VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Homilía de B. Caballero

 


 

LA REVOLUCIÓN DEL AMOR CRISTIANO

B. Caballero
 

1. Amad a vuestros enemigos: norma y motivación. En el evangelio de hoy Cristo nos propone la sublime revolución del amor cristiano: perdón y bienquerer, en vez de venganza y odio. En forma de sentencias breves sobre este tema general, Jesús nos da una norma de conducta y la motivación de la misma: amad a vuestros enemigos, así seréis hijos de Dios.

a) La norma de conducta tiene dos secciones, referida la primera al amor a los enemigos, y la segunda a la comprensión fraterna.

1a. Amor a los enemigos. Idea que se desarrolla a base de ejemplos concretos: poner la otra mejilla, ceder el manto, dar al que pide y prestar a fondo perdido.

2a. Comprensión que evita el juicio condenatorio de los demás. Esta segunda sección es más breve. La abre Jesús apelando a una razón teológica: el ejemplo de Dios: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo"; y la concluye diciendo: "La medida que uséis la usarán con vosotros".

La consigna de Cristo: "amad a vuestros enemigos", abre y cierra la primera sección, referente a la norma de conducta. Bajo el común denominador de "enemigos" entran los diversos grados de enemistad, por ejemplo en gradación ascendente: desde la antipatía natural e incompatibilidad de caracteres, la secreta o manifiesta rivalidad, la grosería y la altanería inaguantables, la astucia y la doblez repugnantes, la mala voluntad y la traición, hasta la hostilidad y el odio, e incluso la persecución a muerte.

b) La motivación de tal amor a nuestros enemigos radica, según Jesús, en la imitación del amor gratuito de Dios hacia todos los hombres: "Así seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos".

Esta motivación, unida a la razón teológica "como vuestro Padre es compasivo", hace eco a aquella otra motivación global: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). He aquí, pues, los criterios que fundamentan nuestra conducta con el prójimo, en especial con el enemigo: la bondad, compasión y santidad de Dios.

Necesitamos amar a todos, incluido el enemigo, para reproducir en nosotros la imagen de Dios que es amor gratuito, para ser imagen del hombre nuevo y celeste que es Cristo, encarnación del amor de Dios, y para conseguir la plenitud y madurez humanas, pues el hombre es un ser creado para amar y ser amado. Sólo amando desinteresadamente puede el hombre alcanzar la meta de su felicidad y, para el que es creyente, su altura cristiana porque así se constituye en hijo de Dios, que es amor para todos.
 

2. Un evangelio incómodo. El evangelio de hoy es sublime pero molesto, casi imposible. Uno se siente incómodo leyendo o escuchando la página evangélica de hoy. Es tan sublime que resulta insoportable para nuestra ruindad. Al vernos tan lejos de ese ideal, nos sentimos tentados a pasar la hoja y tachar a Jesús de soñador e irreal, desconocedor del corazón humano. ¿Ignoraba él que llevamos dentro una innata ley del talión que nos hace proclives al odio y la venganza? Precisamente porque lo sabía, nos propone una vía de liberación y felicidad, no mediante una estúpida pasividad, sino por la fuerza activa del perdón y del amor. Tal fue la grandeza humana de David perdonando a su enemigo mortal el rey Saúl, el ungido del Señor (1ª lect.).

El mensaje del evangelio de hoy: amor al enemigo, tiene aplicación cada día y a todas horas, porque estamos siempre acosados por la injusticia y la revancha. Los conflictos y las reclamaciones por la violación de lo que cada uno considera sus derechos es crónica diaria, y no sólo a nivel internacional y nacional, en la vida cívica, administrativa y laboral, sino incluso a nivel familiar y entre amigos, socios y compañeros.

Si no vivimos habitualmente en el amor como clima ambiental de nuestra vida y conducta cristianas, nos resultará imposible perdonar y amar gratuitamente. Necesitamos profundizar en el amor, el perdón, la comprensión y la benevolencia. Porque todos somos muy buenos y educados mientras los demás nos sonríen y todo corre a nuestro gusto; pero perdemos fácilmente los modales ante cualquier contratiempo, desatención o maltrato. Prueba de que nuestra caridad cristiana es un barniz superficial que se raya al menor contacto. Lo que parece imposible al hombre terreno es posible para Dios que, por el misterio pascual de Cristo y el amor de su Espíritu, nos puede transformar en hombres y mujeres nuevos y espirituales, si nosotros colaboramos.
 

3. Amar a fondo perdido. Jesús nos avisa: Si amáis solamente a los que os quieren bien, ¿qué mérito tenéis? Eso lo hace todo el mundo; también los malos y los descreídos. A sus discípulos Cristo les pide más: amor incluso al que no nos quiere, nos resulta antipático, no contesta a nuestro saludo, nos responde agriamente, traiciona la confianza que en él pusimos, nos hace mal, nos difama, en una palabra, es un enemigo.

Lo que más dificulta el amor, su cáncer declarado, es el egoísmo interesado y calculador que nos hace preguntarnos ante el otro: ¿Qué gano yo, para qué me sirve, qué puedo esperar de esta persona? Tal pregunta ante los que no cuentan: marginados, pobres, ancianos, minusválidos, alcohólicos, drogadictos, delincuentes, criminales, enemigos personales, etc., no puede tener más que una respuesta: nada. Así nos cerramos al amor gratuito y no utilitario, cuyo modelo supremo es Dios, de quien hemos de aprender generosidad y amistad, comprensión y acogida, aceptación e intimidad, cercanía y solidaridad, alegría en el compartir, amor y perdón.

Amar a fondo perdido y sin que el otro lo merezca, sin pedir ni esperar nada a cambio, devolver bien por mal, querer a los demás a pesar de su malquerencia, es el amor más grande y auténtico, el amor que Cristo nos enseñó y practicó, el amor que hace creíble el evangelio en nuestro entorno.

 

 

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