Reflexiones sobre la carta pastoral:

"Vivir la experiencia de la fe"

 

IV.- LA EXPERIENCIA CRISTIANA COTIDIANA

 

III.- LA EXPERIENCIA CRISTIANA DE LA FE, HOY

 

Introducción (Lector/a)

Nos encontramos de nuevo juntos en este acto de oración y reflexión de la Cuaresma. La oración y la reflexión son la ayuda en este camino hacia la Pascua, en este deseo de renovación y purificación de nuestra fe. Y en la sesión anterior, terminamos recordando y reviviendo el encuentro de experiencia pascual y de fe que vivieron y gozaron los Apóstoles y los primeros discípulos. Y nos retiramos a nuestras casas con este último pensamiento: también para nosotros y para nuestros contemporáneos es posible ese encuentro con el Resucitado, también hoy y aquí Y confesamos y cantamos nuestra gratitud al comenzar este rato de oración de hoy: porque al cabo de tantos años podemos vivir y gozar este encuentro con el Resucitado.
 

Saludo y Oración inicial (El/la que preside)

Así pues, como todos los días nos ponemos de pie y hacemos con reverencia y gratitud la señal del cristiano; y en un momento breve de silencio haremos cada uno nuestro saludo y presentación a ese mismo Jesús, presente en medio de esta comunidad.
 

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amen.
 

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Recordando estas gozosas palabras de Jesús, cada uno en silencio y luego todos juntos le saludamos con gratitud. Silencio.

Hoy, Señor, te damos gracias por la vida, la tierra y el amor.

Hoy, Señor, queremos cantar las grandezas de tu amor.

Gracias, Padre, mi vida es tu vida, tus manos amasan mi barro,

mi alma es tu aliento divino, tu sonrisa en mis ojos está.

Hoy, Señor.

 

Ayuda para la reflexión: primera parte (El/la que preside)

Cantando nuestra fe y cantándola en gratitud hemos comenzado el acto comunitario de hoy. Así solemos hacerlo cuando nos reunimos a celebrar nuestra fe o en otros encuentros de oración y fraternidad cristiana. Es la gratitud por nuestra fe que solemos confesar y cantar. Pero también hoy continuamos con la pregunta de todos estos días: esta expresión de fe y de gratitud ¿ya tiene luego continuidad o repercusión real en nuestra vida? ¿Es verdadera experiencia de fe, luego vivida en la realidad de mi vida diaria? Venimos con esta pregunta desde el primer día, y hoy continuamos con la misma, porque sabemos que es posible atar la vida con la fe, llevar la experiencia de la fe a la existencia diaria de cada uno. Por eso, en este acto de hoy, miraremos la experiencia que vivió Jesús mismo, y también la experiencia de fe que vivieron y testimoniaron los hombres y mujeres que creyeron en Jesús. La experiencia de la fe vivida desde aquellos primeros cristianos hasta hoy, en esa sucesión de la historia de la comunidad cristiana.

La experiencia de Jesús de Nazaret es absolutamente única. Su condición de Hijo de Dios, igual al Padre, repercute en la conciencia humana de Jesús en forma de una vivísima, agradecida y confortadora conciencia filial. Y desde esta conciencia o experiencia única y singular de hijo llamará a Dios «Abba! Padre!». He aquí la palabra más densa de todo el Nuevo Testamento. La palabra que en su profunda riqueza y significación nos pone en camino de entrever el Misterio de toda la vida y actuación de Jesús.

Como ya hemos dicho, la conciencia de ser y de sentirse hijo del Dios, a quien llama Padre, es absolutamente única y singular en Jesús; algo que solamente Él ha podido sentir y vivir. Porque Él es, sólo Él de por sí, el Hijo de Dios. Pero Jesús es el Primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29); por eso, todos nosotros hemos recibido el Espíritu que nos hace hermanos y hermanas de Él, el Espíritu que nos hace hijos e hijas. Ese Espíritu da testimonio de que somos hijos e hijas de Dios, y él mismo nos hace gritar, al dirigirnos a Dios, con esta expresión que propia y exclusivamente corresponde a Jesús: «Abba! Padre!»

«Padre», es una palabra que utilizamos muchos en nuestras oraciones. ¡Cuántas veces habremos dicho el Padre-nuestro, muchas veces sin tener en cuenta lo que decíamos! Y ¡qué repercusión tuvo en Jesús de Nazaret la experiencia o conciencia de ser el Hijo de Dios! Y, ciertamente, han sido también muchos los hombres y mujeres en cuya vida ha tenido una enorme influencia la conciencia o experiencia de sentirse hijos o hijas de Dios. Esta es, precisamente, la clave que nos hace comprensible toda la vida de Jesús. La experiencia filial es el soporte de su vivir y el motivo de su misión. Esa conciencia le mantendrá entero en las circunstancias dolorosas de su vida y ella le dará fuerza en los momentos de su máxima prueba en la Cruz.

Y, a su vez, de esa conciencia filial de Jesús nacerá su pasión por predicar y por llevar a cabo el Reino de Dios. Es decir, el deseo ferviente de anunciar de palabra y de obra, que su Padre es también Padre de todos los hombres y mujeres. La experiencia medular de Jesús no es sólo filial; es también fraternal. Anunciar y realizar nuestra fraternidad desde Dios Padre es el nervio de la sensibilidad y la actividad de Jesús. Y puesto que esta fraternidad está manchada y profanada por la injusta desigualdad, la fría indiferencia y la ciega exclusión de muchos hermanos, restaurarla constituirá en su ministerio una verdadera opción que centra su vida.

