ES LA HORA DEL
ESPÍRITU
1. El gran olvidado. Se dice con frecuencia que el Espíritu es el gran
desconocido u olvidado, el gran silenciado, que no ausente, de los
cristianos. En el pueblo cristiano abundan las devociones, rezos y
celebraciones para los diferentes misterios de la vida de Cristo y para las
múltiples advocaciones de la Virgen María o de los Santos. ¿Por qué hay
menos páginas dedicadas al Espíritu Santo en los devocionarios y
oracionales? Entre las posibles causas que hacen del Espíritu un ilustre
desconocido podemos apuntar éstas:
1ª Falta de
formación y catequesis antes y después de los sacramentos de la iniciación
cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.
2ª.
Inexperiencia vivencial de su presencia y acción en nuestra propia vida
personal, debido a un nivel pobre de fe y vitalidad cristiana.
3ª. La
dificultad misma que en sí encierra la comprensión de los símbolos, imágenes
y expresiones que, por carencia de vocabulario y definiciones precisas, se
aplican en la Escritura a los signos de la presencia y acción del Espíritu.
Expresiones e imágenes tales como viento, fuego, lenguas, agua, paloma,
defensor, consolador, amor, inspiración profética, carismas, frutos y dones,
espíritu de adopción y de libertad...
En los
escritos del nuevo testamento la tercera persona de la Santísima Trinidad,
que es y llamamos el Espíritu Santo, aparece las más de las veces, no en la
intimidad de la vida trinitaria, sino en su acción exterior. El Espíritu
significa casi siempre presencia y acción de Dios, tanto en la persona y
vida de Jesús desde su encarnación hasta su resurrección, como en la vida
interna y en la actividad apostólica de la comunidad eclesial y de sus
miembros.
Si queremos
definir al Espíritu con una expresión actual y bíblica, tendremos que decir:
Es el don de Cristo resucitado a la Iglesia que es su cuerpo; es el Espíritu
de Jesús mismo en nosotros; es nuestra nueva dimensión personal y
comunitaria de discípulos suyos, cristianos, hijos de Dios y hermanos de los
hombres; es el amor de Dios (el que él nos tiene), difundido en nuestros
corazones; es el "nosotros" trinitario y la conciencia eclesial.
2. Vivimos
la hora del Espíritu dentro y fuera de la Iglesia. En nuestros días
asistimos con gozo al redescubrimiento del Espíritu en la Iglesia. Es la
hora del Espíritu. Tanto el movimiento pentecostal (protestante) como el de
renovación carismática (católico) hablan del retorno al Espíritu. El
movimiento carismático, que se ha extendido por todo el mundo católico,
alerta a la comunidad cristiana sobre el protagonismo decisivo del Espíritu
Santo en la renovación de la Iglesia y en el cumplimiento de su misión
evangelizadora del mundo.
El
rejuvenecimiento de la iglesia es función permanente del Espíritu; y,
venturosamente, hoy como ayer no faltan testimonios. Los carismas en la
Iglesia de hoy quizá no sean tan espectaculares, o no sean los mismos, que
en la Iglesia primitiva porque han cambiado las circunstancias. Pero la
llama de Pentecostés no se apaga. Es perceptible el soplo del Espíritu en
los constantes movimientos que de uno y otro signo vivifican la Iglesia,
tales como: comunidades cristianas de base y neo-catecumenales, cursillos,
equipos matrimoniales, grupos de oración y ecumenismo; amén de los
Institutos de vida consagrada, tanto religiosos como seculares.
Estos
institutos, órdenes y congregaciones religiosas, lo mismo masculinos que
femeninos, así como los institutos seculares y sociedades de vida
apostólica, ejercen su carisma propio para funciones múltiples y concretas
dentro de la misión universal de la Iglesia al servicio del reino de Dios.
Además, la
fuerza y acción del Espíritu se expresa también en los diversos movimientos
de espiritualidad, de ecumenismo, de evangelización de las culturas, de
investigación teológica y bíblica, y en el múltiple servicio pastoral del
pueblo de Dios.
Pero el
Pentecostés perenne del Espíritu se manifiesta no sólo en estos carismas que
tienen un puesto reconocido y una tradición oficial o fáctica en la
comunidad eclesial, sino también en la vida de todo creyente, hombre o
mujer, que secunda su vocación cristiana con un corazón abierto a la acción
del Espíritu de Dios.
Así, el
ejemplo y la educación en la fe que dan los esposos cristianos a sus hijos,
la fidelidad callada de una madre de familia, el trabajo honrado del padre,
la ayuda prestada al vecino o al amigo que tiene problemas, la paciencia
alegre del enfermo en su dolor o del anciano en su soledad, la oración
silenciosa, la confianza en Dios, la alegría del deber cumplido y de una
conciencia recta y honrada. Todo es don del Espíritu de Dios que sigue
presente y actuando en los creyentes.
Y puesto que
Dios no es monopolio exclusivo de los cristianos y creyentes, su Espíritu
actúa también en el mundo la salvación de Cristo, destinada a todo ser
humano. Así tantos profetas laicos de la esperanza humana, hombres y mujeres
de buena voluntad que entregan su talento, energías, tiempo y vida a la obra
de la paz, la justicia, la liberación integral, la cultura, la dignidad
humana, el desarrollo pleno, la fraternidad y la ecología. Todo lo que es
noble, hermoso y profundamente humano en el corazón de un hombre o una mujer
que lealmente optan por el amor y la verdad, procede del Espíritu de Dios
"que sopla donde quiere", porque es el Espíritu de quien es luz que
ilumina a todo hombre, Cristo Jesús, palabra personal del Padre de todos.
Por todo ello, ¡creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida!
Nuestra
oración comunitaria y personal, Padre de todos, es hoy de bendición, acción
de gracias, alabanza y gozo por los signos de la presencia de tu Espíritu en
el mundo.
Perdona,
Señor, nuestra ineficacia de cristianos cobardes, y danos la fuerza de tu
Espíritu para anunciar hoy a Cristo como esperanza de la humanidad y verdad
que vence la mentira, como paz y libertad que fundamenta la dignidad humana,
como vida que supera la muerte, el desamor y la opresión, como amor y
fraternidad que derrotan al odio y la violencia, como única liberación,
capaz de crear personas libres que aman.
¡Ven,
Espíritu divino! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el
fuego perenne de tu amor. Amén.
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