NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
La palabra no quiere estar en la iglesia
Deuteronomio 11, 18.26-28
Romanos 3, 21-25.28
Mateo 7, 21-27
El trayecto de la palabra
Moisés había recomendado: «Meteos mis palabras en el corazón y en el
alma, atadlas a la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra
frente».
El significado de estas disposiciones era bastante claro y todavía hoy
se podría partir de aquí para esbozar el trayecto esencial, casi
obligado, de la palabra (las palabras de Moisés no son efectivamente más
que palabra de Dios).
El corazón, el alma, las manos y la frente (los ojos): éste es el
itinerario. Sorprendentemente faltan los oídos.
Y hay que añadir la boca. En efecto, el texto, que no recoge la liturgia
de hoy, continúa de este modo: «Enseñádselas a vuestros
hijos y habladles de ellas, estando en casa o yendo de viaje, acostados
o levantados».
Así pues, la palabra y su trasmisión toman posesión de todo el ser
humano. Penetración profunda y compromiso total, la palabra no es un
hecho individual. Cada miembro de la comunidad forma un eslabón de la
cadena que enlaza con el siguiente. Cuando muere el padre, en sus hijos
continúa no sólo la chispa de la vida, sino también la palabra.
Del corazón a los ojos
«Meteos». Se trata de una actitud activa. El creyente no «sufre»
pasivamente la palabra. Sale a su encuentro, se apropia de ella, la
toma, la coloca dentro de sí, la lleva consigo, la entrega en casa como
el don más precioso, recurre a ella y la aprovecha en las más
diversas circunstancias.
Pero muchos oyentes tienen la impresión de que se les impone el sermón.
No teniendo otro remedio, se someten a él como a algo inevitable, con
resignación y hasta con aburrimiento en no pocas ocasiones.
Siguen oyendo, apagados, extraños, sin una verdadera participación, sin
el más mínimo movimiento, ni por dentro ni por fuera.
«Mis palabras...». El texto hebreo especifica: «éstas de aquí».
No algo vago, indeterminado, genérico. No: precisamente éstas. La
palabra no se ofrece al por mayor ni tiene que acogerse más o menos. Se
trata de palabras concretas, dichas y escuchadas en aquel momento
particular.
Y tú tienes que contar con «ellas aquí», sin ir a buscar otras.
La palabra adecuada para ti es la que se te dirige aquí, hoy, no otra.
Tampoco es cuestión de cantidad. A veces basta una sola palabra.
Con una sola palabra puede suceder cualquier cosa.
«En el corazón y en el alma». Las palabras tienen que entrar
dentro, tomar posesión de todo el ser, ocupar el espacio interior. Sobre
todo, instalarse en el centro de la persona.
Sólo así darán vida, animarán.
De este modo, el individuo queda «marcado» en profundidad. Si la palabra
no se «graba» en el corazón y en el alma, seguirá siendo un cuerpo
extraño.
«Atadlas a la muñeca como signo y ponedlas de señal en vuestra
frente...».
La palabra no se limita a ser un hecho interior. Traza un camino, da una
orientación a la vida. Determina opciones y comportamientos visibles por
fuera. Inspira una conducta.
Los judíos más observantes, para concretar este carácter de signo, han
inventado los tefillim, o sea, las filacterias, estuches de cuero
o de pergamino que contienen unos rollos minúsculos donde están escritos
algunos textos de la ley, atándolos con unos cordones en la frente y
enrollándolos en el brazo.
Nosotros lo interpretaríamos, banalmente, como hacer un nudo en
el pañuelo para acordarse.
Nada hay que decir sobre estos signos exteriores. Con tal que sean
reveladores de la preocupación por «guardar» la palabra en la parte más
secreta de la persona, y que indiquen sobre todo claramente la voluntad
de traducir en hechos la palabra oída.
La casa como «laboratorio» de la palabra
«Enseñádselas a vuestros hijos y habladles de ellas, estando en
casa...».
Así pues, la palabra tiene que llevarse a casa. Aquí, antes aún que en
cualquier otro lugar, tiene que ser tema de discusión, de verificación,
de reflexión, de búsqueda, de diálogo.
Es en el ámbito familiar donde la palabra tiene que
profundizarse, aplicarse a las situaciones concretas, interpretarse a la
luz de los problemas, de las dificultades y de las exigencias de la vida
común y de la vida del individuo.
La casa, por tanto, como «taller», como «laboratorio» experimental de la
autenticidad y de la eficacia de la palabra.
La palabra es el pan del que no se puede prescindir. Un pan compartido.
Es lámpara que se pone en el centro, a cuya llama todos recurren.
