LA IGLESIA, COMUNIDAD DEL
ESPÍRITU
1. El don
del Espíritu. En el texto evangélico de hoy distinguimos dos secciones
básicas que forman parte del don pascual del Espíritu a la comunidad
cristiana, como anuncia y promete Jesús a sus discípulos en su discurso de
despedida:
1ª. Envío del
Espíritu, como don de Cristo y del Padre: "Yo le pediré al Padre que os
dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad".
Así habla Jesús. En su discurso menciona al Espíritu cinco veces. En todos
los casos habla Jesús del Espíritu como de una persona distinta de él y del
Padre, y lo llama Paráclito. Término griego complejo que significa abogado,
defensor, testigo que actúa en defensa de Jesús, portavoz que habla en su
nombre cuando es juzgado por sus enemigos, maestro y guía de los discípulos,
consolador y valedor de los mismos porque ocupa entre ellos el lugar de
Jesús. En conjunto, Juan presenta al Espíritu Santo en un cometido muy
concreto: ser la presencia personal de Cristo junto a los cristianos
mientras el mismo Jesús permanece junto al Padre.
2ª.
Retorno de Jesús. Y añade el Señor: "No os dejaré huérfanos, volveré.
Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis; y viviréis,
porque yo sigo viviendo". Jesús está prometiendo una presencia suya más
continuada que las apariciones pascuales. Pero, ¿cómo, si de hecho se
ausenta? Será por medio del Espíritu prometido. Éste no va a ser un vicario
en sede vacante, sino la presencia permanente del mismo Jesús entre los
suyos después de su retorno al Padre. Por eso afirmó Jesús: "Yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo".
Es en la
primera lectura donde vemos ya realizada la promesa de Jesús: el Espíritu
desciende por medio de Pedro y Juan sobre los samaritanos, convertidos a la
fe en Jesucristo y bautizados en su nombre gracias a la predicación y
sanaciones del diácono Felipe. Este pasaje constituye el "Pentecostés
samaritano", al igual que en casa del centurión romano Cornelio tuvo lugar
el pentecostés "pagano". Ambos casos son el eco del gran pentecostés "judío"
en Jerusalén que se narra al principio de los Hechos.
2. La
comunidad del Espíritu. Por todo lo que precede podemos concluir que la
Iglesia es la comunidad del Espíritu, si bien no en monopolio exclusivista,
pues también fuera de la Iglesia actúa el Espíritu de Dios. Pero es la
comunidad de fe el espacio, digamos, natural de su presencia y acción, como
vemos en el conjunto del libro de los Hechos de los apóstoles. Este libro,
además de ser un ensayo histórico-teológico de la Iglesia naciente,
constituye la primera y mejor teología del Espíritu. Este se comunica al
grupo cristiano mediante el bautismo, la imposición de manos y la oración de
los apóstoles y de los hermanos para realizar, conforme a la promesa de
Jesús, las tareas que en su discurso de despedida señala como propias del
Espíritu.
La
inhabitación del Espíritu en los creyentes es la nueva forma de vivir el
Señor resucitado entre sus discípulos para siempre. Es también el Espíritu
de Cristo quien mantiene unida a la comunidad pascual y la impulsa hacia la
audacia evangelizadora rompiendo el estrecho concepto nacionalista de
salvación y creando la libertad de Cristo frente al estéril legalismo
religioso. Por eso el Espíritu es el gran don de Cristo resucitado a la
Iglesia, nacida del misterio pascual, es decir de la muerte, resurrección y
exaltación gloriosa de Jesús.
Para que el
Espíritu no siga siendo un "ilustre desconocido", el movimiento eclesial de
renovación carismática debe ser algo más que el nombre de unos grupos
individualizados en la Iglesia de hoy, ha de ser el clima de apertura
misionera y vitalista de toda vida cristiana: comunitaria y personal. Hoy es
día de preguntarnos hasta qué punto el Espíritu de Jesús alienta en nuestra
propia comunidad y en nuestra vida personal.
3. Así
podremos glorificar a Cristo en nuestros corazones y estar siempre
prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere,
como exhorta san Pedro en la segunda lectura. Fiados en la palabra de Jesús:
"No os dejaré desamparados, volveré", sabemos que su promesa no es
futurista, sino realidad ya presente por el Espíritu. Aquí está el
fundamento de nuestra esperanza en todo momento: bonanza o tribulación.
Es evidente
que la fe pascual y la esperanza cristiana no son narcótico que suprima la
dureza de la vida, ni la limitación de la muerte, ni las huellas de ésta
manifiestas en el penar y sufrir de los humanos. Pero también es cierto que
el que cree y espera, mantiene un talante distinto frente a estas realidades
negativas de la existencia; porque la resurrección de Cristo fundamenta la
esperanza de la nuestra. Si Cristo no hubiera resucitado, diríamos de él que
fue un hombre bueno, un gran profeta, un sublime maestro de espíritu; pero
nada más que un hombre y, además, fracasado.
Pero no fue
así. Más todavía: el Espíritu que resucitó a Jesús vive en nosotros
alentando la esperanza de nuestra propia resurrección. Él nos ayuda a
entender en cristiano el mensaje positivo que paradójicamente se encierra en
términos como cruz y muerte, y nos enseña abiertamente que la última palabra
no la tiene el mal sino el bien, no la muerte sino la vida.
Por eso
podemos repetir con el salmista: "No he de morir, yo viviré para contar
las hazañas del Señor". Si nuestra vida está unida a Cristo en una
muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya; y
estaremos prontos para dar razón de nuestra fe y esperanza a todo el que nos
la pida (2ª lect.). Espléndida formulación del estilo cristiano que conjuga
la fe, la esperanza y el testimonio al ritmo del caminar diario. Porque
Cristo está vivo tenemos vida también nosotros por su Espíritu. ¡Gloria
al Señor, aleluya!
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