su hueco, y dentro del hueco está el fomentar sentimientos piadosos y obras de misericordia para que nada cambie.

La experiencia del ciego de nacimiento (Jn 9) del Evangelio de hoy es un verdadero nuevo nacimiento. Fuera y dentro del cristianismo se conoce esa iluminación que «da la vuelta al calcetín», y lo resitúa todo. Teológicamente, corresponde al bautismo (simbolizado en el relato por el lavado en la piscina y la confesión de fe en Jesús de la conclusión). A nivel de experiencia, los bautizados hemos de vivir un proceso de iluminación.

Sus momentos más significativos suelen ser:

- Ese momento en que notas que has de jugártelo todo en un acto sencillo de fe: «Ve a lavarte. El fue, se lavó y volvió con vista».

- Sólo sabes que eres distinto, que ves las cosas con otros ojos; te toca experimentar que los demás (con frecuencia, los que deberían entenderte, porque siempre han estado «en el rollo cristiano») no te entienden.

- Esa libertad interior, tu nueva imagen de Dios, tu jerarquía actual de valores, resulta chocante.

- Entre lo que ves por dentro y el mensaje de Jesús encuentras una afinidad luminosa. ¡Está tan claro el Evangelio! No ya como ideología, sino como vida del hombre nuevo.

Ahora sabes lo que es creer en Jesús, lo que significa su persona, cómo su presencia es lo más real de tu vida.

- Lo más evidente (¡y te produce tanta alegría!) es que la iluminación no la has hecho tú. Ha sido, literalmente, gracia.

2. Reflexión y praxis

Nos estamos moviendo en una zona no objetivable, en los niveles propios de la conversión teologal. La moral la controlamos: propósitos, quehaceres... La teologal se nos escapa.

-Si te produce ansiedad o desazón, es que todavía crees que ser hombre nuevo depende de ti. Ahí está el pecado de los buenos, en la autosuficiencia que se resiste a confiar.

Queremos controlar porque no creemos en el amor fiel de Dios. Nos importa asegurar lo que deseamos, en vez de abandonarnos en Dios.

- Si has tenido un golpe de luz (suele ocurrir), en que has entrevisto otro modo de vivir, pero se te escapa, a pesar de tu esfuerzo por retenerlo, no te inquietes; volverá.

Más vale pedir y confiar.

Cuida de estar abierto a esa luz nueva. Para ello, dedica una temporada amplia a leer y orar la Sagrada Escritura, por ejemplo, con textos en que Dios se te revela con amor libre y gratuito y en que se habla del hombre liberado: Sal 16(15); 40(39); 103(102); 130 (129); 147; Os 1-3; Jer 2-4; 1s 43-44; 54-55; Lc 15; 18-19; Mt 20; Jn 3; 4; 6; Gálatas entera.

- Quizá hace años tuviste esta experiencia fundante, y desde ella creíste que se te iba a arreglar todo, lo humano y lo espiritual. Ahora estás desconcertado, porque sigues sin resolver tus problemas humanos y tus viejas tendencias a moralizar y controlar.

No olvides que Dios cambia el corazón, el centro de la persona, no las tendencias; que la Gracia da un nuevo sentido a todo, pero no soluciona los problemas.

Proyectamos siempre en Dios nuestras necesidades infantiles de felicidad y de plenitud mágicamente dada.

Ahora es necesario redescubrir la Gracia en el claroscuro de la condición humana, en los procesos lentos de maduración humana y espiritual. También es gracia la humildad de lo real y la obediencia concreta a Dios mediante tu esfuerzo diario.

La diferencia es que antes hacías depender tu paz de tus logros. Ahora no necesitas eficacia, sino obediencia de amor y confianza humilde.


 

Quinto domingo de Cuaresma - A

Ez 37,12-14
Sal 129
Rom 8,8-11
Jn 11

1. Situación y contemplación

Cada domingo sentimos más vértigo, pues la Cuaresma quiere ayudarnos a la conversión propia del Reino, la que viene dada por la muerte y resurrección del Hijo de Dios. De ahí la paradoja: que la conversión aparece, cada vez más, como imposible; y, sin embargo, en esa impotencia, en esa muerte, se revela la gloria de Dios, el amor que crea vida de la muerte.

Lee despacio Jn 11. No te pierdas en lo espectacular del milagro. El texto evangélico introduce en la dialéctica de la fe.

- Por una parte, están los discípulos, dispuestos a la generosidad, pero torpes y ciegos para entender el modo de actuar de Dios.

- Por otra parte, Marta, que aprende a creer a través de lo humano sensible, de la necesidad de recuperar a su hermano difunto.

- Los judíos, vigilando, preguntando, y fuera de onda.

- María, que deja hacer a Jesús, de fe elemental, amorosa.

- Y Jesús, el único que sabe lo que lleva entre manos: que con esta resurrección va a jugarse su destino personal, su misión salvadora. La gloria de Dios va a manifestarse en este milagro, anticipando su propia consumación: su resurgir de la muerte.

El texto, pues, nos presenta la correlación entre muerte-resurrección y acto de fe. Somos llamados a:

- Creer en el Dios que crea vida de la muerte, el que da sentido al sin-sentido, el que transforma nuestro pecado en lugar privilegiado de la gloria de su Gracia...

- Creer, en definitiva, es encontrarse con la muerte (en todas sus formas: finitud, odio irracional, negación de Dios, sin-sentido del sufrimiento, poder tenebroso del mal, muerte de los inocentes...) y sentir que Dios mismo ha tomado sobre sí nuestra condición humana, llegando más lejos que nosotros, hasta el final, y encontrarnos con la ternura omnipotente de su amor, recreándolo todo de la nada.

La primera y segunda lectura nos hacen ver que no hablamos literariamente, sino de promesas y realidades de Dios.

2. Reflexión

¿Qué Dios es éste?

¿Qué fe es la nuestra, que nos hemos hecho un Dios a la medida de nuestras necesidades? En cuanto Dios no responde a nuestras expectativas, deja de existir para nosotros.

Y, por desgracia, hay demasiados cristianos que rezan van a misa, pero, en su fuero interior, son ateos.

Es menos ateo el que no cree en la existencia de Dios, pero cree en la victoria del amor sobre el odio y espera contra toda esperanza en el futuro del hombre, y lucha (da razón a la vida sobre la muerte), que el que afirma la existencia de Dios, pero se pasa la vida quejándose de los demás y de sí mismo, dejando que el mundo se pudra en su insolidaridad, - o desesperando de su propia capacidad de amor.

3. Praxis

El único pecado, en definitiva, como suele repetir Jesús en el Evangelio de Juan, es la incredulidad.

Pide al Señor luz para descubrirlo:

- Incredulidad es preferir las propias obras al amor gratuito de Dios.

- Y medir al hombre por etiquetas preestablecidas (morales, religiosas, éticas, culturales...). «Los otros», que no tienen remedio.

- Y utilizan lo religioso corno arma para controlar a Dios y la salvación-condenación.

O aferrarse al propio pecado e impotencia para no abrirse a la acción de Dios. Grita al Señor como el padre del niño epiléptico:

¡Creo, pero ayúdame a tener más fe!

Vuelve a leer las lecturas de este domingo y verás cómo ha cambiado tu interpretación. Te sentirás interpelado a niveles más hondos, en la calidad misma de tu fe.

¡Cuánto nos cuesta comprender que convertirse consiste en creer! Así comenzamos la Cuaresma: ¡Conviértete, y cree en el Evangelio!

 


 

 

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