Esta experiencia de la condición filial y fraternal de Jesús y de su misión al servicio del Reino de Dios constituyen el paradigma de toda experiencia cristiana; ahí es donde se fundamenta y fortalece la experiencia y conciencia de filiación y de fraternidad cristiana.

Cuando se encuentra con Jesús Resucitado, el creyente comienza a tomar conciencia de ello: el Espíritu de Jesús penetra en el interior de esa persona, y le enseña a llamar «Padre» a Dios, como le llama Jesús; y le ayuda a conocer a ese Dios en cuyo rostro resplandece no sólo su inquebrantable fidelidad paternal, sino también su inagotable ternura y misericordia maternal. El Dios que nos confía con apremio la responsabilidad de nuestros hermanos. En pocas palabras, el Espíritu viene en nuestra ayuda para que, como Jesús, aceptemos a Dios como Padre y nos aceptemos a todos nosotros como hermanos.

Esta es la experiencia de fe que el encuentro personal con Jesús resucitado puede hacer surgir en nosotros. Por eso tiene importancia, muchísima importancia, que vivamos siempre abiertos al Espíritu que vive en nosotros y dentro de nuestra historia, y que hagamos sitio en nuestro corazón y en nuestra vida al Espíritu de Jesús Resucitado.

Es que no hemos de olvidar que la fe de la primera generación cristiana y la nuestra son fruto del mismo Espíritu Santo. La experiencia cristiana que vivifica esta fe proviene igualmente de Él. En efecto, es este Espíritu el que actualiza a Jesucristo entre nosotros.

Sin el Espíritu Santo, Cristo pertenece al pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, mera organización; la misión, simple propaganda; la moral, una disciplina de esclavos.

El Espíritu Santo es el que hace que interioricemos la persona y el mensaje de Jesús. Es Él mismo quien nos hace sentirnos hijos e hijas de Dios.

Ciertamente, la fe que desde Jesús nos llega a través de la Iglesia, es un regalo hermoso y un tesoro precioso. La fe que, comenzando desde los Apóstoles y aquellos primeros creyentes, a través de siglos y gracias a la fe de las comunidades cristianas de cada época, ha llegado hasta nosotros, es una riqueza que hemos de agradecer y tratar de vivir con la mayor fuerza y alegría. Pero esa riqueza y hermosura, dignas de nuestra gratitud, se transforma en vida y fuerza creadora, cuando esa fe se convierte en experiencia de vida, vivencia personal ligada a la realidad de la existencia de cada uno y de la comunidad; cuando esa confesión de fe se transforma en experiencia o vivencia de comunidad, fraternidad y amor.

Cuando se hace presente en la vida como testigo del amor del Padre a todos y, en consecuencia, testigo de fraternidad y solidaridad de los que somos hijos e hijas de un mismo Padre.

Desde el fondo de esta reflexión, surge de nuevo la pregunta directa a todos los que estamos reunidos: ¿tengo experiencia de algún encuentro personal con ese Jesús resucitado y vivo? ¿Ya he estado alguna vez un rato hablando con Él?

Posiblemente, los domingos o con frecuencia voy a Misa: ¿suelo salir de la Misa o de la asamblea cristiana habiendo tenido alguna relación personal con Jesús? ¿Suelo procurar abrirle mi interior para que penetre en mí el aliento de su Espíritu?

Porque es el Espíritu que dio vida a Jesús y que le impulsó a predicar y llevar a cabo el Reino de Dios en el mundo. Ese Espíritu de Jesús es el mismo que en aquel tiempo animó a los Apóstoles y después en la historia ha animado e impulsado con fuerza la experiencia gozosa y atrayente de tantos hombres y de tantas mujeres.

No se exige, por supuesto, ninguna condición o preparación especial para vivir esa relación; no es necesario tampoco para ello buscar una iglesia o un sitio especial, aunque la comunidad es una buena ayuda para vivir y renovar la experiencia de la fe. Cualquier lugar es bueno para ello, aunque también ayuda disponer de un ambiente adecuado, de cierto clima de silencio y de una actitud de oración y apertura personal. De todas formas, es una experiencia de la que puede gozar cualquiera de los que estamos hoy aquí, y de la que, felizmente, algunos o muchos de vosotros tenéis conocimiento por propia experiencia. Pero nunca hemos de olvidar que esta vivencia o experiencia, por muy pequeña que sea, nos abre la puerta para conocer cada vez mejor al Padre y para a la luz de este Padre ver el mundo, los acontecimientos, a las personas, a nosotros mismos y todas las cosas con una luz nueva. Es el fruto del contacto con Jesús y de la acción del Espíritu.

Oración (Lector/a y el/la que preside)

Introducción

Vamos a descansar un momento, para recoger, e interiorizar en clima de oración lo que hemos dicho en esta primera parte. Como siempre, escucharemos la palabra de Dios, y ayudados por un canto procuraremos entrar en contacto con Jesús. (De pie).

Palabra de Dios: Rom 8, 14-17

Canto

Danos, Señor, un corazón nuevo, derrama en nosotros un Espíritu nuevo.

