El Evangelio en casa

 

Alessandro Pronzato



Domingo de Pascua

II Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

 

 


«Cumplir con pascua»

 

Hechos 10, 34.37-43 Colosenses 3, 1-4 Mateo 28, 1-10
 

No ocurre nada...
 

Esta frase se clavó en mi memoria desde niño: «Cumplir con pascua».

En mi pueblo, durante toda la cuaresma, el párroco insistía continuamente en ello: todo buen cristiano tiene la obligación de «cumplir con pascua». E invitaba a las mujeres a colaborar, urgiendo, convenciendo, impulsando, incluso forzando a veces a los más recalcitrantes (que siempre había alguno, incluso en las mejores familias).

De hecho muchos hombres, después de tantas insistencias, protestas, súplicas y hasta amenazas de sus mujeres, se decidían a «cumplir con pascua».

Se organizaba una función exclusivamente para ellos -¡habría sido demasiado humillante mezclarse con las mujeres... ! -, de noche, en plena clandestinidad.

Asumían un aire curioso para ocultar lo que les parecía una «debilidad».

Una confesión rápida y expeditiva (y embarazosa para el cura: lo experimenté desde mis primeros años de sacerdote) y una comunión entre el apuro y la resignación (mirando algunas caras, se sacaba la impresión de que estuvieran tragándose una medicina amarga).

Luego, tras alguna ocurrencia irónica, todos se iban enseguida a casa con la sensación de haberse liberado de un peso desagradable. Habían pagado el impuesto más oneroso -y hasta penoso- a lo que les quedaba de religión. Ahora todo estaba en orden, todo en regla. Como si se tratara de una pequeña intervención jurídica, desgraciadamente necesaria, pero que se tendía a retrasar lo más posible y que, de todas formas, se sufría en un estado casi total de anestesia. «Cumplir con pascua» era lo mínimo que se exigía a quienes tenían su nombre en el registro de bautizados.

... Al menos una vez al año.

«Ese ni siquiera cumple con pascua», se murmuraba en el corrillo de devotas a propósito de alguien que ni siquiera se acercaba a la iglesia en aquella ocasión.

... Al menos en pascua.

Oí a una vecina de mi casa que chillaba así a su marido: «¡Déjate de historias! Daño no te hace... Además, no pasa nada; estate tranquilo; ¡no se va a hundir el mundo por ello!».

Y el marido, tranquilizado, aunque moviendo la cabeza, se iba a hurtadillas a la iglesia.

Miedo a dejarse sorprender por la luz

Pero sí.

En pascua todo se viene abajo. En pascua es el fin del mundo. Si se «cumple con pascua», nada es ya como era antes. Todo cambia.

Se echan fuera los pensamientos habituales y se rumian otros pensamientos: «Ya que habéis resucitado con Cristo... aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra», advierte Pablo escribiendo a los Colosenses.

Se acaba con la levadura «vieja», rancia, incapaz de mover y de hacer fermentar a nadie, y se modela de una forma totalmente nueva la propia vida. «Barred la levadura vieja, para ser una masa nueva...», recomienda también Pablo a los cristianos de Corinto.

La limpieza a fondo, radical, de la pascua tiene que hacerse ante todo en el corazón.

En las familias judías, la víspera de la fiesta se hacía una atenta revisión (bedigah) de toda la casa, procurando acabar con el más pequeño trozo de pan fermentado. Nosotros hemos de intentar eliminar los viejos hábitos, los viejos rencores, las viejas tendencias, los viejos intereses.

No se cumple con pascua sin romper decididamente con el pasado. Una ruptura que encuentra su expresión más evidente en la confesión, a través de la cual manifestamos que queremos morir al pecado y resucitar a la vida, a la fe, a la paz, al perdón, al amor, al gozo, a la esperanza.

En la Eucaristía no se traga una medicina amarga, sino que nos acercamos al Pan que alimenta la vida nueva: un Pan de fraternidad, de sinceridad, de justicia, de solidaridad, de disposición a compartir.

«Cumplir con pascua» no significa cambiar de traje, sino cambiar de vida.

Encontrarse «fuera» de nuestros sepulcros, estupefactos, con muchas ganas de reír, de cantar, de bailar.

Dios hizo que «cumpliera la pascua» su pueblo, liberándolo de la esclavitud.

