El Evangelio en casa

 

Alessandro Pronzato



La palabra no quiere estar en la iglesia

Aprender a Dios

 

 

 

NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

La palabra no quiere estar en la iglesia

 

Deuteronomio 11, 18.26-28

Romanos 3, 21-25.28

Mateo 7, 21-27

 

El trayecto de la palabra

Moisés había recomendado: «Meteos mis palabras en el corazón y en el alma, atadlas a la muñeca como un signo y ponedlas de señal en vuestra frente».

El significado de estas disposiciones era bastante claro y todavía hoy se podría partir de aquí para esbozar el trayecto esencial, casi obligado, de la palabra (las palabras de Moisés no son efectivamente más que palabra de Dios).

El corazón, el alma, las manos y la frente (los ojos): éste es el itinerario. Sorprendentemente faltan los oídos.

Y hay que añadir la boca. En efecto, el texto, que no recoge la liturgia de hoy, continúa de este modo: «Enseñádselas a vuestros hijos y habladles de ellas, estando en casa o yendo de viaje, acostados o levantados».

Así pues, la palabra y su trasmisión toman posesión de todo el ser humano. Penetración profunda y compromiso total, la palabra no es un hecho individual. Cada miembro de la comunidad forma un eslabón de la cadena que enlaza con el siguiente. Cuando muere el padre, en sus hijos continúa no sólo la chispa de la vida, sino también la palabra.

Del corazón a los ojos

«Meteos». Se trata de una actitud activa. El creyente no «sufre» pasivamente la palabra. Sale a su encuentro, se apropia de ella, la toma, la coloca dentro de sí, la lleva consigo, la entrega en casa como el don más precioso, recurre a ella y la aprovecha en las más diversas circunstancias.

Pero muchos oyentes tienen la impresión de que se les impone el sermón. No teniendo otro remedio, se someten a él como a algo inevitable, con resignación y hasta con aburrimiento en no pocas ocasiones.

Siguen oyendo, apagados, extraños, sin una verdadera participación, sin el más mínimo movimiento, ni por dentro ni por fuera.

«Mis palabras...». El texto hebreo especifica: «éstas de aquí». No algo vago, indeterminado, genérico. No: precisamente éstas. La palabra no se ofrece al por mayor ni tiene que acogerse más o menos. Se trata de palabras concretas, dichas y escuchadas en aquel momento particular.

Y tú tienes que contar con «ellas aquí», sin ir a buscar otras.

La palabra adecuada para ti es la que se te dirige aquí, hoy, no otra.

Tampoco es cuestión de cantidad. A veces basta una sola palabra.

Con una sola palabra puede suceder cualquier cosa.

«En el corazón y en el alma». Las palabras tienen que entrar dentro, tomar posesión de todo el ser, ocupar el espacio interior. Sobre todo, instalarse en el centro de la persona.

Sólo así darán vida, animarán.

De este modo, el individuo queda «marcado» en profundidad. Si la palabra no se «graba» en el corazón y en el alma, seguirá siendo un cuerpo extraño.

«Atadlas a la muñeca como signo y ponedlas de señal en vuestra frente...».

La palabra no se limita a ser un hecho interior. Traza un camino, da una orientación a la vida. Determina opciones y comportamientos visibles por fuera. Inspira una conducta.

Los judíos más observantes, para concretar este carácter de signo, han inventado los tefillim, o sea, las filacterias, estuches de cuero o de pergamino que contienen unos rollos minúsculos donde están escritos algunos textos de la ley, atándolos con unos cordones en la frente y enrollándolos en el brazo.

Nosotros lo interpretaríamos, banalmente, como hacer un nudo en el pañuelo para acordarse.

Nada hay que decir sobre estos signos exteriores. Con tal que sean reveladores de la preocupación por «guardar» la palabra en la parte más secreta de la persona, y que indiquen sobre todo claramente la voluntad de traducir en hechos la palabra oída.

