NO SE PUEDE VIVIR SIN ESPERANZA

 

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Esperanza humana

Un ejemplo famoso

Nuestro corazón inquieto

Educar la esperanza

Importancia de la esperanza

Sembradores de esperanza

Un cuento Zen

Signos de resurrección

 

 

 

Esperanza cristiana

 

En unos versos muy conocidos, Charles Péguy nos mostraba al mismo Dios sorprendido por la esperanza de los hombres.

Recordémoslos:

 

"La virtud que más me gusta, dice Dios, es la esperanza.

La fe no me sorprende. No me resulta sorprendente.

Resplandezco tanto en mi creación...

y sobre todo en los niños, mis criaturas,

sobre todo en la mirada y en la voz de los niños,

que, en verdad, para no verme

sería necesario que los hombres estuvieran ciegos.

La caridad, dice Dios, no me sorprende.

No me resulta sorprendente.

Esas pobres criaturas son

tan desdichadas que, a menos de tener

un corazón de piedra,

¿cómo no iban a tener caridad unas con otras?

Pero la esperanza, dice Dios,

sí que me sorprende.

Me sorprende hasta a mí mismo.

Que esos pobres hijos vean

cómo marchan hoy las cosas

y crean que mañana irá todo mejor,

esto sí que es sorprendente y es,

con mucho, la mayor maravilla

de nuestra gracia.

Esa pequeña esperanza que parece

una cosita de nada,

esta pequeña niña esperanza,

inmortal..."

 

Vamos a fijarnos en estos dos versos:

 

"Que esos pobres hijos vean cómo marchan hoy las cosas y crean que mañana irá todo mejor, esto sí que es sorprendente".

 

Esta es la cuestión: ¿Hay o no motivo para pensar que mañana todo irá mejor?

Un profesor de universidad, se preguntaba:

 

"¿Puede quedar defraudada la esperanza?".

Y respondía:

"Sí, y para honra suya, pues, si no pudiera quedar defraudada, no sería esperanza".

 

Desde el punto de vista filosófico la respuesta es, sin duda, impecable:

Si no pudiera quedar defraudada sería extrapolación científica o cualquier otra cosa, pero no esperanza.

Sin embargo, para el cristiano la respuesta es un poco distinta:

 

Pueden quedar defraudadas las esperanzas, pero no la esperanza, porque Dios está con nosotros.

 

La gran originalidad de la Biblia consiste, por tanto, en dar testimonio no ya de la esperanza de los hombres, de sus deseos y proyectos, por muy altos que sean, sino fundamentalmente de la esperanza de Dios para nosotros.

Al abrir la Biblia nos sorprende encontrar continuamente seres humanos enfrentados a un Dios que en ellos espera algo para ellos, con ellos y a veces contra ellos.

Siempre me gustaron especialmente aquellos versos del Segundo Isaías que dicen:

"Los jóvenes se cansan, se fatigan;

los valientes tropiezan y vacilan;

pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,

suben con alas como de águila,

corren sin cansarse,

marchan sin fatigarse" (Is 40, 30-31)

 

Cuando los israelitas vivían resignados en Egipto, Dios les invitó a soñar prometiéndoles "una tierra que mana leche y miel" (Ex 3, 8).

Más tarde les hizo soñar con un tiempo en que "revivirán tus muertos, revivirán tus cadáveres y despertarán jubilosos los que habitan en el polvo" (Is 26, 19).

Casi me atrevería a decir que, hasta el presente, el cristianismo es quien ha tomado más en serio al hombre soñador. Recordemos aquello de San Pablo:

"Ni ojo nunca vio, ni oído oyó nunca, ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para quienes lo aman" (1 Cor 2, 9).

 

Muchas de las esperanzas que impulsaron a las generaciones que nos precedieron ya se han hecho realidad y otras se irán haciendo.

El cristiano sabe que Dios está detrás de todo ello, aunque muchos hombres no lo sepan.

La verdad es que, en algunos momentos, la situación aparece tan negra que -como escribió Gabriel Marcel-

"la esperanza no es posible sino en un mundo en el que hay lugar para el milagro".

Por eso decía el filósofo francés -y antes lo había dicho ya San Agustín- que

"la zona de la esperanza es también la de la plegaria".

Pero, evidentemente, eso no invita en absoluto a cruzarse de brazos. Como dijeron muy bien los teólogos medievales,

"cuando Dios trabaja, el hombre suda".