Dios, sobre todo, hizo que «cumpliera la pascua» su propio Hijo, al hacerle salir del sepulcro: «Dios lo resucitó al tercer día», anuncia Pedro al centurión romano Cornelio convertido, tal como se refiere en la primera lectura de hoy.

Si ser cristiano, tener fe, significa creer en la resurrección de Cristo, podemos añadir también que creer en la resurrección de Cristo significa aceptar que todo cambie.

Significa aceptar ser hombres y mujeres resucitados: muertos a nuestras tristezas, a las angustias, al miedo, a los lamentos; liberados de los resentimientos, de los egoísmos, de los intereses, de la violencia, e insertos en la vida nueva que nos ofrece Cristo; llamados a vivir, atónitos, en un mundo nuevo, totalmente por explorar.

Quizás sea ésta precisamente la paradoja de la pascua: volvernos a encontrar con las mismas cosas de antes, pero nuevas, «distintas». Me pregunto a veces por qué es tan difícil abrir ciertos labios y liberar, hacer que explote en ellos el Aleluya Pascual con toda su fuerza. Todo lo más se murmura un suspiro, un lamento, un balbuceo.

El hecho es que, a pesar de las apariencias, no es la muerte la que nos da miedo. Muchos tienen miedo de nacer.

Pocos tienen el coraje de realizar, ya desde ahora, el experimento de la resurrección.

«Cumplir con pascua» no es lo mínimo de la experiencia cristiana, sino lo máximo.

Probablemente, lo intuyeron ya algunos hombres de mi pueblo. Que se apresuraban a volver a casa, de forma clandestina, después de haber cumplido con su «deber».

¿Por qué tantas prisas?

Quizás es que tenían miedo de dejarse sorprender por la luz... Tenemos que resucitarlo. Y es preciso que también lo resucitemos. Que lo hagamos salir del sepulcro en que lo habíamos metido. Que lo liberemos del vendaje de nuestros prejuicios, de nuestros rencores, de nuestras desilusiones, de nuestras frustraciones. Que lo limpiemos de las imágenes caricaturescas con que hemos deformado su rostro. Que le permitamos romper los esquemas y las visiones mezquinas en que lo hemos aprisionado.

Dios segregado en la iglesia. Rehén de nuestros ritos formales. Adormilado por nuestras cantinelas lastimeras. Sometido a estrecha vigilancia para que no perturbe la tranquilidad pública y se atenga escrupulosamente al programa de los «homenajes» que hemos establecido nosotros.

¿Queremos que este Dios vuelva a ser Dios en nosotros? ¿Queremos que se manifieste, no como pretendemos nosotros, sino tal como es?

¿Queremos darle la libertad de realizar, no ya las cosas que decidimos nosotros -y que nosotros, muchas veces, seríamos capaces de hacer-, sino las cosas «imposibles» que sólo él es capaz de realizar?

¿Aceptamos que se revele mucho mejor de como nosotros nos hemos acostumbrado a describirlo, más cercano de como nosotros logramos imaginarlo?

¿Aceptamos que nos regale un gozo, una paz, una calidad, una amplitud y una intensidad de vida, que nosotros ni siquiera nos atrevemos a sospechar?

Quizás la pascua sea también esto.

Descubrir que Dios no soporta el sepulcro en que lo hemos encerrado ni la cárcel (las infinitas cárceles) en que lo hemos arrestado. Inspeccionar aquel sepulcro, no para encontrarlo, sino para descubrir que afortunadamente ya no está allí.

Y siguiéndolo en la luz pascual, encontrar el coraje de murmurar:

-Dios mío, ¡qué hemos hecho contigo!...

Y tomar en serio lo que dice a María de Magdala:

-No me retengas... (Jn 20, 17).

Quizás logremos resistir a la tentación de tocarlo, de hacerle volver atrás, de reapropiárnoslo, de tenerlo bajo estrecha vigilancia. ¿Conseguiremos alguna vez no echarle la mano encima? «Cumplir con pascua» quiere decir aceptar el riesgo de un Dios que no se resigna a estar muerto, que no cumple con el papel que nosotros le hemos dado.

Tenemos que contarlo

«Id a comunicar» (Mt 28, 9).

«Cumplir con pascua», finalmente, significa contar, llevar la noticia.

Deberíamos imprimir esa noticia en nuestro rostro.

