6

 

Esperanza humana

Esperanza cristiana

Un ejemplo famoso

Nuestro corazón inquieto

Importancia de la esperanza

Sembradores de esperanza

 

Signos de resurrección

 

 

 

Un cuento zen

 

Necesitamos aprender a valorar lo positivo que hay en nuestro entorno vital. Parece como si lleváramos gafas negras, porque siempre vemos con más facilidad lo malo que lo bueno.

Pues bien, precisamente porque las cosas ocurren así, necesitamos adquirir esforzadamente el hábito contrario, ese hábito que acertó a simbolizar muy bien un cuento zen al que yo tengo mucha simpatía:

"Un hombre que caminaba por el campo se encontró de improviso con un tigre. Echó a correr, perseguido de cerca por la fiera. Llegó a un precipicio, se agarró a la raíz de una vid salvaje, y quedó colgado entre el cielo y la tierra.

El tigre le olfateaba desde lo alto. Temblando de miedo, el hombre miró hacia abajo donde, al fondo del abismo, otro tigre lo esperaba para devorarlo. Solamente se sostenía gracias a aquella raíz. Dos ratones, uno blanco y otro negro, comenzaron a roer poco a poco la vid. El hombre descubre a su lado una fresa estupenda. Agarrándose a la vid con una mano, con la otra cogió la fresa. ¡Qué dulce estaba!".

 

Así de tontamente acaba. Pero, ¡qué lección más bonita! En cualquier situación, por apurada que parezca, hay, por lo menos, una fresa. Y es tarea sublime la de aquellos que ayudan a sus semejantes a descubrir la fresa y saborearla.

Merecerían ser azotados, en cambio, quienes se han empeñado en recordarnos a tiempo y a destiempo cuántos tigres y ratones nos rodean.

Naturalmente, la lucidez ante el mal y la crítica del mismo serán siempre necesarias. Pero no se trata de criticar despiadadamente desde la distancia insolidaria.

En los profetas del Antiguo Testamento la denuncia del mal iba acompañada siempre del anuncio de la salvación. Pablo aconsejaba: "No salgan de vuestra boca palabras dañosas; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno; así hará bien a los que os escuchen" (Ef 4, 29). Y en otro lugar: "Animaos mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis" (1 Tes 5, 11).

La actitud de Jesús de Nazaret fue siempre así. Al hijo pródigo, que vuelve a la casa paterna, no se le impone ninguna penitencia, sino que es recibido con un banquete (Lc 15,11-24). Jesús invitaba a vivir más la pasión por lo que sucederá que el tormento por lo que ha sucedido. A la mujer adúltera y a muchos otros les dijo: "Vete, y (simplemente) no peques más" (Jn 8, 11).

Esto es muy importante. Normalmente la esperanza nos la otorgan otros. El hombre siempre "vive de crédito"; del crédito que le conceden los demás. Podemos matar a una persona "retirándole el crédito"; no esperando ya nada de ella, no concibiendo para ella ningún futuro.

Pensemos en todos esos matrimonios acostumbrados que están sentados uno enfrente de otro pero ni se miran ni se escuchan. ¡Se han visto ya tanto! Cuando uno empieza a hablar, el otro piensa por dentro: "Vamos a ver qué tontería dirá ahora". Se hacen así -cruel oficio- asesinos de posibilidades. Lo sepan o no, se están quitando la vida uno a otro.

En cambio, las personas con capacidad de acogida siembran esperanza alrededor. Me refiero a todas esas personas que saben escuchar desde la cercanía, sin actitudes interesadas ni controladoras. Dice San Pablo que el amor "espera siempre". (1 Cor 13, 7). Por muy abatida que se encuentre una persona, si descubre que no está sola, que hay alguien que la quiere, confía en ella y seguirá haciéndolo pase lo que pase, despuntará la esperanza a su corazón.

Muchas personas que están sufriendo un grave problema se encuentran hundidas y viven desesperanzadas porque ven toda su existencia a la luz de ese problema y, por lo tanto, lo ven todo negro. Esas personas podrían recuperar la esperanza si hay alguien que se interesa no solamente por ese problema, sino por el conjunto de su vida. No se trata de quitar importancia al problema que padece. Si tiene importancia hay que dársela. Se trata más bien de invertir la perspectiva:

No ver toda la vida a la luz de ese problema,

sino ver el problema a la luz del conjunto de su vida.

 

 

 Signos de resurrección

 

Cuando se trate de personas creyentes, resultará mucho más fácil fomentar actitudes esperanzadas incluso en aquellas situaciones que humanamente no tienen salida: el SIDA, el cáncer terminal, etc.

Alguien ha dicho que el optimista es un tonto feliz; es decir, alguien que, como no ve las cruces de las que está sembrada la vida, vive feliz. En tal caso el pesimista sería un listo desgraciado; alguien a quien la lucidez le impide ser feliz. La postura del cristiano se distingue de ambos. Si el optimista no ve la cruz y el pesimista ve únicamente la cruz, el cristiano ve la cruz, pero también más allá de la cruz. Por eso, puede esperar -como decía San Pablo- "contra toda esperanza" (Rom 4, 18).

Es necesario descubrir los diversos signos de resurrección que existen bajo las apariencias de muerte. Todo puede ir a peor, en nuestra vida personal y en la sociedad; se pueden desmoronar nuestras expectativas y venirse abajo nuestras seguridades; llegará quizás la oscuridad, el dolor, la vejez. Lo importante en tales casos es que "el hombre interior", que vive de la fe, no se desmorone. "Aunque nuestro exterior se va desmoronando -dice San Pablo-, lo interior se renueva de día en día" (2 Cor 4, 16).

 

El Segundo Isaías parece suponer que la capacidad para animar a los demás es un don de Dios cuando afirma:

"El Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento" (Is 50, 4).

Yo le pido a Dios que cada mañana nos conceda a todos nosotros ese don.

 

Inicio