- Jesús Resucitado, que ahora estás aquí con nosotros, te hemos pedido que nos des tu Espíritu, que derrames sobre nosotros el Espíritu que nos renueve, y nos haga sentirte siempre cerca de nosotros.

Que como aquellos discípulos de Emaús, comprendamos el don de nuestra fe y lo vivamos, y así te conozcamos cada vez más a ti y por medio de ti al Padre.

Danos, Señor...

- El Espíritu que Tú nos has mostrado y traído nos enseña que tu Padre es también Padre de todos, de todos los hombres y mujeres.

Te damos gracias de todo corazón, y te pedimos que, por el impulso del mismo Espíritu, le llamemos y lo consideremos en verdad «Padre», para que la luz de esa fe ilumine toda nuestra vida y a ti, Jesús, te sentimos cerca de nosotros.

Danos, Señor...

 

Ayuda para la reflexión: segunda parte (El/la que preside)

La perspectiva que hemos abierto en esta primera parte resulta verdaderamente atrayente. Aunque ha sido presentada con brevedad, ya tiene fuerza como para impulsar una luz nueva en nuestras mentes y corazones, y concretar algo más la pregunta de estos días: ¿Cómo llegar a esa vivencia o experiencia o, al menos, por dónde caminar en busca de ese objetivo? El camino a la Pascua, la Cuaresma, (o la Pascua) es un momento apropiado para hacernos esta preguntar y entrar cada uno de nosotros mismos: así podremos examinar cómo vive cada uno nuestra fe y hasta que punto nuestra experiencia de fe es en verdad experiencia de vida. En esto estamos todos estos días y, aunque nos quedan muchas cosas por decir y recordar, vamos a centrarnos en unos puntos concretos, que pueden ser básicos en relación con la vivencia o experiencia de la fe en nuestra vida diaria.

1. En primer lugar, recordaremos la oración. La oración es lugar privilegiado e ineludible de la experiencia cristiana. Un medio e instrumento absolutamente necesario para poder vivir la experiencia de la fe, para llevar la vivencia de la fe a la realidad de la vida de cada uno. Siendo esto así, no podemos dejar de escuchar la llamada apremiante y urgente que ellos nos hacen en referencia a la oración de los cristianos y de las comunidades cristianas de nuestras diócesis. Escuchemos lo que nos dicen:

Si la oración es lugar privilegiado e ineludible de la experiencia cristiana, no parecen en absoluto coherentes las graves deficiencias que observamos en su ejercicio.

La gran carencia de una inmensa muchedumbre de católicos consiste en que, tras decenios y decenios de participar en la Eucaristía dominical e incluso de vivir un compromiso eclesial, apenas conocen más que la oración de emergencia» de momentos especiales y la oración vocal heredada, ambas preciosas, pero claramente insuficientes.

Estar participando durante años en la misa dominical o, quizás, haber tenido también algún compromiso de trabajo eclesial, y ¿no haber aprendido a orar? En cuanto a mí, ¿sólo sé decir los rezos u oraciones aprendidos de memoria o los de momentos u ocasiones de emergencia? Todo eso está bien, pero no es suficiente. Sobre todo, para poder vivir la experiencia de la fe, especialmente en la realidad concreta de nuestra sociedad, como estamos recordando en estos días. Con unas fórmulas de oración así, nuestra fe se irá amortiguando, debilitando, llegando tal vez a morir.

Nos preguntamos, pues, cada uno: ¿Ya hago oración? ¿Cómo la hago? ¿Ya tengo alguna relación personal con Dios Padre, con Jesús resucitado? ¿Cuánto tiempo o lugar doy a la oración en mi vida? ¿Ya reservo algún momento para la oración, para hacer silencio?...

2. La fe vivida en la comunidad. La experiencia cristiana de la fe es personal, vivida por cada uno. Pero al mismo tiempo que personal, es también comunitaria. Es la persona quien es tocada e impregnada por la presencia paternal de Dios y por el impulso vital del Espíritu. Pero esa persona, en cuanto creyente cristiano que es, es miembro de una comunidad eclesial, que le ofrece las claves de interpretación de lo que está viendo y viviendo. El cristiano es, pues, miembro de una Iglesia, de una comunidad. Una tentación de nuestro tiempo es «creer sin pertenecer».

La fe «por libre» o la religión «a la carta» sintoniza con el individualismo exacerbado del tiempo presente. Son numerosas hoy las tendencias o formas religiosas que están surgiendo en el mundo y también entre nosotros, pero son individualistas, no quieren ser parte de una comunidad.

También entre los católicos se notan estas tendencias o formas de entender o vivir la religión. Pero para vivir debidamente la experiencia de la fe, es totalmente necesario vivir la fe y celebrar la fe en la comunidad.

Sin referencia a la Iglesia, a la comunidad, el creyente se sentiría confuso y perdido. Sin la comunidad de la fe, sin la Iglesia, la fe personal se va empobreciendo. La escucha de la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y de la Penitencia, los grupos eclesiales, los servicios apostólicos recibidos, el compromiso familiar y social asumidos desde la fe, sitúan a los cristianos a una temperatura adecuada para que el Espíritu pueda comunicarles la experiencia ordinaria o extraordinaria del Dios cristiano. Este es, pues, el segundo punto de examen:

La experiencia o vivencia de la fe es algo que corresponde a cada uno o cada una, pero necesita de la comunidad para que sea verdadera y fecunda, especialmente en la realidad social en la que hoy vivimos. ¿Vivo mi fe en relación con la comunidad? ¿Qué importancia suelo dar al hecho de reunirme con los demás cristianos, a la participación en la asamblea eucarística del domingo? ¿Acaso, manda también en mí la tendencia al individualismo, a vivir yo mi religión?