San Agustín, en una página sugestiva, cuenta cómo en la noche de pascua los paganos no podían conciliar el sueño, presas de la agitación, de una extraña inquietud, ¡y quizás también de un poco de envidia!.

A la mañana siguiente, por la calle, se cruzaban con los neófitos cristianos, que presentaban un rostro radiante, trasfigurado por la luz de Jesús Resucitado.

«En esta aparición -asegura Agustín- muchos reconocieron a Cristo».

Puede ser que se hayan cargado las tintas oratorias en este relato. De todas formas, lo cierto es que, para saber si uno «ha cumplido con pascua», no debería ser necesario preguntárselo. ¡Se lo deberíamos notar en la cara!

En mi pueblo, cuando yo era niño, no era eso precisamente lo que ocurría.

Ahora no sé. Ni sé si pasa lo mismo en otras partes.

Más adelante e inasequible

...Dejemos de una vez de mirar ese sepulcro vacío y de hacer especulaciones sobre él.

Lo específico de la fe cristiana en la resurrección de Cristo no se basa en el hecho de que la tumba esté vacía.

Una tumba vacía equivale a una tumba sellada. Puede haber sido un robo, un engaño, un truco.

Al cristiano «se le pide creer en el poder de Jesús Resucitado sobre la muerte y en su presencia en el mundo de los hombres. Comienza entonces una vida nueva que va de sorpresa en sorpresa».

Es inútil detenerse por los alrededores del sepulcro vacío, como curiosos que no tienen nada que hacer. Allí sólo se capta su ausencia. Jesús está «en otra parte». Y sigue manifestándose de manera imprevisible.

Jesús Resucitado siempre está «en otra parte», más allá, de manera inimaginable. Y nunca se le aferra por completo.

En esta perspectiva, «cumplir con pascua» no concluye jamás.
 


 

El Maestro acoge al último en llegar

 

Hechos 2, 42-47; 1 Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31 ¿Desesperación?
 

¡Pobre Tomás!

Siempre en el banquillo de los acusados. Sometido a un proceso continuo.

Si se juntasen todas las acusaciones que se lanzan contra él (desde la de ser un materialista y un pesimista sin remedio, pasando por la denuncia de desconfianza, de sospecha, de obstinación, hasta llegar, naturalmente, a la de incredulidad), tendríamos un dossier de enormes proporciones.

Alguien, subrayando la violencia de su rebelión, se atreve incluso a hablar de desesperación: «Hay algo muy duro, muy áspero, en las condiciones que pone para rendirse. Una dureza tan espantosa no puede menos de surgir de un sufrimiento atroz.

Es que no quiere arriesgarse a esperar porque siente un dolor mayor que los demás. Tomás es sin duda el que más sufrió por culpa de la pasión, el que sintió un mayor remordimiento por no haber sabido afrontar la muerte en aquella ocasión.

Entonces encontró una sola piedra que le sirviera de almohada para apoyar la cabeza: la desesperación. Por lo menos ésta no se mueve, es estable. No será fácil que alguien se la quite...»

Yo pienso, por el contrario, que Tomás, a pesar de todo, es una criatura en movimiento. Alguien que busca, que no se conforma, que rechaza las certezas pre-confeccionadas por los demás, que intenta verificar personalmente, realizar una experiencia sin aceptar a ojos cerrados las respuestas tranquilizantes de los demás, sin considerarse satisfecho por lo que han descubierto sus amigos.

Es mucho mejor una duda auténtica que una fácil seguridad que dispense de toda inquietud y de un arduo camino personal.

Tomás no se quedó tumbado en la desesperación. Al contrario, rechazó esa cómoda esperanza que pretende cerrar el discurso antes de haberlo abierto de veras.

Ciertamente, el camino de Tomás -tal como aparece a lo largo de las páginas del evangelio- está totalmente jalonado de incomprensiones, recelos, resistencias, desorientaciones, fallos, retrasos... Pero al final también él llegó.

Juan siente por él una clara simpatía, quizás porque lo considera como el modelo de los creyentes... que tienen ciertas dificultades. Tomás, por suerte para nosotros, no es un campeón, el primero de la clase, un héroe, uno que quema etapas.

Fue el último en llegar, ¡pero llegó!

Caminó con sus propias piernas (y con no poco esfuerzo), pero sin renunciar, sin ceder al cansancio y al desánimo, sobre todo sin apoyarse en cómodas muletas.

