Lecturas del día Celebración de la Eucaristía Resurrección y vida para el que cree Yo soy la resurrección y la vida
Ezequiel 37, 12-14 Os infundiré mi espíritu Exégesis Reflexión personal y en grupo
Romanos 8, 8-11

Lázaro comenzó a andar de nuevo

Orar con el salmo Dejar la muerte a las espaldas
Juan 11, 1-45 El temor a la muerte Homilías Con otras palabras

 

 

 

V DOMINGO DE CUARESMA / A

9 de Marzo de 2008

Misa pr. sin Gl. Cr. Pf pr.

 

 

 

 

REFLEXIONES SOBRE LAS LECTURAS

 

 

Reflexión: Ezequiel 37, 12-14


En la proximidad de la Pascua, la palabra de Dios nos va ofreciendo un mensaje de Vida, de optimismo y esperanza.

Las tres lecturas de hoy nos presentan como un enfrentamiento entre la muerte y la vida.

La muerte está donde falta Dios; el alejamiento y la ausencia de Dios producen sequedad y muerte.

La vida existe donde está Dios. La presencia y la cercanía de Dios produce alegría y vida.

En la la lectura vemos al pueblo de Dios desterrado y alejado del Señor a causa de su infidelidad, de su pecado. Su horizonte es la muerte. Su meta es el sepulcro.

Pero Dios promete infundirle su espíritu y así, el pueblo elegido por él, recobrará la esperanza y la vida. Retornar a su tierra es como salir del sepulcro y recobrar la vida.

Por la fe en Dios y la fidelidad a sus preceptos, logrará vivir a pesar de las dificultades por las que atraviesa.

Un mensaje de esperanza para nosotros: por la fe en Dios pasaremos de la "muerte del pecado" a la "vida de la gracia".

 

Nota: Ez 37,12-14
 

• 37,1-14: El anuncio de un retorno próximo, la afirmación de que el pueblo al fin vencerá a sus enemigos, no podía dejar indiferente al grupo de los desterrados. Pero este anuncio provocó, al menos en sus comienzos, más desaliento que esperanza. La idea de la vuelta, la perspectiva de una nueva instalación en la tierra prometida, no podía seducir más que a una comunidad que fuera lo bastante fuerte como para soportar la incertidumbre. Los exiliados se desesperaban, se sentían próximos al aniquilamiento (Ez 33,10s), veían sus sepulcros abiertos (Ez 37,12s). En tal contexto de desesperanza proclama el profeta esta visión que presentaba al pueblo de Dios como un amasijo informe de huesos resecos. Ezequiel hace venir de los cuatro vientos el soplo que recorre la tierra (Ez 37,9) para que infunda nueva vida a los cadáveres inanimados. Se trata de infundirles una vida especial, distinta a la normal del hombre, compuesto de cuerpo y fuerza vital. Dios infunde su espíritu en estos cuerpos (Ez 37,14) dotándolos de un corazón espiritual nuevo (Ez 36,26s).


 

 

Reflexión: Romanos 8, 8-11


También San Pablo nos habla del enfrentamiento de vida y muerte. Nos dice que:

* estar en pecado es permanecer en la muerte,

* dejarse llevar por el Espíritu de Dios es gozar de la vida.

Los bautizados en Cristo tienen en sí la vida de Dios.

Al igual que en primavera la vida brota por todas partes, así el espíritu de Dios hace brotar la vida, de modo copioso, en quienes lo poseen.

La resurrección de Lázaro que leeremos en el Evangelio, es figura de lo que le sucederá al mismo Cristo, resucitado por el Espíritu del Padre.

Y también es el signo de lo que nos sucederá a cada uno de nosotros si permanecemos unidos a Cristo, tal como nos dice el Apóstol San Pablo en esta 2ª lectura.

 

Nota:  Rom 8,8-11
 

• 8,1-17: Es clásica en san Pablo la contraposición entre carne y espíritu –Espíritu– (véase Gal 3,3; 5,16-26; Flp 3,3). Cuando el apóstol establece tal contraposición, el término carne sirve para designar todo lo que hay en el hombre de pecaminoso, de oposición a Dios. Nuestra traducción se hace eco de este significado al emplear la expresión apetitos desordenados. Paralelamente, con el término espíritu –o Espíritu– designa Pablo todo lo que hay en el hombre de divino. De ahí que el Espíritu es la norma de comportamiento cristiano, la fuerza impulsora de la acción apostólica (1 Tes 1,5; Rom 15,19), el inspirador de todo lo bueno (1 Cor 12,3; 14,2). En este sentido, espíritu y carne están en una oposición irreductible. Sin embargo, debe advertirse que ambos términos tienen a veces otro significado más cercano a la antropología veterotestamentaria: carne suele indicar lo que el hombre tiene de pequeño y de perecedero en comparación con Dios (1 Cor 15,50; Ef 6,12), y espíritu todo aquello que constituye al hombre en ser imperecedero, partícipe en algún modo del mismo ser divino (Rom 8,10; 1 Cor 2,11; 5,3-5; Gal 6,8; Col 2,5).

