No se puede vivir sin esperanza

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Esperanza humana

Un ejemplo famoso

Esperanza cristiana

Nuestro corazón inquieto

Educar la esperanza

SEMBRADORES DE ESPERANZA

Un cuento Zen

Signos de resurrección

   

 

 

IMPORTANCIA DE LA ESPERANZA

 

 

Ese clima desesperanzado que hemos visto en "Educar la esperanza", es muy grave.

El ser humano no puede vivir sin esperanza o esperanzas; bien sean esperanzas menudas o vitales, esperanzas a corto plazo o esperanza escatológica.

Dante Alighieri coloca en el frontispicio del infierno el siguiente mensaje: "Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza".

 

Y, de hecho, una vida sin esperanza es como un infierno anticipado.

 

Me atrevo a decir que la esperanza es el elixir de la eterna juventud.

 

Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, reflexionó sobre la virtud esperanzadora de la juventud, el vino y otras influencias corporales. Dejando ahora a un lado lo del vino, parece claro que una diferencia antropológica entre el joven y el anciano es que el primero tiene la vida por delante y el segundo la tiene ya a sus espaldas.

El primero hace planes para el futuro y el segundo vive de recuerdos.

Pero esto nos lleva a afirmar que ni la juventud ni la vejez son prioritariamente una cuestión de años.

Se es joven mientras se hacen proyectos para el futuro y se tienen ilusiones. Por eso, podemos decir que la esperanza es el elixir de la eterna juventud.

 

"El tiempo que se pasa esperando no envejece el hombre".

 

En cambio, cuando desaparece la esperanza, la persona se marchita, se reseca y muere.

La imagen empleada por el profeta Ezequiel para describir el estado de ánimo de los israelitas en el exilio no puede ser más expresiva:

"Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo se ha acabado para nosotros" (Ez 37, 11).

 

La persona esperanzada, por el contrario, es una persona alegre. Por mala que sea su situación, la encontramos serena porque vive en "víspera del gozo", en expresión feliz.

Los que esperan son las personas más fuertes de la tierra.

La esperanza es una fuente tan poderosa de vitalidad que si un enfermo no espera ya nada «se deja morir".

Cuando Don Quijote perdió "la ilusión" -recordemos: "yo ya no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano"-, Sancho, sabiendo que sin ilusión no se puede vivir, intentó animarle: "¿Qué tonterías dice, mi señor? ¿cómo no va a ser Don Quijote? venga, venga, vamos, ánimo, que la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía..."

Así son las cosas:

El que espera llegar a la meta, camina.

Y al que le desaparece la esperanza se le quiebran las piernas.

Ocurre lo mismo a nivel colectivo. Fue la energía inmensa de la esperanza quien sacó a la humanidad de las cavernas, la puso en marcha por los caminos de la historia y la empuja hacia un futuro siempre mejor.

Cuando una sociedad pierde la esperanza carece de futuro, porque languidece su vitalidad y se paralizan sus iniciativas.

 

 

SEMBRADORES DE ESPERANZA

 

Si esto es así, porque lo necesita tanto la salud psíquica de las personas como la de las sociedades, debemos proceder a una siembra de esperanza en nuestro mundo.

"Sólo a causa de los que están sin esperanza nos es dada la esperanza". Veamos cómo podemos ser fuente de esperanza para otros.

 

Quizás podríamos empezar por no hacer a nadie la vida más difícil de lo que ya es de por sí.

Y

por no contaminar todavía más el ambiente con nuestro propio pesimismo, con nuestra amargura, porque acabaríamos creando entre todos un clima verdaderamente irrespirable.

 

La esperanza, es muy frágil y delicada:  "la niña esperanza". Requiere ser tratada con mucho cuidado.

Y muchas veces, con nuestra visión negativa de las cosas y nuestras interpretaciones maliciosas no la dejamos crecer.

Aparte de que, actuando de este modo, ponemos de manifiesto lo feos que somos nosotros mismos por dentro.

"Para los limpios todo es limpio -dice San Pablo-; en cambio, para los sucios y faltos de fe, no hay nada limpio, porque tienen sucia su mente y su conciencia" (Tit 1, 15).