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EDUCAR LA
ESPERANZA
En los años 60 "se tenía esperanza con la
misma
naturalidad que se disponía de bazo o de piernas".
Los que entonces
éramos jóvenes creíamos apasionadamente en la posibilidad de cambiar el
mundo.
Desde
el punto de vista eclesial la década de los 60 estuvo llena de ilusiones.
Fueron los años del Vaticano II. En definitiva, un tiempo relativamente feliz
de expansión material y espiritual, dominado por un clima de optimismo ante
el futuro.
En cambio, hoy
la situación ha cambiado por completo. En todos los ámbitos de nuestra vida
-desde el político hasta el eclesiástico, desde el sindical hasta el cultural- se escucha el
mismo quejido: "¡no es eso, no es eso!".
En nuestros
días todo el mundo parece estar de vuelta de todo, y la mayoría sin haber
llegado antes a ninguna parte.
La falta de
esperanza puede manifestarse de dos formas: como desesperanza o como
desesperación.
Semánticamente
ambas palabras son idénticas, pero el uso les
ha ido dando significados distintos.
La desesperación es el resultado de una
situación que no parece tener salida y produce
agresividad, bien sea hacia uno mismo, que en ocasiones llega incluso al
suicidio; bien sea hacia los demás.
A la desesperanza se llega, en cambio,
por una acumulación de desilusiones y se traduce en una aceptación resignada
de la situación. Puede conducir a la depresión; pero también puede
mostrar el rostro de la renuncia sonriente: "buenos
días, tristeza".
Esa fue
también la opción de Sartre:
Ni
esperanza ni desesperación, sino desesperanza.
La diferencia
que acabamos de ver entre desesperanza y desesperación, cuando se manifiesta no
en los individuos, sino en el conjunto de la sociedad da lugar a los fenómenos
que Nietzsche caracterizó como "nihilismo fatigado" y
"nihilismo activo".
Aquí no se toma "nihilsimo"
como negando la posibilidad de cualquier conocimiento; ni negando la realidad del
mundo exterior, sino en el sentido
ético, es decir, el convencimiento de que la realidad es absolutamente
insostenible.
Pero esa convicción,
pensamos que se vive de dos
formas:
Como nihilismo
fatigado, que es la actitud de nuestras sociedades occidentales. Son
sociedades que no esperan del futuro más que el eterno retorno de lo igual.
O bien puede
manifestarse como nihilismo activo, que adquiere exactamente el disfraz
opuesto, es decir, el disfraz del desprecio por la realidad y la violencia
terrorista.
Alguien podría pensar que los
terroristas tienen proyectos y
son, por lo tanto, personas esperanzadas. Pero no lo son en absoluto. Su
conducta queda perfectamente retratada con la expresión de obrar "a la
desesperada".
El
deseo de infinito
no
es una pasión inútil
ni
un espejismo psicológico,
sino
un
impulso que Dios mismo
ha
impreso en el ser humano
Educar para la vida conscientes
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