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Un
cuento zen
Necesitamos
aprender a valorar lo positivo que hay en nuestro entorno vital. Parece como
si lleváramos gafas negras, porque siempre vemos con más facilidad lo malo que
lo bueno.
Pues bien, precisamente porque las cosas ocurren así, necesitamos
adquirir esforzadamente el hábito contrario, ese hábito que acertó a
simbolizar muy bien un cuento zen al que yo tengo mucha simpatía:
"Un
hombre que caminaba por el campo se encontró de improviso con un tigre. Echó a
correr, perseguido de cerca por la fiera. Llegó a un precipicio, se agarró a
la raíz de una vid salvaje, y quedó colgado entre el cielo y la tierra.
El
tigre le olfateaba desde lo alto. Temblando de miedo, el hombre miró hacia
abajo donde, al fondo del abismo, otro tigre lo esperaba para devorarlo.
Solamente se sostenía gracias a aquella raíz. Dos ratones, uno blanco y otro negro,
comenzaron a roer poco a poco la vid. El hombre descubre a su lado una fresa
estupenda. Agarrándose a la vid con una mano, con la otra cogió la fresa.
¡Qué dulce estaba!".
Así de
tontamente acaba. Pero, ¡qué lección más bonita! En cualquier situación,
por apurada que parezca, hay, por lo menos, una fresa. Y es tarea sublime la de
aquellos que ayudan a sus semejantes a descubrir la fresa y saborearla.
Merecerían ser azotados, en cambio, quienes se han empeñado en recordarnos
a tiempo y a destiempo cuántos tigres y ratones nos rodean.
Naturalmente, la
lucidez ante el mal y la crítica del mismo serán siempre necesarias. Pero no
se trata de criticar despiadadamente desde la distancia insolidaria.
En los
profetas del Antiguo Testamento la denuncia del mal iba acompañada siempre
del anuncio de la salvación. Pablo aconsejaba: "No salgan de vuestra boca
palabras dañosas; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno; así hará
bien a los que os escuchen" (Ef 4, 29). Y en otro lugar: "Animaos
mutuamente y ayudaos unos a otros a crecer, como ya lo hacéis" (1 Tes 5,
11).
La actitud de
Jesús de Nazaret fue siempre así. Al hijo pródigo, que vuelve a la casa paterna, no se
le impone ninguna penitencia, sino que es recibido con un banquete (Lc
15,11-24). Jesús invitaba a vivir más la pasión por lo que sucederá que el
tormento por lo que ha sucedido. A la mujer adúltera y a muchos otros les dijo:
"Vete, y (simplemente) no peques más" (Jn 8, 11).
Esto es muy
importante. Normalmente la esperanza nos la otorgan otros. El hombre siempre
"vive de crédito"; del crédito que le conceden los demás. Podemos
matar a una persona "retirándole el crédito"; no esperando ya nada
de ella, no concibiendo para ella ningún futuro.
Pensemos en todos esos
matrimonios acostumbrados que están sentados uno enfrente de otro pero ni se
miran ni se escuchan. ¡Se han visto ya tanto! Cuando uno empieza a hablar, el
otro piensa por dentro: "Vamos a ver qué tontería dirá ahora". Se
hacen así -cruel oficio- asesinos de posibilidades. Lo sepan o no, se están
quitando la vida uno a otro.
En cambio, las
personas con capacidad de acogida siembran esperanza alrededor. Me refiero a
todas esas personas que saben escuchar desde la cercanía, sin actitudes
interesadas ni controladoras. Dice San Pablo que el amor "espera
siempre". (1 Cor 13, 7).
Por muy abatida que se encuentre una persona, si descubre que no está sola,
que hay alguien que la quiere, confía en ella y seguirá haciéndolo pase lo
que pase, despuntará la esperanza a su corazón.
Muchas
personas que están sufriendo un grave problema se encuentran hundidas y viven
desesperanzadas porque ven toda su existencia a la luz de ese problema y, por
lo tanto, lo ven todo negro. Esas personas podrían recuperar la esperanza si
hay alguien que se interesa no solamente por ese problema, sino por el
conjunto de su vida. No se trata de quitar importancia al problema que padece.
Si tiene importancia hay que dársela. Se trata más bien de invertir la
perspectiva:
No ver toda la vida a la luz de ese problema,
sino ver el problema
a la luz del conjunto de su vida.
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