Y Cristo también lo esperaba pacientemente.

Y también para él hubo la posibilidad de constatar «la señal de los clavos», es decir, la evidencia de un amor que nunca falla.

Las pruebas inútiles y la prueba necesaria

Cristo acoge a los retrasados, a los que cojean, tropiezan, vacilan, avanzan cansados en medio de las tinieblas.

Cristo está ya habituado a darse a los últimos en llegar. El ladrón, en la cruz, es la prueba más evidente.

El sabe que el acto de doblar las rodillas murmurando: «Señor mío y Dios mío» solamente madura cuando el hombre ha perdido por el camino, una tras otra, todas las ilusiones, cuando ha llegado deshacerse de la armadura de la desconfianza, de la presunción, de la autocom-placencia.

Antes de creer, hay que haber sufrido por no haber podido creer, por no haber logrado esperar.

Antes de rendirse a la luz, hay que haberse sentido apabullado por toda una serie de intentos de liberarse de las tinieblas.

Tomás expone sus propias heridas, sus propios desgarrones, sus propias humillaciones, al contacto salvífico con las llagas del Señor. Más que al héroe, al conquistador, al virtuoso, que avanza a pecho descubierto, Cristo prefiere entregarse al individuo que se golpea el pecho.

Cristo no se deja impresionar por las palabras necias, que expresan pretensiones más necias todavía: ver, tocar con la mano, poner el dedo...

Frente al alumno más terco, el Maestro se muestra dócil: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos...».

Está dispuesto a cambiar de método, a abandonar los programas más sólidos, a apartarse del camino establecido de antemano.

A cada uno se le ofrece una posibilidad «distinta». No hay esquemas obligados, rigurosos.

Cristo conquista a Tomás dejándose vencer por él. Rompe su resistencia rindiéndose ante él.

«Tomás había resistido a la autoridad de todo el colegio apostólico. ¡Es el primer protestante! Si hubiera sido conformista, si se hubiera adherido a los demás para no crear problemas y evitar molestias, habría sido un católico muy mediocre, no habría logrado nunca esta expresión: ¡Señor mío y Dios mío! Tuvo que recorrer para ello caminos un tanto curiosos...».

Al hacerse «protestante», se preparó para ser un creyente fervoroso. Tomás, al final, no encontró «la señal de los clavos» (¡tampoco la necesitaba!).

Pero sí encontró la prueba decisiva de que era amado, esperado, comprendido, reinserto en la comunión (él se había excomulgado...). Tomás se vio ante un Cristo resplandeciente de dulzura, de paz, de cariño.

Era el Señor por quien él aspiraba en las profundidades secretas de su ser. El había «sabido» desde siempre que era así.

Entonces no necesitó más pruebas.

Si Cristo lo hubiera obligado de verdad a experimentar las condiciones que él mismo había puesto para creer, habría sido el peor castigo, la mayor humillación.

Invitación a todos los devotos de santo Tomás Yo me reconozco fácilmente en Tomás.

Con mis miedos y mis ganas de creer al mismo tiempo.

Con mi aferrarme a cualquier pretexto, por pequeño que sea, con la nostalgia de un gesto de abandono y con la tentación de dar el salto. Con mis vacilaciones, incertidumbres, dificultades y hasta con la repugnancia a tomar en serio la actitud jactanciosa de los que dicen que saben, que han visto (aunque lo que dejan ver resulte más bien decepcionante...).

Me gustaría crear una red de complicidad entre todos los amigos de Tomás.

Entre todos los que creen que no creen, que sufren por no poder creer, que se desesperan por no encontrar el coraje de esperar, que se angustian por no saber amar.

Amigos, el sufrimiento de no creer, el remordimiento de no conseguir amar, el tormento de no tener la esperanza (y al mismo tiempo el rechazo decisivo de todas las esperanzas baratas), es algo que se parece mucho a la fe, que roza con la esperanza, que es ya amor. Acerquémonos a él sin miedo, con las manos vacías, llevando en la carne la moradura de demasiados desengaños.

El no nos obliga a creer (como algunos de sus representantes han pretendido hacer).

Sigue simplemente repitiéndonos, pero no en tono de reproche o de amenaza: «Dichosos los que crean sin haber visto».

Lo único que nos pide es que logremos no ver, al menos por algún tiempo.