La casa como «laboratorio» de la palabra

«Enseñádselas a vuestros hijos y habladles de ellas, estando en casa...».

Así pues, la palabra tiene que llevarse a casa. Aquí, antes aún que en cualquier otro lugar, tiene que ser tema de discusión, de verificación, de reflexión, de búsqueda, de diálogo.

Es en el ámbito familiar donde la palabra tiene que profundizarse, aplicarse a las situaciones concretas, interpretarse a la luz de los problemas, de las dificultades y de las exigencias de la vida común y de la vida del individuo.

La casa, por tanto, como «taller», como «laboratorio» experimental de la autenticidad y de la eficacia de la palabra.

La palabra es el pan del que no se puede prescindir. Un pan compartido.

Es lámpara que se pone en el centro, a cuya llama todos recurren.

No se trata, desde luego, de un diálogo trivial sobre el sermón del cura, sino más bien de enriquecerse y enriquecer a los demás gracias a la palabra escuchada.

Comunicar, ofrecer y recibir. Provocar y dejarse provocar. Dar cuenta y participar. Sobre todo, dejarse poner juntos en discusión.

La palabra no puede ya quedarse en la iglesia

«...Yendo de viaje». Tengo la impresión de que muchas veces la palabra queda abandonada, olvidada, dejada deliberadamente en la iglesia.

La iglesia se convierte en el depósito de las palabras abandonadas, no utilizadas, no llevadas consigo.

Las palabras nunca se llevan fuera, al aire libre, al contacto con la vida. No tienen que «salir». Son demasiado pesadas, inútiles, fastidiosas...

Nadie sospecha que puedan o tengan que hacer de compañeras indispensables para el viaje, como brújula para no perder la orientación, como fuerza para resistir el cansancio y los reveses, como posibilidad de llegar a la meta.

Nadie vuelve atrás a reclamar... que se ha dejado olvidada una palabra.

En mi pueblo, todo lo más, acudían al cura para que dijera si alguien se había encontrado un bolso o un manojo de llaves. Pero nunca oí anunciar que se había «olvidado» nadie una palabra...

¿Cuándo nos convenceremos de que la palabra de Dios no ve la hora de salir de la iglesia, de poder por fin darse un paseo por la calle? ¿de que pretende entrar en la conservación de la gente?

«...Acostados o levantados».

¡Qué hermoso sería dormimos con una frase del evangelio en los labios y que fuese precisamente la palabra quien nos meciera en el sueño y nos guardara por la noche! ¡que nos siguiera instruyendo mientras dormimos!

¡Qué interesante sería si fuese la palabra quien nos despertara por la mañana y diésemos los primeros pasos de la jornada al ritmo de esa misma palabra...! Incluso pasos de danza, se entiende..

Por otro lado, si la palabra llena el corazón, uno advierte la necesidad de decirlo cantando y no puede ciertamente arrastrar los pies.

La palabra estampada en la cara

Me gustaría detenerme aún en dos expresiones: «en el corazón» y «en vuestra frente».

Hay demasiada palabras de Dios bien ordenadas en el cerebro que no afectan a la persona, que no la contaminan ni encienden.

En ese caso, la palabra que sale fuera puede ser docta, brillante, segura, disciplinada, dosificada. Pero si le permitimos que baje al corazón, entonces lo desconcierta todo, lo inflama, ocupa todo el terreno, se hace incontenible.

En ese caso, la persona no domina ya la palabra, sino que es dominada por ella.

Y la palabra sale de su boca cálida, apasionada, trasparente, viva.

Es una palabra que denuncia cómo en ella está comprometido todo el ser.

Se saca, con dolor y con gozo juntamente, con fatiga y con espontaneidad a la vez, de la zona más secreta de uno mismo.

No habla quien sabe, quien tiene que hacerlo, quien ha recibido el encargo, sino quien no puede menos de hablar. La palabra le explota por dentro.

No adoctrina. Cuenta, sorprende, estimula, provoca una vibración en un punto sensible.