 

Comentario: Jn 11,1-45
 

11,1-16 Séptimo signo: victoria sobre la muerte. En la presente historia saltan inmediatamente a la vista los dos niveles distintos en que se mueven los protagonistas de la misma. En el primero de ellos, representado por las hermanas de Lázaro y los discípulos de Jesús, todo se mide con el baremo natural: la enfermedad del hermano y del amigo, el sueño, el peligro de volver a Judea, la decisión de subir a morir con él. Pero existe otro baremo distinto para medir las cosas y los acontecimientos. Es el manifestado por Jesús: la enfermedad y la muerte no tienen la última palabra. Ambas son superadas por el autor de la vida, que es capaz de “curar” al enfermo y de “despertar” al dormido. El peligro de volver a Judea no es grave si se camina durante el día (Jn 11,9-10; 9,4), es decir, el caminar en la luz o en las tinieblas expresa la misión de Jesús, la obra que él tenía que realizar en la “hora” designada por el Padre. Mientras no llegue ese momento, antes de que Jesús haya realizado su obra, sus enemigos no podrán nada contra él, porque no ha llegado su hora.

Jesús habla del sueño de Lázaro refiriéndose a su muerte (Jn 11,11). Los discípulos no comprenden. El evangelista utiliza este recurso de la incomprensión para tener la oportunidad de presentar la escena en todo su significado. El sueño es un eufemismo que indica la muerte. Era una imagen frecuente. Cuando un enfermo recupera el sueño de forma natural es signo de mejoría. Así lo entienden los discípulos en el caso de Lázaro: Señor, si se ha dormido, es señal de que se recuperará (Jn 11,12). Jesús se mueve en otro nivel: si el sueño es imagen de la muerte, el despertar al que estaba dormido significa ofrecerle la salud y la vida.

Jesús interpreta el milagro como lo que es, como un signo, que debe servir para la manifestación de la gloria de Dios o para la glorificación del Padre y del Hijo (Jn 11,4). La glorificación es el reconocimiento de la acción de Dios a través de su Hijo. Y en este signo se dan ambas cosas: la manifestación de Dios en acción y la reacción del hombre aceptándolo en la fe (Jn 11,46). El evangelista pretende acentuar la presencia y autoridad de Dios hechas realidad concreta en Jesús. Él es el enviado del Padre y, por tanto, el principio esencial de referencia para la realización del juicio de Dios. Este será positivo para quien le acepte en la fe y negativo para quien lo rechace. El enfrentamiento de Jesús con la muerte de Lázaro es una anticipación de su propio enfrentamiento con la cruz que le espera. De ahí que el evangelista relacione estrechamente la resurrección de Lázaro con la reunión del sanedrín, que decide eliminar a aquel perturbador del orden establecido (Jn 11,45-54).

11,17-27 Encuentro con Marta y María. En este relato es Jesús mismo quien se manifiesta claramente diciendo: Yo soy la resurrección y la vida (Jn 11,25). La palabra “resurrección” evoca la esperanza judía según la cual el “último día”, una vez consumado el mundo presente, Dios devolvería a la vida a aquellos que hubiesen observado la ley. Dios recompensaría a sus fieles, dándoles todos aquellos bienes de los que no habían podido disfrutar en esta vida. La recompensa era imaginada como una vida corregida, mejorada y aumentada, en un sentido excesivamente material.

La resurrección, también en la mente de Jesús, se halla asociada a la vida: la resurrección y la vida, como dice el texto. La diferencia está en que dicha resurrección es la vida; resurrección y vida son términos intercambiables; se trata de la resurrección que es la vida, o de la vida que es resurrección. Tanto es así que la expresión y la vida la omiten algunos manuscritos griegos, latinos y siríacos. Bastaba el Yo soy la resurrección para que todo el mundo entendiese que Jesús estaba hablando de la vida. Y no es la vida presente, corregida, mejorada y aumentada. Es la vida misma de Dios, participada en la medida en que un ser humano tiene capacidad para hacerlo.