No se trata, desde luego, de un diálogo trivial sobre el sermón del
cura, sino más bien de enriquecerse y enriquecer a los demás gracias a
la palabra escuchada.
Comunicar, ofrecer y recibir. Provocar y dejarse provocar. Dar cuenta y
participar. Sobre todo, dejarse poner juntos en discusión.
La palabra no puede ya quedarse en la iglesia
«...Yendo de viaje». Tengo la impresión de que muchas veces la palabra
queda abandonada, olvidada, dejada deliberadamente en la iglesia.
La iglesia se convierte en el depósito de las palabras abandonadas, no
utilizadas, no llevadas consigo.
Las palabras nunca se llevan fuera, al aire libre, al contacto con la
vida. No tienen que «salir». Son demasiado pesadas, inútiles,
fastidiosas...
Nadie sospecha que puedan o tengan que hacer de compañeras
indispensables para el viaje, como brújula para no perder la
orientación, como fuerza para resistir el cansancio y los reveses, como
posibilidad de llegar a la meta.
Nadie vuelve atrás a reclamar... que se ha dejado olvidada una palabra.
En mi pueblo, todo lo más, acudían al cura para que dijera si alguien se
había encontrado un bolso o un manojo de llaves. Pero nunca oí anunciar
que se había «olvidado» nadie una palabra...
¿Cuándo nos convenceremos de que la palabra de Dios no ve la hora de
salir de la iglesia, de poder por fin darse un paseo por la calle? ¿de
que pretende entrar en la conservación de la gente?
«...Acostados o levantados».
¡Qué hermoso sería dormimos con una frase del evangelio en los labios y
que fuese precisamente la palabra quien nos meciera en el sueño y nos
guardara por la noche! ¡que nos siguiera instruyendo mientras dormimos!
¡Qué interesante sería si fuese la palabra quien nos despertara por la
mañana y diésemos los primeros pasos de la jornada al ritmo de esa misma
palabra...! Incluso pasos de danza, se entiende..
Por otro lado, si la palabra llena el corazón, uno advierte la necesidad
de decirlo cantando y no puede ciertamente arrastrar los pies.
La palabra estampada en la cara
Me gustaría detenerme aún en dos expresiones: «en el corazón»
y «en vuestra frente».
Hay demasiada palabras de Dios bien ordenadas en el cerebro que no
afectan a la persona, que no la contaminan ni encienden.
En ese caso, la palabra que sale fuera puede ser docta, brillante,
segura, disciplinada, dosificada. Pero si le permitimos que baje al
corazón, entonces lo desconcierta todo, lo inflama, ocupa todo el
terreno, se hace incontenible.
En ese caso, la persona no domina ya la palabra, sino que es dominada
por ella.
Y la palabra sale de su boca cálida, apasionada, trasparente, viva.
Es una palabra que denuncia cómo en ella está comprometido todo el ser.
Se saca, con dolor y con gozo juntamente, con fatiga y con espontaneidad
a la vez, de la zona más secreta de uno mismo.
No habla quien sabe, quien tiene que hacerlo, quien ha recibido el
encargo, sino quien no puede menos de hablar. La palabra le explota por
dentro.
No adoctrina. Cuenta, sorprende, estimula, provoca una vibración en un
punto sensible.
El que anuncia la palabra no se halla arropado por la doctrina que
enseña. Es más bien un «despojado», que no vacila en descubrirse, en
desnudarse, en revelar el tormento y el secreto de su propia existencia.
Ayuda a vivir porque «traiciona» lo que lo hace vivir.
Además, la palabra tiene que presentarse, me atrevería a decir que
«estamparse» en la cara.
En los ojos del que habla es donde yo quiero leer la palabra de Dios.
Ciertas caras apagadas, ciertos ojos soñolientos, ciertas miradas frías
o implacables, ciertas expresiones hurañas, hacen que la palabra se
oscurezca.
Entran ganas de protestar: «No siento nada porque tus ojos no hablan,
porque tu cara es inexpresiva. Estoy a oscuras porque en tus ojos no hay
luz».
Algunos predicadores tienen el poder de dejar helado al auditorio,
porque la palabra de Dios no consigue, ni calentar su corazón, ni
tampoco hacer radiante —como ocurrió con Moisés (Ex 34, 29)— la piel de
su rostro.
Ni los micrófonos más sensibles, logran que se les oiga porque no tienen
una «voz luminosa». No ofrecen juntamente la palabra y la luz de Dios.
Y la boca?
La boca entra relativamente.
Más aún, puede resultar incluso sospechosa.
«No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los
cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en el
cielo».
