|
NUESTRO
CORAZÓN INQUIETO
Es curioso
que, a pesar de haberse hecho ya realidad tantas esperanzas de los hombres y
mujeres que nos precedieron, seguimos insatisfechos.
Antes o
después acaba apareciendo siempre un cierto desencanto.
Es obvio que
para desencantarse es necesario haber estado previamente encantados.
El Diccionario
de la Real Academia explica que "encantar", en sentido figurado,
equivale a "cautivar toda la atención de una persona".
Han
sido, en efecto, muchas las metas que durante un tiempo cautivaron por
completo nuestra atención. Invariablemente, cuando llevábamos algún
tiempo disfrutándolas, nos sobrevino el desencanto porque las cosas no
marchaban conforme a lo esperado, sin que supiéramos precisar muy
bien qué era "lo esperado" y qué cosas concretas habían
resultado fallidas.
Pongamos
algunos ejemplos.
Esperamos
una vida larga, y ahora que nuestra esperanza de vida al nacer es de las
más altas del Planeta (78,85 años), empezamos a descubrir los
problemas derivados:
-
ancianos sin cariño,
-
envejecimiento de la población,
-
gastos sociales insoportables, etc.).
Pusimos
grandes esperanzas en el ejercicio democrático de la política y hoy
vemos por todas partes personas desencantadas.
También
esperamos mucho de la técnica, pero igualmente ha resultado
insuficiente y generadora de dependencias despersonalizantes.
Acierta,
sin duda, aquel refrán que dice:
"El
bien, esperado sabe mejor que gozado".
La
esperanza desborda cuantas metas se propone el hombre en el mismo
momento en que las va alcanzando.
Por lo
general, la insatisfacción que experimentamos poco tiempo después de haber
alcanzado una meta, hace que aspiremos en seguida a otra meta más alta.
¿Estaremos, quizás, ante un truco de la naturaleza para mantener al hombre en
actitud de constante superación? ¿O será, quizás, una vocación que el mismo
Dios ha inscrito en el deseo humano?
Estamos ya en
condiciones de comprender lo que ocurre:
Las conquistas
científicas y sociales han logrado dar "respuestas" a no pocas
carencias del ser humano, pero no son "la respuesta" capaz de
sosegarnos. Nos son útiles, pero no nos resultan definitivas.

Además, por
muy vasto y rápido que sea el progreso científico y técnico, nunca logrará
liberar a la humanidad de su limitación radical, que tiene un nombre muy
anterior a todos los descubrimientos del mundo moderno: la
muerte.
Los sueros y
la elevación del nivel de vida han logrado retrasarla unos cuantos años, pero
no han conseguido acabar con ella. La ley de la mortalidad humana es la más
constante de la historia. Hoy, como en la edad de las cavernas, la relación de
muertos en relación a los nacimientos no ha variado: el cien por cien.
Y, sin
embargo, el hombre descubre en sí mismo un anhelo de infinito.
Pues bien, ese
deseo de infinito no es una pasión inútil, como pensaba Sartre, ni un
espejismo psicológico, sino un impulso que Dios mismo ha impreso en el hombre.
Estando hechos a imagen de Dios, tenemos una capacidad de deseo infinito; y
sólo el Dios infinito puede saciarnos completamente. San Agustín lo dijo
maravillosamente:
"Nos
hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en
ti".
Ahora podemos
comprender mejor lo que quiere decir Pablo cuando habla del "Dios de la
esperanza" (Rom 15, 13). Ese genitivo tiene una doble significación: por
un lado, Dios es el sujeto, el autor, el dador de la esperanza, el que nos
invita a soñar; pero, por otro, Dios es también el objeto, el contenido final
de nuestra esperanza.
La promesa
de Dios y el Dios de la promesa coinciden.
Dios es el contenido final
de nuestra esperanza, pero "final" no quiere decir
"único".
Ya explicamos
al principio que la esperanza cristiana no suprime las esperanzas humanas, sino
que las presupone y perfecciona.
En realidad,
el cristiano vive tanto la esperanza, que todo hombre que habla ese lenguaje le
resulta hermano:
"Los
gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro
tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y
esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay
verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón".
Eso no quiere
decir que no existan diferencias entre las distintas formas de esperar. Aun con
el riesgo de resultar excesivamente esquemático, podríamos caracterizar así
las tres esperanzas tipo de la humanidad:
Esperanza
hinduista: Una esperanza en el "más
allá" sin importar el "más acá".
Esperanza
marxista: Una esperanza en el "más acá" sin importar el "más
allá".
Esperanza
cristiana: Una esperanza en el "más allá" que arranca en el
"más acá".

|