La intervención de Cristo en el terreno de la vida es la anticipación del último día. El juicio y la vida que, según la escatología tradicional, tendrían lugar al fin de los tiempos (Jn 11,24), se convierten en realidades presentes en Jesucristo (Jn 11,25). El creyente entra en la posesión de la vida, en la plenificación vital que Dios, autor de la vida, regala a los creyentes, en el momento de aceptar la fe en su enviado, y la consumación de la misma a partir del instante de su muerte. Esta es la alternativa joánica a la concepción tradicional que hacía esperar dicha consumación hasta el fin de los tiempos “cuando resuciten estos despojos o restos mortales que ahora enterramos”, según una fórmula inadmisible de la liturgia funeraria. Juan desconoce ese tiempo intermedio. Los textos que lo presuponen (Jn 5,28-29; 6,39.40.44.54; 12,48) son de tipo redaccional. Fueron añadidos para, de alguna manera, establecer una cierta armonía con la escatología futurista tradicional.

La narración de la resurrección de Lázaro es un maravilloso cuadro plástico que ilumina lo que ya había sido dicho sobre lo que es Jesús (Jn 5,21). La resurrección y la vida expresan el sentido último de la misión de Jesús: comunicar plenamente a los hombres la vida (Jn 10,10). Quien la acepta, quien acoge su palabra, quien cree en el que le envió ha pasado de la muerte a la vida (Jn 5,24); la gracia de la vida absorbe al rigor del juicio; el don de Dios, inseparable de él mismo, llega a ser posesión definitiva del hombre.

La unión con Jesús garantiza la vida, a pesar del trance necesario de la muerte. Lo que Jesús promete es mucho más de lo que Marta espera. Para el creyente, la muerte ha sido relativizada. Tendrá que pasar por ella, por exigencias de la misma naturaleza mortal, pero no quedará sepultado en ella; la muerte, en su aspecto de fin-destrucción-aniquilación, ha sido superada por la vida (Jn 11,25). Dios, que es la vida, no puede abandonar a los suyos en el momento supremo de la muerte; les hará participar de su vida; les introducirá en su reino, que es todo lo más opuesto al llanto, al dolor y a la muerte.

11,28-37 Jesús llora ante el sepulcro. Esta vida comienza ya ahora, sin necesidad de esperar al último día, como dice Marta, que refleja y representa la creencia del judaísmo contemporáneo. La esperanza del futuro es ya realidad participada en la vida del creyente. El evangelio de Juan se caracteriza por acentuar la presencia ya actual del objeto de nuestra esperanza; es el don de Dios, participado por su criatura; es el fruto de las nuevas relaciones entre Dios y el hombre, que inauguró la aparición de su Hijo; es él quien ha hecho posible que su criatura escuche su palabra y que haga de su vida un servicio de amor. La vida divina anticipada en el creyente es creadora de paz, de seguridad, de libertad, de alegría. El luto definitivo de la muerte ha sido sustituido por vestidos blancos de victoria.

Lo importante ahora es la fe, por la que el hombre vive ya en la eternidad de Dios. La segunda parte del versículo en el que Jesús se presenta como la resurrección y la vida, acentúa la condición única para que la promesa divina sea eficaz: El que cree en mí aunque muera, vivirá (Jn 11,25). La expresión el que cree en mí es utilizada en las dos partes de la frase. De este modo se acentúa su importancia. El encuentro con Cristo, que es la resurrección y la vida, exige la decisión de la fe, la opción por la vida. El futuro y el presente del hombre dependen de la aceptación de la oferta divina de la vida. La frase citada recoge las dos posibilidades: la de la muerte como realidad ya presente y participada (como era el caso de Lázaro, y de los muertos en general): el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y la muerte como realidad futura, pero segura (es el caso de los que todavía vivimos): todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre.

Lo afirmado en el diálogo sostenido entre Jesús y Marta lo confirma el silencio elocuente de María. Ella simboliza la aceptación de las palabras de Jesús por parte del creyente.