3. Relación con el mundo. Por fin, dejando aparte otros puntos, recordemos éste, que es también muy importante para la vivencia de la fe cristiana hoy. La experiencia cristiana no requiere una incomunicación con el mundo; no pide que el creyente deje a un lado el mundo. Todo lo contrario, requiere, en una medida, una relación con él. No es necesario ni saludable ni posible retirarse del mundo. Las realidades que en el mundo encontramos (la naturaleza, las relaciones humanas, la ciencia, los gestos de amor, la familia, la concreta comunidad de fe, la búsqueda de la justicia...) son el lugar en el que trasparece, siempre a media luz, la presencia de Dios.

La fe debe llevar al creyente al camino de la historia; fuera de ese campo no está ni se hace el Reino de Dios. Dios obra su salvación precisamente dentro de esa historia; en la historia concreta se hace la historia de la salvación.

Los acontecimientos y demás manifestaciones del mundo son «sacramentos», que revelan, sin desvelarlo, la presencia de Dios. Nos recuerdan que Dios está viviendo con nosotros, provocan a nuestra fe para que los descubramos como tales signos o señales, nos convocan a este saludable conocimiento.

La fe debe impulsar al cristiano a conocer y examinar todos esos signos, tanto los que parecen positivos como los que no lo son, y a tratar de vivir la experiencia de su fe precisamente dentro y a través de todos ellos. En este punto también deberemos preguntarnos cómo mi fe me ayuda a tener esta mirada al mundo y a descubrir la presencia y las señales de Dios en los acontecimientos.

Cómo me ayuda a escuchar la llamada que Dios me hace en el grito de los pobres, en el dolor y sufrimiento de los enfermos y necesitados, en el silencio de los que no tienen voz, en la opresión de los que están abandonados, marginados...

Pero también he de preguntarme si escucho y atiendo la voz y las señales de fraternidad, solidaridad y paz que me vienen de tantos gestos y testimonios positivos, que me llaman a unir mi esfuerzo y mi solidaridad con ellos. De esta forma, la experiencia de la fe me llevará a unirme a la acción creadora de Dios que sin cesar está renovando el mundo y a compartir mis esperanzas y temores con mis hermanos.

La fe que empuja a alejarse del mundo y de la historia del mundo, no es realmente cristiana, porque Dios está trabajando ahí en la obra de su amor, por medio de su Espíritu. En ese mundo complejo, conflictivo y nada limpio se está haciendo el reino de Dios, también más allá de los límites de la Iglesia; y ahí mismo, en ese mundo, surgen tantos movimientos y tantas actitudes de amor, de servicio, de paz y de comunicación de vida. Es ahí donde el cristiano tiene que vivir la experiencia de su fe, mirando, observando y profundizando desde esa luz todo lo que se manifiesta en los medios de comunicación y en la relación con la sociedad.

Y, sin limitarse a eso, impulsando positivamente y tratando de llevar adelante los signos de Dios. En este punto será muy necesaria la comunidad, sobre todo la comunidad eclesial: para poder ver, juzgar y actuar a la luz de la fe, y ayudarse mutuamente en los compromisos consiguientes a esa revisión. Sería, en suma: Convertir la experiencia de la fe personal en experiencia eclesial o comunitariamente vivida.

Oración final y bendición (Lector/a y el/la que preside)

Introducción

Hemos de terminar. Hemos comenzado viendo la luz y la fuerza de iniciativa que imprime el encuentro con Jesús resucitado, y hemos llegado hasta la experiencia de la fe que podemos vivir en clima de comunidad eclesial. Experiencia realmente gozosa y vivificante la de Jesús Resucitado: comunitaria, rica, fecunda, la que podemos vivir mirando al mundo y desde el interior de ese mundo.

Terminaremos orando, personal y comunitariamente, desde la vivencia de nuestra fe compartida y llamada a llevar vida, la vida de Jesús Resucitado, al mundo; al mundo concreto que nosotros conocemos y en el que nosotros vivimos. Lo haremos cantando juntos.

Canto

Anunciaremos tu reino, Señor, tu reino, Señor, tu reino.

- Reino de paz y justicia, reino de vida y verdad.

- Tu reino, Señor. - Reino de amor y de gracia,

reino que habita en nosotros. Tu reino..

Padre nuestro

Pata terminar, recogiendo todo lo que hemos vivido y sentido en este acto, unidos a Jesús y animados por su Espíritu, decimos juntos: Padre nuestro...

Bendición

Con la bendición del Señor, vayamos todos en paz.


IV- LA EXPERIENCIA CRISTIANA COTIDIANA

Introducción (Lector/a)
 

Vamos adelante en estos días de reflexión y oración. Con la mirada puesta siempre en la Pascua, que ilumina nuestro caminar.

«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre». Con esta afirmación de nuestra fe damos comienzo al acto de hoy. Pues la fe es una experiencia personal que vive cada uno, pero no es para vivirla cada uno para sí y aisladamente, sino en comunidad, en relación con los demás. Por eso, nos será provechoso elevar nuestra mirada por encima de cada uno de nosotros y también de este grupo, y recordar a muchos hermanos y hermanas en la fe que, en las parroquias y demás centros, se reúnen en esta Cuaresma, a la luz de la Pascua, en reflexión y oración.