El que anuncia la palabra no se halla arropado por la doctrina que enseña. Es más bien un «despojado», que no vacila en descubrirse, en desnudarse, en revelar el tormento y el secreto de su propia existencia.

Ayuda a vivir porque «traiciona» lo que lo hace vivir.

Además, la palabra tiene que presentarse, me atrevería a decir que «estamparse» en la cara.

En los ojos del que habla es donde yo quiero leer la palabra de Dios.

Ciertas caras apagadas, ciertos ojos soñolientos, ciertas miradas frías o implacables, ciertas expresiones hurañas, hacen que la palabra se oscurezca.

Entran ganas de protestar: «No siento nada porque tus ojos no hablan, porque tu cara es inexpresiva. Estoy a oscuras porque en tus ojos no hay luz».

Algunos predicadores tienen el poder de dejar helado al auditorio, porque la palabra de Dios no consigue, ni calentar su corazón, ni tampoco hacer radiante —como ocurrió con Moisés (Ex 34, 29)— la piel de su rostro.

Ni los micrófonos más sensibles, logran que se les oiga porque no tienen una «voz luminosa». No ofrecen juntamente la palabra y la luz de Dios.

Y la boca?

La boca entra relativamente.

Más aún, puede resultar incluso sospechosa.

«No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en el cielo».

Para ser acogidos por Dios, no basta con «decir», sino que hay que «hacer».

El no mira tanto las palabras que tenemos en la boca. Nos somete más bien al examen de las manos. Dios, en cierto sentido, pretende ver los callos que salen en las manos por haber tratado con su palabra.

No reconoce como «suyos» a los que «dicen», ni tampoco a los que hablan «en su nombre», sino a los que ponen en práctica la palabra que conocen y enseñan.

Dios prefiere a los «constructores».

Pero hay quienes edifican sobre la arena, ya que se limitan a oír, a hablar, a saber. Naturalmente, ese edificio es totalmente falso y peligroso (a veces hay solemnes catedrales que se tambalean), aunque sea grandioso, alto e imponente.

No aguanta cuando viene el vendaval.

Por fortuna, hay quienes edifican sobre la roca, ya que «escuchan» y «ponen en práctica». Y esa construcción se muestra sólida, a pesar de las pruebas a que se ve sometida, a pesar de las críticas que le echan encima los seguidores de las modas, de las culturas e ideologías dominantes.

El secreto de la solidez está en que se trata de una «construcción interior».

No hay que confundir, por otra parte, la casa construida sobre roca con ciertas seguridades religiosas y devocionales, que en realidad son de cartón piedra y que se derrumban con una racha de viento, no digo con un huracán.

Más pronto o más tarde esos cenáculos confortables, con las paredes rezumando intimismo y sentimentalismo, se verán atacados por algún soplo irreverente, que se divertirá derribando paredes postizas, abriendo puertas y ventanas, levantando las cortinas, tirando los visillos, apagando las velas.

Y ya nada podrá volver a ser lo que era.

Entonces nos daremos cuenta de que es bastante peligroso construir con materiales decorativos pero frágiles, que no tienen nada que ver con la robusta palabra de Dios.

¿Bendecir o ser una bendición?

«Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición...».

Habría que disipar no pocos equívocos a propósito de las bendiciones. Muchos creen que basta con pedir u obtener una bendición. No se dan cuenta de que la bendición y la maldición no vienen de fuera, sino que dependen de ellos, de las opciones que han hecho, de las decisiones que adoptan, de lo que intentan ser ellos mismos.

La bendición no se sobrepone a nuestra vida, sino que nace de dentro, en virtud de la huella que le imprimimos.

Debo confesar también que personalmente pido pocas veces la bendición a un individuo. Y desconfío instintivamente de los que reparten bendiciones —y a veces maldiciones— con asombrosa desenvoltura y con enorme generosidad.

Me contento con dar gracias a Dios cuando me encuentro con personas que «son» una bendición.

