|
Dice un refrán que "mientras
hay vida, hay esperanza".
Es tanto
como decir que la esperanza pertenece inseparablemente a la existencia
humana, forma parte de su esencia.
Así es,
en efecto: ¿acaso no espera el lactante el pecho de su madre? ¿y el niño
pequeño no espera mantenerse en pie y caminar? ¿no espera el enfermo
ponerse bien; el prisionero, quedar libre; y el hambriento, comer?
El sujeto de la
esperanza es, por tanto, el ser humano. Todo ser humano.
En cuanto
a los objetos de esperanza, pueden ser muy diversos: cosas, deseos,
ilusiones, metas... Sin embargo, para que algo sea objeto de esperanza
debe reunir cinco condiciones:
-
Que sea un bien (un
mal no lo esperamos, lo tememos).
-
Que sea futuro
(lo que ya tenemos no lo esperamos, lo disfrutamos).
-
Que sea
necesario (un capricho no lo esperamos, se nos antoja).
-
Que sea posible
(lo imposible no lo esperamos, nos desespera).
-
Que sea difícil
de conseguir (lo que está al alcance de nuestra mano no lo
esperamos, lo codiciamos).
Naturalmente,
según sea el contenido de lo que esperamos, así será la calidad
humana de nuestra esperanza.
Para
esperar no basta tener anhelos y deseos. "De ser así quienes
desean tener más y mejores automóviles, casas y artefactos eléctricos
serían individuos esperanzados".
Para que
a un anhelo le cuadre el nombre de esperanza debe tener como objetivo "una
vida más plena", el
deseo de ser -no de tener- más.
Las
personas esperanzadas son necesariamente inconformistas. Como anhelan
una vida más plena, no pueden contentarse con la realidad actual: ni
con la suya propia ni con la del mundo exterior.
En
realidad, la esperanza de lo nuevo y la insatisfacción por lo viejo
nacen juntas.
Las
personas esperanzadas son pacientes. Comprenden que los espárragos no
crecen más deprisa por tirar de ellos hacia arriba y saben dar
importancia al tiempo necesario para que maduren sus proyectos. Nada más
lejos de la esperanza que el "ahora mismo" de los
impacientes.
La esperanza es el
sueño de un hombre despierto.
 |