Para ser acogidos por Dios, no basta con «decir», sino que hay que
«hacer».
El no mira tanto las palabras que tenemos en la boca. Nos somete más
bien al examen de las manos. Dios, en cierto sentido, pretende ver los
callos que salen en las manos por haber tratado con su palabra.
No reconoce como «suyos» a los que «dicen», ni tampoco a los que hablan
«en su nombre», sino a los que ponen en práctica la palabra que conocen
y enseñan.
Dios prefiere a los «constructores».
Pero hay quienes edifican sobre la arena, ya que se limitan a oír, a
hablar, a saber. Naturalmente, ese edificio es totalmente falso y
peligroso (a veces hay solemnes catedrales que se tambalean), aunque sea
grandioso, alto e imponente.
No aguanta cuando viene el vendaval.
Por fortuna, hay quienes edifican sobre la roca, ya que «escuchan» y
«ponen en práctica». Y esa construcción se muestra sólida, a pesar
de las pruebas a que se ve sometida, a pesar de las críticas que le
echan encima los seguidores de las modas, de las culturas e ideologías
dominantes.
El secreto de la solidez está en que se trata de una «construcción
interior».
No hay que confundir, por otra parte, la casa construida sobre roca con
ciertas seguridades religiosas y devocionales, que en realidad son de
cartón piedra y que se derrumban con una racha de viento, no digo con un
huracán.
Más pronto o más tarde esos cenáculos confortables, con las paredes
rezumando intimismo y sentimentalismo, se verán atacados por algún soplo
irreverente, que se divertirá derribando paredes postizas, abriendo
puertas y ventanas, levantando las cortinas, tirando los visillos,
apagando las velas.
Y ya nada podrá volver a ser lo que era.
Entonces nos daremos cuenta de que es bastante peligroso construir con
materiales decorativos pero frágiles, que no tienen nada que ver con la
robusta palabra de Dios.
¿Bendecir o ser una bendición?
«Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición...».
Habría que disipar no pocos equívocos a propósito de las bendiciones.
Muchos creen que basta con pedir u obtener una bendición. No se dan
cuenta de que la bendición y la maldición no vienen de fuera, sino que
dependen de ellos, de las opciones que han hecho, de las decisiones que
adoptan, de lo que intentan ser ellos mismos.
La bendición no se sobrepone a nuestra vida, sino que nace de dentro, en
virtud de la huella que le imprimimos.
Debo confesar también que personalmente pido pocas veces la bendición a
un individuo. Y desconfío instintivamente de los que reparten
bendiciones —y a veces maldiciones— con asombrosa desenvoltura y con
enorme generosidad.
Me contento con dar gracias a Dios cuando me encuentro con personas que
«son» una bendición.
En ese caso, la bendición entendida como fórmula y como gesto resulta
superflua. Porque la respiro ya, la siento encima de mí, me veo cobijado
por ella, la palpo en las fibras más íntimas de mi ser. Y me siento
protegido.
La maldición, entonces, no puede nada contra la barrera defensiva
constituida por una criatura «de bendición». La maldición va a romperse
contra el escudo que representa una huella luminosa, la sonrisa de una
criatura de bendición. Y yo me siento protegido más que con una serie
interminable de prácticas.
Después del evangelio, sólo el evangelio
La insistencia en la observancia de los preceptos de la ley
parece estar en contradicción con la proclamación que hace Pablo de una
salvación que se obtiene por la fe y no por la ley.
Pero esta contradicción es sólo aparente.
En realidad, el corazón de la teología paulina pone en evidencia la
impotencia radical y la miseria del hombre. Todo lo que nace del hombre
(prácticas, obras, prestaciones virtuosas, observancias
legalistas) no determina la salvación.
La sangre de los animales derramada sobre la «cubierta» del
arca (kapporeth) cede el puesto a la sangre del único Justo
derramada en el Gólgota.
Sólo Cristo «cubre» los pecados de su pueblo.
El hombre «es salvado» en virtud de la fe en Jesucristo, no por lo que
él consigue realizar.
Entonces, ¿es inútil el «hacer»? Ni mucho menos.
Sólo hay que tener presente que las obras no son la causa de
nuestra salvación, sino su consecuencia necesaria, el signo
visible de la misma.
La gratuidad del don de Dios libera al creyente de las tentaciones
continuamente renovadas del legalismo, del juridicismo, de los «sistemas
sacrificiales» rígidos y hasta materialistas y le hacen recobrar, junto
con la libertad de hijo de Dios, el sentido de su propia responsabilidad
y el gozo del compromiso.
Después del evangelio no está la ley, sino el evangelio.