En ese caso, la bendición entendida como fórmula y como gesto resulta superflua. Porque la respiro ya, la siento encima de mí, me veo cobijado por ella, la palpo en las fibras más íntimas de mi ser. Y me siento protegido.

La maldición, entonces, no puede nada contra la barrera defensiva constituida por una criatura «de bendición». La maldición va a romperse contra el escudo que representa una huella luminosa, la sonrisa de una criatura de bendición. Y yo me siento protegido más que con una serie interminable de prácticas.

Después del evangelio, sólo el evangelio

La insistencia en la observancia de los preceptos de la ley parece estar en contradicción con la proclamación que hace Pablo de una salvación que se obtiene por la fe y no por la ley.

 

Pero esta contradicción es sólo aparente.

En realidad, el corazón de la teología paulina pone en evidencia la impotencia radical y la miseria del hombre. Todo lo que nace del hombre (prácticas, obras, prestaciones virtuosas, observancias legalistas) no determina la salvación.

La sangre de los animales derramada sobre la «cubierta» del arca (kapporeth) cede el puesto a la sangre del único Justo derramada en el Gólgota.

Sólo Cristo «cubre» los pecados de su pueblo.

El hombre «es salvado» en virtud de la fe en Jesucristo, no por lo que él consigue realizar.

Entonces, ¿es inútil el «hacer»? Ni mucho menos.

Sólo hay que tener presente que las obras no son la causa de nuestra salvación, sino su consecuencia necesaria, el signo visible de la misma.

La gratuidad del don de Dios libera al creyente de las tentaciones continuamente renovadas del legalismo, del juridicismo, de los «sistemas sacrificiales» rígidos y hasta materialistas y le hacen recobrar, junto con la libertad de hijo de Dios, el sentido de su propia responsabilidad y el gozo del compromiso.

Después del evangelio no está la ley, sino el evangelio.




 

 

DECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 

Aprender a Dios

(¡y ojo que no sea el Dios falso!)

Oseas 6, 3-6 Romanos 4, 18-25 Mateo 9, 9-13

No lo encuentro en los libros

«Esforcémonos por conocer al Señor..» Así empieza la liturgia de hoy.

Esta frase de Oseas puede ser el hilo conductor de toda nuestra reflexión.

Hoy se han multiplicado las posibilidades de conocerlo. Son innumerables los libros que hablan de él. Correos está lleno de hojas, periódicos y revistas devocionales. Tampoco escasean los programas religiosos de radio y de televisión.

Pero ¿se puede decir que conocemos más al Señor?

Digamos enseguida que el conocimiento del que hablamos no es de tipo intelectual. No se trata sólo de nociones e informaciones, de fórmulas y definiciones.

«Conocimiento» en sentido bíblico implica una relación íntima, profunda, con una persona.

Dice vínculo afectivo más que ideas.

No tanto un saber como una experiencia directa. Comunión más que cultura. Intimidad más que doctrina. Asunto del corazón más que de la mente.

No tanto búsqueda intelectual como deseo intenso, apasionado. Es necesidad de amar y no sólo de comprender.

Una sola experiencia mística vale más que toda la erudición del mundo.

El destello de un contemplativo abre una mirilla en el misterio de Dios, mientras que las doctas y sutiles elucubraciones intelectuales ni siquiera logran arañar la corteza.

La santidad de un individuo es capaz de presentarnos a Dios de forma mucho más convincente que todas las demostraciones y los tratados teológicos.

Está además el camino de la simplicidad. A veces oigo una frase pronunciada con suma naturalidad por una persona que vive de la fe, y tengo la impresión de que esas palabras me enriquecen más que muchas toneladas de libros.

Sí, esforcémonos en conocer al Señor. Y movámonos hacia él con toda la persona. No sólo con la mente. Ni confiando exclusivamente en el sentimiento.

Sobre todo, dejémonos instruir por los verdaderos expertos, que no son necesariamente los teólogos. Los maestros más acreditados en este terreno no son los que tienen la pretensión de adoctrinarnos, de enseñárnoslo todo, sino los que nos dejan vislumbrar algo, los que siembran dentro de nosotros una nostalgia.