Nosotros formamos parte de una comunidad, de la Iglesia y queremos ser miembros vivos y fecundos de la misma. Por eso vamos a dar comienzo al acto de hoy en clima de comunión fraterna, puestos como siempre de pie y saludando a Dios y a los hermanos con la señal de la cruz.

Saludo y Oración inicial (El/la que preside)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amen.

El Espíritu del Señor ha sido derramado en nuestros corazones, para que demos testimonio de su resurrección.

¡Levantemos, pues, el corazón!

Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Como todos los días, haremos un breve silencio, para que cada uno nos situemos ante el Señor y ante la comunidad. Breve momento de silencio.
 

Un solo Señor, una sola fe,

un solo bautismo, un solo Dios y Padre.
 

Llamados a guardar la unidad del Espíritu
 

por el vínculo de la paz, cantamos y proclamamos.

Un solo Señor...


 

Ayuda para la reflexión: primera parte (El/la que preside)

El tema que estamos presentando en los encuentros de este año ha podido parecer a algunos un poco extraño o, al menos, algo especial. Pueden pensar, acaso, que el tema de la experiencia de la fe y demás cosas que hemos apuntado pudieran ser más apropiados para otros, pensando por su parte que la experiencia y vivencia de la fe que ellos tienen es más pobre y más elemental. Pero esa forma de pensar no sería recta.

Como hemos recordado una y otra vez en esta semana, la fe es un regalo que se nos ha hecho a todos nosotros y que la experiencia gozosa de esa fe la podemos vivir todos, cada uno a nuestra manera. Y esto es lo que hoy, precisamente, vamos a tratar de hacer: bajar a la realidad de nuestra vida diaria, aplicar todo esto a la situación concreta y pequeña que cada uno vivimos.
 

Todas las áreas o espacios de la existencia del creyente cristiano son espacio vital abierto a una experiencia humilde pero real, «con Dios al fondo».

La vida de todos nosotros ofrece una puerta abierta para poder vivir, muy de cerca, esa relación con Dios, a la luz y desde la alegría de la fe. La existencia de cada uno de nosotros presenta oportunidades para vivir la experiencia de la fe.

La fe que podemos tener cualquiera de nosotros puede iluminar o animar la postura que debemos adoptar ante los hechos de la vida diaria y ante los acontecimientos especiales. Dios está detrás o dentro de toda forma de vida, y ahí es posible vivir una verdadera experiencia de fe, aunque sea pequeña y humilde, pero que a mí me puede ayudar a dar sentido a ese hecho y a gozar de la cercanía de Dios.

Son muy diversas y diferentes las cosas que nos toca hacer en la vida; muy diferentes y variados son también los caminos que nos abre la vida a cada uno. Lo que queremos decir hoy es que todas esas formas y caminos diferentes pueden ser para nosotros oportunidad de vivir la experiencia de la fe. Pero bajando un poco más a la realidad, vamos a concretar algunas situaciones que pueden ofrecernos esa oportunidad:
 

1. La experiencia cristiana en la vida conyugal y familiar. La experiencia humana de la vida conyugal y matrimonial es un espacio o lugar privilegiado de la manifestación o experiencia de la cercanía del amor de Dios. Sabemos, nos lo enseña la cruda experiencia de cada día, que esa manifestación del amor queda muchas veces truncada y fuertemente empobrecida en la realidad de la vida; demasiadas veces, desfigurada. (Ahí tenemos los matrimonios separados, los divorcios, los malos tratos en la familia y en el matrimonio a las mujeres, conflictos sin solución en la relación familiar, falta de diálogo, etc.).

Toda esta realidad tiene, por cierto, mucho que ver con nuestra experiencia de fe y con el compromiso y la respuesta que desde esta hemos de ofrecer los creyentes. Pero, aun ante esa realidad, no podemos olvidar y dejar de lado que la vida de matrimonio llama a los esposos a vivir una relación especial y profunda con Dios.
 

En toda experiencia amorosa subyace, de modo más o menos explícito, la persuasión de que hay en ella algo que desborda el significado o lazo de un contrato firmado en papeles o leyes; los esposos sienten que un Amor más grande está en el origen de su mutuo amor.

Los esposos, por la gracia de la fe, más profundamente que creadores de este mutuo amor se sienten sus receptores agraciados. Y a una pareja creyente no le cuesta aceptar, sentir y agradecer esta convicción; aun dentro de la realidad de sus limitaciones y pobreza, pueden sentir y deben sentir que hay un Amor en el origen de su mutuo amor: el amor de Dios.

El amor que les une a los dos en el matrimonio, se convierte en experiencia del amor de Dios. De esta manera, a la pareja que vive con este sentimiento, no le cuesta vivir esta realidad y acogerla con gratitud; convertirla en gozosa experiencia de fe en la oración común, en la acogida y paciencia mutua. De esta manera, las acciones y manifestaciones más pequeñas de la vida matrimonial pueden convertirse en signos de amor para el creyente. Contando, claro está, con las dificultades, fallos y momentos oscuros que todo ello conllevará.
 