Tendremos toda la eternidad a nuestra disposición para verlo, para permanecer absortos ante su rostro, para contemplar su amor. Ahora nos pide el regalo más grande que podemos hacerle mientras estamos aquí abajo: creer en él, aunque sea un poco tarde, pero al menos siempre un poco antes de... verlo.

No importa que seamos los últimos en llegar.

Con tal que hayamos aprendido finalmente a creer y a decir: «Señor mío y Dios mío», teniendo los ojos cerrados.

¡Fuera los hipocondríacos!

La paz y la alegría que el Señor resucitado ofrece a sus amigos en la primera escena del evangelio de hoy caracterizan también a las otras dos lecturas.

Me gusta subrayar el clima que dominaba en la primera comunidad cristiana, según nos cuentan los Hechos de los apóstoles: «... celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos con alegría y de todo corazón».

Por tanto, no una comunidad de gente huraña, hipocondríaca, de gente descontenta, con caras ridículas de personas serias.

Y, sobre todo, sencillez de corazón. Transparencia.

No tenían nada que esconder. Ninguna finalidad secreta.

La profesión de fe no escondía otros fines, no constituía la cobertura hipócrita de otros intereses.

La entrega a Dios, si es total, simplifica a las personas, no las complica.

Tender hacia él excluye segundas (y terceras) intenciones. Y cuando no hay segundas (o terceras) intenciones, todo es claro y limpio: desde los pensamientos hasta las palabras, los gestos; todo está en la línea de la simplicidad.

Ser simples significa ser hombres de «una sola cosa». «Una sola cosa» lo dice todo en la fe.

Amar lo invisible

Volvemos a encontrarnos con el tema de la alegría en la pluma de Pedro (segunda lectura): «Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas».

También aquí hemos de subrayar ese «de momento».

«De momento» se trata de renunciar a la pretensión de ver, pero creyendo.

«De momento» se trata de amarlo, «aun sin haberlo visto».

«De momento» se trata de aceptar la prueba, la tribulación, pero conservando el gozo.

Además, me parece importante la insistencia en el amor, como dimensión fundamental de la fe, por parte de aquel apóstol que solamente al final, a orillas del lago, después de tantas declaraciones solemnes, supo pronunciar en tono humilde la palabra decisiva: «Señor... tú sabes que te amo» (Jn 21, 17).

La gran apuesta y el gran «riesgo» del creyente está precisamente aquí: amarlo, aunque él esté lejos de nuestros ojos.

El milagro más sensacional del creyente es el que le hace vivir el amor a lo invisible.

No basta con creer sin ver.

Además hay que amar sin ver, soportando la lejanía (que no es una ausencia).

Nana Mouskouri, ortodoxa, decía: «Mi fe es mi mano para tocar a Dios».

Se podría añadir: también el amor es la mano para tocar al Dios «lejano».

Todo esto, como es lógico, tiene que manifestarse exteriormente en la alegría.

Es la alegría la que revela la presencia durante el «poco tiempo» de la lejanía.

Creo que si algunos intelectuales se hubiesen encontrado con algún rostro trasfigurado por la alegría pascual, con alguna mirada iluminada por una luz secreta, habrían tenido al menos alguna duda antes de inventar «la muerte de Dios» y presentar su certificado correspondiente.

Tengo la impresión de que Pedro se alegraría también hoy con los que consiguen creer: «...No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis y creéis en él».

Como si dijera: ¡Qué suerte tenéis! Algo más que una felicitación. ...Quizás una pizca de envidia.

 



 

 

Se puso a caminar con ellos...

 

Hechos 2, 14.22-33 1 Pedro 1, 17-21 Lucas 24, 13-35

 

Nosotros esperábamos...

Si consiguiéramos atrapar, por alguno de nuestros caminos convulsos, a ese misterioso personaje «desinformado», no dejaríamos de ponerlo al tanto de la situación.

También nosotros necesitamos, como aquella pareja de desalentados, desahogarnos, desgranar ante él el rosario interminable de nuestras más acuciantes desilusiones, de nuestros fracasos humillantes, de los golpes que hemos tenido que encajar.

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? ... ». Y entonces, ¡adelante con nuestras informaciones!

Sí... «nosotros esperábamos».

Esperábamos que el concilio no fuera sólo una fecha que celebrar. Esperábamos que «la Iglesia de los pobres» siguiera siendo la Iglesia de los pobres.