Mientras otros estudian volúmenes y volúmenes, ellos nos permiten intuir algo a través de la secreta ventana de su propia persona.

Una facultad de teología en cada familia

La misma familia tiene que ser lugar de «conocimiento de Dios». En cada casa puede establecerse una pequeña pero importante «facultad de teología». No es necesario pedir autorizaciones, ni obtener el reconocintiento de títulos, porque no hay que dar o recibir diplomas. Basta con buscar juntos la manera de hacerse cristianos. Aprender y repetir, juntamente, la lección del único Maestro.

Las materias fundamentales deberían ser tres:

-el amor mutuo

-la oración en común

-la lectura asidua de la Escritura.

Ninguna de estas tres materias debe considerarse optativa. Ni puede aprobarse una de ellas sin las otras dos.

Una comunidad familiar crece en el conocimiento de Dios en la medida en que hay un compromiso de don recíproco, en que se descubre el gozo de «encontrarse todos» en el momento de la oración, y en que se confrontan con la palabra de Dios.

Naturalmente, este tipo de conocimiento no nos acerca sólo a Dios, sino que provoca una «vecindad» cada vez mayor, una comunión cada vez más profunda de las personas entre sí.

Dios está desengañado de nuestro amor

La acusación que Oseas dirige a nuestro conocimiento-amor es la de la evanescencia: «Vuestra misericordia es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora».

Por tanto, un amor inconsistente, provisional, epidérmico, sentimental, fluctuante, que se alimenta de emociones. Dios no puede estar satisfecho de él. Pretende otra cosa, como respuesta a su amor fiel.

El amor tiene que ser algo serio. El amor es sumamente exigente. El amor implica duración.

A diferencia de la nube mañanera que aparece en el horizonte -como si éste fuera una pasarela exhibicionista-, para desvanecerse enseguida, y a diferencia del rocío que pronto se evapora, está la lluvia benéfica que alimenta las fuentes y las cisternas, que impregna el terreno asegurando abundantes cosechas.

Dios se siente decepcionado por la poca profundidad del amor de su pueblo.

Es un pueblo superficial e inconstante. Vacío y ligero. Veleidoso, poco decidido a convertirse de veras. Ambiguo.

Dios quiere una religiosidad más interior. Más aún, afirma la primacía de esta religiosidad sobre todo el imponente aparato cultual y sacrificial.

«Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos».

Podríamos traducir literalmente: «A Dios le gusta la fidelidad, no los sacrificios».

«Oseas condena ciertamente el sacrificio sin alma, sin amor y conocimiento de Dios, una liturgia sin influjo alguno sobre la vida cotidiana y las relaciones sociales».

No se condena el sacrificio o el culto en cuanto tal. Sino que se afirma la superioridad de las disposiciones del corazón sobre las prácticas exteriores.

Dios quiere otra cosa

Los fariseos sí que estaban seguros de conocer a Dios. Pero no se planteaban el problema de si el Dios que adoraban, que imponían a los demás y al que obedecían, era el verdadero Dios o un Dios falso.

No se preguntaban si lo que ellos presentaban era «voluntad de Dios» y no más bien la expresión de sus frustraciones, miedos, mezquindades, incapacidad de amar.

No albergaban la menor duda sobre lo que ofrecían al Señor (y era mucho, sobre todo desde un punto de vista cuantitativo). Habían decidido que a Dios le agradaba precisamente eso.

Lo saben todo y no han aprendido nada. Por eso Jesús se enfrenta inexorablemente a ellos: «Andad y aprended...» (luego quizás podamos charlar y discutir sobre ello). Y les provoca con la frase de Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios».