Algo parecido, quizás más, pudiéramos decir sobre la experiencia de la paternidad y maternidad. Es probablemente aún más evocadora. La fe puede dar una perspectiva nueva a la paternidad y a la maternidad: esta fe les llevará a ver en su hijo o hija a Dios, fuente de la vida y Padre de todos; y este sentimiento les llevará a dar gracias a ese Dios.

Cuando una pareja creyente contempla al hijo de su amor, no lo verá como fruto exclusivo de los dos, sino que con admiración sobrecogida alabará y dará gracias a Dios, recordando que esa criatura es un regalo de Dios, que está en el origen y en el fondo de su amor.

Tal como está estructurada nuestra sociedad, no resulta fácil la expresión de estos sentimientos, pero no se puede negar que ésta puede ser una de las experiencias más ricas y gozosas. Y no solamente en los primeros momentos de la maternidad y paternidad, sino que puede resultar una experiencia de fe agradecida y permanente a lo largo de la vida. Al calor de esta experiencia podrán dar los padres un sentido también de fe y cercanía de Dios a toda su labor en la educación, en el cuidado de la relación familiar y en las circunstancias difíciles que puedan sobrevenir. Dios anda ahí en medio y la fe les hará sentirle cerca y amigo.
 

2. La experiencia cristiana en el trabajo. No podemos idealizar sin más el trabajo. Para algunos resulta una pesada carga que se soporta por motivos exteriores al mismo trabajo. Para otros es un bien que quisieran y no lo pueden conseguir.

En nuestra sociedad resulta también muchas veces problema: por una parte el paro y por otra las condiciones duras e injustas a las que se ven sometidos muchos trabajadores; y otras circunstancias, por ejemplo la inmigración con sus exigencias y dificultades. Toda esta realidad algo le tiene que decir al cristiano y le abre caminos para la experiencia de la fe.

Por eso, el mundo del trabajo deberá tener un lugar especial en la vida del creyente. De todas formas, en la línea que estamos siguiendo en esta semana, vamos a mirar cómo podemos vivir nuestra fe en este campo del trabajo. Porque no podemos olvidar que muchas personas se identifican básicamente con su trabajo y, mediante él, se sienten útiles y productivos. Todos tenemos alguna tarea o algún trabajo que hacer en nuestra vida: ahí es donde vamos a intentar llevar la experiencia viva de nuestra fe.

Porque en la realización diaria de su trabajo una persona creyente, debidamente motivada, puede saber y sentir que su actividad expresa y prolonga la actividad creadora de Dios y es sostenida continuamente por ella. Por muy pequeña y oculta que sea la acción de trabajo que esté realizando, yo me puedo sentir colaborador del mismo Dios, y trabajaré con este sentimiento, que dará sentido a mi trabajo.
 

El trabajo casi siempre lleva consigo esfuerzo, contratiempo y sacrificio; resulta una tarea a desarrollar con responsabilidad y exigencia. También en este aspecto el creyente puede tener ocasión de llevar a esa situación la vivencia de su fe, convirtiéndola en experiencia gozosa.

El creyente, en esas circunstancias, puede recordar que los sudores, sacrificios y contratiempos actualizan la redención del Señor y, en consecuencia, puede sintonizar con el misterio salvador de Jesús y unirse también al trabajo y sufrimiento de todos sus hermanos, en sentimiento de solidaridad y fraternidad: de esta forma la dureza del trabajo encuentra un sentido que lo ennoblece y ayuda al creyente a abrir su experiencia de fe hacia sus hermanos.

Esto está en manos de todos nosotros; y la solidaridad desde la fe puede ayudarnos a sentirnos unidos especialmente a los que más necesitan de esta mutua comunicación.
 

No podemos olvidar que en el mundo del trabajo hay muchos problemas y contradicciones; también demasiada injusticia y opresión. En ese ambiente social vive en general el trabajador hoy, y sus efectos llegan hasta nuestros hogares. Por eso, el cristiano vivirá atento ante todo tipo de injusticia y violencia, tratando de colaborar en su medida en la superación de estas realidades de pecado. El esfuerzo que haga el creyente en este campo, a la luz de la fe, se convertirá en experiencia de colaborar en la construcción del reino de Dios.
 

3. Experiencia de la enfermedad y de la muerte. Estando como estamos recogiendo la experiencia de nuestra vida diaria, no podemos dejar de lado una que es muy cercana a toda persona y que toca el núcleo de la vida diaria: la experiencia de la enfermedad y de la muerte.

La enfermedad o la debilidad que de una manera u otra se nos presenta a todos en la vida, es una realidad que los creyentes hemos de procurar vivir desde la experiencia y la vivencia de nuestra fe, tanto en relación con nosotros mismos como en relación con nuestros familiares y otras personas más allegadas.

No hablamos primeramente de ninguna enfermedad especial, sino de la propia debilidad, de nuestra falta de fuerza que aumenta con la edad. La fe nos tiene que ayudar a aceptar nuestra realidad y, desde el interior de la misma, a vivir la confianza en Dios y aceptar y amar nuestra realidad corporal y mental desde esa fe.

Junto a esta realidad diaria surge otro tipo de enfermedades que, a veces, nos obligan a vivir retirados o a ingresar en algún establecimiento clínico.

La enfermedad es una experiencia traumática, particularmente en un mundo que adora la salud y vive una existencia trepidante. Es un parón que cuando se prolonga desconcierta primero, suscita rebeldía después, hace pensar más tarde, va cambiando nuestra manera de ser y valorar muchas realidades.