11,38-44 Resurrección de Lázaro. En la resurrección de Lázaro, Jesús manifiesta su plena humanidad: él es el Hijo de Dios, en plena sumisión de su voluntad a la del Padre. Así lo demuestra su profunda emoción ante el amigo muerto y, sobre todo, la oración confiada que dirige a Dios. Es el autor de la vida quien le ha confiado el poder de dar la vida (Jn 5,20-21). Jesús no actúa como un mago realizador de obras prodigiosas. Lo hace acentuando su conciencia personal de unión y adhesión a la voluntad del Padre y desde la confianza total de ser oído por él. En el signo que se avecina, en la resurrección de su amigo, tampoco busca su gloria. No pretende que todo el mundo quede admirado ante el poder extraordinario que posee y le coloquen en el podio de la gloria. Él sencillamente comunica a los hombres los dones o el don que ha recibido del Padre: el don supremo de la vida o la vida como don supremo. Él se dirige a su Padre en una oración de intercesión que demuestra su unión y comunión con él, por un lado, y la sumisión a la voluntad del Padre, por otro. Este doble aspecto sintetiza todo el misterio de Jesús.

La historicidad del relato puede ser cuestionada, no desde la posibilidad o no posibilidad del poder de Dios o de Jesús en relación con los milagros, sino desde la narración misma en cuanto tal. Llama la atención que el milagro sea presentado por Juan como la ocasión que desencadenó en los judíos la decisión de eliminar a Jesús. En los sinópticos dicha decisión está provocada por las pretensiones de Jesús sobre el templo. Llama también la atención el hecho de que los sinópticos no conozcan un acontecimiento tan excepcional y que no encontremos en todo el Nuevo Testamento alusión alguna a un hecho tan extraordinario; que Lázaro sea presentado como un habitante de Betania, un amigo de Jesús (Jn 11,1; 12,2), sin relación con Marta y María. La tradición sinóptica no les presenta desde el principio como hermanos: el único evangelista que conoce a las hermanas, Marta y María, fuera de Juan, es Lucas (Lc 10,38-42). Estas dos hermanas, según la versión de Lucas, viven en un lugar no determinado de Samaría y no tienen relación alguna con Lázaro.

Sorprendentemente Juan no menciona para nada la reacción de Jesús, ni la de Marta y María, ante la resurrección de Lázaro, cuando antes de la misma se describen detallada y casi anecdóticamente los sentimientos psicológicos de cada uno, de los judíos presentes, de las hermanas de Lázaro y del mismo Jesús (Jn 11,33.35.38). Lázaro sale del sepulcro con toda la mortaja, vendas y ataduras.

A veces los milagros se hallan provocados por una parábola. Tenemos un caso típico en Marcos. Nos cuenta la maldición de la higuera (Mc 11,12-14). Narra a continuación la expulsión de los vendedores del templo. Después vuelve sobre la higuera, afirmando que se había secado (Mc 11,20-25). Todo apunta a la constatación de que la higuera seca es una elaboración del evangelista, que tiene su punto de partida en la higuera infructuosa. En nuestro caso ¿no ha podido influir la parábola que nos cuenta Lucas sobre el hombre rico y el pobre Lázaro? (Lc 16,19-31). El haber sido llevado al seno de Abrahán daba pie para hablar de su vida después de muerto. Para ello debía resucitar. A su vez, la resurrección de Lázaro se convertiría en una parábola en acción. Pretendería iluminar la afirmación más importante de todo el relato: Yo soy la resurrección y la vida.

De cualquier forma, debe quedar claro que la validez del signo y de su contenido no se ven cuestionados por su historicidad. El análisis de la narración demuestra que los motivos determinantes de la misma no son los históricos. El relato pretende ser predicación, anuncio del evangelio. El último de los signos narrados, no simplemente aludidos, debía ser un cuadro de excepcional belleza y atracción. El evangelista ha logrado su objetivo. Nos ha ofrecido un audiovisual tan cautivador, que difícilmente puede ofrecerse otro mejor logrado sobre el tema. Todo el mundo debe quedar embelesado en la contemplación del centro del cuadro: yo soy la resurrección y la vida. Es la gran noticia que el artista quiere dejar plasmada en su cuadro. Las demás pinceladas, múltiples y magistralmente utilizadas, tienen la finalidad de llevar a la comprensión del cuadro a todo aquel que se detenga ante él para disfrutar de su belleza. Quedarse en la materialidad del hecho significaría el empobrecimiento radical del mismo; no haber llegado a descubrir la belleza del cuadro; desconocer que el hecho milagroso tiene toda la razón de ser en su categoría de “signo”.

