SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Homilía de B. Caballero

 

                                                    

           LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR


 

1. Por pedagogía catequética de la fe celebramos hoy, dentro de la cincuentena pascual, la Ascensión del Señor como fiesta litúrgica individualizada. Por los testimonios escritos de la antigüedad cristiana sabemos que esta festividad no se celebró en la Iglesia, tanto oriental como latina, antes de finales del s.IV. El motivo que indujo a "interrumpir" la cincuentena pascual fue la cifra de los cuarenta días que entre la resurrección y la ascensión del Señor apunta Lucas al comienzo de los Hechos de los apóstoles. Sin embargo, de hecho no se da tal interrupción, pues la exaltación y el paso de Jesús resucitado a la gloria del Padre no es sino el aspecto plenificante del acontecimiento único que es su misterio pascual.

Según los textos bíblicos y litúrgicos de hoy, de la exaltación de Cristo a la derecha del Padre se deriva una doble consecuencia o dos dimensiones de una misma realidad:

1ª Respecto de Jesús: la plena soberanía espiritual y cósmica. Cristo resucitado es constituido por el Padre, Señor del universo y de la historia, cabeza de la nueva humanidad y de la Iglesia que es su cuerpo y plenitud. Así lo expone san Pablo en la segunda lectura.

2ª Respecto de nosotros, la Iglesia: el mandato misionero. Es el envío para la evangelización y el testimonio que Jesucristo, con pleno poder en el cielo y en la tierra, transmite a la comunidad eclesial, representada inicialmente en los Once. Así lo exponen la primera lectura y el evangelio.

2. La Ascensión del Señor, según la narración de Lucas en el libro de los Hechos, es una escenificación literaria de su exaltación como subida al cielo. El mensaje transmitido es la plena glorificación de Cristo junto al Padre, al que retorna una vez concluida su etapa terrena. Por eso es preferible el término exaltación o glorificación al de ascensión. Este último nos hace un flaco servicio, pues en una mala jugada del lenguaje común evoca míticamente la categoría de espacio: subir hacia arriba como un misil, un astronauta o un supermán que se pierde de vista en la estratosfera. Jesús resucitado no subió al cielo en el sentido literal de la palabra, porque Dios no vive en los espacios siderales más allá de las nubes, sino que fue exaltado como Señor a la gloria del Padre.

Definir el cielo, que confesamos por la fe y anhelamos por la esperanza cristiana, supera nuestros conceptos y lenguaje. El cielo es estar y vivir con Dios, pero no podemos concretarlo en un espacio determinado y ubicado en las alturas. Como un eco de esta burda creencia, el primer cosmonauta, el ruso Yuri Gagarin, afirmaba no haber visto a Dios por ninguna parte durante su vuelo espacial (12 de abril de 1961).

Más que un lugar, el cielo es un estado, un estar con Dios y en Dios, verlo, gozarlo y poseerlo para siempre. Diríamos que el cielo es fundamentalmente Dios mismo, las tres divinas Personas, de cuyo amor nos es dado participar, gracias a Cristo, de un modo sublime e inalcanzable a nuestra limitación humana. "Ni el ojo vio, el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1Cor 2,9).

El final del relato de la ascensión según Lucas en el libro de los Hechos, habla de la nube que oculta a Cristo y de los hombres de blanco (ángeles) que hablan a los apóstoles. Detalles que pertenecen al género literario usual en las teofanías bíblicas cuando Dios se revela al hombre. La revelación transmitida por los ángeles es la vuelta gloriosa del Señor Jesús al fin de los tiempos, sin que valga especular sobre el cuándo.

3. El mandato misionero: Id y haced discípulos. Entre las dos venidas del Señor, la ya realizada y la última, corre el tiempo de la Iglesia, es decir, de la misión evangelizadora a impulsos del Espíritu de Jesús, presente siempre en su pueblo. El mandato misionero que hoy confía Cristo a su Iglesia es precisamente continuar su señorío liberador de todo lo que hace menos humana y malogra definitivamente la vida del hombre.

Como evangelio se lee en este año A el final de Mateo. Estos cuatro versillos son de gran contenido y constituyen el testamento del Señor resucitado. Sin mencionar la ascensión, Mateo deja constancia de la glorificación de Cristo en la frase que éste pronuncia: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra", cuyo desarrollo teológico centra la reflexión paulina de la segunda lectura de hoy.

Consecuencia inmediata de esta auto-revelación es el mandato misionero de Jesús: "Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado". Este envío y misión de la Iglesia son universales y no se limitan a Israel. El nuevo pueblo de Dios no tiene más fronteras a su aliento misionero que los límites del mundo.

Cristo conocía muy bien la enorme desproporción existente entre la valía personal de sus discípulos y la tarea que les confía. Necesitarán la ayuda de lo alto, la fuerza del Espíritu, la presencia de Jesús mismo. Por eso añade como promesa: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Jesús se queda con los suyos. A su presencia física sucede en el tiempo de la Iglesia una presencia nueva, invisible pero real.

Jesús continúa estando presente entre nosotros por su Espíritu, por su palabra y los sacramentos. Éste es el fundamento de nuestra esperanza, de nuestro amor, de nuestro optimismo, de nuestro aliento para el apostolado y el testimonio cristiano. Cristo no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que nos ha precedido como cabeza nuestra (Prefacio I de la Ascensión). Por eso mientras esperamos su venida gloriosa, respondemos a su invitación con una aclamación de fe gozosa: ¡Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor!
 

 

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