A una sociedad como la nuestra no le gusta plantearse preguntas ante la enfermedad, pero al enfermo en el contexto de su enfermedad le van surgiendo muchas preguntas que, cargadas de ansiedad, pueden, al menos de momento, cegar las vías de una experiencia religiosa. Por eso, es muy conveniente, en un ambiente de reflexión y de oración como el de estos días, pensar sobre estas realidades y estar preparados para cuando nos puedan sobrevenir.

Saber vivir la enfermedad, el dolor, la limitación desde la fe, llevando la experiencia de nuestra fe a iluminar y dar sentido a esa realidad. Desde esta reflexión podemos comprender, ya desde ahora, algo muy próximo a dicha experiencia: que no somos el fundamento de nuestra propia subsistencia. A partir de aquí, la fe ofrece recursos para un encuentro marcado por una confianza y una entrega que, en su circunstancia, son una verdadera experiencia creyente: seguridad en la cercanía y el amor de Dios y la paz interior y la acogida de gratitud y confianza también hacia los familiares y amigos.

Tarde o temprano, la enfermedad nos lleva al umbral de la muerte. Por mucho que hoy se quiera banalizar convirtiéndola en un simple hecho de la naturaleza, ahí está con su desafiante seriedad y densidad.

Por eso, no nos hará ningún daño sino todo lo contrario, ponernos en actitud de reflexión y orante ante esta realidad. Y ¿qué mejor ocasión para ello que este camino de la Cuaresma que nos pone mirando hacia la Pascua?

Es que si algo hemos de enriquecer con la experiencia, debe ser la experiencia de la muerte. El primer día hablábamos de «la ausencia de Dios». Ciertamente, hay una ausencia de Dios en relación con la muerte, aun entre nosotros, creyentes y miembros de la Iglesia.

Se dice y se repite tanto, aun en nuestros ambientes, que después de la muerte no hay nada, al otro lado de la muerte no hay ni Dios ni vida, con la muerte se acaba todo, que un momento tan importante para la persona queda oculto, desfigurado o pendiente de unas meras máquinas, como si la persona que está en esa situación no tuviera nada que hacer. La fe puede iluminar ese momento y ayudar a que se convierta en una verdadera y consoladora experiencia de fe; y también a que miremos nuestra propia muerte desde esta fe y esperanza, y a que hagamos lo que está de nuestra parte para ayudar a los demás a vivir su muerte desde esta misma experiencia de fe y esperanza. Porque ante esta realidad, nuestra fe en Jesús resucitado tiene una respuesta de fe y esperanza y de total confianza en el amor del Padre.
 

Oración (Lector/a y el/la que preside)

Introducción
 

Hoy hemos tocado tres puntos muy importantes: la familia, el trabajo, la enfermedad con la muerte.

Son experiencias que pueden y suelen vivirse de muy distintas maneras. Los que creemos en Jesús y en el Padre que él nos reveló, tenemos un camino para vivir esas realidades, desde la experiencia de la fe. Este camino nos lleva a la Cruz de Jesús, la experiencia que resume y recoge todos sus sufrimientos y trabajos, con una mirada inevitable hacia la luz de la Pascua.

Para terminar esta parte, en un momento de silencio, escucharemos la palabra de Jesús, sus bienaventuranzas, intercalando el canto a la Cruz.
 

Oración y canto
 

¡Victoria, tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!

 

- Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Victoria...

- Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, Porque ellos serán saciados.

Victoria...
 

- Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Victoria...
 

- Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos e hijas de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Victoria...
 

Ayuda para la reflexión: segunda parte (El/la que preside)

Estamos terminando nuestro rato de reflexión y oración.

Con la celebración comunitaria del Sacramento del Perdón, renovaremos nuestra fe, preparándonos de esa forma para la celebración gozosa de la Pascua; y así, unidos a la Pascua de Jesús, disponernos a ser, hoy y aquí, testigos vivos de esa experiencia de fe. Testigos humildes pero con deseos de autenticidad. Dentro de la Iglesia y en la sociedad.

- En medio de esta sociedad nuestra que arrincona, olvida o menosprecia a Dios, hemos de ser testigos de un Dios que en Jesucristo se ha revelado como la buena noticia para todos los hombres y mujeres. Por eso, uno de los propósitos que podríamos sacar de esta semana es el de preocuparnos por conocer mejor a este Dios de Jesús, orando más y mejor, leyendo y estudiando más y mejor la Biblia, superando las imágenes e ideas sobre Dios provenientes de una imagen anticuada del mundo y tratando de subsanar los fallos y vacíos que podamos tener en relación con el pensamiento y la doctrina actual de la Iglesia.

La fe tiene que ir renovándose continuamente; también la experiencia de la fe debe responder a las realidades y acontecimientos cambiantes de la historia.

Así pues, en una cultura marcada por «la ausencia de Dios», hemos de tratar de que la imagen de Dios que nosotros vivamos o presentemos corresponda a la imagen que Jesús ha vivido y nos ha presentado.

Fácilmente fabricamos ídolos, hechos a nuestra imagen y conveniencia; ídolos que, en lugar de llevarnos a un desarrollo de nuestra personalidad y libertad, nos convierten en esclavos de nuestros criterios, deseos y pasiones. Esto quiere decir que tenemos que ir revisando continuamente nuestra fe y nuestros criterios, para que la experiencia de nuestra fe responda a la autenticidad de la experiencia de Jesús.