11,45-54 Decisión de matar a Jesús. La escena protagonizada por Caifás exige la distinción de los dos niveles, que suele tener presente el evangelista. Él piensa en eliminar a Jesús para que el pueblo pueda seguir viviendo tranquilo, aunque sea soportando a Roma como potencia ocupante. Si no toman cartas en el asunto, eliminando a Jesús, la intervención de Roma sería inevitable. Esto es lo que piensa Caifás. Las mismas palabras de Caifás las interpreta el evangelista como una profecía, pues se creía que el sumo sacerdote tenía poder de adivinación y el espíritu de profecía. Pensamiento que se había generalizado desde la desaparición de los profetas. Flavio Josefo atribuye al sumo sacerdote Juan Hircano (135-104 a. C.) el triple oficio: el sacerdotal, el regio y el profético. El evangelista se limita a formular su profecía: con la muerte de Jesús surgirá el pueblo nuevo, la Iglesia. Las palabras de Caifás, inconscientemente, son una presentación completa del evangelio.

En este episodio se verifica de forma particular lo que es una ley general dentro del evangelio: cuanto mayor es la revelación hecha por Jesús, tanto mayor y más clara es la división que encuentra en el auditorio y tanto más violenta la oposición a él. En ésta, que es la mayor, se llega al límite, tomando la decisión de matar a Jesús. El evangelista lo relata mediante el recurso a su fina ironía: el sanedrín, a cuya cabeza está su legítimo presidente, condena a Jesús para salvar al pueblo, cuando el pueblo, la nación, la ley, el templo... quedan descalificados por rechazar a Jesús, puesto que de tal rechazo surgiría una nueva realidad que reemplaza a la que ellos pretendían defender.

En el evangelio de Juan, la reunión del sanedrín no era necesaria. Toda la primera parte es una confrontación de Jesús con el mundo increyente. En aquel momento dicho mundo tenía el nombre concreto de “los judíos”. Dicha confrontación terminó con el rechazo de Jesús. Ya no hacía falta proceso alguno. Por eso en este evangelio no hay proceso “religioso”. El presente relato es como un aerolito procedente de la tradición sinóptica. Ha sido colocado aquí como la formulación explícita de algo que se halla implícito en los relatos anteriores, que recogen el rechazo de Jesús, como acabamos de decir. En cualquier caso tiene una gran importancia. Él nos demuestra que el pueblo judío en cuanto tal, en cuanto etnia, no fue responsable –como tantas veces se ha dicho y se ha escrito– de la muerte de Jesús. El pueblo judío fue tan responsable de la muerte de Jesús como lo fue el pueblo griego de la de Sócrates. El “pueblo judío” sólo posteriormente fue asociado a los responsables directos de su muerte, como un clamor popular que pedía su crucifixión. Fue convertido así en la caja de resonancia de los dirigentes judíos, que fueron los verdaderos responsables de la muerte de Jesús. Los dirigentes judíos actuaron en claro colaboracionismo con la autoridad romana. Esta fue exonerada de su responsabilidad por razones políticas: era necesario buscar una convivencia posible o, al menos, una tolerable coexistencia con Roma. Las comunidades cristianas estaban viviendo bajo la persecución de Roma. De rechazo, toda la culpabilidad en el proceso y condenación de Jesús recayó sobre los judíos, de una manera indiscriminada, sin distinguir entre el pueblo sencillo y llano y sus autoridades dirigentes.

La decisión de eliminar a Jesús hace que él tome precauciones. Se retira a Efraín, junto al desierto de Judá. Es importante subrayar –dadas las diferencias radicales del cuarto evangelio con los sinópticos– la coincidencia de los cuatro en presentar a Jerusalén como un lugar hostil hacia Jesús.

 

Reflexión: Juan 11, 1-45


El Evangelio del domingo pasado nos presentaba a Jesús como luz para el hombre.

Al abrir los ojos al ciego de nacimiento decía "yo soy la luz del mundo".

Y el domingo anterior nos decía que él nos podía dar un agua que apagará nuestra sed para siempre. Al hablar con la samaritana le afirmaba que "él era el agua viva que daba vida eterna".

Hoy, en este domingo, se va a enfrentar con la muerte. Y al vencer a la muerte nos dirá que él es la vida y que quien cree en él tendrá vida eterna.

Así nos ofrece la base y fundamento de nuestra gran esperanza: vivir para siempre.

Pero para tener vida es preciso tener "fe en Jesucristo". Quien no le acepte como Salvador; quien no le acoja como Redentor, permanecerá muerto.

