NO SE PUEDE VIVIR SIN ESPERANZA

 

 

        

Esperanza humana

Esperanza cristiana

Un ejemplo famoso

Educar la esperanza

Importancia de la esperanza

Sembradores de esperanza

Un cuento Zen

Signos de resurrección

 

 

 

NUESTRO CORAZÓN INQUIETO

 

Es curioso que, a pesar de haberse hecho ya realidad tantas esperanzas de los hombres y mujeres que nos precedieron, seguimos insatisfechos. 

Antes o después acaba apareciendo siempre un cierto desencanto.

Es obvio que para desencantarse es necesario haber estado previamente encantados. 

El Diccionario de la Real Academia explica que "encantar", en sentido figurado, equivale a "cautivar toda la atención de una persona". 

Han sido, en efecto, muchas las metas que durante un tiempo cautivaron por completo nuestra atención. Invariablemente, cuando llevábamos algún tiempo disfrutándolas, nos sobrevino el desencanto porque las cosas no marchaban conforme a lo esperado, sin que supiéramos precisar muy bien qué era "lo esperado" y qué cosas concretas habían resultado fallidas. 

Pongamos algunos ejemplos. 

Esperamos una vida larga, y ahora que nuestra esperanza de vida al nacer es de las más altas del Planeta (78,85 años), empezamos a descubrir los problemas derivados:

- ancianos sin cariño, 

- envejecimiento de la población, 

- gastos sociales insoportables, etc.). 

Pusimos grandes esperanzas en el ejercicio democrático de la política y hoy vemos por todas partes personas desencantadas. 

También esperamos mucho de la técnica, pero igualmente ha resultado insuficiente y generadora de dependencias despersonalizantes. 

Acierta, sin duda, aquel refrán que dice: 

"El bien, esperado sabe mejor que gozado". 

 

La esperanza desborda cuantas metas se propone el hombre en el mismo momento en que las va alcanzando.

Por lo general, la insatisfacción que experimentamos poco tiempo después de haber alcanzado una meta, hace que aspiremos en seguida a otra meta más alta. ¿Estaremos, quizás, ante un truco de la naturaleza para mantener al hombre en actitud de constante superación? ¿O será, quizás, una vocación que el mismo Dios ha inscrito en el deseo humano? 

Estamos ya en condiciones de comprender lo que ocurre: 

Las conquistas científicas y sociales han logrado dar "respuestas" a no pocas carencias del ser humano, pero no son "la respuesta" capaz de sosegarnos. Nos son útiles, pero no nos resultan definitivas.

 

 

 

 

 

 

 

 

Además, por muy vasto y rápido que sea el progreso científico y técnico, nunca logrará liberar a la humanidad de su limitación radical, que tiene un nombre muy anterior a todos los descubrimientos del mundo moderno: la muerte. 

Los sueros y la elevación del nivel de vida han logrado retrasarla unos cuantos años, pero no han conseguido acabar con ella. La ley de la mortalidad humana es la más constante de la historia. Hoy, como en la edad de las cavernas, la relación de muertos en relación a los nacimientos no ha variado: el cien por cien. 

Y, sin embargo, el hombre descubre en sí mismo un anhelo de infinito. 

Pues bien, ese deseo de infinito no es una pasión inútil, como pensaba Sartre, ni un espejismo psicológico, sino un impulso que Dios mismo ha impreso en el hombre. Estando hechos a imagen de Dios, tenemos una capacidad de deseo infinito; y sólo el Dios infinito puede saciarnos completamente. San Agustín lo dijo maravillosamente: 

"Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".

 

Ahora podemos comprender mejor lo que quiere decir Pablo cuando habla del "Dios de la esperanza" (Rom 15, 13). Ese genitivo tiene una doble significación: por un lado, Dios es el sujeto, el autor, el dador de la esperanza, el que nos invita a soñar; pero, por otro, Dios es también el objeto, el contenido final de nuestra esperanza. 

La promesa de Dios y el Dios de la promesa coinciden.

 

Dios es el contenido final de nuestra esperanza, pero "final" no quiere decir "único". 

Ya explicamos al principio que la esperanza cristiana no suprime las esperanzas humanas, sino que las presupone y perfecciona.

En realidad, el cristiano vive tanto la esperanza, que todo hombre que habla ese lenguaje le resulta hermano: 

"Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón". 

Eso no quiere decir que no existan diferencias entre las distintas formas de esperar. Aun con el riesgo de resultar excesivamente esquemático, podríamos caracterizar así las tres esperanzas tipo de la humanidad:  

Esperanza hinduista: Una esperanza en el "más allá" sin importar el "más acá".  

Esperanza marxista: Una esperanza en el "más acá" sin importar el "más allá".  

Esperanza cristiana: Una esperanza en el "más allá" que arranca en el "más acá".