Esperábamos que nadie se avergonzara de los mártires por causa de la justicia.

Esperábamos que después de tantos documentos vinieran hechos concretos.

Que el diálogo no fuera sólo una fórmula.

Que ciertos moralistas quisquillosos, rígidos hasta rozar con la inhumanidad, estuvieran un poco más cerca de la vida y de los problemas de la gente común.

Que ciertos profetas un poco antes de su último suspiro, personajes grandilocuentes desapareciesen de la escena, al menos por un sentido común de pudor.

Que se abandonasen ciertos tonos polémicos y ciertas actitudes altaneras.

Que el dinero contase un poco menos.

Que ciertas carreras no fueran tan fulgurantes.

Esperábamos que después de dos mil años... Esperábamos que después del papa Juan... Y podríamos añadir:

Esperábamos que nuestro hijo, después de todo lo que le hemos dado y enseñado...

Esperábamos que la escuela... Esperábamos que la amistad... Esperábamos que la justicia...

Esperábamos que la honradez... Esperábamos que la información... «Y ya ves, hace dos días...».

Queremos ser más generosos que aquellos dos de Emaús; hemos aprendido la paciencia. En realidad, han pasado mucho más de dos días, de tres meses, de cuatro años... Pero todo sigue siendo como antes. Es inútil que nos hagamos ilusiones.

Ni siquiera me atrevo a imaginarme lo que él, dando la vuelta al papel, podría decir si abriera su «libro de reclamaciones»:

Yo esperaba que vosotros... que tú...

«Sin embargo», han pasado muchas ocasiones favorables. Mejor dicho: no han pasado, sois vosotros los que las habéis dejado pasar inútilmente...

Por tanto, más vale no tocar las cosas y seguir el guión del evangelio.

La dificultad de arriesgar el corazón

«Les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura...».

No. Ninguna receta milagrosa. Ninguna varita mágica bajo la capa para trasformar de golpe la realidad. Ninguna solución definitiva para nuestros males y problemas. Ninguna certeza prefabricada.

Simplemente, una invitación a leer y a comprender.

El estará poco informado, pero es capaz de hacernos descubrir el sentido de los acontecimientos, de enfocarlos con otra luz, de valorarlos con otros criterios.

Las cosas desagradables siguen siendo tan desagradables como antes.

Pero él nos enseña a verlas y a interpretarlas de una forma nueva, desde una óptica distinta de aquella a la que estábamos acostumbrados. Ciertamente, el suyo es un modo muy personal de leer y de comentar las Escrituras.

Lo constataron aquellos dos felices alumnos itinerantes: «...ardía nuestro corazón».

Seguir hoy contando con exegetas capaces de explicar, de hacer comprender (sí, ante todo aclarar las cosas, evitando complicarlas y embarullarlas terriblemente), pero no fríamente, impersonalmente, asépticamente, sino haciendo saltar al menos una chispa en el corazón, encendiendo un deseo, despertando una nostalgia, provocando un remordimiento, calentando, estimulando, dando ganas de intentar la aventura.

Pero esto depende también de nosotros. Si los maestros, como sucede a menudo, nos engañan con su tecnicismo exasperado y engolado, siempre tendremos la posibilidad de confiarnos a la guía del Espíritu, bajo el control tranquilizador de la Iglesia, y de acercarnos a la palabra de Dios como realidad viva, como fuego.

El hecho es que estamos demasiado preocupados de iluminar la mente, sin tener el coraje de arriesgar el corazón.

Pero la señal indudable de que la palabra nos alcanza, nos dice algo, sigue siendo aquel fenómeno que se verificó en el camino de Emaús: el corazón que arde en el pecho.

La lectura y la comprensión de las Escrituras no es cosa de expertos, de intelectuales. Es cosa de «apasionados», de enamorados.

Seguir adelante...

«Jesús hizo ademán de seguir adelante...». En el fondo, él debe seguir siempre adelante.

Y aunque lográsemos retenerlo un poco, «porque atardece» y nos da miedo la oscuridad, no hemos de hacernos peligrosas ilusiones. El seguirá su camino, irá más allá, y nos aguardará... más adelante, anticipando la aurora.

Y entonces es inútil que nos pongamos a lloriquear por verdaderos o presuntos retrasos de la comitiva de la que formamos parte, por patéticas «marchas atrás».

