DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD

Homilía de B. Caballero

 

                                                    

              

DEL DIOS COMUNIDAD AL HOMBRE EN RELACIÓN

 

1. Tanto amó Dios al hombre. Hace una semana, en Pentecostés, concluyó el tiempo pascual con el don del Espíritu. Al reiniciar la andadura del tiempo litúrgico que corre durante el año, esta fiesta de la Santísima Trinidad es una celebración gozosa y agradecida al Dios uno y trino por la obra de nuestra salvación.

Las lecturas bíblicas de este año nos presentan el misterio de un Dios compasivo y misericordioso (1ª lect.), tan cercano al hombre que le sale al encuentro por Cristo para ofrecerle su amistad, amor y comunión (2ª lect.) junto con la posibilidad de una vida sin fin (evangelio). Hoy se nos brinda una oportunidad para tomar conciencia de la dimensión trinitaria de toda nuestra vida cristiana.

El peligro a que está sometida esta verdad de fe es ver la Santísima Trinidad como un misterio inescrutable. Efectivamente lo es. Pero al revelarnos Jesús el misterio trinitario del único Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, quiso descubrirnos ante todo un misterio de vida y no un enigma religioso para que lo descifremos como un jeroglífico, crucigrama o rompecabezas teológico. Por este camino no llegaríamos a ninguna parte: recuérdese la leyenda de san Agustín paseándose por la playa de Hipona. Por fortuna el misterio trinitario no es mera verdad especulativa o dogma para gimnasia del intelecto.

El evangelio de hoy forma parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, cuyo tema central es el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu. Su contexto es, por tanto, un relato doctrinal o catequesis sobre el bautismo. Esta breve lectura -tres versículos- es de un contenido trascendental. Se habla en ella directamente del Padre y del Hijo, pero no del Espíritu Santo. No obstante se apunta a una teología trinitaria viva y no conceptual, pues se muestra a Dios operando por amor la salvación del hombre. Queda constancia de:

a) La oferta de salvación que Dios hace al hombre, señalando su motivación y finalidad: "Tanto amó Dios al mundo que (le) entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". El motivo de la entrega es el amor de Dios al mundo; y la finalidad de ese don personal en Cristo, es la salvación y vida del hombre por la fe en Jesús. Puesto que el móvil de la encarnación y muerte redentoras de Cristo es el amor de Dios al hombre pecador, queda claro que "Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el hombre se salve por él".

b) Las consecuencias de la fe y de la incredulidad son dispares en el juicio último, ya presente: "El que cree en él (Jesús) no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre (persona) del Hijo único de Dios". La fe es vida y salvación eternas; la incredulidad es condenación porque es negarse al amor.

2. Del Dios comunidad al hombre en relación. Dios no es un ser lejano, solitario y mudo, cerrado en el círculo hermético de un silencio eterno, sino que, por ser trino, es amor y alteridad. En términos de personalismo psicológico, explicaríamos el dogma trinitario así: El "Yo" del Padre, al comprenderse y reflejarse a sí mismo, engendra el "Tú" que es el Hijo; y del amor mutuo de ambos procede el "Nosotros", que es el Espíritu Santo, don y devolución de amor, comunicación y diálogo. Después, como consecuencia y porque la Trinidad ama al hombre que creó, abre y agranda el círculo, admitiéndonos en su órbita divina como hijos por medio de Cristo, su imagen visible y su revelador. Y el Dios que Jesús nos revela es cercano, compasivo y misericordioso; más todavía, es nuestro Padre.

Jesús nos reveló el misterio trinitario para que lo vivamos en la medida de nuestras posibilidades. Vivirlo es la mejor manera de entenderlo. Y se vive y se entiende, experimentando y vivenciando en la fe la relación filial con Dios por medio del Espíritu de Cristo que habita en nosotros.

En nuestra existencia cristiana han de combinarse vida y fe, oración y teología vivencial. No puede bastarnos saber cosas sobre Dios y hablar de él. Eso todavía no es fe. Hemos de llegar a encontrarnos y conversar con Dios mediante la oración y el diálogo personal. Esta es la vía evangélica que nos mostró Jesús: Primeramente, apertura y escucha de Dios y su palabra; después respuesta y oración, por ejemplo el Padrenuestro; y seguidamente, amor a nuestros hermanos los hombres porque Dios los ama como a hijos, se refleja en ellos, especialmente en los más pobres, y hace salir el sol cada mañana sobre todos y cada uno de ellos.

Así, la exacta valoración del hombre, de la vida y de las relaciones humanas surgirá de ese contacto vivo y personal con Dios por la fe y la oración. Porque nos sentimos amados de Dios, a nuestra vez podemos y debemos amar a los demás que también son hijos queridos de Dios, y por tanto hermanos nuestros. Dios uno y trino, que es amor comunitario, al introducirnos en su órbita nos enseña que la vida es amor compartido, comunión y diálogo.

En su discurso de despedida Jesús oró así al Padre: "Te ruego por los que crean en mí, para que sean uno, como tú y yo somos uno" (Jn 17,20). Comentando este texto, el concilio Vaticano II deduce el carácter comunitario de la vocación humana según el plan de Dios: "Cuando el Señor ruega al Padre que `todos sean uno como nosotros somos uno', abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrena a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás" (GS 24,3).
 

 

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