LA COMUNIDAD EUCARÍSTICA
1. Cuerpo de Cristo y comunidad eclesial. En su significado inmediato la
expresión "cuerpo y sangre de Cristo" se refiere a la Eucaristía, que es el
sacramento del cuerpo y sangre del Señor, presente realmente bajo los signos
sacramentales del pan y del vino. Pero "cuerpo de Cristo" es también la Iglesia,
es decir la congregación de fieles que creen en Jesucristo. El sacramento del
cuerpo del Señor, la Eucaristía, se relaciona, pues, directamente con la
comunidad que lo celebra.
Al instituir la
Eucaristía Jesús cumplió la promesa de darnos su cuerpo en
alimento y su sangre en bebida. Así lo anunció él en el discurso eucarístico
sobre el pan de vida, en la sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de la
multiplicación de los panes. De este discurso se toma la lectura evangélica de
hoy: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá
para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo... Mi
carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida".
La
Eucaristía es también signo de la unidad eclesial. El pan eucarístico es el
alimento, el nuevo maná del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que camina por el
desierto de la vida en marcha siempre hacia la patria esperada del cielo. Así lo
prefiguraba ya el maná del pueblo peregrino del antiguo testamento, que recuerda
la primera lectura de hoy. Además el pan que compartimos en la mesa del Señor
nos une a todos los cristianos en el cuerpo de Cristo, afirma san Pablo en la
segunda lectura: El pan es uno; y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un
solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
Por tanto, el cuerpo eucarístico de Jesús dice relación directa a la asamblea
eclesial, que es el cuerpo místico de Cristo. De ahí que la Eucaristía, para ser
auténtico memorial del Señor, es decir, del misterio profundo de amor que es la
pasión, muerte y resurrección de Jesús, está pidiendo la unión, el amor fraterno
y la completa unidad del grupo que celebra con fe la cena del Señor.
Hasta el punto que es imposible celebrar dignamente la
Eucaristía sin comunidad
de amor.
2. El cuadro más habitual y tipo medio. Éstos son los principios doctrinales, la
verdad de la Eucaristía en que creemos como sacramento del cuerpo de Cristo y de
la unidad eclesial. Pero, ¿es también la realidad que vivimos en nuestra
comunidad? De hecho, ¿no han quedado muchas de nuestras Eucaristías o misas en
mero cumplimiento de un rito?
Las comunidades eucarísticas de hoy son, con frecuencia, mucho mayores que las
del primitivo cristianismo; a veces incluso son demasiado grandes. Las misas
dominicales, o diarias, se suceden en nuestros templos e iglesias parroquiales
conforme a horarios fijos y con un tiempo límite. En las ciudades el grupo de
fieles se conoce poco o nada a nivel personal, aunque se hayan visto
ocasionalmente en el barrio o a la puerta de la iglesia.
Durante el desarrollo del culto, la asamblea guarda silencio la mayor parte del
tiempo; y los presentes no se comunican con sus vecinos, a veces demasiado
dispersos. La participación se reduce a las respuestas, escucha comunitaria,
posturas comunes, cantos, saludo de la paz y comunión; aunque no todos. Al
acabar la acción litúrgica se disuelve el grupo y cada uno vuelve a su casa o su
trabajo, sin comunicarse personalmente con los hermanos, sin conocer nada de su
vida y problemas. Éste es el cuadro más habitual y tipo medio. Sinceramente,
¿podemos considerar suficiente este espíritu y estilo de comunidad eucarística?
Incluso, lo que es peor todavía, a veces damos la impresión de que hemos venido
a cumplir una obligación, y no a expresar una necesidad de nuestra condición de
pueblo de Dios que se congrega, a la invitación de su palabra, para celebrar y
manifestar su fe, dar gracias al Señor, alabar su gloria, partir el pan juntos y
vivir el amor fraternal que debe unirnos como hermanos y amigos que se
encuentran, se saludan, se comunican y están a gusto en compañía sin
aburrimiento y sin prisas del reloj.
3. Asamblea eucarística: comunidad de amor. Hemos de convertirnos decididamente
a la dimensión comunitaria de la Eucaristía y de toda la vida cristiana, optando
por la amistad y fraternidad que se expresan en el saludo cordial, en la sonrisa
afable, en el gesto acogedor y comprensivo. Si somos hermanos que se reúnen en
familia no podemos aceptar el anonimato de la masa. Necesitamos imaginación
creadora para lograr que nuestras asambleas litúrgicas y de oración, especialmente la
Eucaristía, sean
reunión familiar.
Habrá que ensayar caminos nuevos y antiguos ya en la primitiva comunidad
cristiana: comunión de bienes espirituales y materiales, comunicación personal,
diálogo y conversación entre hermanos que se conocen por su nombre, testimonio y
apoyo mutuo de fe, solidaridad -incluso económica- con los problemas de los
diversos grupos y personas de la comunidad. Nadie es tan autosuficiente que no
necesite de los demás, ni nadie es tan pobre que no pueda aportar algo a los
otros.
El Corpus es el día de la caridad. En toda
Eucaristía hay al menos un mínimo de
signos de amor y comunión fraternal: la asamblea reunida, la oración y alabanza
común, el padrenuestro, el saludo mutuo o gesto de la paz, y sobre todo la
participación del mismo pan en la mesa común del Señor; comunión eucarística
que, para ser plena, ha de tener dos vertientes: la vertical y la horizontal, es
decir con Cristo y con los hermanos.
Dios quiere habitar entre nosotros, sus hijos. Hagámosle sitio en nuestros
grupos, comunidades y parroquias, abiertas a la comunión eclesial, al amor y la
solidaridad con los hermanos.
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