Nos basta con saber que él nunca nos cita en el pasado. Podemos encontrarlo de nuevo y hacer con él un trecho de camino, y luego otro, tan sólo si renunciamos a la pretensión de llevarlo hacia atrás, si nos damos cuenta de que él «tiene que» llegar más lejos. Y nosotros con él.

Su promesa de «estar-con-nosotros» no debe confundirse con la pretensión, por nuestra parte, de retenerlo.

El está con nosotros si nos decidimos a seguir caminando en medio de la noche.

Otras cosas en que pensar

«Ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan...».

Siempre hay una palabra que nos orienta de nuevo después de nuestros extravíos.

Siempre hay un «pan partido» que nos devuelve la fuerza, la confianza, el ánimo, después de haber acumulado tanto cansancio y no pocas desilusiones.

Entonces volvemos a nuestra personal Jerusalén. En donde, aparentemente, no ha cambiado nada. Volvemos a encontrarnos con todo lo que allí habíamos dejado. Ambigüedades, retrasos, incoherencias, opacidad. La historia parece como si hubiera caído en el cepo. La novedad da miedo, más aún que la oscuridad.

Pero si de veras se han abierto nuestros ojos y lo hemos reconocido en tomo a aquella mesa, aun cuando él se haya sustraído poco después a nuestras miradas, que se posan por el contrario en otras presencias no demasiado halagüeñas, sin embargo deberíamos haber aprendido que no se puede creer en Jesús Resucitado y seguir gimoteando, lamentando, denunciando fallos y defectos, entreteniéndonos en hacer el inventario de las cosas que podrían haber sido y que no son.

«A ese Jesús, Dios lo ha resucitado y nosotros somos testigos de ello», declara Pedro a la muchedumbre el día de Pentecostés (primera lectura).

No es posible ser testigos y plañideras a la vez, abandonarse a las quejas, caminar, como los dos de Emaús, «con rostro compungido». Los testigos no pierden el tiempo en historias ya pasadas (aunque algunos fingen no darse cuenta de ellas y les habría gustado que no hubieran sucedido jamás). Sino que anuncian y anticipan una historia nueva, ya presente, operante, a pesar de todos los obstáculos, de todas las negativas, de todos los aparentes fracasos.

La resurrección es una fuerza que sacude y transforma, aunque sea de manera escondida, no clamorosa, las realidades más mortificantes.

Pedro, en su primer sermón oficial, opone a una historia de muerte: «Vosotros lo matasteis en una cruz» otra historia donde triunfa la vida: «... pero Dios lo resucitó».

El «sendero de la vida», que pedimos al Señor que nos enseñe (versículo del salmo responsorial), nos permite dejar a nuestras espaldas los gruñidos, los refunfuños, los descorazonamientos, los suspiros, las frustraciones, las tonterías (nuestras y de los demás).

Hay otras cosas en que pensar, si estamos convencidos de que el Caminante misterioso y «poco informado» no desea en realidad informarse sobre las cosas pasadas, sino que intenta hacernos percibir las cosas nuevas que están germinando.

Lo que se toma en consideración

Convendrá recordar también la advertencia de la primera Carta en Pedro (tras el primer sermón, la primera encíclica...): Aquel a quien llamamos Padre «juzga a cada uno según sus obras».

Podemos desahogarnos con él, y él toma en serio incluso nuestras palabras más amargas.

Al final, sin embargo, no se nos juzgará por las palabras que hayamos pronunciado.

Sólo se tomarán en consideración las «obras». Pero las obras presuponen una opción concreta.

La segunda lectura pone la vida bajo el signo de un trozo de camino que se llama peregrinación.

Y la alternativa que se propone es un vivir sin objetivo («proceder inútil») o un vivir en la fe y la esperanza: «habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza».

Esta es la opción fundamental que no podemos eludir.

Todo está puesto bajo el signo de la cruz, o sea, del amor: fuisteis rescatados «a precio de la sangre de Cristo».

Como observa A. Séve, el Padre no le dijo a su Hijo: «Tendrás que morir en la cruz». Sino: «Los amarás cueste lo que cueste... Sólo con este amor excesivo, llevado hasta la entrega suprema en la cruz, aprenderán a amar».

En el fondo, nuestro trozo de camino no será un recorrido inútil si hemos aprendido esta lección fundamental.
 

 

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