El «conocimiento» de los fariseos presenta dos lagunas palpables, dos puntos débiles:

-Siguen, impertérritos, multiplicando y exhibiendo lo que hacen. Y no intuyen que el amor exige, no tanto cosas exteriores como el don de sí, no tanto el esfuerzo como el abandono, no tanto la dura obligación como la espontaneidad del don y la naturaleza de los comportamientos.

No se dan cuenta de que Dios quiere... otra cosa.

-No comprenden cómo el amor se manifiesta permitiendo al otro ser él mismo.

Y ellos incluso pretenderían que Dios fuera como a ellos les gusta. Lo encarcelan en sus esquemas mezquinos, en sus rígidos sistemas teológicos, en sus estrechas categorías morales, en sus códices polvorientos.

Les escandaliza que Jesús se siente a la mesa de los pecadores, porque eso desmiente su conocimiento de un Dios que se complace únicamente con la compañía de los buenos, de los piadosos, de los virtuosos.

Han establecido cómo tiene que ser Dios: a su propia imagen y semejanza.

Le han impuesto sus gustos, sus repugnancias, sus discriminaciones, su sectarismo, sus sentimientos.

Han fijado y seleccionado las compañías que él debería frecuentar y las que debería absolutamente evitar.

No consiguen aceptar a un Dios que busca a los perdidos. A ellos les gustaría imponerle que curase... a los sanos.

¡Ojalá aceptasen formar parte de esa «mala compañía»! y reivindicasen la precedencia entre ellos, dada la gravedad de su enfermedad (ya que son campeones de una religión sin misericordia)

El padre David María Turoldo escribió una oración que me parece que resume estupendamente lo que estoy intentando decir. Es ésta:

«El problema no eres tú, Señor: si existes o no existes.

El verdadero problema es a qué Dios adorar: si eres un Dios verdadero o un Dios falso; porque es el hombre el que lo paga.

Tu Cristo fue matado en nombre de Dios, y es el nombre más cubierto de sangre de la tierra; por eso es ahora un nombre que ya no dice nada.

¡Oh Dios verdadero, Dios de Cristo, haz que te conozcamos y te confesemos con la vida!».

Dejó el sitio libre y alguien corrió a ocuparlo...

«Vio Jesús a un hombre que se llamaba Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: ¡Sígueme! El se levantó y lo siguió...».

Mateo, ¿qué hiciste al dejar el sitio libre? Muchos corrieron a ocuparlo. Y como no podían ocuparlo todo al mismo tiempo, crearon otros muchos.

Tú, cuando respondiste a la voz de Cristo que «pasaba», dejaste de ser un empleado, un sedentario. Te hiciste itinerante como él. Otros, por el contrario, parece que descubrieron la vocación burocrática del sedentarismo, adquiriendo una mentalidad de oficinistas. Confundieron aquella llamada -«Sígueme»-con esta otra: «Siéntate».

Tú, cuando «conociste el amor», dejaste inmediatamente de hacer cuentas, cerraste definitivamente los libros de contabilidad.

Por desgracia, otros se han especializado en hacer cuentas, en cobrar impuestos, en imponer duros gravámenes religiosos, en cargar tributos de diverso tipo en nombre de Dios (y a veces precisamente aquellos tributos onerosos que Dios no quiere: «Misericordia quiero y no sacrificios...»).

Mateo, ¿por qué no quemaste aquellos malditos registros? Alguien los ha recuperado, los ha puesto al día, sustituyendo el nombre de César o de Herodes por el de Dios. Y en esos registros se siguen alineando cifras, recopilando estadísticas, escribiendo reglas minuciosas, trascribiendo declaraciones, elaborando documentos destinados a llenar otros registros de doctos y pedantes comentarios.

Mateo, tú te hiciste evangelista, anunciador de la «buen nueva». Otros han tomado tu puesto en la oficina y se han convertido en «contables de Dios», en «notarios del Reino».

Tú obedeciste a Cristo y por tanto a la invitación de caminar. Muchos de nosotros, por el contrario, nos hemos establecido y no hay quien nos mueva de la mesa, de la silla, quien nos quite de la mano los libros contables, los códigos, las páginas manchadas de tinta... y los micrófonos. Y ahora que está el ordenador, andamos continuamente tecleando, sin salir nunca a la calle.