Por otra parte, en nuestras sociedades van surgiendo movimientos religiosos nuevos (grupos pequeños, sectas, experiencias de esoterismo...), o religiones «a la carta», a las que aludíamos el otro día. La proliferación de estos grupos es inabarcable; su variedad es muy amplia. En este clima bastante extendido en nuestra sociedad, dos cosas que tendríamos que tomar en cuenta: por una parte, que ninguna experiencia de fe que no ayude a la persona a ser más humana y más responsable y comunitariamente libre tiene relación con el Dios de Jesús; y en segundo lugar que la experiencia de fe debe llevar consigo una coherencia con la vida y la moral. Es decir, que lo que confesamos en la fe tenga respuesta en la práctica de la vida.

- En una sociedad que tiende a arrinconar o negar a Dios en nombre de la libertad y de la dignidad de la persona humana, nuestra experiencia de fe deberá tener cuidado en vivir y presentar a un Dios que realmente ama y respeta al hombre y a la mujer e impulsa el desarrollo pleno de toda persona humana. De esta forma, la experiencia de la fe estará comprometida con la historia y la realidad del mundo y de la sociedad.

La experiencia de fe que empuja a recluirse con Dios a solas, sin abrirse a la comunidad y al compromiso de servicio al mundo y a los demás, no es una experiencia auténtica de fe. Muchos cristianos subestiman la espiritualidad en aras de un compromiso de servicio que constituiría lo único valioso y decisivo de la experiencia cristiana.

Otros conciben la experiencia cristiana como una íntima unión «con Dios solo» y llegan a identificar plenamente experiencia y oración. El compromiso de amor servicial a la Comunidad y a los pobres sería para éstos, a lo sumo, consecuencia y exigencia de la experiencia cristiana, no un componente de la misma.

Es preciso deshacer este equívoco. El problema de la espiritualidad cristiana... estará por una parte en mantener que sólo Dios es Dios...y por otra que Dios nos ha encomendado el mundo... y se ha querido hacer presente en el rostro de los hermanos.

- La oración es el lugar privilegiado e indispensable de la experiencia cristiana. Esa vivencia necesita indispensablemente de la fuerza y el calor del Espíritu.

Pero la experiencia cristiana tiene otro complemento, también necesario: el compromiso por el reino de Dios. Los dos elementos unidos entre sí y desarrollados con equilibrio evangélico, hacen que la experiencia cristiana se convierta en signo y testimonio de Dios en medio del mundo.

El ponernos en relación de fe con el Dios manifestado en Jesús, nos pone siempre mirando a los hermanos, si esa oración o relación es hecha en verdad; sobre todo nos pone mirando a los pobres, a los enfermos, a los marginados y a los que sufren, porque éstos son la presencia latente del Señor crucificado.

La oración, la experiencia de la fe ve al mismo Jesús en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el preso (Mt 25). Dios Padre, que siente debilidad por sus hijos e hijas débiles, nos ha hecho responsables de su suerte.

Si la gente marginada de la mesa de la salud y de los bienes materiales y sociales es presencia privilegiada del Señor, aproximarnos, servirlos, sintonizar con ellos ejerciendo la misericordia y la justicia tiene que ponernos especialmente «al alcance» del Dios de Jesús; renueva y fortalece nuestra experiencia de fe. Ambas actitudes están estrechamente unidas y relacionadas entre sí: la fe nos debe llevar al servicio viendo en los pobres el rostro de Jesús, y el servicio ofrecido con lealtad y amor nos acercará a Jesús.

Resumiendo lo que hemos meditado y orado, podemos tomar como proyecto de vida para nosotros en adelante:

Partimos de una firme convicción: sólo el Espíritu Santo aviva y aquilata la experiencia de la fe. Los esfuerzos humanos más ingeniosos y acendrados son incapaces por sí solos de generar una sola brizna de este don de Dios. Pero podemos y debemos colaborar con el Espíritu en este empeño tan decisivo para la vitalidad de la fe en nuestra Iglesia.

Para avivar la experiencia de su fe, la Iglesia ha de afrontar noblemente la situación real en la que se encuentra la sociedad y la misma comunidad. El fenómeno del oscurecimiento de Dios en el horizonte de nuestro mundo europeo es preocupante e incluso tentador. Pero encierra dentro de sí una llamada del Señor a la Iglesia, que ésta no puede eludir.

En circunstancias inhóspitas, estamos llamados a enriquecer y purificar nuestra experiencia creyente, mediante el cultivo de una espiritualidad adaptada a la situación.

Oración final y bendición (Lector/a y el/la que preside)

Introducción
 

Para concluir el acto de hoy, cantaremos a la Madre, que ha estado junto a nosotros durante este rato de reflexión, poniendo en sus manos nuestros propósitos y deseos.
 

Canto
 

Madre de todos los hombres, enséñanos a decir: «Amen».

Cuando la noche se acerca y se oscurece la fe.

Madre...

Cuando el dolor nos oprime y la ilusión ya no brilla.

Madre...

 

Bendición
 

Que el Señor nos bendiga, y nos llene de paz.

¡Podemos ir en paz!

 

 

Aunque estén escritas como para reflexionar durante la Cuaresma,

estas reuniones pueden ser muy enriquecedoras durante la Pascua

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