Salmo 21

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

Dios mío, de día te grito, y no respondes:

de noche, y no me haces caso:

aunque tú habitas en el santuario,

esperanza de Israel.

 

En ti confiaban nuestros padres,

confiaban, y los ponías a salvo;

a ti gritaban, y quedaban libres,

en ti confiaban, y no los defraudaste.

 

Pero yo soy un gusano, no un hombre,

vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;

al verme se burlan de mí,

hacen visajes, menean la cabeza:

"Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;

que lo libre si tanto lo quiere".

 

Tú eres quien me sacó del vientre,

me tenías confiado en los pechos de mi madre;

desde el seno pasé a tus manos,

desde el vientre materno tú eres mi Dios.

No te quede lejos, que el peligro está cerca

y nadie me socorre.

 

CUANDO LLEGA LA DEPRESIÓN           

 

Comienzo este Salmo de rodillas. Es tu Salmo, Señor. Tú lo dijiste en la cruz, en la profundidad de tu agonía, cuando el sufrimiento de tu alma llevaba a su colmo al sufrimiento de tu cuerpo en último abandono. 

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Son tus palabras, Señor. 

¿Cómo puedo hacerlas mías? ¿Cómo puedo equiparar mis sufrimientos a los tuyos? ¿Cómo puedo pretender subirme a tu cruz y dar tu grito, consagrado para siempre en la exclusividad de tu pasión? 

Este Salmo es tuyo, y a ti se te ha de dejar como reliquia de tu pasión, como expresión herida de tu propia angustia, como testigo dolorido de tu encuentro con la muerte en tu cuerpo y en tu alma. Estas palabras son palabras de Viernes Santo, palabras de pasión, palabras tuyas. No he de tocarlas yo.

Y, sin embargo, siento por otro lado que este Salmo también me pertenece a mí, que también hay momentos en mi vida en los que yo tengo la necesidad y el derecho de pronunciar esas palabras como eco humilde de las tuyas. 

También yo me encuentro con la muerte, una vez en mi cuerpo al final de la vida, y veces sin cuento en la desolación de mi alma al caminar por la vida en las sombras del dolor. 

No quiero compararme a ti, Señor, pero también yo sé lo que es la angustia y la desesperación, también yo sé lo que es la soledad y el abandono. También yo me he sentido abandonado por el Padre, y las palabras sin redención han salido de mis labios resecos: 

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?".

Cuando llega la depresión, hace iguales a todos los hombres. La vida pierde el sentido, nada tiene explicación, todo sabor es amargo y todo color negro. No se ve razón para seguir viviendo. 

Los ojos no ven el camino, y los pies se atenazan en la inercia. ¿Para qué comer, para qué respirar, para qué vivir? El fondo de la fosa es el mismo para todos los hombres, y los que han llegado ahí lo saben. 

Sé lo que es una depresión, y sé que es muerte real en cuerpo vivo. Abandono total, limite de sufrimiento, frontera de desesperación. El sufrimiento iguala a todos los hombres, y el sufrimiento del alma es el peor sufrimiento. Conozco su negrura.

¿Dónde quedas tú, entonces? ¿Dónde estás tú cuando la noche negra se cierne sobre mí? 

«De día te grito, y no respondes; de noche, y no me haces caso». 

De hecho, es tu ausencia la que causa el dolor. Si tú estuvieras a mi lado, podría soportar cualquier dolencia y enfrentarme a cualquier tormenta. Pero me has abandonado, y ésa es la prueba. La soledad de la cruz el Viernes Santo.

La gente me habla de ti en esos momentos; lo hacen con buena intención, pero no hacen más que agudizar mi agonía. 

Si tú estás ahí, ¿por qué no te muestras? ¿Por qué no me ayudas? Si tú rescataste a nuestros padres en el pasado, ¿por qué no me rescatas a mí ahora? 

«En ti confiaban nuestros padres; 

confiaban, y los ponías a salvo; 

a ti gritaban, y quedaban libres; 

en ti confiaban, y no los defraudaste. Pero yo ... ».

Yo no parezco contar para nada en tu presencia. 

«Yo soy un gusano, no un hombre», 

o al menos así me lo parece ahora. 

«Estoy como agua derramada, 

tengo todos los huesos descoyuntados; 

mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas; 

mi garganta está seca como una teja, 

la lengua se me pega al paladar; 

me aprietas contra el polvo de la muerte».

Tenía que llegar yo al fin de mis fuerzas para caer en la cuenta de que la salvación me viene solamente de ti. Mi queja ante ti era en sí misma un acto secreto de fe en ti, Señor. 

Me quejaba a ti de que me habías abandonado, precisamente porque sabía que estabas allí. Muéstrate ahora, Señor. Extiende tu brazo y dispersa las tinieblas que me envuelven. Devuelve el vigor a mi cuerpo y la esperanza a mi alma. 

Acaba con esta depresión que me acosa, y haz que yo vuelva a sentirme hombre con fe en la vida y alegría en el corazón. Que vuelva yo a ser yo mismo y a sentir tu presencia y a cantar tus alabanzas. Eso es pasar de la muerte a la vida, y quiero poder dar testimonio de tu poder de rescatar a mi alma de la desesperación como prenda de tu poder de resucitar al hombre para la vida eterna. 

Me has dado nueva vida, Señor, y con gusto proclamaré tu grandeza ante mis hermanos.

«Me harás vivir para él, mi descendencia le servirá; 

hablarán del Señor a la generación futura, 

contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: 

todo lo que hizo el Señor».

«Contaré tu fama a mis hermanos, 

en medio de la asamblea te alabaré».

«Lo recordarán y volverán al Señor 

hasta de los confines del orbe; 

en su presencia se postrarán 

las familias de los pueblos».

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Del libro de Carlos G. Vallés

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