Si Jesús «pasase» hoy por nuestros pagos, en vez de levantamos y ponernos a seguirle, dejando de buen grado a las espaldas los libros y las hojas volantes, le invitaríamos a... sentarse. En nuestro despacho siempre queda un sitio para él, con tal que esté dispuesto a «razonar», a discutir, a comentar, a interpretar, a declarar y a interesarse por nuestra contabilidad.

Mateo, por favor, haznos comprender que existe una incompatibilidad entre el «seguir» y el «quedarse sentado» cada uno en su sido, entre el evangelio y la escribanía.

Haznos comprender que entre el Cristo que «pasa» y nosotros siempre hay en medio una silla y una mesa que nos estorba.

Esperar contra...

Así pues, amar significa «conocer», sufrir la fascinación de una persona, no quedarse uno en su sitio, ponerse en camino, no calcular, cerrar los libros de registro.

Pero el conocimiento-amor tiene como nervio la fe y la esperanza. La fe y la esperanza juntamente: no pueden separarse las virtudes teologales.

La fe-esperanza robustece el amor. Y el amor hace crecer la fe-esperanza.

Es lo que nos recuerda Pablo en la segunda lectura, refiriéndose a la aventura de Abrahán.
Subrayemos esos verbos característicos: «No vaciló». La fe-esperanza permanece intacta cuando todo se derrumba, cuando todo falla. Abrahán hace florecer la esperanza en su propio cuerpo apagado y en el seno agotado de su propia esposa. La esperanza hunde, por así decirlo, sus raíces en los escombros.

«Creyó contra toda esperanza». Se trata de proseguir el camino cuando la meta parece inalcanzable, cuando todo se hace más difícil e incluso imposible, cuando las previsiones son más oscuras.

«No vaciló en la fe». La fe no se nutre de seguridades, ni tampoco de pruebas y demostraciones lógicas, ni mucho menos de signos prodigiosos.

La fe de Abrahán se consolidó en la inseguridad, en los elementos contrarios, en los retrasos, en las contradicciones.

Abrahán no pretende garantías suplementarias.

Le basta con la promesa de Dios. Siempre y solamente eso. Sin añadidos. Sin más puntales.

Sobre todo, y es ésta la prueba más ardua, «creyó contra toda esperanza». Abrahán espera de verdad solamente cuando falla «su» esperanza y se apagan «sus» esperanzas.

En efecto, la esperanza no sigue la línea de nuestras esperanzas. Nuestras esperanzas se basan en el cálculo de posibilidades o de probabilidades, o bien se confían a un golpe de suerte.

Es como si Pablo afirmara paradójicamente: «Superando la esperanza con la esperanza». O sea, superando la esperanza de lo posible con la esperanza de lo imposible.

La verdadera esperanza se ve siempre desmentida por la racionalidad humana, burlada por los cálculos prudentes, mortificada por la realidad más brutal.

Nosotros preferiríamos «esperar según toda (nuestra) esperanza». Pero se trata de esperar contra...

Nos gustaría una esperanza «estimulada».

Pero el creyente tiene el coraje de esperar cuando las circunstancias se conjuran para hacerle desistir y cuando a las personas razonables (¡y piadosas!) les gustaría trasformarlo en un resignado.

Ciertamente, es interesante pensar que todo comenzó con la decrepitud de dos individuos: Abrahán y Sara.

Todo parte de la impotencia.

Todavía más paradójicamente, en el nuevo testamento, la vida nace y celebra su triunfo en un sepulcro.

Desde la orilla de las posibilidades humanas a la de lo imposible se ha tendido ya un puente. Pero solamente la fe-esperanza consigue divisarlo.

Cuando el hombre deja de estar seguro sobre la historia que él puede construir, entonces se manifiesta la fuerza de la resurrección.
 

 

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