Estando próximos a la Semana Santa en la que celebramos que por la muerte y resurrección de Jesús se nos da el perdón y la vida, debemos pensar con sinceridad:

* si creemos, como Marta, la hermana de Lázaro, que Jesús es la resurrección y la vida,

* si estamos en camino de conversión hacia Jesús, vida del hombre,

* si vivimos con alegría nuestra condición de creyentes a pesar de los desgarros que nos produce la muerte natural del cuerpo.

Ante la resurrección de Lázaro tenemos que preguntarnos cuáles son las vendas que nos atan y no nos dejan "vivir libre y gozosamente" la libertad de los hijos de Dios.

Esas vendas impiden nuestro andar libres en el seguimiento de Cristo y, por tanto, necesitamos escuchar la voz de Jesús que nos invita a "salir fuera" de aquello a lo que estamos atados y no nos deja tener la vida de Dios.

En la celebración de hoy, no desoigamos la voz de Jesús que nos invita, como a Lázaro: ¡Levántate y anda; escapa de tus ataduras y sígueme!
 


 


 

CON OTRAS PALABRAS

 

Una de las reservas que el Maestro tenía en relación a los dirigentes religiosos era que fomentaban en sus fieles una credulidad tan ciega que incluso, cuando alguno de éstos se atrevía a plantear una duda, siempre lo hacía dentro de los estrechos límites de su creencia.

Y contó el caso de un predicador que buscaba honradamente el que los suyos cuestionaran lo que él decía, para lo cual recurrió una vez a la estratagema de contarles la siguiente historia:

- «Hubo una vez un mártir que, tras ser decapitado, caminó con su cabeza en las manos hasta llegar a un anchuroso río. Una vez allí, como necesitaba ambas manos para nadar, agarró la cabeza con sus dientes y nadó hasta la otra orilla…»

Se produjo un momento de absoluto silencio, y entonces, para satisfacción del predicador, alguien se levantó y dijo:

- «¡No pudo hacer tal cosa!»

- «¿Por qué no?», preguntó expectante el predicador.

- «Porque, si hubiera sujetado la cabeza con los dientes, no habría podido respirar».

 Una cosa es tener fe, confianza en el Señor y su palabra de Vida, y otra la vana credulidad ante cualquier cosa que nos diga cualquiera. Hemos de aprender a distinguir lo uno de lo otro, porque sólo la fe en el Señor es necesaria; las credulidades pueden perdernos.

 

 

Reflexión personal y en grupo

 

A unos días de la semana mayor, ¿cómo la estoy programando, cómo la preparo? ¿Voy a encontrar tiempo también para mí mismo, para mi interioridad, para hacer un alto en el camino y examinar la marcha de mi vida, para hacer una revisión de mi relación con Dios? Estoy a tiempo...
 

- El caso de la amistad entrañable de Jesús con Lázaro y sus hermanas, nos presenta una faceta humana de Jesús que de alguna manera pasaba desapercibida antiguamente; no parecía «relevante« ni «revelante» para la «cristología vertical» que casi veía en Jesús un ser casi sólo divino, no humano. El Jesús que llora por la muerte de Lázaro, que se hospeda -o tal vez se refugia- en casa de estos amigos/amigas... es un Jesús «muy humano». La humanidad plena forma parte del seguimiento de Jesús. Comentar la relevancia de estos rasgos «tan humanos» de Jesús, y su porqué.

- ¿«Resucitó» Lázaro? ¿Qué hay en la «resurrección» de Lázaro de elementos que no tienen que ver nada con la «resurrección» en la que creemos para nosotros? «Re-suscitare», es la palabra latina por «resucitar», que fácilmente se ve que significa «volverse a levantar», creada a partir de la imagen del cadáver que recupera la vida. ¿No será que la palabra -y con ella el concepto mismo- es deudor de una imagen inadecuada? ¿Tendrá que haber reanimación de un cadáver para que haya «resurrección», de ésa que es objeto de nuestra fe? ¿Podríamos expresar con la máxima rigurosidad cuál es la esencia de la «fe en la resurrección», despojándola de todas las adherencias imaginativas, culturales...? ¿Cuál sería el núcleo esencial mínimo asegurado como contenido de la fe en la resurrección? La resurrección objeto de la fe cristiana, ¿no será uno de esos temas de los que es mejor no hablar si es que no se va a tener posibilidad de hablar con sumo respeto y toda matización?
 

 

 

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